¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Valeria siempre ha sido como una hermana para mí, y hoy agradezco más que nunca tenerla a mi lado.

Voy sentada de nuevo en la parte trasera del coche de Made, en el mismo asiento en el que llegué a esta isla hace apenas diez días, con una maleta llena de ilusiones.

Ella me rodea con los dos brazos, con la barbilla apoyada en mi coronilla, y me estrecha como si temiera que el asiento pudiera tragarme.

No ha dicho ni una sola palabra desde que ha cruzado el patio de Ayu casi a la carrera, con los ojos brillantes, y me ha estrujado contra su pecho hasta hacerme crujir las costillas.

Delante, Made conduce en silencio, con las dos manos firmes sobre el volante.

La radio suena tan baja que apenas distingo una melodía de campanillas y metales.

Los faros barren la carretera, bordeada de muros de piedra cubiertos de musgo, y al pasar junto a un templo iluminado con farolillos, el oro de sus tejados me deslumbra a través del cristal.

Es curioso: mientras huía, apenas me di cuenta de que el camino estaba tan lleno de belleza.

En el asiento del copiloto, Clara ha decidido que la ventanilla es lo más interesante que le ha pasado en la vida, y no aparta la frente del cristal.

A mi derecha, Marta, apretujada contra la puerta, tiene la cara bañada por el resplandor azulado de su teléfono.

Teclea a toda velocidad, con los labios apretados y un brillo extraño en la mirada.

Es raro verla tan absorta a ella, que es todo mantras, incienso y yoga a la caída del sol.

Lleva así desde que el resort de Benidorm cerró la temporada, encerrada en su propia burbuja.

El coche toma una curva cerrada y, entre los árboles, asoma el resplandor ámbar de unas farolas. Reconozco la silueta de las colinas antes que el camino. Estamos llegando al resort y, sin poder evitarlo, se me tensa todo el cuerpo.

—Tranquila —murmura Valeria contra mi pelo, con ese acento gaditano que se le afila cuando está enfadada y se le derrite cuando está preocupada—.

Le mandé un mensaje a Aitana en cuanto me pasaste la ubicación.

Le dije, con estas mismas palabras, que como Valentina se acerque a menos de un metro de tu villa, la tiro al río con una piedra atada al cuello.

—Valeria, no hace falta que seas tan bruta.

—Bueno, vale, no fue exactamente así. —Chasquea la lengua y me aprieta un poco más fuerte—. Le pedí que se quedara con ella y que la encerrase en el cuarto de baño si hacía falta. No te la vas a cruzar.

Suelto de golpe el aire que llevaba un rato conteniendo y le dedico una sonrisa pequeña, torcida, algo nerviosa.

—Valeria, que tengo veintiocho años, no quince. No hace falta que montes un cordón policial.

—Ya, pues nadie lo diría. Porque solo a una cría se le ocurre salir corriendo sin el teléfono y sin saber adónde va.

—Me lo reprocha con el ceño fruncido y ese destello de preocupación en los ojos que no consigue disimular—.

Le advertí que no te hiciera daño, y a la vista está que hace lo que le da la gana.

—Tranquila. —Y lo digo en serio—. Lo último que va a hacer Valentina es presentarse en mi villa. Estará demasiado ocupada peleándose con sus remordimientos.

La seguridad con la que lo afirmo hace que las tres se giren hacia mí a la vez.

Pero es que conozco a Valentina lo suficiente como para imaginarla sentada en algún rincón, con los codos sobre las rodillas y los dedos hundidos en el pelo.

Siento una mezcla extraña de pena e irritación.

Una parte de mí querría verla sufrir. La otra, la más tonta, querría ir a sentarse a su lado.

Made reduce la marcha y la verja principal del resort aparece entre la vegetación, iluminada por dos faroles de hierro forjado y flanqueada por esculturas de piedra cubiertas de líquenes.

Un guardia de uniforme claro levanta la mano a modo de saludo; reconoce el coche sin necesidad de mirar la matrícula.

La barrera se alza y cruzamos el mismo umbral por el que esta tarde salí corriendo, deshecha.

Cuando pasamos junto al ala del edificio principal, alzo la vista sin querer y mis ojos suben solos hasta la ventana del despacho de Damian.

Está apagada. Oscura, indiferente, como si dentro no hubiera ocurrido nada.

Me obligo a mirar hacia otro lado y me clavo las uñas en la palma de la mano.

Inspiro por la nariz, cuento hasta cuatro y suelto el aire con la misma lentitud con la que Marta me enseñó a hacerlo antes de un servicio complicado.

«La cocina exige que la mente esté quieta, Sofía», me aconsejó una vez Wayan.

Pues quieta va a estar. Quieta y dura como el acero.

Es curioso. Hace unas horas, en aquel bosque de helechos, con el barro hasta los tobillos, habría dado cualquier cosa por desaparecer. Y ahora, después de todo lo que ha pasado, esa tristeza y ese dolor se han convertido en fuego.

Pienso en la Sofía que conoció a Valentina; una mujer que sabía perfectamente de lo que era capaz, que no bajaba la mirada ante nadie y que no se achantaba ante ninguna crítica.

Esa Sofía no creía en los amores a toda prisa ni se conformaba con migajas.

Me pregunto cuándo dejé de ser ella y la respuesta llega sola: aquella noche en la discoteca, cuando Valentina me miró como si yo fuera la única persona de su mundo.

Pues se acabó. No voy a fingir que no la quiero, pero si Valentina quiere algo de mí, va a tener que ganárselo de verdad, con hechos y con tiempo, con esa paciencia que jamás ha tenido. Y si no está dispuesta, mejor descubrirlo ahora que después de otra huida al amanecer.

El coche se detiene al pie del sendero y Made se gira para inclinar la cabeza con una sonrisa mínima, satisfecha, como si acabara de leer en mi cara todo lo que guardo por dentro.

— Terima kasih , Made —susurro.

— Sama-sama 29 , chef.

Bajamos las cuatro y Valeria me pasa un brazo por los hombros. Clara se une enseguida y me coge de la mano sana sin decir nada, con un apretón que vale más que cualquier discurso. Marta camina un paso por detrás, sin despegar la vista del teléfono.

—¿Se puede saber con quién hablas tanto? —le pregunto sin volverme.

—Con nadie —responde, demasiado rápido—. Con mi madre.

Valeria y Clara cruzan una mirada elocuente por encima de mi cabeza. Decido, haciendo un esfuerzo considerable, no insistir y seguir caminando hacia mi villa.

Cuando llegamos, meto la mano en el bolsillo del sarong en busca de la llave y, justo entonces, el teléfono vibra contra mi palma. Una vez. Dos. Bajo la vista y, sobre el fondo de un atardecer de Benidorm, aparece un mensaje de Valentina cortado a la mitad:

«Sofía, no espero que me perdones, solo necesito que sepas que…».

Decido no abrirlo. Apago la pantalla y guardo el teléfono en el bolsillo. Después levanto la cabeza, respiro hondo y empujo la puerta de mi villa. Esta noche no quiero saber nada de ella. Esta noche es mía. Y mañana… bueno, mañana ya veremos lo que pasa.