Capítulo 23
Sofía
El agua caliente de la ducha cae sobre mis hombros y arrastra consigo el cansancio de una noche entera sin pegar ojo.
No hago nada más que dejarme llevar, cerrar los ojos y revivir una y otra vez la conversación que Valentina y yo tuvimos junto al estanque, con el cielo ardiendo en tonos naranjas y rojizos.
Apartarme de ella, marcar esa línea entre nosotras y evitar que me besara, fue muy duro.
Pero era necesario. Un pequeño empujón que, espero, la anime a sincerarse conmigo.
Hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan ligera, tan libre de ese peso que me oprimía el pecho desde aquella mañana de agosto y que, hasta hoy, había aprendido a cargar como quien arrastra una maleta que no se atreve a abrir.
Hoy, después de más de diez días en Bali, pido que me suban el desayuno y me lo tomo sin prisas en la terraza de mi villa.
Fruta fresca cortada en gajos perfectos, un café tan intenso que me despierta con el primer sorbo y el murmullo de los pájaros escondidos entre las palmeras.
Wayan me repitió hace unos días que no estaba aquí solo para trabajar, sino también para disfrutar, y hoy, por fin, pienso hacerle caso.
El sol ya aprieta con fuerza cuando me levanto de la mesa, así que me peino el pelo todavía húmedo y salgo de la villa rumbo a las cocinas del restaurante.
Estoy segura de que a todo el mundo le sorprenderá verme aparecer tan temprano, pero me muero de ganas de cocinar.
Ahora que las cosas —más o menos— se han arreglado, necesito volver a mancharme las manos de especias, a despertar los sentidos entre aromas y a sentir que vuelvo a ser yo.
En cuanto cruzo la puerta, la cocina me recibe con una auténtica sinfonía: el chisporroteo del aceite en los woks, el golpeteo rítmico de los cuchillos contra las tablas, las voces que se entrecruzan en balinés y en inglés sin orden ni concierto.
El aire huele a hierba limón, a jengibre recién rallado y a chalotas doradas en su punto justo.
Todo el equipo está volcado en el menú del día; incluso Bayu, que suele aparecer bastante más tarde, lleva ya el delantal manchado y las mangas remangadas hasta los codos.
En el centro de todo, como un director de orquesta, Wayan reparte indicaciones precisas que cada uno capta al vuelo y ejecuta sin rechistar.
Cuando por fin repara en mí, su expresión cambia, como si hubiera detectado algo en mi cara que yo misma todavía no he terminado de asimilar.
—Sofía —me saluda, con esa sonrisa que se le dibuja en las comisuras cuando está a punto de decir algo que sabe de sobra que me va a incomodar—. Esa sonrisa no la traías ayer.
Noto cómo me sube el rubor y finjo concentrarme en atarme el delantal, como si aquel nudo requiriera toda mi atención.
—Será el desayuno —replico, sin atreverme a mirarlo—. Te he hecho caso y me he dado el mejor desayuno de mi vida.
Wayan suelta una risa breve y no insiste. Sabe perfectamente cuándo apretar y cuándo dejar que las cosas respiren solas, y se lo agradezco en silencio mientras me dirijo hacia la mesa de trabajo que me han asignado. Sin embargo, antes de empezar, me giro hacia él.
—Gracias por todo lo que me has enseñado estos días —le digo, y lo digo de corazón—. Sin ti no habría aguantado tanto.
Él se limpia las manos en el paño que lleva colgado del hombro y me observa con una calma que desarma.
—Eso ya lo llevabas dentro, Sofía. Yo solo te he enseñado a mirar, a saborear y a sentir.
Y, tras soltar esa frase como quien no quiere la cosa, se da media vuelta y sigue repartiendo tareas, como si no acabara de decirme algo que se me queda clavado en el pecho durante los veinte minutos siguientes.
Me pongo manos a la obra con los entrantes: una ensalada de papaya verde con gambas que llevo días perfeccionando y que ya me sale casi sin pensar, con movimientos que se encadenan unos con otros sin titubeos.
Corto, mezclo, pruebo, rectifico. La papaya cae en tiras finísimas, la lima despierta el conjunto con su acidez y el toque de chile le da ese punto picante que hace cosquillas en la lengua.
El cuchillo se desliza sobre la tabla con una seguridad que siempre estuvo ahí, pero que en algún momento perdí sin darme cuenta.
Bayu pasa por mi lado, echa un vistazo rápido a mi trabajo y continúa su camino sin decir nada, sin corregirme, sin repetirme por tercera vez cómo debe quedar el corte del chile.
Y ese silencio, ese gesto tan sencillo de confianza, me anima a seguir con más ganas todavía.
Es curioso cómo un lugar que al principio me resultaba tan ajeno, tan lleno de olores desconocidos y de rituales que no entendía, ahora encaja conmigo como si llevara aquí toda la vida.
Ya no necesito que Wayan me recuerde las proporciones del sambal ni busco a Bayu con la mirada cada vez que dudo de si el fuego está demasiado alto.
Las indicaciones de estos días se han ido asentando en mi cuerpo, en mis manos, en mi paladar, hasta convertirse en algo mío.
Por primera vez desde que pisé esta cocina, no me siento la chica nueva a la que todos vigilan de reojo. Me siento parte del equipo.
El reloj de la pared marca las doce en punto cuando la puerta se abre y entra Damian, seguido muy de cerca por Valentina.
Ella lleva el pelo recogido en una coleta alta, unos pantalones de lino claro y una blusa de un azul grisáceo.
Aparta la vista del móvil que sostiene en la mano y, en cuanto sus ojos se clavan en los míos, reconozco esa química que nunca llegó a irse a ninguna parte, que solo estaba esperando su turno para volver a prender con la misma intensidad de siempre.
Me tiemblan un poco los dedos y dejo el cuchillo sobre la tabla, por si acaso.
—Wayan —dice Damian, acercándose al chef con paso decidido—, tenemos que hablar del menú para la gala. Valentina tiene algunas sugerencias para los platos de degustación.
Wayan asiente y los tres se retiran hacia la zona de descanso, donde extienden sobre la mesa unos folios llenos de anotaciones. Yo retomo mi ensalada, aunque, sin poder evitarlo, tengo los cinco sentidos pendientes de la conversación.
Valentina habla de texturas, de contrastes, de cómo el pescado debería acompañarse de algo ácido que corte la grasa y limpie el paladar, y Wayan asiente entre apunte y apunte, visiblemente interesado.
Pero cada pocos segundos, los ojos de ella se despegan del papel y buscan los míos por encima del hombro de Damian, y cada vez que nuestras miradas se encuentran se enciende entre nosotras algo que no tiene nada que ver con especias ni con menús de gala.
Algo que me obliga a morderme el labio para que no se me escape una sonrisa delante de todo el equipo.
En algún momento, también Damian levanta la vista y su mirada tropieza con la mía.
No hay hostilidad en sus ojos, pero sí esa cautela, esa distancia educada que mantienen dos personas conscientes de que están jugando la misma partida.
Porque yo no soy tonta. Sé perfectamente que a Damian le gusta Valentina; lo he visto en cómo se inclina hacia ella cuando habla, en cómo busca cualquier excusa para apoyarle la mano en la espalda, en cómo se ríe de sus comentarios un segundo antes de que terminen.
Lo que él no sabe, lo que ni siquiera puede imaginar, es que yo también sé jugar mis cartas.
Valentina tiene que demostrarme que me quiere de verdad, que esta vez no va a salir huyendo cada vez que el miedo le pise los talones.
Y yo, mientras tanto, pienso demostrar exactamente lo mismo que he demostrado siempre en esta cocina: que cuando quiero algo, lo consigo.
Cueste lo que cueste, y por muchos directores de sonrisa fácil que se interpongan en mi camino.