¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Damian

Blue Paradise Bali, Ubud

A las seis de la tarde, el sol entra por el ventanal de mi despacho casi en horizontal.

Tiñe de miel los lomos de los archivadores, se desliza por la madera oscura de las estanterías y hace brillar las motas de polvo que flotan, perezosas, sobre el escritorio.

Es mi hora favorita del día y, por desgracia, también la que dedico a firmar papeles.

Y, por encima de todo eso, en su propia bandeja y señalada con un pósit amarillo, me espera la reclamación de la señora Whitmore, de la villa doce. Se queja de que las ranas del estanque croan demasiado a partir de las diez de la noche.

Tomo el bolígrafo y anoto en el margen: «Ofrecer cambio de villa. Las ranas no se mueven de ahí».

Me froto los ojos y suelto un suspiro largo.

Llevo dos años al frente de Blue Paradise Bali y todavía no sé cómo explicar en qué consiste este trabajo cuando alguien me lo pregunta en una cena.

La gente imagina cócteles al atardecer, camisas de lino y apretones de manos con huéspedes ilustres.

Nadie se imagina a un hombre de casi cincuenta años regateando el precio de una bomba hidráulica mientras una británica jubilada le declara la guerra a la fauna local.

Estiro la espalda y la silla de cuero cruje bajo mi peso.

En la pared, el cuadro del atardecer que compré en aquella pequeña galería de la calle Hanoman atrapa la luz que entra por la ventana y, por un momento, el cielo pintado y el real parecen exactamente el mismo.

Hace unos días, Valentina se quedó contemplando ese cuadro en silencio, como si el lienzo le hablara en un idioma que solo ella era capaz de entender, y vi cómo se le relajaban los hombros por primera vez desde que llegó.

No voy a engañarme: sé perfectamente qué me empujó a besarla.

Me gusta, me atrae, y cada vez que la veo aparecer por la puerta algo empieza a hervir dentro de mí.

De no ser porque Sofía apareció por el despacho, estoy seguro de que aquello habría ido a más.

Aparto el recuerdo con la misma determinación con la que aparto la reclamación de la señora Whitmore y abro la carpeta de la gala. Lo primero que encuentro es la fecha, once de octubre, subrayada en rojo con tanta fuerza que el trazo casi ha rasgado el papel.

En ese momento, el teléfono vibra sobre la madera y se desliza un par de centímetros hacia el borde de la mesa.

Leo el nombre en la pantalla y me enderezo por puro reflejo, como un colegial cuando el director entra en el aula.

En Madrid es mediodía, y que Héctor llame en persona ya dice mucho por sí solo.

—Señor director —respondo.

—¡Damian, hijo! — Su voz atraviesa los trece mil kilómetros que nos separan con la misma energía de siempre y esa familiaridad que, desde niño, me ha hecho sentir como en casa—. ¿Te pillo en mal momento?

—Me pilla usted revisando la reclamación de una huésped que, al parecer, quiere que elimine a las ranas del estanque. Así que no, no podría haber llamado en mejor momento.

Su carcajada estalla al otro lado de la línea y me obliga a apartarme el teléfono de la oreja.

—Las ranas. ¡Dios bendito! ¿Y qué piensas decirle?

—Que en Bali las ranas tienen contrato indefinido y un sindicato muy combativo.

—Tu padre habría dicho algo parecido. —Hace una pausa breve, cargada de cariño—. ¿Cómo está tu madre?

—Quejándose de que no la llamo lo suficiente, así que perfectamente.

—Dile que el mes que viene estaré en Londres una semana y que la invito a comer, que se la debo desde la boda de mi sobrina.

—Se lo diré. Aunque le advierto que pedirá el vino más caro de la carta.

—Lo sé. Por eso le debo una comida y no una cena.

Sonrío, me acomodo en la silla y me desabrocho un par de botones de la camisa.

Las conversaciones con Héctor siempre siguen el mismo guion.

Durante unos minutos reconozco en él al hombre que me revolvía el pelo cuando yo apenas levantaba un palmo del suelo, y en algún momento, sin transición alguna, se transforma en el director general de la cadena.

Espero ese cambio con el bolígrafo entre los dedos, tamborileando sobre la carpeta.

—Bueno —dice, y ahí está—. Cuéntame cómo va lo del once.

—Mejor de lo que esperaba, si le soy sincero. Tenemos cerrados el catering de apoyo, la decoración floral y el montaje del escenario. Los técnicos de iluminación llegan desde Seminyak 35 el día nueve para hacer las pruebas. Si el tiempo acompaña, será la noche más bonita que haya visto este resort.

—¿Y si no acompaña?

—Tenemos preparada una carpa transparente. Idea de Valentina. Asegura que, si llueve, el repiqueteo de la lluvia sobre el techo formará parte del espectáculo.

—Muy propio de ella. —Lo oigo reír por lo bajo—.

Tengo muchas expectativas puestas en esta gala, Damian, no te voy a engañar.

Va a venir prensa especializada, dos grupos de inversión que llevan un año mirándonos de reojo y medio sector hotelero del sudeste asiático.

Quiero que salgan de allí convencidos de que Paraíso Azul es algo especial.

—Saldrán convencidos. Tiene mi palabra.

—Y hablando de Valentina… —El silencio que deja suspendido en el aire es casi una invitación—. ¿Qué tal está siendo trabajar con ella?

La pregunta no me pilla por sorpresa, pero aun así miro de reojo hacia la puerta, como si ella pudiera estar al otro lado, escuchando.

Podría decirle que sus ojos hipnotizan y que uno es incapaz de negarle nada.

Que tiene la habilidad de hacerte cambiar de opinión con una simple sonrisa.

Que el otro día, cuando nos besamos, deseé que el tiempo se detuviera solo para poder aferrarme un poco más a ella.

No le digo nada de eso, por supuesto.

—Sinceramente, señor director, me parece una pena.

—¿Una pena? —Su voz se tensa de inmediato—. ¿Hay algún problema?

—Ninguno. Todo lo contrario. Me parece una pena que una mujer como ella se dedique únicamente al control de calidad y no esté dirigiendo cualquiera de los resorts de la compañía.

— Me inclino hacia delante y apoyo el codo en la mesa, como si él pudiera verme—.

Ya sabe que el trabajo aquí es más complejo de lo que parece desde fuera, y hay días en los que no doy abasto.

Valentina sería una compañera increíble.

Si trabajara aquí, convertiría este resort en la estrella de la cadena.

Al otro lado de la línea se hace un silencio largo, roto solo por el tintineo de una cucharilla contra una taza. Lo imagino removiendo el café en su despacho, con la mirada perdida en la ventana, sopesando cada palabra.

—No es la primera vez que lo pienso, querido amigo —admite al fin, despacio, como si fuera colocando las piezas sobre un tablero—.

Valentina no solo hace bien su trabajo, sino que tiene un magnetismo que haría que cualquiera apostase por ella.

¿Por qué crees, si no, que la elegí para ser la imagen de la cadena en la gala?

—Estoy seguro de que no sabrá decirle que no si se lo pide usted directamente.

Lo dejo caer con suavidad, casi como un comentario sin importancia. Sin embargo, noto que el pulso se me acelera al escucharme, igual que cuando uno mueve una ficha y sabe que puede ganar la partida, aunque todavía quede mucho por jugar.

—Sea como sea —zanja Héctor, y el director general recupera el terreno perdido—, te llamaba para decirte que he dado el visto bueno a los gastos. Se lo he enviado directamente a Valentina, porque sé que tú te tomas tu tiempo.

—Me ofende usted.

—Te conozco desde que llevabas pantalón corto, Damian. Y otra cosa: tienes que añadir a mi hija Elena a la lista de invitados. Quiero que se vaya integrando poco a poco en este mundillo, que vea cómo funciona desde dentro. Hasta ahora solo lo ha visto desde el palco.

Saco una hoja en blanco del cajón y escribo con mi mejor letra: «Elena Balmaseda. Mesa principal».

—Ya está anotada, descuide.

—Y, Damian… —Su tono vuelve a suavizarse—. Gracias por darme tu opinión sobre Valentina. Hablaré con ella.

—Gracias a usted, señor director.

Cuelgo y me quedo unos segundos mirando la pantalla apagada, con una sensación extraña en el estómago, a medio camino entre la satisfacción y algo que prefiero no nombrar.

Pero antes de que pueda poner orden en lo que siento, alguien llama a la puerta.

Son dos golpes breves, ligeros, que reconocería entre mil.

—Adelante.

La puerta se abre y Valentina asoma medio cuerpo por el hueco.

Lleva el pelo recogido en un moño que se le ha ido deshaciendo a lo largo del día y una sonrisa que no le había visto desde que llegó.

Es una sonrisa despejada, limpia, sin esa sombra que le ha nublado el rostro últimamente.

La luz del ventanal le da de lleno y arranca destellos dorados de sus ojos grises.

Me olvido de respirar.

—Tu secretaria me ha dicho que estabas al teléfono con Madrid —comenta, apoyando el hombro en el marco—. ¿Buenas noticias o tengo que prepararme para cambios de última hora?

—Nos ha dado el visto bueno. Me ha dicho que te ha enviado a ti los papeles, así que ya podemos ponernos en marcha con los preparativos.

—¿Todo? —Abre mucho los ojos—. ¿También la carpa?

—También la carpa. Dice que era muy propio de ti tener esa idea.

—Normal. Héctor me conoce demasiado bien. —Entra en el despacho con paso decidido, me quita la hoja de las manos y lee el nombre en voz baja—. ¿Elena? ¿Su hija?

—Quiere que empiece a conocer el negocio desde dentro.

Valentina asiente, pensativa, y se muerde la uña del pulgar mientras repasa algo mentalmente. Seguramente la distribución de las mesas, los protocolos de bienvenida o cualquiera de los cien detalles que guarda ordenados en la cabeza como las fichas de un archivador perfecto.

Yo la observo en silencio y me permito imaginar un futuro no tan lejano: ella en el despacho de al lado, cruzando este pasillo cada mañana con dos cafés y un informe bajo el brazo, discutiendo conmigo cualquier detalle.

Ella aquí, en Bali, cuando la gala haya terminado, las luces se hayan apagado y cierta chef haya regresado a su casa.

Porque la distancia, según tengo entendido, tiene la mala costumbre de apagar todo aquello que no es lo bastante fuerte.

Valentina levanta la vista del papel y me pilla mirándola.

—¿Qué pasa? —pregunta, arqueando una ceja.

—Nada. —Le dedico mi mejor sonrisa, la que reservo para los inversores y para las mujeres que me quitan el sueño—. Que va a ser una gala inolvidable.

Ella aparta la mirada, ajena a todo, y busca entre las carpetas de mi escritorio la que corresponde a la gala.

Y mientras tanto, yo pienso que, si la conversación con Héctor sale como espero, es muy probable que Valentina y yo acabemos trabajando juntos.

Y que, tarde o temprano, se olvide de Sofía y podamos retomarlo exactamente donde lo dejamos.