¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Valentina

Llevo horas sentada en el sillón que hay junto al ventanal de mi villa, con los ojos clavados en el cielo, contando una y otra vez unas estrellas que se desdibujan cada vez que parpadeo, víctimas del agotamiento y de la llegada de un nuevo día.

Tengo las piernas dormidas, la espalda entumecida y una sábana de algodón resbalándome por los hombros que ni siquiera recuerdo haberme echado encima.

Aitana duerme —o finge dormir— vestida sobre mi cama, con los zapatos todavía puestos y un brazo doblado bajo la mejilla.

Decidió quedarse conmigo a pesar de que le pedí que me dejara sola.

No hemos cruzado apenas palabra en toda la noche; simplemente se sentó a mi lado y esperó, paciente, hasta que el silencio empezó a dolerme tanto que estallé y le confesé todo lo que llevaba guardado dentro.

La noticia de que Made había encontrado a Sofía, de que estaba bien, me abrió el corazón en canal, y todo lo que había acumulado ahí dentro —tres años de miedo embalsamado, de promesas hechas a una lápida, de huidas disfrazadas de teorías absurdas— salió de golpe y sin freno.

Lloré. Lloré como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo, y no solo por Sofía.

Lloré por Sam, por la última vez que salió de casa sin que yo le dijera que la quería, por aquella discusión estúpida que tuvimos la noche anterior a que perdiera la vida.

Lloré porque, durante las horas en las que no supe dónde estaba Sofía, mi cabeza no dejó de repetirme la misma frase, cruel y afilada: «Vas a perderla igual que perdiste a Sam, y esta vez será culpa tuya».

Ahora, después de haber llorado hasta la extenuación en los brazos de Aitana, soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea Sofía.

Sí, tengo miedo de lo que siento, porque ya no cabe en esa cajita que escondí al fondo de un cajón con la esperanza de olvidarla.

Sofía no es «algo pasajero», ni un «error bonito», ni «algo que no puedo permitirme», por mucho que me lo haya repetido frente al espejo.

Después de imaginarla perdida en mitad de una selva tropical, sola, a oscuras, comprendí que mi ataque de pánico no nació de la culpa ni de la responsabilidad, sino de algo mucho más simple y aterrador: la necesito. La necesito como el aire que respiro.

Quererla ha sido tan sencillo que me aterró, y lo fácil fue huir de lo que sentía.

Sin embargo, después de todo lo que ha pasado, por fin me he dado cuenta de que escapar y autosabotearme cada vez que me enamoro no me protege de nada.

Lo único que me garantiza es una vida entera de soledad y de amaneceres vacíos como este. Y ya no quiero eso. No lo quiero más.

Unos golpes suaves en la puerta me arrancan de mis pensamientos. Dos toques, una pausa y un tercero, más tímido, como si quien estuviera al otro lado dudara entre llamar con fuerza o marcharse sin hacer ruido.

Aitana se remueve sobre el colchón y entreabre un ojo.

—¿Esperas a alguien? —murmura con la voz pastosa del sueño.

—No —contesto, y es la verdad. A estas horas, con el sol todavía durmiendo, no espero a nadie. Y menos aún después de la nochecita que hemos pasado todas.

Me levanto del sillón, dejo caer la sábana sobre el respaldo y camino descalza hasta la puerta. Las baldosas están frías y ese contacto me despeja lo justo para no tambalearme.

—No estoy de humor para visitas de ningún tipo —anuncio, alzando la voz lo suficiente para que se oiga a través de la madera, sin molestarme en abrir—. Vete, por favor.

Doy por hecho que es Damian. O quizá Valeria, que después de la que ha liado igual pretende seguir gritándome, aunque técnicamente ya lo hizo ayer y, para mi desgracia, tenía razón en todo lo que me echó en cara.

—Si quieres, me voy —responde Sofía, con un tono que no le había escuchado desde que llegué a Bali y que me sabe a tregua—. Pero creo que necesitamos hablar.

El corazón me da un vuelco tan brusco que creo que se me ha parado; que toda la ansiedad acumulada durante las últimas horas ha decidido pasarme factura ahora, justo ahora, con ella al otro lado de la puerta.

Me llevo una mano al pecho sin darme cuenta.

A mi espalda, Aitana se incorpora del todo en la cama, y cuando me giro hacia ella, buscando no sé muy bien qué, me dedica una mirada firme y agita la mano en un gesto leve, empujándome hacia delante una vez más.

«Abre», me dicen sus ojos. «Ni se te ocurra huir ahora».

Me tiembla la mano cuando la apoyo sobre el pomo. No sé qué espero encontrarme. No sé si estoy preparada para lo que venga después de abrir esa puerta. Aun así, respiro hondo y abro.

La luz del amanecer, tímida todavía, se cuela entre nosotras y baña a Sofía en un resplandor que le suaviza los rasgos y le dibuja un halo dorado alrededor del pelo y de la ropa.

Tiene los ojos hinchados, igual que yo. Mantiene los brazos cruzados sobre el pecho, como si se estuviera abrazando a sí misma para no dar el paso que la acerque a mí.

Y me mira con esos ojos azules que aprendí a leer hace semanas y que ahora mismo no sé descifrar.

Un nudo me aprieta la garganta y soy incapaz de pronunciar una sola palabra.

Lo único que consigo hacer es abrir mi corazón de par en par, mandar mi famosa seguridad a tomar viento y echarme a llorar delante de ella.

A esa hora, el aire está cargado de frescor y huele a tierra húmeda y a flores recién abiertas.

Le propuse a Sofía dar un paseo, y ahora caminamos por el sendero de piedra que bordea mi villa y serpentea entre helechos gigantes y pequeños estanques de nenúfares, envueltas en esa luz que solo existe durante los primeros minutos antes del amanecer, cuando el cielo todavía está pintado de un azul oscuro matizado en violetas hondos.

Apenas nos hemos dirigido la palabra desde aquella breve conversación en la puerta, desde que me derrumbé frente a ella como una cría.

Pero no me extraña. Hay tanto de lo que hablar que ninguna de las dos sabe por dónde empezar, y cada vez que tomo aire para decir algo, la frase se me deshace antes de llegar a los labios.

El resort duerme a nuestro alrededor; ni siquiera se ve al personal de mantenimiento que suele cruzar los jardines a estas horas.

Solo estamos ella, yo y el eco de nuestros pasos sobre la piedra fría.

La observo de reojo y me detengo en cada detalle: el brillo cansado de sus ojos, la tensión de su mandíbula, las ojeras violáceas que la noche le ha dejado como recuerdo.

Y la culpa me muerde por dentro. Mi llegada a Bali solo le ha traído dolor, todo lo contrario de lo que imaginé cuando Héctor me dio la noticia y yo, como una ilusa, me pasé el vuelo entero fantaseando con el reencuentro.

Al pasar junto al estanque del puente de madera, Sofía se detiene de repente y se gira para enfrentar mi mirada.

—¿Te gusta Damian? —suelta, sin rodeos.

La pregunta me pilla tan desprevenida que freno en seco y me quedo mirándola con la boca entreabierta.

—¿¡Qué!? ¡Por supuesto que no!

—¿Entonces por qué permitiste que te besara? —No hay reproche en su voz, solo una necesidad desnuda de respuestas, como si no pudiera dar un paso más sin ellas.

—Ocurrió todo muy rápido y no supe reaccionar a tiempo —empiezo, y las palabras se me atascan a medio camino—. Creo que en algún momento le he hecho creer que me interesa. Que la química que tenemos es algo más que eso.

En cuanto lo digo, sé que la he fastidiado. Algo se apaga detrás de los ojos de Sofía, como la llama de una vela a la que alguien acaba de robarle el oxígeno.

—¿Y lo que pasó entre nosotras también pasó porque tenemos química? —pregunta, y aunque su voz sigue siendo suave, noto la herida que acabo de abrirle sin pretenderlo.

—No. —La palabra se me escapa antes de que termine la pregunta, rotunda.

Doy un paso hacia ella; necesito que me crea, que entienda que lo que acabo de decir sobre Damian no tiene nada que ver con lo que siento por ella—.

No, Sofía, no. Lo que pasó entre nosotras, lo que ha pasado estos días, es mucho más que química.

—Siento el corazón latiéndome en la garganta, en las yemas de los dedos, en cada rincón del cuerpo—.

Yo te quiero. Te quiero desde el día en que te vi, desde la primera vez que discutimos y me hiciste sentir viva otra vez.

Sofía no aparta la mirada. Sus ojos, todavía hinchados, me recorren la cara, como si estuvieran comprobando si lo que acabo de decir tiene el peso suficiente para sostenerse en pie.

—Sé que me quieres —admite al fin, en voz baja—. Y también sé que te aterra perderme. Wayan habló conmigo hace unas horas y me dijo que te pasó algo que aún te cuesta mucho superar.

El aire se me queda atrapado en los pulmones.

—¿Te lo ha contado?

—No —se apresura a aclarar, y descruza por fin los brazos para dar un paso hacia mí, acortando esa distancia que ella misma se había impuesto—.

Supongo que quiso ayudarnos un poco. Y yo…

—Se interrumpe, respira hondo y, por fin, algo en su voz se resquebraja—.

Yo estoy muy cansada. No puedo seguir dándotelo todo sin saber si voy a recibir lo mismo a cambio.

Y tampoco puedo seguir aguantando tanto dolor por tu parte. Ya no me quedan fuerzas para eso.

Cada una de sus palabras me duele tanto como me avergüenza, porque sé que las merezco todas. Estoy a un solo paso de ella, tan cerca que podría contar las pecas que el sol de Bali le ha dibujado en la nariz y en las mejillas.

—Te prometo que esto se va a acabar —le aseguro, y lo digo en serio, con toda la intención de cumplirlo, aunque sé que hace tiempo que las promesas perdieron su valor en mi boca.

Sofía niega con la cabeza, desconfiando de mis palabras.

—No me prometas algo que no sabes si va a pasar —replica—. Solo quiero que lo que haces y lo que dices vayan en la misma dirección, Valentina. Eso es todo lo que te pido. Porque yo te quiero. Te quiero tanto que no soy capaz de pensar en nadie más que en ti. ¿Lo entiendes?

Justo en ese instante, el sol comienza a asomar por detrás de las colinas, como si el propio paisaje hubiera decidido subrayar sus palabras. La luz nos envuelve en un tono cálido que le dora los hombros y le enciende los ojos en un azul todavía más intenso, casi irreal.

—Entonces déjame demostrarte que te quiero —susurro, buscando su mano y entrelazando mis dedos con los suyos con cuidado, como si fuera la primera vez que la toco.

Doy un paso hacia ella con la intención de besarla, pero da un paso hacia atrás marcando una distancia que tensa los músculos de mi cuerpo.

—Todavía no puedo. —Lo dice sin dureza, y eso duele más que si me hubiera gritado—. Ayer te vi besar a otra persona, Valentina. Me he pasado la noche dándole vueltas a cosas que no me has contado tú. No puedo besarte así como si nada.

—¿Qué puedo hacer para que me perdones…?

—Tres cosas. —Levanta el pulgar, como cuando canta una comanda—. Que me cuentes la razón real por la que te marchaste aquella mañana. Que hables con Damian de lo que ha pasado y lo zanjes por completo. Y que no vuelvas a tocarme para arreglar algo que se arregla hablando.

El sol asoma ahora con más fuerza. Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien ni tan claro que no debía hacerlo.

—¿Y qué pasará si lo hago?

—Si lo haces —una sonrisa pequeña le tira de la comisura—, ya sabes dónde está mi cocina.

Se da la vuelta y se aleja por el sendero sin mirar atrás. Yo me quedo junto al estanque, con la huella de su tacto en mi mano y cero ganas de salir corriendo.