¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

Sofía

Agradezco que Valeria me insistiera en meter un vestido en la maleta. Ahora lo tengo extendido sobre la cama y lo observo con un cosquilleo revolviéndose en el estómago y una sonrisa boba que no consigo borrar, porque no dejo de imaginar la cara que pondrá Valentina cuando me vea con él.

Es de lino, del mismo color que el agua de las piscinas cuando el sol cae de lado, con unos tirantes finos que se cruzan en la espalda y una falda que baila en cuanto das dos pasos.

Lo compré este mismo verano en Altea, en una de esas tiendecitas encaladas del casco antiguo que huelen a jabón artesano y a buganvilla.

Fue Marta quien me convenció, jurándome que me ceñía la cintura y me hacía unas piernas infinitas —a mí, que soy bien bajita—, y yo la obedecí sin rechistar.

Afuera, el cielo se ha teñido de un azul espeso y las ranas ya han empezado su concierto nocturno, ese que los primeros días me desvelaba y que ahora, en cambio, me arrulla.

Por la puerta corredera entreabierta se cuela el aroma dulzón del frangipani, mezclado con el olor a cloro de mi piscina privada y con esa humedad tibia que en Bali se te pega a la piel como una segunda capa.

Me siento frente al tocador y el espejo me devuelve a una Sofía distinta, más relajada, sin esas arrugas de concentración entre las cejas, sin la mandíbula apretada y sin ese peso extraño que durante semanas me ha oprimido el pecho.

Han pasado muchas cosas en cuestión de días y todas ellas le han quitado importancia a lo que ocurrió en Benidorm y a todos nuestros desencuentros.

Ahora sé que me quiere, que le importo de verdad, que tiene un corazón inmenso y que el miedo la hizo actuar fatal.

Aun así, no puedo evitar pensar que si estamos hoy aquí, es por su repentina huida, por su incapacidad de hablar, por mi ira, y por cada encontronazo y lágrima que hemos derramado por el camino.

Destapo la barra de labios, de un rojo cereza oscuro, y la acerco a la boca. Justo cuando voy a trazar la primera curva, alguien golpea la puerta con los nudillos y el pulso se me dispara.

—¡No estoy lista! —grito, con una mezcla de pánico y risa—. ¡Te dije una hora, inspectora!

—Soy Clara.

Su voz me llega apagada, sin rastro de su guasa habitual, y eso basta para que deje caer la barra de labios sobre el tocador y me levante a abrir.

Clara aguarda al otro lado con los brazos cruzados sobre el pecho, una camisa más hawaiana que balinesa y los ojos brillantes, con ese rubor rosado en el borde de los párpados que delata que ha llorado, y mucho.

—Perdona —se disculpa, sin atreverse a mirarme del todo—. Sé que estás ocupada, pero…

—Pasa. —No la dejo terminar y me hago a un lado—. Siéntate donde puedas.

Clara entra arrastrando los pies y se deja caer en la cama, justo encima de mi vestido, sin apenas darse cuenta.

—¡Ay, joder! —exclama, y se levanta de un salto como si se hubiera sentado sobre una plancha ardiendo—. Perdón, perdón.

—Es lino, sobrevivirá. —Lo recojo, le doy un par de sacudidas para alisarlo y lo cuelgo en la puerta del armario.

Regreso al tocador porque necesito tener las manos ocupadas, y ella vuelve a sentarse en la cama, a mi espalda, reflejada en el espejo junto a mí. Durante un rato largo solo se oye el croar de las ranas y el zumbido lejano de algún insecto que choca contra la mosquitera.

—¿Cómo han ido las cosas con Marta? —le pregunto al fin, al ver que ella no sabe ni por dónde empezar.

—Bueno, vino a verme. —Se muerde el labio, un gesto que no le veía desde hace mucho—. Me contó cómo pasó todo. Y también me dijo que Lucía llegará en unos días.

La observo a través del cristal. Tiene los hombros encogidos hacia dentro, como si quisiera ocupar el menor espacio posible, y reconozco esa postura al instante. Era la misma que tenía cuando llegó al resort en Benidorm.

Me giro en el taburete para mirarla de frente.

—Clara, ahora tienes una vida. Ya no eres la mujer que eras entonces. —Busco sus ojos y espero, paciente, a que me devuelva la mirada—. Así que no puedes permitir que Lucía reaparezca y lo tumbe todo.

Ella niega con la cabeza, y una lágrima le resbala por la mejilla. Se la limpia con el dorso de la mano, con rabia, como si le molestara que se le hubiera escapado.

—No estoy así por eso. —Le tiembla la voz, pero se endereza a la fuerza—. Te lo juro. Lucía ya no me quita el sueño. Lo que no quiero es que Marta sufra, ¿sabes? Lucía me hizo muchísimo daño, tú mejor que nadie lo sabes, y no soportaría ver cómo se lo vuelve a hacer a otra persona. Y menos a ella.

La última frase se le quiebra en la garganta.

Me levanto del taburete y me siento a su lado.

El colchón se hunde bajo nuestro peso y nuestras rodillas se rozan.

Pienso en Marta, en la ilusión que le iluminaba la mirada y en esa pregunta implícita que me lanzó mientras me hablaba de que las personas cambian y mejoran con el paso del tiempo.

Y pienso en Valentina, en la mujer que se marchó aquella mañana sin despedirse y que anoche me juró, desnuda contra un ventanal, que no piensa irse a ninguna parte.

—Cabe la posibilidad de que haya aprendido de sus errores —apunto con cuidado, midiendo cada palabra—. De que ya no sea la misma persona que tú conociste.

Clara me mira como si le hubiera hablado en balinés.

—¿Tú te estás oyendo?

—Me oigo. Y créeme que no me hace ninguna gracia decirlo.

—Le tomo la mano y se la aprieto—. Pero es la verdad.

No sabemos quién es Lucía ahora. Lo único que podemos hacer es quedarnos al lado de Marta, dejar que sea ella quien gestione lo que sea que tenga con esa mujer y estar preparadas para sujetarla si se cae.

Clara baja la vista hacia nuestras manos unidas y traga saliva.

—Sí. Supongo que no podemos hacer otra cosa.

No añado nada más. La rodeo con los brazos y la atraigo hacia mí.

Al principio se queda rígida, con los codos pegados al cuerpo, a la defensiva, pero luego deja caer la frente sobre mi hombro y noto cómo se le afloja, poco a poco, toda la tensión.

Le acaricio la espalda en círculos lentos, igual que hacía mi abuela cuando me despertaba de madrugada con pesadillas, y nos quedamos así un buen rato, meciéndonos apenas, sin prisa.

—Intenta no enfadarte con ella, ¿de acuerdo? —le pido en voz baja.

Clara se separa un poco y me mira con los ojos enrojecidos y una sonrisa temblorosa.

—El amor, por desgracia, nos convierte en idiotas —continúo—. Nos dejamos llevar por el corazón y a la cabeza la mandamos de vacaciones. Mírame a mí.

—Marta es maravillosa. —Se sorbe la nariz sin ningún glamur—. Y esas antenas astrales que tiene le harán abrir los ojos antes de que pase nada malo. Seguro que un día se levanta con Saturno en contra y lo ve todo clarísimo.

Se nos escapa una carcajada a las dos y volvemos a ser aquellas que se burlaban de Marta cuando nos leía el horóscopo en voz alta durante los descansos del turno, sentadas en cajas de verdura vacías detrás de la cocina.

Entonces Clara repara en mí. En mi pelo recién arreglado, en el vestido que cuelga del armario, en el carmín que todavía espera sobre el tocador.

—¿Y tú adónde vas tan guapa?

Noto el calor subirme por el cuello hasta las orejas y me pongo de pie demasiado deprisa.

—Tengo una cita.

—¿Una cita? —Estira la palabra con malicia, recuperando su sonrisa de siempre—. ¿Con cierta inspectora de ojos grises?

—Con la misma. —Echo un vistazo al reloj de la mesilla y se me encoge el estómago al comprobar que solo me quedan unos minutos—. Y será mejor que te vayas y me dejes terminar, porque Valentina estará aquí en nada.

Clara se levanta y me da un abrazo fuerte, de esos que te cortan la respiración.

—Tú también ten cuidado, ¿vale? —me susurra al oído—. Mañana nos vemos. Disfruta.

—Lo haré.

Me sonríe desde el umbral y, en cuanto desaparece, cierro la puerta y apoyo la espalda contra la madera. La villa se queda de pronto demasiado silenciosa, y el croar del estanque se apresura a llenar el hueco que Clara ha dejado.

Vuelvo al tocador, cojo la barra de labios y me miro de nuevo en el espejo.

La mujer que me devuelve la mirada tiene los ojos más serios que hace un rato.

Pienso en todas nosotras, en lo mucho que ha cambiado todo en cuestión de unos pocos meses, y me pregunto por qué tiene que ser siempre así.

Por qué el amor no puede llegar como llega el verano, despacio y cálido, sin revolverlo todo ni poner nuestras vidas patas arriba.

Valentina

Me he cambiado tres veces y, después de sembrar la cama de prendas descartadas, he elegido un vestido de lino blanco que compré en Madrid y que nunca me había atrevido a ponerme porque me parecía demasiado provocativo, demasiado luminoso, demasiado llamativo para alguien que se ha pasado media vida intentando pasar desapercibida.

Pero esta noche quiero justo eso: que Sofía no sea capaz de apartar la mirada de mí y que tenga que contener las ganas de desnudarme.

Antes de salir de mi villa me he mirado en el espejo y no he reconocido a la mujer que me observaba desde el otro lado.

Hacía muchísimo que no me veía sonreír así, que no encontraba en mis ojos el brillo de la ilusión y mucho menos ese hoyuelo que se me marca junto a la comisura de los labios.

Me siento feliz, tan feliz que, mientras avanzo por el sendero hacia su villa, hasta los farolillos que lo flanquean me parecen sacados de un sueño.

La noche ya ha caído del todo sobre Ubud y, a mi alrededor, la naturaleza cobra vida con sus propios sonidos: el roce de las hojas de las palmeras, el chapoteo de algún animal en los estanques, el rumor constante de los insectos.

Sé que visitar estos lugares paradisíacos no está al alcance de cualquiera, pero en cuanto levantas la cabeza y descubres el cielo empapado de estrellas, te olvidas de los miles y miles de euros que se van restando de tu tarjeta.