¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Valentina

Cuando salgo del despacho de Damian, lo hago con una sensación extraña instalada en el pecho.

Mientras hablábamos, he tenido la impresión de que me escondía algo.

Aunque, bien pensado, después de todo lo que ha pasado entre nosotros, lo verdaderamente extraño es que nos resulte tan sencillo trabajar juntos.

Pero no quiero darle más vueltas. Hoy no.

Porque llevo todo el día pensando en Sofía y en esa sorpresa que ella no espera y que yo, con todas mis fuerzas, deseo que podamos disfrutar juntas.

Avanzo por el pasillo cuando el teléfono me vibra en el bolsillo del pantalón.

Le echo un vistazo y me encuentro con un mensaje de Héctor: «Estoy deseando llegar a Bali para ver de primera mano cómo ha quedado todo.

Damian me ha dicho que trabajar contigo es una gozada.

Tú y yo tenemos una conversación pendiente».

Siento un pellizco extraño en el estómago, uno de esos que no sabes si anuncian algo bueno o algo terrible, y me obligo a guardar el móvil antes de empezar a hacer cábalas.

Aitana me prometió que hablaría con él, y no puedo evitar preguntarme si esa conversación pendiente tendrá que ver con mis ganas de cambiar el rumbo de mi vida de una vez por todas.

Respiro hondo, sacudo la cabeza y decido que ya lo averiguaré cuando toque.

Pongo rumbo a las cocinas mientras el sol se esconde tras la línea de palmeras y tiñe el cielo de un naranja espeso, casi de mermelada.

Las sombras de los tejados de alang-alang 36 se alargan sobre el césped recién cortado, alguien ha encendido ya las antorchas que bordean el sendero y el aire, tibio y denso, huele a frangipani y a tierra húmeda.

Es esa hora mágica en la que Bali parece contener la respiración antes de entregarse a la noche.

Me descubro sonriendo sola, como una idiota, y apuro el paso.

La cocina es otro mundo. En cuanto empujo la puerta de servicio, me golpea una bofetada de calor y de ruido: el siseo del aceite en los woks, el golpeteo seco y constante de los cuchillos contra las tablas, las órdenes en balinés que vuelan de un extremo a otro como pelotas en un partido de tenis.

Bayu pasa a mi lado con una bandeja repleta de chalotas peladas y me saluda con un gesto de barbilla sin detenerse.

El ambiente está cargado de galanga, de hierba de limón tostada y de un aroma a caramelo de azúcar de palma que roza peligrosamente el punto de quemarse.

Y, en medio de todo ese torbellino de olores y sonidos, la encuentro a ella.

Sofía trabaja en la isla central junto a Wayan, inclinada sobre un mortero de piedra.

Lleva el pelo recogido bajo el gorro y la chaquetilla remangada hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos tensos por el esfuerzo.

Machaca el bumbu con un ritmo concentrado, casi hipnótico, y la punta de la lengua le asoma entre los labios.

Estoy convencida de que no sabe que hace eso cuando se concentra, y también de que jamás se lo diré, porque no quiero que deje de hacerlo.

Wayan advierte mi presencia antes que ella y le da un golpecito en el hombro.

Sofía levanta la vista y, cuando sus ojos me encuentran, algo se le enciende en la cara antes de que le dé tiempo a disimularlo.

Ese segundo de luz, ese destello involuntario, me basta para saber que he hecho bien en bajar.

—Chef Jiménez —anuncio mientras avanzo entre los fogones—. Traigo noticias oficiales de la central.

—¿Oficiales? —Sofía se limpia las manos en el trapo que le cuelga del mandil—. Madre mía, qué solemnidad.

—El director ha aprobado el presupuesto de la gala. Entero. Ya no hay excusas: toca ponerse a trabajar juntas en el discurso.

—El discurso —repite ella, arrastrando las palabras.

—Nuestro discurso —la corrijo—. Juntas, ¿recuerdas? Te lo prometí.

Sofía apoya la cadera en la encimera, se cruza de brazos y me estudia con los ojos entornados. Conozco ese gesto a la perfección, es el mismo que pone cuando prueba una salsa y sabe que le falta algo pero todavía no ha averiguado qué, y por eso no puedo evitar sonreír.

—Ajá. —Ladea la cabeza—. ¿Y para darme esa noticia no bastaba con un mensaje?

—Podría habértelo mandado, sí.

—Pero has bajado en persona.

—Soy una mujer muy profesional.

—Ya. —Una sonrisa lenta le tira de la comisura de los labios—. Pues esa sonrisita que traes puesta no creo que se deba a lo mucho que te apasiona hablar de discursos.

Me arden las mejillas. Treinta y tantos años, una carrera entera plantándoles cara a directores de hotel y a jefes de cocina con más ego que talento, y Sofía es capaz de hacerme temblar con una sonrisa y cuatro palabras.

—Me has pillado —admito, bajando la voz—. Quería verte.

Wayan, que no ha dejado de remover una olla de caldo como si fuera sordo, suelta una risita.

—El servicio empieza dentro de una hora —replica Sofía, dirigiéndose a él con cierto apuro—. Tengo que terminar la pasta de especias para el bebek betutu 37 y…

—Bayu la termina —la interrumpe Wayan, sin apartar la vista del caldo.

—Chef, en serio, no hace falta que…

Wayan deja la cuchara apoyada en el borde de la olla, se seca las manos con parsimonia en el paño y nos mira.

Primero a una y luego a la otra. A pesar de los años, conserva intacta esa quietud que yo tanto le envidiaba cuando el Attika estaba hasta la bandera y él emplataba como si estuviera meditando en lo alto de una montaña.

—Las dos lo habéis pasado muy mal estos días —dice con suavidad—.

Todos lo hemos visto. —Hace una pausa y señala con la barbilla hacia los ventanales, donde el estanque del jardín trasero refleja el cielo en llamas—.

Mi abuelo decía que el agua de un estanque tiene que calmarse para que puedas ver el fondo.

Pero que lo importante no es que el agua esté quieta, sino a quién ves reflejado a tu lado cuando te asomas.

Sofía se queda muy callada. Yo también, con un nudo en la garganta que no me deja tragar. Por el rabillo del ojo la veo bajar la mirada hacia el mortero, como si de pronto el bumbu guardara todas las respuestas del universo.

—Id —añade Wayan, y la severidad regresa a su voz—. Vivid la noche de Bali con intensidad. Aquí la gente viene a descansar, pero Bali no es para descansar. Es para sentir.

Me acerco a él y le doy un apretón en el antebrazo, mirándolo a los ojos.

—Te prometo que Sofía no se va a ir de Bali sin descubrir lo mágico que es este lugar.

Wayan asiente.

No espero más. Le quito a Sofía el trapo de las manos, lo dejo sobre la encimera, entrelazo sus dedos con los míos y tiro de ella entre los fogones.

Ella protesta entre risas mientras se desata el mandil con la mano libre y se lo lanza a Bayu, que lo atrapa al vuelo con cara de no entender absolutamente nada.

—¿Adónde me llevas, loca?

No contesto. Atravesamos el office, pasamos bajo el arco de ladrillo y el estruendo de la cocina se va apagando a nuestra espalda hasta dejarnos a solas con el eco de nuestros pasos.

La zona de descanso está vacía. A esta hora todo el personal ocupa su puesto, pero la luz es distinta a la de la última vez.

Anoche era plata de luna; ahora el atardecer entra a raudales por los tres ventanales y lo baña todo de ámbar, como si la habitación entera flotara dentro de un vaso de whisky.

Sofía se da cuenta de dónde estamos y sus ojos vuelan directos al ventanal. Sé exactamente qué está recordando, porque yo también lo recuerdo.

—Valentina…

La empujo con suavidad contra la pared y la beso.

Es un beso de los que solo se dan cuando ya no existe el miedo hacia lo que pueda pasar en el futuro.

Le sujeto la cara entre las manos y ella me agarra por la cintura, atrayéndome hacia sí.

Sabe a guindilla y a lima, y a algo dulce que no consigo identificar.

Quizá azúcar de palma. La beso hasta que noto que su boca cambia de forma bajo la mía, hasta que se le curva en una sonrisa que no puede contener y tengo que apartarme unos centímetros para mirarla.

—Hola —susurro.

—Hola —responde con las mejillas encendidas—. Eres muy mala. ¿Sabes lo que me cuesta concentrarme en este sitio desde…?

—Me hago una idea.

Le aparto un mechón rebelde de la frente y tomo aire. Por algún motivo, lo que estoy a punto de decir me provoca más vértigo que cualquier cosa que hayamos hecho entre estas paredes.

—Sé que me dijiste que mañana pasarás todo el día con las chicas y que necesitas acostarte pronto —empiezo, y la voz me sale suave, casi apagada—. Pero ¿qué te parece si pasamos el resto del día juntas? Me encantaría hacer algo especial contigo.

Sofía parpadea, desconcertada. Luego, poco a poco, se le forma una sonrisa que le ilumina hasta los ojos.

—¿Me estás invitando a una cita?

—A la primera de muchas. ¿Qué me dices?

Se toma su tiempo en responder. Lo hace a propósito, estoy segura. Me recorre la cara con la mirada y se detiene en mis ojos, en mi boca, y otra vez en mis ojos, mientras yo me muero un poquito por dentro.

—Que lo de Damian sigue pendiente —me recuerda como si acaso lo puediera olvidar—. Y que me recojas dentro de una hora en mi villa. Estoy deseando pasar el resto del día a tu lado.

Suelto el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

—Y quizá… —Se inclina hacia mí y baja la voz hasta convertirla en un roce contra mi oreja—. Si esa cita es tan maravillosa como prometes, puede que pasemos la noche juntas. Muy juntas.

Antes de que pueda reaccionar, me besa. Y al separarse me atrapa el labio inferior entre los dientes y me regala un mordisco breve y travieso que me recorre la columna de arriba abajo y me deja las rodillas temblando.

—Hasta dentro de una hora, inspectora.

Se despega de la pared y se aleja, pero da un par de pasos hacia atrás sin dejar de mirarme. En el umbral del arco me guiña un ojo. Y se va.

Me quedo sola bajo ese baño de luz ámbar, con los dedos sobre los labios y una sonrisa que se me clava en las mejillas. Me siento como si tuviera diecisiete años y acabaran de pedirme salir en el recreo.

—Una hora es mucho tiempo para alguien con esa cara de enamorada.

Doy un respingo. Wayan está apoyado en la pared, justo a mi lado, con los brazos cruzados sobre la chaquetilla. No sé cuánto tiempo lleva ahí, y tampoco entiendo cómo se las apaña para moverse sin hacer el menor ruido en una cocina llena de cacharros.

—¿No tenías un caldo que vigilar?

—Bayu es muy capaz. —Se encoge de hombros y desvía la vista hacia el jardín, donde el sol ya no es más que una raya incandescente sobre las copas de los árboles—. Valentina, ¿has pensado ya qué harás cuando os toque volver a casa?

Hace unas semanas habría salido del paso con una broma, pero ahora estoy más segura que nunca. Me giro y lo miro a los ojos.

—Volver a las cocinas. Sofía todavía no lo sabe, pero quiero formar parte de su equipo en Benidorm.

Wayan guarda silencio. Después sonríe, con esa sonrisa lenta que le achina los ojos, la misma que me dedicaba en el Attika cuando un plato me salía perfecto a la primera. Se separa de la pared y me abraza, y yo me dejo abrazar como no se lo había permitido en tres años.

—Disfruta, amiga —me dice al oído—. Y sé feliz, que te lo mereces.

Cuando me suelta tengo los ojos húmedos, y él finge no darse cuenta. Regresa a su puesto con las manos a la espalda y, al cabo de un momento, su voz retumba entre los fogones repartiendo órdenes en balinés.