Capítulo 26
Marta
Inhalo en cuatro tiempos. Retengo en siete. Exhalo en ocho. Eso dice la teoría, pero en la práctica, al llegar al cinco de la retención, me asalta el gesto de Clara cuando descubrió que estaba hablando con Lucía, y el aire se me escapa en un resoplido que no tiene nada de sagrado.
Vuelvo a empezar.
Estoy sentada en el centro de mi villa, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo.
En el centro, porque es el punto de cualquier estancia donde se concentra toda la energía y a mí, ahora mismo, me hace falta toda la que pueda arañar.
He abierto de par en par las puertas correderas que dan al jardín para que salga lo malo, he prendido tres varillas de incienso de lavanda de las que compré cuando Valeria, Clara y yo visitamos la tienda del resort, y sostengo un palo santo entre las manos con la solemnidad de quien sujeta un cirio en una procesión.
El humo asciende en espirales perezosas hacia el techo, se enreda en las aspas del ventilador y se deshace sin dejar rastro. Ojalá mis problemas hicieran lo mismo.
Ha empezado a caer la tarde y las ranas del estanque han arrancado con su concierto particular, un croar grave y rítmico que en cualquier otro momento me acunaría como un mantra y que ahora solo consigue ponerme todavía más nerviosa.
No he tocado el teléfono desde que volví de la playa. No ha dejado de vibrar desde entonces, y cada zumbido me provoca un escalofrío que me recorre la columna de abajo arriba, del chakra de la raíz al de la coronilla, y me los deja todos del revés.
Sé quién es. Lucía está acostumbrada a hablar conmigo a todas horas, y que de repente apenas le conteste ha empezado a preocuparla. Pero ¿cómo le digo que Clara ha descubierto que hablamos y que no se lo ha tomado nada bien?
Me observo la mano derecha y suelto un suspiro largo.
Hace semanas —por no decir meses—, ella me la agarró, buscó un bolígrafo en el mostrador y me escribió su número en la palma para que yo se lo pasara a Clara.
Inhalo. Uno, dos, tres, cuatro. Tendría que haberlo copiado en un pósit aquel mismo día, habérselo dejado a Clara en la taquilla y haberme frotado la mano con jabón hasta borrar la última gota de tinta.
Eso es lo que habría hecho una buena amiga.
Pero yo lo guardé en el teléfono y una noche, con una copa de vino de más y la luna en Escorpio, que para estas cosas es fatal, le escribí: «Lo he pensado mejor, no voy a dárselo a Clara.
¿Por qué iba a hacerlo después de tanto tiempo y después de haberla visto sufrir tanto por ti? ».
Lucía contestó. Yo también. Y, a partir de ahí, todo se me fue de las manos.
Retengo. Cinco, seis…
—¿Crees que con todo ese humo vas a conseguir que Clara vuelva a mirarte a la cara?
Doy tal respingo que el palo santo sale disparado, rebota contra el suelo y rueda hasta detenerse a los pies de la persona que acaba de hablar desde la puerta de la entrada. Me había olvidado por completo de que todas le habíamos dejado una copia de la llave por si acaso perdíamos la original.
Sofía se agacha para recogerlo y, tras apagarlo en un vaso de agua —o, más bien, tras cargárselo para siempre—, cruza la villa y se sienta en el borde de mi cama.
Arruga la nariz al pasar junto a las varillas de incienso, como si hubiera olido algo en mal estado en su cocina.
Lleva la chaquetilla desabrochada sobre una camiseta gris y todavía tiene el pelo aplastado con la forma del gorro.
—Esto huele a herbolario en llamas.
—Es para limpiar el ambiente —murmuro mientras me pongo en pie para apartar el incienso y dejarlo en una mesilla junto a la ventana—. Y el aura.
—Pues con lo que ha pasado hoy, vas a necesitar un bosque entero.
No es justo que me haga reír ahora, pero Sofía tiene ese don: es capaz de soltarte un chiste en el momento más inoportuno. Aun así, me freno enseguida, carraspeo y me limpio las palmas en los pantalones, como si con eso pudiera sacudirme también la culpa.
—¿Y tú cómo estás? —Me sale un hilo de voz—. ¿Las cosas con Valentina…?
—No he venido a hablar de mí, Marta.
Lo dice con suavidad, pero noto perfectamente cómo cierra esa puerta y cómo todo el foco vuelve a caer sobre mí.
Recorre la villa con la mirada hasta que descubre el teléfono sobre la colcha, a su lado.
Justo en ese instante, el aparato vuelve a vibrar.
Las dos lo miramos a la vez, y yo trago saliva.
—¿Se puede saber qué haces tú hablando con Lucía? —pregunta al fin, con las cejas arqueadas—. Porque hay algo que se me escapa. Sí, vale, os conocisteis en el resort. Pero de ahí a…
Deja la frase suspendida en el aire, y el hueco que queda me incomoda más que cualquier reproche. Me froto la nuca. La lavanda ya no me calma nada; ahora me marea. Me dejo caer en una silla de mimbre que hay junto a la cama y me muerdo el labio hasta notar el sabor metálico de los nervios.
—El día que la conocí, Lucía estaba en el hall buscando a Clara —empiezo, con la vista clavada en las baldosas—.
Yo le dije que Clara estaba de descanso, que no podía verla.
Y entonces me cogió la mano y me escribió su teléfono aquí.
—Levanto la derecha y me señalo la palma con el índice de la otra.
Todavía, después de tantas semanas, casi puedo ver el trazo de tinta azul—.
Me pidió que se lo diera a Clara, que fuera ella quien decidiera si quería hablar o no.
Y yo… —Resoplo y hundo los hombros—. No lo sé, Sofía.
Le mandé un par de mensajes diciéndole que lo había pensado mejor, que antes quería entender qué buscaba.
Empezamos a hablar, y hablar, y sin darme cuenta se convirtió en una rutina.
Sofía no dice nada. Se limita a observarme durante un buen rato, con los codos apoyados en las rodillas, y yo no sé dónde meterme. Una salamanquesa trepa por la pared encalada del jardín y se detiene junto a un farolillo, inmóvil, como si también estuviera esperando mi confesión.
—Dime que no te gusta, Marta. Porque cuando a ti te gusta una tía, te obsesionas —continúa sin piedad—. Y te recuerdo que todas hemos visto cómo duermes abrazada al teléfono.
Cierro los ojos un segundo, y cuando vuelvo a abrirlos ya no puedo más. Las palabras me salen solas y de golpe, como el agua cuando revienta una presa.
—Es que es una mujer increíble, Sofía. —Me tiembla la voz y me da exactamente igual—.
Es lista, es divertida, me escucha. Me pregunta cómo he dormido y se acuerda de lo que le conté hace tres días.
Me manda una foto cada vez que sale a correr a las siete de la mañana, porque sabe que a esa hora hago el saludo al sol.
Y yo… —Me llevo una mano al pecho, justo al centro, donde según todas las tradiciones vive el corazón y donde, desde hace semanas, vive ella—.
Yo no he visto en ella nada que me diga que es peligrosa.
Ya sabes que yo esas cosas las siento. Siempre las he sentido.
Sofía suelta el aire por la nariz.
—Te recuerdo que a Clara le estuvo poniendo los cuernos más de seis meses sin que ella se diera ni cuenta. —No alza la voz, y eso lo hace mucho más difícil de encajar—. Es toda una maestra del engaño. Si alguien sabe esconder la mala energía, es ella.
Sus palabras me arrastran al pasado, a aquel día en que celebrábamos en el resort la llegada de los nuevos compañeros; Clara era una recién llegada y, tras una tanda de chupitos, se rompió y se echó a llorar.
Esa noche nos lo contó todo y yo acabé abrazándola, acariciándole el pelo sin saber qué decir.
Y, al mismo tiempo, me devuelven a la última videollamada con Lucía.
Las dos imágenes no encajan, y no sé cuál de las dos me está mintiendo.
—¿Y si ha cambiado? —susurro—. ¿Y si se ha arrepentido de lo que hizo? ¿Y si ha aprendido y ahora es otra mujer?
Se lo pregunto a Sofía, pero en realidad me lo pregunto a mí. Y creo que ella lo sabe, porque se le suaviza el gesto y parece a punto de levantarse para abrazarme. En lugar de eso, suspira hondo, se pasa la mano por la frente y niega un par de veces, despacio, más cansada que enfadada.
—Eso no te lo puedo responder —admite por fin—. Pero sí puedo decirte una cosa: vas a tener que arreglarlo con Clara antes de que llegue Lucía. Porque da la casualidad de que viene a la gala dentro de unos días, y no quiero que perdáis vuestra amistad por…
«Por una mujer», termino yo en silencio. Por unos preciosos ojos azules. Por mi mala costumbre de enamorarme de quien no debo, como si el universo me pusiera exámenes una y otra vez y yo me presentara siempre sin haber estudiado.
Asiento con un nudo en la garganta tan apretado que noto el pulso latiéndome detrás de las orejas.
—Hablaré con ella —prometo—. Aunque dudo mucho que quiera escucharme.
—Si no lo intentas, no lo vas a saber. —Sofía se levanta, se sacude el pantalón y se acerca hasta quedar frente a mí—.
Y hazme un favor: sé sincera. Si te pregunta, no te andes con tus historias de los astros y las vibraciones.
Clara no necesita que le hables de Mercurio retrógrado. Necesita que le digas la verdad. ¿Vale?
—Vale. —Me aclaro la garganta—. Lo haré.
—Bien. Yo me marcho, que necesito una ducha antes de volver a mis cosas.
—Gracias.
—No hay de qué.
Me aprieta el hombro un segundo, con esa firmeza suya que vale más que cualquier discurso, y sale sin mirar atrás. La veo alejarse por el sendero de piedra, entre el croar de las ranas, hasta que la noche se la traga por completo.
El teléfono vibra otra vez, y ese zumbido me empuja a cogerlo y echar un vistazo a la pantalla.
Cuatro mensajes de Lucía. El último acaba de llegar: «Tengo una sorpresa para ti.
Me he enterado de que estás en Bali. ¿A que no sabes quién estará allí dentro de unos días?
Ya estoy haciendo la maleta. No sé si estoy más nerviosa por la gala o por verte».
Se me encoge el estómago. Bloqueo la pantalla, me guardo el teléfono en el bolsillo del pantalón y salgo descalza al jardín.
La hierba está húmeda y fresca bajo las plantas de los pies.
Fijo la vista en el ala de Clara, al otro lado del jardín que compartimos, donde una luz tenue se filtra entre las contraventanas.
Cuento mis pasos como si fueran respiraciones mientras camino hacia allí.
Uno, dos, tres, cuatro.
Y no me detengo.