¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Se llamaba Sam. —Trago saliva—. Era lo contrario a mí en todo.

Desordenada, ruidosa, capaz de hacer amigos en la cola del supermercado.

Se sentó en el suelo de mi cocina, porque yo no tenía sillas, y se comió dos platos de aquel guiso mientras me preguntaba por qué una chef recién llegada de París cocinaba en un piso de cuarenta metros en lugar de hacerlo en su propio restaurante.

Le enseñé el cuaderno. Fue la primera persona, aparte de Aitana, que no se rio de mi sueño.

Se lo tomó tan en serio que acabó siendo suyo también.

Exprimo la lima sobre el mortero. Me tiembla tanto el pulso que la mitad del zumo cae fuera, sobre la madera de la tabla, y ni siquiera me molesto en limpiarlo.

—Estuvimos juntas varios años. Abrimos el Attika entre las dos.

Yo en los fogones, ella en la sala. Sam tenía ese don de conseguir que cualquiera se sintiera en casa nada más cruzar la puerta, y yo…

yo era feliz, Sofía. —Hago una pausa larga.

Las palabras siguientes llevan años atascadas en algún lugar bajo mi esternón, y arrancarlas duele—.

Una noche, después del último servicio, se declaró un incendio en el conducto de extracción.

Yo había salido al callejón de atrás a sacar la basura.

Fueron cinco minutos. Cinco minutos de nada.

Sam estaba arriba, en la oficina, cuadrando la caja como hacía siempre.

Sofía se lleva una mano al pecho, sobrecogida.

—Cuando quise volver a entrar, el humo era tan negro que no se veía nada.

Intenté subir a por ella y un bombero me sacó a rastras.

Wayan y un par de camareros tuvieron que sujetarme para impedir que me lanzara otra vez adentro.

—Se me quiebra la voz y aprieto con fuerza el mazo contra la piedra, machacando la guindilla con una rabia que no tiene nada que ver con la cocina—.

Los bomberos no llegaron a tiempo. El fuego se llevó la vida de Sam y, con ella, el Attika, todos mis recuerdos y todo lo que yo era.

Me quedé de pie en mitad de la calle, viendo arder mi vida entera, y no pude hacer nada.

El zumbido de las neveras llena el silencio. Siento las lágrimas antes de que caigan, pero no me detengo. Si paro ahora, no voy a ser capaz de terminar.

—Después de aquello me prometí que no volvería a tener una relación estable, ni mucho menos un sueño.

Porque ya había sobrevivido a perderlo todo una vez, pero estaba convencida de que no sobreviviría a una segunda.

Así que colgué la chaquetilla, acepté el trabajo que me buscó Aitana y me convertí en la mujer que conociste.

Y funcionó. Funcionó durante dos años. —Levanto por fin la vista hacia ella—.

Hasta que me encontré con una chef cabezota que me miraba como si quisiera tirarme una bandeja a la cabeza.

A Sofía se le escapa una risa húmeda, entre lágrimas. Ya no intenta disimular que está llorando.

—La noche del cierre de temporada —continúo, y ahora sí suelto el mortero y me agarro al borde de la encimera para que los dedos dejen de temblarme—, cuando nos quedamos dormidas juntas, me desperté y, al mirarte dormir, sentí que no podía quererte más de lo que te quería en ese momento.

Y en lugar de alegrarme, me entró un pánico que no sé explicarte.

Porque eso era exactamente lo que me había jurado no volver a sentir jamás.

Así que hice lo que mejor se me da: huir.

—Bajo la voz hasta convertirla en un susurro—.

No me fui porque no te quisiera, Sofía. Me fui porque te quería demasiado.

Y fui una cobarde. Te dejé sola en esa cama sin darte ninguna explicación, y no hay un solo día en que no me haya arrepentido.

Durante un instante eterno, Sofía no se mueve. Después se baja del taburete, rodea la isla y se detiene a mi lado. Me toma la cara entre las manos y me seca las lágrimas con los pulgares, una a una, con una delicadeza que me desarma.

—¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunta con la voz rota.

—Supongo que contártelo significaba admitir que la mujer que tenías delante solo era una máscara que escondía a la de verdad.

Sofía apoya la frente en la mía y cierra los ojos. Noto su aliento tembloroso contra los labios, el olor a lima y a hierba de limón que se nos ha quedado en los dedos a las dos.

—Siento muchísimo lo de Sam —murmura—. Siento que tuvieras que pasar por todo eso sola. Y siento… —Se le atasca la voz y tarda un segundo en continuar—. Siento haberte odiado tanto.

—Tenías todo el derecho.

—Puede. Pero ahora sé la verdad. —Se aparta lo justo para mirarme a los ojos, y en los suyos ya no queda rencor, solo una ternura inmensa—. Y no pienso dejar que vuelvas a salir corriendo, ¿me oyes? Si te entra el pánico, me despiertas. Me lo dices. Y lo pasamos juntas.

Asiento, incapaz de articular palabra. Ella me rodea por fin con los brazos y yo me dejo caer contra su hombro, y lloro como no he llorado nunca delante de nadie. Sofía me sostiene, meciéndome apenas, y me acaricia la espalda en círculos lentos hasta que la respiración se me calma.

No sé cuánto tiempo pasamos así. Todavía me queda algo por contarle: que, si todo sale como espero, dentro de unos meses formaré parte de su equipo de cocina.

Abro la boca para decírselo, pero ella me besa antes de que pueda hacerlo.

Es un beso lento, salado, que sabe a lágrimas y que no se parece a ninguno de los que nos hemos dado antes, porque esta vez no tengo nada que esconder y ella lo sabe.