¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Valentina

Blue Paradise Bali, Ubud

Cuando me escabullo de mi villa pasada la medianoche, la naturaleza ya ha reclamado su lugar.

A lo lejos croan las ranas, los grillos cantan escondidos entre la maleza y, de vez en cuando, algún pájaro nocturno sacude las ramas de las palmeras al cambiar de postura.

El aire huele a humedad, a esa tierra empapada que lo impregna todo, y a un perfume dulce y denso de flores que se te queda pegado en la garganta.

He viajado a Bali tantas veces que podría decirse que es mi lugar favorito del mundo.

Sin embargo, nunca hasta hoy me había permitido disfrutarlo así, despacio, con el estómago encogido como una adolescente a pesar de todas las complicaciones.

Llevo las manos hundidas en los bolsillos del pantalón para que no se note que me tiemblan. Y sí, soy consciente de lo ridículo que resulta que una mujer como yo se sienta así, pero no puedo evitarlo. No después de todo lo que ha pasado. No después de lo mucho que Sofía y yo nos hemos herido.

Es cierto que ya nos hemos quedado a solas en otras ocasiones, pero el lugar en el que estamos ahora, este punto frágil en el que empezamos a reconstruirnos, convierte este plan improvisado en algo completamente nuevo.

Hacía muchísimo tiempo que no me arreglaba pensando en alguien, que no soñaba despierta mientras me maquillaba frente al espejo ni desarmaba un armario entero por la inquietud de no saber qué ponerme.

Y ahora que estoy aquí, plantada ante la puerta de servicio que conecta con las cocinas del restaurante del resort, tengo la sensación de que Sofía y yo volvemos a girar en la misma órbita, como aquel día en que probé su tataki y me atreví a criticarlo con todo el descaro del mundo.

Una vez dentro, encuentro una chaquetilla exactamente donde Sofía me dijo que estaría y me la pongo.

La última vez que me vestí así fue en Benidorm, para preparar los canapés del cumpleaños de Aitana.

Aquella tarde, Sofía me cedió a regañadientes una mesa en la zona de repostería, y todavía recuerdo sus ojos clavados en mi nuca, su incredulidad cuando le confesé que había sido chef y la forma en que fingía vigilar su material mientras, en realidad, no perdía detalle de cómo se movían mis manos.

Entonces solo pretendía sorprenderla. Esta noche, en cambio, la tela blanca que me abrocho botón a botón forma parte de mi futuro y, al mismo tiempo, me recuerda ese pasado que ella desconoce y que ha llegado el momento de revelarle.

No sé si Aitana habrá hablado ya con Héctor, pero, si todo sale bien, dentro de unos meses volveré a Benidorm, y esta vez lo haré para quedarme. Volveré a ser quien era antes de aquel incendio que me lo arrebató todo y me hizo pedazos la vida. Y lo haré a su lado.

Me sorprendo sonriendo sola mientras recorro el pasillo que une el área de descanso con las cocinas. Empujo una de las hojas de la puerta con el hombro, sin hacer ruido, y me quedo quieta en la penumbra del umbral.

Sofía está bajo la lámpara que cuelga sobre la isla central, bañada por una luz dorada que la aísla del resto de la cocina en sombras.

Sobre la encimera ha dispuesto una tabla de madera, un mortero de piedra, un manojo de hierba de limón, unas chalotas moradas, un cuenco con guindillas rojas y otro con algo que brilla como el ámbar.

No lleva la chaquetilla puesta. Viste un peto vaquero, desgastado en las rodillas, y debajo un top rojo que apenas le cubre el pecho y deja a la vista una franja de piel en los costados.

Se ha anudado a la cintura un mandil de un azul intenso, tan azul como sus ojos.

La luz le prende el pelo, lo tiñe casi de oro viejo y dibuja la curva de su nuca cada vez que se inclina sobre la tabla para machacar algo en el mortero.

Tararea. No logro distinguir la canción, pero sí el leve balanceo de sus caderas, que siguen el compás del mazo contra la piedra.

Me quedo mirándola y todo lo que siento se me revuelve por dentro, como una cazuela que rompe a hervir cuando menos te lo esperas: las dudas, los miedos, el dolor, la frustración…

y las ganas. Sobre todo, las ganas. Ganas de tocarla, de hacerla reír, de despertarme cada mañana y descubrir que sigue ahí.

Carraspeo.

Sofía levanta la cabeza. Sus ojos me buscan en la oscuridad y, en cuanto me encuentran, el mazo se detiene en seco.

Echo a andar hacia ella muy despacio y no aparto la mirada de la suya ni un segundo.

—¿Y qué se supone que vamos a cocinar hoy, chef?

Sofía deja a un lado lo que está haciendo y, sin el menor pudor, me recorre de arriba abajo: la chaquetilla abrochada hasta el cuello, las mangas que me he remangado sin pensar, las manos que no sé dónde meter, el pantalón.

Se toma su tiempo. Sé que lo hace a propósito, que está disfrutando de verme así, fuera de mi terreno y metida de lleno en el suyo.

Cuando por fin vuelve a subir la vista, hay en sus ojos algo que me deja sin aire.

—Nuestro nuevo comienzo —responde. Y antes de que me dé tiempo a procesarlo, rodea la isla y tira de mí hasta colocarme frente a la tabla de madera—.

Sambal matah 30 —anuncia con ese orgullo que solo le asoma cuando habla de comida—.

Lo más balinés que vas a probar en tu vida.

Chalota, hierba de limón, guindilla, lima, un chorrito de aceite de coco y un poco de azúcar de palma.

—Señala con la barbilla el cuenco ambarino—.

Todo en crudo, sin fuego y sin trampas. Espero que seas capaz de picar las chalotas sin rebanarte un dedo.

—Eso está por ver —murmuro.

Ella se ríe, me pone un cuchillo en la mano y vuelve al otro lado de la isla, donde se encarama a un taburete y se cruza de brazos, dispuesta a disfrutar del espectáculo.

Agarro la primera chalota y me doy cuenta enseguida de que algo no va bien.

Yo, que durante años dirigí una cocina entera, que era capaz de cortar una cebolla en brunoise 31 con los ojos cerrados mientras cantaba comandas a gritos, sujeto ahora el cuchillo como si fuera una principiante.

Me falla el pulso y el primer corte me sale torcido; el segundo, demasiado grueso; el tercero hace rodar media chalota por la tabla hasta que cae al suelo con un golpecito ridículo.

—Vaya —comenta Sofía, alzando una ceja—. Y yo que pensaba que ibas a humillarme.

Intento devolverle la sonrisa, pero se me queda a medio camino. Ella lo nota. Lo percibo en cómo se le borra la burla de la cara poco a poco, en cómo descruza los brazos y se inclina hacia mí por encima de la encimera.

—Valentina, ¿qué te pasa?

Dejo el cuchillo sobre la tabla, apoyo las manos en el borde de la mesa de trabajo y bajo la cabeza con un suspiro hondo. Contar mi historia nunca me ha resultado fácil, pero abrir el corazón siempre me ha costado muchísimo más.

Vuelvo a coger el cuchillo porque, si me quedo de pie frente a ella sin hacer nada, no voy a ser capaz de pronunciar ni una sola palabra.

—Ya te conté una vez que Aitana y yo nos conocemos desde niñas, que fuimos juntas a la universidad —empiezo, mientras pelo otra chalota con unos dedos que no me obedecen—.

Lo que no te conté es que mis padres decidieron por mí.

Eligieron que debía estudiar Administración y Dirección de Empresas, porque era lo sensato, lo que se esperaba de su hija.

Y yo me matriculé sin rechistar, como una buena chica.

—Suelto una risa amarga—. Me pasaba las clases de contabilidad ideando recetas que anotaba en los márgenes de mis cuadernos.

Corto la chalota en láminas irregulares, consciente de que la mirada de Sofía no se despega de mis manos en ningún momento.

—En tercero no pude más y lo dejé. Tuve una bronca horrible con mis padres, de esas que no se olvidan y que te cambian la vida para siempre.

Mi padre me soltó que, si salía por la puerta de casa para dedicarme a «fregar cacharros», no hacía falta que volviera.

Así que me marché. Aitana me acogió en su casa durante meses y un día puso un sobre en mis manos.

Cuando lo abrí, encontré dinero suficiente para pagar la matrícula de una escuela de cocina en París y las llaves de una buhardilla en el centro.

—París —repite Sofía en voz baja, y por el modo en que lo dice sé que está intentando imaginarme allí.

—Era diminuta y estaba en el último piso de un edificio sin ascensor.

Siete plantas. En verano era un horno y en invierno se colaba el frío por todas las rendijas.

—Cojo la hierba de limón y empiezo a picarla; el aroma cítrico se eleva entre las dos—.

Pero desde la ventana se veían los tejados de toda la ciudad y, por las noches, después de las clases, me sentaba en el alféizar con un cuaderno y diseñaba mi restaurante.

Las mesas, la carta, la vajilla, hasta la luz.

Un sitio pequeño, íntimo, que se sintiera como aquella buhardilla: un refugio por encima de todo el ruido. Así nació el Attika, mi restaurante.

Un nudo extraño se me cierra en la garganta y me detengo un segundo, con el filo del cuchillo suspendido sobre la tabla.

—Cuando terminé, regresé a Madrid. Con el dinero que tenía alquilé un piso pequeño en Malasaña, con una cocina ridícula en la que apenas cabía yo.

Y la primera noche, mientras probaba un guiso a la una de la madrugada, alguien llamó a la puerta.

—Sonrío sin poder evitarlo—. Era mi vecina de enfrente, en pijama y con el pelo hecho un desastre.

Me dijo que el olor la había despertado y que no podía volver a dormirse del hambre que tenía, que o le daba a probar lo que estaba cocinando o me denunciaba a la comunidad.

—Me cae bien esa vecina tuya —susurra Sofía, y en su voz no hay ni un ápice de celos, solo ternura.