¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Valeria

El agua de la piscina está tibia, casi como si alguien la hubiera calentado a propósito para nosotras, y el sol de mediodía cae a plomo sobre la villa, colándose entre las hojas anchas de las palmeras que bordean el muro de piedra volcánica y dibujando sobre la superficie manchas de luz que tiemblan con cada ondulación.

Me dejo flotar un rato, con los brazos abiertos y los ojos cerrados, arrullada por el rumor del pequeño surtidor que borbotea en una esquina y por el canto lejano de algún pájaro que no sabría nombrar.

Huele a cloro, a flores de frangipani y a esa humedad dulzona que en Bali se te pega a la piel desde que abres los ojos por la mañana.

Y pienso que, si alguien me hubiera dicho hace un año que acabaría desnuda —bueno, en biquini, que tampoco hay que pasarse— en la piscina privada de un resort de lujo en Bali, con Aitana a menos de un metro mirándome como me está mirando ahora, le habría recomendado que se dejara de tonterías y se tomara una tila.

Abro los ojos y ahí está. Apoyada en el borde, con los brazos extendidos sobre las baldosas y el pelo mojado pegado a la nuca, me observa con esa media sonrisa suya que todavía, después de tantos meses, consigue que se me revuelva algo por dentro.

El agua le llega justo por encima del pecho, y las gotas le resbalan por el cuello con una parsimonia insolente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para llegar a ninguna parte.

—¿Qué miras? —le pregunto, aunque lo sé perfectamente.

—A ti. —Ni siquiera se molesta en disimular—. Es un vicio que tengo.

—Pues vaya vicio más soso.

—No te creas. —Se aparta un mechón mojado de la cara con un gesto lento, casi perezoso, sin dejar de mirarme—. Llevo un buen rato entretenida.

Me acerco nadando sin prisa, dejando que el agua se abra a mi alrededor como si también ella formara parte del juego.

Cuando llego a su altura, apoyo las manos en el borde, una a cada lado de su cuerpo, y la dejo atrapada entre mis brazos y la piedra caliente, como ella hizo conmigo una vez en el pasado.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es eso que tanto te entretiene?

—Cada una de las curvas de tu cuerpo. —Su voz desciende un tono y se vuelve más ronca, y sube una mano para colocarme un dedo bajo la barbilla—. Y cómo me encantan esos labios que te acentúas con ese gloss porque sabes perfectamente que no puedo evitar mordértelos.

Me echo a reír, porque es verdad, y porque después de tantos años quemándome con historias que no llevaban a ningún sitio, todavía me sorprende lo fácil que resulta todo con ella. Lo fácil y lo intenso a la vez, como si cada una de sus miradas escondiera dentro una promesa y una advertencia.

—Serás fresca.

—Aprendí de la mejor.

Le recorro la línea de la clavícula con la yema del dedo, dejando un rastro de agua que ella sigue con los ojos entornados, conteniendo el aliento sin darse cuenta.

Once años nos separan, y hubo un tiempo, al principio, en que me preguntaba qué demonios pintaba yo compartiendo cama con una mujer tan mayor, tan segura de sí misma, tan ordenada y perfeccionista cuando yo era un caos frenético e irreparable.

Pero entonces la miro así, con el sol reflejado en sus pupilas y esa manera de sonreírme, y todas las diferencias que tenemos se convierten en ruido de fondo.

—Te has quedado muy callada de repente.

—Estaba pensando en lo mucho que me gusta esto. —Señalo con la barbilla el espacio que hay entre las dos, el agua, la villa, el silencio interrumpido solo por los pájaros—. Nosotras. Sin nadie que nos diga cómo tienen que ser las cosas.

—A mí también me gusta. —Se acerca un poco más, hasta que nuestras narices casi se rozan—. Y, hablando de cómo tienen que ser las cosas… tengo que contarte algo.

—Uy. —Me aparto unos centímetros y la miro con recelo—. Ese tonito no me gusta nada.

—Es bueno. Creo. —Aitana suelta el aire, como quien sopesa cada palabra antes de dejarla salir—. Sofía y Valentina se han dado una tregua para intentar que lo suyo funcione de verdad, sin prisas y sin que nadie más meta baza.

Me quedo un segundo en blanco, procesándolo, mientras el agua se mece a nuestro alrededor con esa quietud extraña que siempre sigue a una noticia importante.

Pienso en Sofía, en su cara cuando la recogimos en casa de Made, en la rabia que sentí al encontrar a Valentina en el despacho de Damian y en las ganas que tuve, durante un instante, de retorcerle el cuello por hacerle tanto daño a mi mejor amiga.

Y luego pienso en lo que sé ahora: en lo de Sam, en el incendio, en tres años cargando sola con un peso que ninguna de nosotras había sabido ver.

—Una tregua… —repito, muy despacio—. ¿Y nosotras qué pintamos en todo eso?

—Nada. —Aitana niega con la cabeza, completamente seria—. Absolutamente nada. Ese es el trato. Ellas deciden qué paso dan y cuál no, sin que tú, ni yo, ni Clara, ni Marta andemos empujando desde fuera.

Sé que tiene razón, aunque me escueza reconocerlo.

Después de la huida de Sofía, de las horas que pasamos buscándola sin saber si estaba bien, de ver a Valentina derrumbarse en aquel despacho confesando cosas que llevaba demasiado tiempo guardándose, entendí algo que no me gusta nada admitir: que, por mucho que quiera a Sofía como si fuera mi hermana, esta historia no es mía.

Es de ellas. Y meterme, aunque sea con la mejor de las intenciones, solo sirve para complicarlo todo todavía más.

—Está bien —claudico, y lo digo en serio, aunque me cueste horrores—. Me portaré bien.

Aitana enarca una ceja, esa ceja suya que lo dice todo sin necesidad de palabras, y me mira como si acabara de anunciarle que el cielo es verde.

—¿Seguro que podrás estarte quietecita?

La pregunta llega envuelta en un tono burlón, acompañada de esa sonrisa que sabe perfectamente el efecto que tiene sobre mí, y yo finjo meditarlo, aunque tengo la respuesta clara desde el principio.

—Siempre que Valentina se comporte como es debido y deje de joder, sí.

Y entonces, sin darle tiempo a replicar, la beso.

La beso con la misma urgencia con la que la besé la primera vez, aquella noche en Benidorm en la que todo empezó a cambiar entre nosotras sin que ninguna de las dos lo viera venir.

Le sujeto la cara con las manos mojadas y ella responde de inmediato, con un gemido bajo que se pierde contra mis labios y los dedos enredados en mi pelo para atraerme más, como si el poco espacio que queda entre nuestros cuerpos le pareciera un desperdicio imperdonable.

El agua se agita a nuestro alrededor, cálida, y el mundo entero se reduce a esto: su boca, su respiración entrecortada, el calor de su piel bajo mis manos y el latido que no sé si es suyo o mío.

Cuando por fin nos separamos, las dos sin aliento, apoyo la frente contra la suya y sonrío como una tonta, con una de esas sonrisas que no hay manera de controlar.

—¿Qué te parece si dejamos a Clara y a Marta solas por un día? —le propongo en voz baja, con la boca pegada a su oído—. Que se busquen la vida ellas solitas.

Aitana se aparta lo justo para mirarme, con los ojos brillantes y esa expresión traviesa que ya conozco de sobra, la que anuncia que estamos a punto de meternos en algún lío y que lo vamos a disfrutar al máximo.

—Me parece que es el plan perfecto.

Clara

He perdido la cuenta de los mensajes que he enviado en los últimos quince minutos, pero sigo sin recibir respuesta.

Con las llamadas tampoco he tenido más suerte: el buzón de voz es lo único que se ha dignado a contestarme, y empiezo a darme por vencida.

Guardo el móvil en el bolso de playa con un resoplido y me pongo el biquini turquesa que, según Marta, me hace un culo espectacular.

—Deberías dejarla tranquila —me aconseja Marta, asomándose por la puerta del baño.

Lleva el pelo tan alborotado que por un momento pienso que ha metido los dedos en un enchufe, y luce esa sonrisa que se le pone cuando está a punto de soltar alguna de sus teorías cósmicas—.

Seguro que está con Aitana, disfrutando de su intimidad en la villa.

El universo tiene sus tiempos, y el de ellas ahora mismo está plagado de besos y más besos.

—El universo, dice. —Cojo las chanclas y las lanzo sobre la cama con más fuerza de la necesaria—. Di mejor que se estará dando el lote con su novia mientras nosotras pasamos el día en la playa las dos solitas.

—¿Y qué problema hay con que estemos solas?

Ahí me ha pillado, la verdad. No hay ningún problema, pero cuando nos enteramos de que viajaríamos juntas a Bali planeamos un día exactamente como este, y que Valeria se haya borrado del plan sin avisar me sienta como una patada en la espinilla.

Aun así, me calzo las chanclas, cojo el bolso con mis cosas y la crema solar de factor cincuenta, y salgo detrás de Marta, directa hacia la entrada del resort, donde Made ya nos espera en el coche para llevarnos a la playa.

El trayecto de una hora y media más o menos se me hace eterno, pero cuando llegamos, el paisaje me deja sin palabras.

La arena, blanca y fina como el azúcar glas, quema incluso a través de las suelas, y el mar se extiende ante nosotras en un azul tan intenso que parece retocado con Photoshop.

Huele a sal, a mar, y la brisa trae consigo el murmullo acompasado de las olas y las risas lejanas de algún huésped que chapotea en la orilla.

Elegimos dos tumbonas bajo una sombrilla de paja trenzada, lo bastante cerca del agua como para oír cómo rompen las olas, y nos dejamos caer sobre ellas con el mismo alivio con el que un pez regresa al agua.

—Recuerda lo que te dije —anuncio, estirando las piernas y ajustándome las gafas de sol—. De aquí no nos movemos hasta que estemos tostadas como gambas.

—Va a ser un día para absorber la energía solar de forma consciente y dar las gracias por la oportunidad de vivir esta gran experiencia.

—Ya, claro. —Pongo los ojos en blanco detrás de las gafas—. Como tú digas, gurú.

Un camarero balinés se acerca enseguida con esa sonrisa amable que parece venir de serie con todo el personal de la isla y nos toma nota de dos cócteles que recomiendan en la carta: una mezcla de mango, maracuyá y un chorrito de ron que promete curarnos de todos los males que arrastramos.

Cuando vuelve con las copas, adornadas con una flor diminuta y una rodajita de piña clavada en el borde, ya casi me he olvidado de que al cuadro le falta una tercera parte.

Y digo casi porque, mientras le doy el primer sorbo a mi cóctel, con los ojos entrecerrados por el sol y la mente en blanco de puro gusto, no puedo evitar fijarme en Marta.

Tiene el móvil pegado a la mano y mira la pantalla con una sonrisita bobalicona que se le apaga en seco en cuanto se da cuenta de que la estoy observando.

—A ver. —Dejo el cóctel en la mesita auxiliar y me giro hacia ella, apoyando el codo en la tumbona—. ¿Qué escondes en ese teléfono? ¿Te has enganchado al Candy Crush y te mueres de vergüenza de reconocerlo?

—Yo no tengo adicción a nada. —Marta se endereza con esa dignidad ofendida que le brota cada vez que alguien pone en duda su equilibrio interior—. Ya sabes que yo esas cosas no las concibo. Solo… hablo con alguien.

Lo suelta casi de pasada, pero algo en su tono me enciende todas las alarmas.

Porque ahora que lo pienso, con la mente despejada gracias al ron, caigo en que esto de vivir pegada al móvil no le ha dado de un día para otro.

Marta lleva así desde antes de que cerraran el resort por el fin de temporada.

—Un momento. —Entrecierro los ojos y me bajo las gafas hasta la punta de la nariz—. Llevas semanas con esto. Semanas, Marta. ¿Quién es «alguien»?

—Nadie importante, es solo…

No la dejo terminar. Con un movimiento rápido, le arrebato el teléfono de las manos y salgo disparada por la arena, descalza, dando gritos de victoria como si acabara de colgarme una medalla olímpica.

—¡Clara, devuélvemelo ahora mismo!

—¡Ni de coña!

La arena se me cuela entre los dedos de los pies mientras esquivo una sombrilla y estoy a punto de llevarme por delante a un señor que dormita boca abajo con un sombrero de paja tapándole la cara.

Marta me persigue gritando mi nombre entre risas nerviosas y, a los pocos metros, choca de lleno con una pareja que paseaba de la mano por la orilla.

Mientras ella se deshace en disculpas atropelladas sin quitarme el ojo de encima, yo aprovecho el tropiezo para ganar distancia, me dejo caer de rodillas junto a una tumbona vacía y miro la pantalla con el corazón a mil, por la carrera y por una curiosidad que ya no puedo contener.

Todo sucede muy deprisa, pero cuando leo el nombre que aparece en la parte superior del chat, algo se me hiela por dentro.

No solo reconozco el nombre; también reconozco el número.

Lucía. La mujer que me destrozó el corazón hace cinco años, la que me tuvo meses preguntándome si merecía la pena volver a confiar en alguien.

Me quedo tan paralizada, con el teléfono en la mano y la mirada clavada en la pantalla, que Marta llega a mi lado sin que apenas me dé cuenta, resoplando por la carrera y con las mejillas encendidas.

—Clara, dame el móvil, por favor…

—¿Qué coño haces tú hablando con mi ex?

Le planto la pantalla delante de la cara y veo cómo el color se le esfuma de las mejillas. Se queda un instante con la boca entreabierta, buscando algo que decir, hasta que las palabras le salen a trompicones.

— Apareció un día cualquiera por el resort preguntando por ti, estabas en tu día de descanso y me tocó a mí atenderla, y bueno… ella quería hablar contigo y…

—Y al final la que se lio a hablar con ella fuiste tú, ¿no?

La pregunta me sale disparada, mezcla de incredulidad y de algo muy parecido a la traición, aunque ni siquiera tengo claro de qué me siento traicionada exactamente.

Marta se queda callada, mirándome con esos ojos verdes que normalmente irradian una calma zen que ahora mismo brilla por su ausencia.

Se retuerce los dedos, da un paso hacia mí y alarga la mano, pero no llega a tocarme.

—Déjame que te lo explique, Clara —me suplica.

Pero yo no necesito que me explique nada. Me levanto, le pongo el móvil en la palma de la mano con más suavidad de la que me pide el cuerpo y me sacudo la arena de las rodillas, sintiendo cómo me arde la garganta.

—Disfruta de la playa. Yo regresaré al resort. Necesito hacerle una visita a Sofía.