¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 21
40%

Capítulo 21

Sofía

Blue Paradise Bali, Ubud

A las tres de la madrugada, el techo de mi villa se convierte en una pantalla de cine donde se proyectan las sombras de la vegetación del jardín.

Llevo un buen rato con la mirada perdida en ese baile silencioso de hojas y ramas que se mecen, imagino, al capricho de una brisa que va y viene.

Por más que intento seguir sus movimientos como quien cuenta ovejas, el sueño no aparece.

La cama, enorme para una sola persona, se ha quedado pequeña.

Valeria ocupa el centro y duerme con una pierna encima de las mías, como si temiera que fuese a evaporarme durante la noche.

Clara se ha enroscado sobre su mitad de almohada con un codo clavado en mi costado, y Marta, acurrucada en el borde, sostiene el teléfono contra el pecho incluso en sueños.

Las tres respiran a un compás distinto, una sinfonía desafinada de suspiros y ronquidos suaves que debería arrullarme y que, sin embargo, no lo consigue, porque cada vez que cierro los ojos mi mente me arrastra de vuelta al despacho de Damian.

Aparto con sumo cuidado la pierna de Valeria, que protesta con un gruñido ininteligible cuando me pongo en pie, y contengo la respiración hasta asegurarme de que no se despierta.

Cojo la bata de seda del respaldo de la silla, me la echo sobre los hombros, me calzo las sandalias y me escapo de mi propia villa como una adolescente que se fuga de casa de sus padres.

La noche cerrada me recibe con olor a tierra mojada y a hojas empapadas.

Aunque los caminos del resort están iluminados por pequeños farolillos que asoman entre los helechos, tengo que prestar atención a dónde pongo los pies para no tropezar a la primera de cambio con alguna raíz caprichosa o con el borde de una losa.

Camino sin rumbo, sin ser consciente de adónde voy.

Al menos, hasta que me topo de frente con las cocinas y mis labios se curvan en una sonrisa involuntaria.

Solo aquí, o en cualquier cocina del mundo, mi cabeza deja de gritar y mi corazón se calma.

A estas horas, con las luces apagadas, el lugar parece un templo de acero inoxidable, y el único sonido que rompe el silencio es el zumbido grave de los compresores, esa nota continua que a cualquiera le resultaría monótona y que a mí, en cambio, me sostiene como una mano apoyada en la espalda.

Me dirijo al fondo, hacia las cámaras frigoríficas.

Antes de abrir la que guarda los pasteles y los dulces, me detengo con la mano en la manija.

Mi memoria, tan oportuna como siempre, me devuelve sin permiso a aquel día en que Valentina y yo nos quedamos encerradas y Manolo nos pilló besándonos.

Casi puedo sentir otra vez el frío en la nuca y el calor de su boca, esa contradicción absurda que me tuvo varias noches sin pegar ojo.

Sacudo la cabeza para espantar el recuerdo y empujo la puerta.

Para evitar que se repita algo parecido, arrastro con el pie una caja de plástico vacía y la encajo en el hueco.

Compruebo dos veces que no hay manera de que se cierre y me río de mí misma, con una risa breve y sin gracia.

Una cocinera de casi treinta años, con el corazón hecho migas, calzando una puerta como si estuviera a punto de atracar un banco.

Dentro, el aire helado me eriza la piel de los brazos.

Recorro las estanterías con la mirada hasta que, al fondo y a la altura de mis ojos, descubro una hilera de tartaletas de chocolate negro coronadas con escamas de sal.

Cojo una, salgo, retiro la caja con el pie y cierro con suavidad para no despertar a nadie.

Junto a la sala de descanso del personal hay un rincón con sillones bajos de mimbre y una cristalera que ocupa toda la pared.

Durante el día es un espacio anodino donde los pinches se dejan caer entre servicio y servicio.

De noche, en cambio, se transforma en otra cosa.

Me acomodo en el sillón más cercano al cristal, subo los pies al asiento y apoyo el plato sobre las rodillas.

Afuera, el cielo ha quedado despejado tras la lluvia de la tarde.

Nunca había visto tantas estrellas. En Alicante, la luz de la costa las apaga casi todas; aquí, en cambio, se agolpan unas sobre otras, y la Vía Láctea parece una gasa de azúcar glas espolvoreada sobre la selva.

Doy el primer mordisco. La sal me estalla en la lengua un segundo después del amargor del cacao, y siento cómo algo se me afloja detrás del esternón, como un nudo que alguien desata con infinita paciencia.

—Buenas noches.

Doy un respingo tan brusco que la tartaleta sale despedida de mi mano y aterriza sobre mi regazo, con el chocolate hacia abajo, cómo no. Se me escapa un chillido que, estoy segura, ha despertado a media Indonesia.

—¡Wayan! —Me llevo la mano libre al pecho, donde el corazón me golpea las costillas como si quisiera salir corriendo—. ¡Por todos los dioses! ¿Cómo es posible que no hagas ni un solo ruido? ¡Casi me matas del susto!

Está de pie a un par de metros, con las manos entrelazadas a la espalda y esa expresión plácida de siempre, como si hubiera brotado de las sombras por generación espontánea. Lleva una camiseta blanca lisa y un sarong oscuro anudado a la cintura, y ni siquiera parece sorprendido de encontrarme aquí.

—Perdona. —Señala mi pijama con un gesto discreto de la barbilla—. Me temo que has perdido tu postre y has ganado una mancha.

Bajo la vista y descubro una medialuna de chocolate extendida sobre el pantalón. Suspiro, recojo con el dedo lo que todavía puede salvarse y me lo llevo a la boca, porque a las tres de la madrugada la dignidad es un lujo que no me puedo permitir.

—Qué lástima —murmuro, con un mohín de pena sincera—. Estaba buenísima.

—La he hecho yo —responde él, y en su voz asoma un orgullo tranquilo—. ¿Puedo acompañarte?

Señala el sillón contiguo. Asiento y él se sienta con la naturalidad de quien conoce cada rincón de este lugar.

Durante un rato ninguno de los dos dice nada.

Contemplamos las estrellas en silencio y yo se lo agradezco en lo más hondo, porque Wayan es de los pocos seres humanos capaces de sostener un silencio sin que resulte incómodo.

—Hay noches en que la cocina es lo único que sostiene a alguien —comenta al fin, sin apartar la vista del cristal.

—Esta parece una de ellas…

—Eso parece. Me alegra que Made te encontrase. Aquí los caminos pueden llevarte a cualquier parte.

Aprieto los labios y rezo para que no empiece a hacerme preguntas incómodas que ahora mismo no quiero ni rozar.

—No te preocupes —añade, como si me leyera el pensamiento—.

No voy a preguntarte nada y tampoco voy a ser yo el que te cuente qué ocurre, pero Valentina y yo somos amigos desde hace años; la he visto perder algo que ya no se recupera.

No sé si ella se atreverá a contártelo alguna vez, pero tú no tienes culpa de nada.

Se me cierra la garganta.

—¿Y qué se supone que debo hacer con esta información?

—Lo mismo que hiciste cuando te dije que tenías que preparar un sambal y tú no sabías qué era. —Me mira con calma—. Preguntar y esperar a que te contesten.

Bajo los pies del sillón y me quedo muy quieta, con las manos sobre el regazo manchado.

—Supongo que tienes razón.

— A menudo, las personas que creemos conocer están llenas de grietas que no vemos, pero que condicionan todas sus elecciones. —Sonríe con una tristeza que le empaña el brillo de los ojos—. Te animo a que hables con ella y que la animes a abrirte su corazón, tal como tú lo has hecho con ella.

— Tú, como yo, sabes bien que ese es uno de los defectos que tiene Valentina.

—Bueno, la Valentina que yo conocí era una mujer capaz de encogerte el corazón con un huevo escalfado.

—Wayan se queda mirando las estrellas, y después, se fija en mis ojos—.

A veces, cuando se nos rompe el corazón, solo nos queda unir las piezas, encerrarlas en un cajón y evitar que se nos vuelva a romper.

Como si alguien hubiera apagado todos los ruidos del mundo, un recuerdo me atraviesa la mente igual que una estrella fugaz cruza el cielo: una conversación sin importancia en la que Valentina le decía a Aitana que tenía suerte de haberse enamorado de Valeria.

—Wayan. —Me sorprende lo pequeña que me sale la voz—. ¿Alguien le rompió el corazón?

—Habla con ella.

Me llevo una mano a los labios, y el chocolate que todavía me queda en la boca se vuelve, de repente, aún más amargo.

—Ni siquiera se me pasó por la cabeza —murmuro—. Supongo que su seguridad me hizo creer que ella nunca…

—Lo que creías es lo que ella te permitió creer.

—Me mira con una ternura teñida de tristeza—.

Valentina se endureció y se puso esa máscara para poder seguir adelante con su vida.

Y no te lo cuento porque quiera justificarla, sino porque creo que te vendrá bien hablar con ella para conocer la pieza que te falta.

—Se pone en pie, se alisa el sarong y me apoya una mano ligera en el hombro—.

No todo el mundo actúa por maldad, Sofía.

Algunos cargamos con heridas que nos impiden avanzar, y el miedo a volver a sufrir es mucho más difícil de derribar que cualquier muro de piedra frente a un huracán.

Se inclina en una pequeña reverencia y yo, con la garganta atascada, solo alcanzo a decir:

—Gracias, Wayan…

—No hay de qué. Que las estrellas te hagan buena compañía.

Se aleja sin hacer ruido, igual que llegó, y cuando desaparece por el pasillo me quedo mirando el cielo mientras mi cabeza regresa a todo lo que vivimos Valentina y yo en Benidorm: ese tira y afloja constante, las caricias robadas, las miradas que decían más de la cuenta y cómo, al final, presas del alcohol y de todo lo que sentíamos, terminamos acostándonos juntas.

Y cómo, aquella mañana después del cierre de temporada, me desperté sola.

Ahora sé que el miedo fue lo que la empujó a marcharse aquella mañana y no yo.

Sé que no fue culpa mía y sé que tampoco lo hizo por ser una zorra egoísta, como la llamó Valeria cuando me encontró deshecha en lágrimas.

Pero también soy consciente de que, en el fondo, apenas nos conocemos.

Somos dos desconocidas con el deseo a flor de piel y el amor desbordándonos el pecho, que han recibido una segunda oportunidad y no hacen otra cosa que herirse la una a la otra.

Observo mi reflejo en el cristal, con el resplandor de la luna sobre la cara y la mancha de chocolate en el pijama, y tomo una decisión: esto tiene que acabar. Valentina y yo tenemos que hablar. De verdad, sin máscaras y sin huidas.