¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Sofía

Hay once botones, y los cuento uno a uno mientras los desabrocho sin ninguna prisa.

Valentina sigue inclinada sobre mí, con las manos apoyadas en el acero a ambos lados de mis caderas, tan quieta que ni siquiera parece respirar.

Solo me mira con esos ojos grises que, cuando la conocí, me parecieron de hielo y que ahora, todavía enrojecidos por el llanto bajo la luz dorada de la lámpara, han adquirido el color de las brasas.

No sabría decir en qué momento aquel beso dejó de saber a lágrimas.

Sé que empezó despacio, con mis manos sobre las suyas en el mazo del mortero, y que en algún punto ella se giró entre mis brazos, me levantó en vilo y me sentó en la isla, a un palmo de la tabla de madera.

El sambal matah se ha quedado a medias, con la lima exprimida y las chalotas torcidas esperando un aceite de coco que ya no va a llegar esta noche, y mi peto y mi top rojo descansan en el suelo junto a los zuecos, donde sus dedos los han ido dejando.

De mí solo queda el mandil azul. Ella, en cambio, sigue con la chaquetilla abrochada hasta el cuello, tal y como ha cruzado esa puerta, y me parece de justicia ponerle remedio.

«Cinco. Seis. Siete».

—Eres muy lenta, chef —murmura, con la voz enronquecida y una ceja arqueada en ese gesto de desafío que tan bien conozco.

—He aprendido de la mejor.

«Ocho. Nueve». Se le escapa una sonrisa torcida, una de esas que me sacaban de quicio cuando me corregía los emplatados delante de todo mi equipo y que ahora solo me dan ganas de borrársela a base de mordiscos.

«Diez. Once».

Le abro la chaquetilla de un tirón y, debajo, me encuentro con una fina camiseta de seda negra que se le ciñe al cuerpo como una segunda piel.

Le deslizo las palmas por los costados, por encima de la tela, y noto cómo se le contraen los músculos bajo mis manos, que todavía huelen a lima y a hierba de limón.

Hace un rato le temblaba el pulso con un cuchillo entre los dedos; ahora tiembla por mí.

Valentina no lo sabe, pero el simple hecho de sentir que su cuerpo responde a cada una de mis caricias hace que me sienta poderosa, dueña por una vez de la situación y de ella.

Me bajo de la mesa y las baldosas están tibias bajo mis pies descalzos. Me llevo las manos a la cintura, desato el mandil y lo dejo caer al suelo, junto al resto de mi ropa. Ella sigue completamente vestida, pero yo ya la imagino desnuda, justo donde quiero tenerla.

—Vamos. —La agarro de la mano y tiro de ella.

—¿Adónde me llevas? —pregunta, dejándose arrastrar entre risas nerviosas.

No contesto. Cruzo la cocina, dejo atrás la isla con el mortero abandonado bajo la lámpara y atravieso la puerta que da al office 32 .

Al fondo, más allá de un arco de ladrillo visto, se encuentra la zona de descanso del personal: dos sofás de mimbre con varios cojines desgastados por el uso, una mesa de centro sobre la que Wayan hace los pedidos o elabora los menús, una estantería repleta de libros de recetas manchados de grasa y, sobre todo, los ventanales.

Tres paños de cristal que van del suelo al techo y se asoman al jardín trasero, al estanque y a esa selva que empieza justo donde terminan los muros del resort.

Aquí me senté anoche, con una tartaleta de chocolate entre las manos y el corazón hecho trizas.

Aquí me encontró Wayan, y aquí intuí, gracias a él, que detrás de aquella mañana en la que ella se marchó sin despedirse había una historia que solo a Valentina le correspondía contarme.

Esta noche, por fin, lo ha hecho, entre chalotas mal cortadas y con la voz rota, y ya no queda nada entre las dos que yo no sepa.

No hace falta encender ninguna luz, porque la luna entra a raudales a través del cristal y lo baña todo de un azul lechoso, casi irreal. Afuera, el jardín es un mar de sombras, y unas cuantas luciérnagas parpadean entre los helechos como si alguien hubiera sembrado estrellas diminutas en la tierra.

Conduzco a Valentina hasta el ventanal central y la coloco de espaldas contra el vidrio.

Ella da un respingo al notar el frío a través de la seda.

—Sofía… —Echa un vistazo inquieto por encima del hombro, hacia el jardín—. Si pasa alguien de seguridad, lo va a ver todo.

—Lo sé. Así que tendrás que estarte muy calladita, inspectora.

Abre la boca para replicar, pero se la cierro con un beso.

Le deslizo la chaquetilla por los hombros y la dejo caer a sus pies.

Después le saco la camiseta por la cabeza y la oigo reír, nerviosa, cuando se le engancha en el pelo.

Tiene la piel más bronceada que la mía, de un tono tostado que la luz de la luna convierte en café con leche, y ese lunar diminuto justo debajo del pecho izquierdo que descubrí aquella noche y que no he podido olvidar desde entonces.

Me inclino y lo beso. Ella echa la cabeza hacia atrás y la nuca le choca contra el cristal con un golpe sordo.

—Ay.

—Te lo mereces —le susurro contra la piel—. Por todas las veces que me hiciste repetir la reducción de cítricos para aquel tartar.

—Estaba demasiado descompensada.

—Estaba perfecta.

—Estaba… —Se le quiebra la voz, porque le he atrapado el pezón entre los labios—. Vale. Estaba perfecta.

Me río contra su pecho. Le desabrocho el pantalón y se lo bajo por las piernas junto con la ropa interior, despacio, arrodillándome a medida que la desnudo, mientras ella levanta primero un pie y luego el otro para ayudarme, apoyada con una mano en mi hombro.

Me quedo de rodillas ante ella, la contemplo desde abajo y juro por todos los dioses de esta isla que jamás he visto nada tan increíble.

Valentina está completamente desnuda contra el ventanal, con la luna recortando su silueta y la melena negra derramada sobre la piel.

Detrás de ella, la selva; delante, yo. Tiene las palmas abiertas contra el vidrio y los dedos separados, como si necesitara sujetarse al mundo para no caerse de él.

Respira deprisa, y veo cómo el calor de su espalda empaña el cristal alrededor de sus hombros.

Pienso en todas las noches que la odié, sin saber nada de Sam, ni del Attika, ni del fuego que se lo llevó todo.

En las veces que me juré que no volvería a dejarla entrar en mi vida.

En el barro rojo que se me pegó a la piel, en la lluvia de aquel día, en cómo me rompí en pedazos sobre aquel tronco.

—No me mires así —me pide en voz baja.

—¿Así cómo?

—Como si fuera a desaparecer.

Le rodeo el tobillo con los dedos y asciendo por su pantorrilla, por la corva, por la cara interna del muslo, sintiendo cómo se le eriza la piel a mi paso.

—Es que ya lo hiciste una vez —murmuro.

Ella cierra los ojos y, cuando vuelve a abrirlos, le brillan.

—No voy a irme a ninguna parte. —Se le curva la boca en una sonrisa pequeña, frágil—. Y, si me entra el pánico, te lo diré. Te lo prometo.

Y por primera vez desde que pasó lo que pasó, la creo.

Le separo las piernas con suavidad, con una mano en cada rodilla, y ella obedece con un suspiro que se le escapa entre los dientes.

Beso el interior de su muslo derecho, justo donde la piel se vuelve más fina y sensible, y después el izquierdo, donde me demoro a propósito.

Quiero que me desee tanto como yo la he deseado a ella durante todas estas semanas.

—Sofía, por favor…

—¿Por favor qué?

—No me hagas suplicar.

—Me encanta hacerte suplicar.

Y entonces la pruebo.

La primera caricia de mi lengua es lenta, extensa, de abajo arriba.

El gemido que suelta rebota contra los ventanales y se propaga por toda la cocina.

Me agarra del pelo y yo sonrío contra ella antes de volver a hundirme entre sus pliegues.

Sabe a sal, a mar, a esa mezcla de jazmín y almizcle que deja siempre en sus sábanas.

La recorro sin prisa, recreándome en cada rincón donde se le quiebra la voz.

Cuando encuentro el punto exacto, ese pequeño botón endurecido que la hace estremecerse, me quedo allí: lo rodeo con la punta de la lengua en círculos lentos y lo succiono con los labios una y otra vez.

A Valentina le fallan las rodillas y tengo que sujetarla contra el cristal para que no se escurra hasta el suelo.

Sus nalgas chocan contra el ventanal con un ruido húmedo.

Le levanto una pierna y se la apoyo en el reposabrazos de uno de los sofás, y ella se abre por completo para mí, jadeando palabras que no llegan a formarse.

Deslizo dos dedos en su interior y está tan húmeda que entran sin esfuerzo.

Los curvo hacia delante, buscándola, mientras mi boca no se aparta de su centro.

Ella suelta un gemido que trata de ahogar mordiéndose el dorso de la mano y, justo entonces, un haz de luz blanca barre el sendero a pocos metros de nosotras.

Me quedo inmóvil.

—¿Qué ocurre? —jadea.

Valentina gira la cabeza lo justo para verlo y noto cómo todo su cuerpo se tensa de golpe.

—Sofía —susurra con los ojos desorbitados—. Sofía, es el vigilante.

No me aparto de ella y, desde luego, no saco los dedos. La miro desde abajo, con la boca empapada de ella, y, muy despacio, vuelvo a moverlos.

Valentina se tapa la boca con ambas manos.

El vigilante avanza por el sendero con la linterna, iluminando las hojas de las plataneras, el borde del estanque, la estatua de piedra más cercana.

Desde aquí dentro puedo oírlo tararear una melodía en balinés.

Yo sigo moviendo los dedos en su interior, lentos, profundos, y vuelvo a posar la lengua sobre su centro, sintiendo cómo se traga cada gemido hasta que se le enciende la cara y se le escapan lágrimas de pura tensión por el rabillo del ojo.

Es lo más excitante que he vivido nunca.

El haz de luz roza la grava junto al ventanal, se detiene un segundo eterno y, por fin, sigue de largo hasta perderse entre la vegetación.

Valentina suelta todo el aire en algo parecido a un sollozo, y yo ya no le doy tregua.

La devoro. Con hambre, con rabia, con todo el amor que llevo semanas tragándome.

Mis dedos entran y salen de ella al compás de sus caderas, que se mueven solas en busca de mi boca, y ella, que ha dejado de contenerse, me ruega que no pare, que no pare nunca, y grita mi nombre hacia el techo.

El orgasmo la alcanza con fuerza y se deshace para mí.

Todo su cuerpo convulsiona contra el cristal, sus muslos se cierran alrededor de mi cabeza, me aprieta los dedos desde dentro y yo la acompaño hasta el último temblor, acariciándola con la lengua cada vez con más suavidad, hasta que me aparta la frente con la mano porque ya no puede más.

Baja la pierna del sofá y me obliga a ponerme en pie, todavía con la espalda pegada al cristal empañado y el corazón a mil.

Tiene el pelo revuelto, los labios hinchados de tanto mordérselos y las mejillas surcadas de lágrimas por segunda vez esta noche, aunque estas no se parecen en nada a las que le he secado antes con los pulgares.

—Estás loca —jadea—. Estás completamente loca.

Me limpio la boca con el dorso de la mano y sonrío.

—Creo recordar que una vez te dije que yo iba a por todas y que no me gustaban las cosas a medias.

Se ríe. Una carcajada rota, agotada, feliz.

Tira de mi mano y, al sentarse en el sofá, me arrastra consigo hasta que quedo a horcajadas sobre ella.

Valentina me mira con fuego en los ojos mientras sus manos resbalan por mis muslos, por mis caderas y por mi espalda hasta alcanzar mi nuca y atraerme para devorarme la boca otra vez.

—¿Aún quieres más, inspectora? —le pregunto contra los labios, rozándoselos con la yema de los dedos.

—Contigo, una vez siempre me sabe a poco, Sofía.

Y suelto un gemido ronco cuando sus dedos empiezan a acariciarme el sexo, cuando se abren paso dentro de mí y cuando Valentina me hace suya hasta asegurarse de que no olvide jamás que lo que guardo en el corazón por ella es mucho más que pasión, química y deseo.