Capítulo 25
Valentina
El reloj marca las cuatro de la tarde cuando por fin consigo apartar los preparativos de la gala —ya prácticamente terminados— y concederme un respiro.
Queda algún detallito por pulir, nada que no pueda resolver mañana con un café en la mano, pero se puede decir que todo está listo para enviar el informe a la central y que den el visto bueno al presupuesto.
Así que apago la tablet, la dejo sobre el escritorio de Damian y salgo del despacho en busca de Sofía con la excusa perfecta de contarle lo del discurso.
Aunque, si soy sincera conmigo misma, la excusa no es más que el envoltorio. Lo que de verdad quiero es verla.
La puerta de la cocina cede bajo la palma de mi mano y el calor me envuelve antes incluso de que termine de cruzar el umbral.
Huele a jengibre recién rallado, a algo cítrico y dulzón que no consigo identificar, y el aire vibra con el chisporroteo de una sartén al fuego.
Junto a la encimera de acero está Sofía, acompañada de Wayan, que le señala algo en el interior de un cuenco con la punta de una cuchara de madera.
Ella asiente, tan concentrada que ni siquiera se percata de mi llegada, y de pronto suelta una carcajada tan espontánea que a Wayan se le escapa una sonrisa.
Me quedo en silencio, apoyada en el marco de la puerta, el tiempo suficiente para perderme en el brillo entusiasmado de sus ojos y en la manera en que se muerde el labio inferior cada vez que prueba lo que sea que esté aprendiendo a preparar.
Tiene una mancha de harina en la mejilla y un mechón rebelde escapándose del gorro, y a mí me parece la mujer más bonita del mundo.
Pienso en la conversación que mantuve ayer con Aitana, en cómo le pedí —o, más bien, le supliqué— que hablara con Héctor para hacerle saber mi intención de abandonar mi puesto y unirme al equipo de cocina de Paraíso Azul, a las órdenes de Sofía.
Ella no tiene ni idea, y una parte de mí, la misma que lleva tres años sin ilusionarse por nada, se muere de ganas de ver su cara cuando se entere.
Wayan es el primero en advertir mi presencia. Levanta la vista, me descubre apoyada en el marco y una sonrisa cómplice le cruza el rostro.
—Creo que tienes visita —le anuncia a Sofía en voz baja.
Sin más, deja el cuenco sobre la encimera, se limpia las manos en el delantal y se despide de mí con una leve inclinación de cabeza antes de desaparecer por la puerta de servicio, dejándonos a solas.
Sofía se gira hacia mí y, en cuanto nuestras miradas se cruzan, algo cambia en su expresión. Es un rasgo sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la conozca como yo, pero suficiente para que se le tense la comisura de los labios y la luz de sus ojos se apague un poco.
No me lo pienso dos veces. Cruzo la distancia que nos separa y la estrecho entre mis brazos antes de que pueda protestar, antes incluso de que tenga tiempo de saludarme. Le acaricio la mejilla con el pulgar, llevándome de paso la mancha de harina.
—¿Qué te pasa? —le pregunto, separándome lo justo para mirarla a los ojos—. Y no me digas que nada, porque cuando te sale esta arruguilla de aquí —le toco el entrecejo, justo en el punto exacto— es que todo va mal.
Sofía deja escapar un suspiro que parece llevar horas atrapado en su pecho y se aparta el mechón de la cara con el dorso de la mano.
—Clara ha venido a verme hace un rato hecha una furia —empieza, y algo en su tono me pone en alerta al instante—. Marta lleva unas semanas pegada al teléfono y, por lo visto, la persona con la que habla es Lucía, la ex de Clara.
—¿Lucía? —repito, y noto cómo se me tensa la mandíbula—. ¿Una pelirroja de ojos azules? Dime que no se apellida Mirandés.
Sofía frunce el ceño, desconcertada por mi reacción.
—Sí, creo que sí. ¿La conoces?
Cierro los ojos un instante y me llevo una mano a la sien, como si así pudiera contener el dolor de cabeza que ya se anuncia mientras calculo los daños.
—Lucía trabaja en la cadena. Aitana también la conoce. De hecho, somos amigas, aunque a Aitana no es que le caiga precisamente bien —confieso—. Es la responsable de las redes sociales y de todo lo relacionado con el márquetin digital.
—Clara está fatal. No te imaginas lo mal que lo pasó cuando lo dejaron —me cuenta mientras me toma de la mano y me conduce hasta la pequeña zona de descanso que hay al fondo de la cocina, junto a la ventana—.
Y tampoco entiendo cómo es posible que Marta, sabiendo quién es, tenga…
Bueno, no sé si la tiene, pero una relación con ella. Es todo muy extraño.
Nos sentamos en el banco de madera, una frente a la otra, y aunque me encantaría animarla, decirle que todo irá bien y que no hay de qué preocuparse, no puedo hacerlo sin mentirle.
Lucía es de esas que siempre acaban metidas en líos de faldas; por eso Aitana no la soporta, y por eso mismo, para qué engañarme, yo siempre me he llevado tan bien con ella.
Dos piezas del mismo puzle, al menos hasta que Sofía se cruzó en mi camino y lo desordenó todo.
—Quizá deberíais hablar con Marta para que os cuente qué está pasando de verdad. —Hago una pausa y cruzo una pierna sobre la otra—. Es la única que puede contaros toda la verdad sobre este asunto. Y más vale que lo hagáis cuanto antes, porque Lucía es una de las invitadas a la gala.
Veo cómo el color abandona el rostro de Sofía casi en tiempo real.
—Espera, ¿¡qué!? —Su voz sube medio tono y en sus ojos azules se mezclan la incredulidad y el pánico—. No, eso no puede ser. ¿Tú sabes lo que va a pasar cuando Clara y Lucía se encuentren?
—Sí —contesto, y no puedo evitar que un asomo de humor negro se me cuele en la voz, porque a veces la única manera de sobrevivir al caos es reírse de él antes de que te aplaste—. Que la isla entera puede saltar por los aires.
Sofía me fulmina con una mirada que deja muy claro que no está el horno para bollos, así que suavizo el tono y le aprieto la rodilla con cariño.
—Pero no te preocupes por eso ahora. Ya encontraré la manera de arreglarlo.
—Sabes que no puedes hacer nada —replica, y hay en su voz un poso de resignación que no me gusta en absoluto—. Lo único que nos queda es apartarnos y ver qué pasa.
—Y cruzar los dedos para que la cosa no salga tan mal como imaginamos.
Nos quedamos calladas un momento, sopesando todo lo que se nos viene encima: Clara, Lucía, Marta atrapada en medio, y toda esa tensión a punto de estallar en plena gala gastronómica, delante de más de un centenar de invitados.
Por la mirada que intercambiamos, las dos sabemos que dudamos, y mucho, de que ese encuentro vaya a ser precisamente apacible.
Entonces Sofía respira hondo, como si hubiera decidido guardar ese problema en un cajón por ahora, y vuelve a centrarse en mí, en nosotras, en ese presente inmediato que al menos sí puede controlar.
—Bueno —dice, cambiando de tema—, ¿y lo de la gala? ¿Ya está todo organizado?
—Así es. Solo queda enviar el presupuesto y que nos den el aprobado —confirmo, y siento un cosquilleo de nervios en el estómago al recordar lo que tengo que contarle a continuación—. Aunque hay algo que debo decirte. Algo que Damian me comentó hace días y que Héctor, al parecer, respaldó.
Sofía entorna los ojos, recelosa.
—¿El qué?
—Al parecer, cree que tú, que te estás formando aquí, eres la persona idónea para dar un discurso sobre la importancia que tiene la gastronomía en nuestros resorts.
Se hace el silencio. Sofía parpadea varias veces, procesando la información.
—¿Me estás diciendo que voy a tener que coger un micrófono y hablar delante de un grupo de personas?
—Un grupo no —la corrijo, incapaz de contener la sonrisa—. Más de un centenar.
—No. —Niega con la cabeza con una firmeza que no admite discusión, o eso cree ella—. No, no puedo hacerlo.
Antes de que empiece a enumerar todas las razones por las que esto es una idea terrible —y sé que las tiene, ordenadas y numeradas—, le sujeto la cara con ambas manos y la obligo, con delicadeza, a mirarme a los ojos.
—Tú puedes conseguir todo lo que te propongas, Sofía —le digo despacio, dejando que cada palabra tenga el peso que merece—. Todo. Y no hay mejor persona que tú para dar ese discurso.
—Sí que la hay —rebate, y alza una ceja con intención—. Y la tengo delante.
En cuanto lo dice, no puedo evitar dedicarle una sonrisa.
—Bueno, quizá podamos hacer algo al respecto. ¿Qué te parece si lo damos juntas?
—Con una condición.
—¿Cuál?
—Que cocinemos un plato juntas —responde con esa seguridad que me atrapó desde el mismo instante en que la vi—. Esta noche, cuando todo el mundo duerma y no quede nadie por aquí. ¿Qué me dices?
Sin apartar los ojos de los suyos, rozo sus labios con un pulgar, apenas un instante, y le dedico la más traviesa de mis sonrisas.
—A sus órdenes, chef.