¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Sofía

Lo primero que percibo, cuando mis párpados empiezan a despegarse, es un ligero aroma a madera quemada y a algo dulce que flota en el ambiente, como si alguien hubiera encendido una varilla de incienso junto a un cesto de fruta madura.

Los sonidos llegan después, uno a uno, sin prisa: el roce de una escoba de ramas contra la piedra, el piar insistente de un pájaro y, muy a lo lejos, un gong que vibra lento y parece acompasarse con mi respiración.

Tardo unos segundos en recordar dónde estoy, y otros tantos en desear con todas mis fuerzas que lo que me trajo hasta aquí no hubiese pasado nunca.

Me incorporo con cuidado en la cama, porque tengo el cuerpo entumecido y la cabeza pesada, y mi atención va a parar a la mesita de noche.

Sobre ella hay un vaso de agua, mi teléfono y, junto a este, una nota doblada por la mitad.

No dudo en abrirla. La letra es pulcra, redonda, escrita con la paciencia de quien no está acostumbrado a hacerlo en un idioma que no es el suyo: «Wayan lo sacó de tu taquilla.

Tus amigas saben que estás bien. Contacta con ellas cuando hayas descansado. Made».

En cuanto desbloqueo el teléfono y echo un vistazo a la pantalla, me arrepiento al instante.

Cuarenta y tres llamadas perdidas. Un número desconocido que se repite una y otra vez.

El grupo de WhatsApp que comparto con las chicas acumula ciento doce mensajes sin leer y una ristra interminable de audios.

Sé perfectamente lo que voy a encontrarme en ellos sin necesidad de escucharlos, así que prefiero no hacerlo.

Es la primera vez en años que no quiero saber nada de ellas, y descubrirlo también me duele.

Según el reloj, han pasado unas cuatro horas desde que encontré a Valentina con Damian en su despacho.

Ya no llueve. A través de la pequeña ventana que queda a mi izquierda se cuela un haz de luz del color del mango maduro, cálido y espeso, que dibuja un rectángulo dorado sobre las baldosas.

Me miro y ni siquiera recuerdo en qué momento me quité la ropa para ponerme la blusa y el sarong de flores azules que Ayu me prestó nada más verme aparecer.

Tengo el pelo apelmazado, la garganta áspera y los ojos tan hinchados que apenas consigo abrirlos del todo.

Me pongo en pie y empujo la puerta, que cede con un leve crujido y me abre paso hacia un pasillo de baldosas frescas bajo mis pies descalzos.

Al fondo distingo un templo familiar en miniatura, con sus ofrendas de flores y arroz dispuestas con mimo sobre pequeñas bandejas de hoja de palma, y una terraza a la que se accede por tres peldaños de piedra gastada por los años.

Allí, sentadas en el suelo con las piernas cruzadas, hay tres mujeres que dejan de hablar en cuanto me ven aparecer.

De pronto me siento como una intrusa. Una turista llorona que ha invadido la casa de una familia que no tiene ninguna obligación de cargar con sus dramas. No veo a Made por ninguna parte, y esa falta de un rostro conocido me encoge por dentro y me hace sentir pequeña, torpe, fuera de lugar.

—Hola —murmuro, con una voz tan ronca que casi no la reconozco.

Ayu es la primera en levantarse. Me sonríe de esa manera en que sonríen las personas que ya han decidido quererte antes de conocerte y, con un gesto amplio de la mano, me invita a acercarme.

—Sofía. Sini, sini 25 . Makan.

— Makan —repito, y por instinto rebusco en mi memoria el significado de la palabra—. Comer. Sí, eso lo sé. Muchísimas gracias, pero de verdad que no hace falta que…

No me deja terminar. Las otras dos mujeres, una de mediana edad con las manos cubiertas de harina de arroz y otra tan anciana que parece tallada en madera de teca, se apartan para hacerme un hueco entre ellas.

Titubeo un instante antes de sentarme y enseguida me encuentro con un plato hecho de hojas de plátano sobre el regazo.

Ayu lo llena de arroz amarillo, verduras salteadas y unas bolitas doradas que, al primer mordisco, resultan ser plátano frito rebozado en coco.

El sabor me estalla en la boca, dulce, crujiente, templado, y se me escapa un gemido que no es del todo decente.

Las tres se echan a reír, encantadas.

—¿ Enak 26 ? —me pregunta la de las manos blancas, inclinándose hacia mí con curiosidad.

— Enak —contesto con la boca llena y la dignidad hecha migas—. Muy enak . Riquísimo. Soy cocinera, ¿sabéis? Chef. —Me señalo el pecho y hago el gesto de remover una sartén imaginaria—. Cocina. Yo. España.

—¡ Ah, kok 27 i ! —exclama Ayu, dando una palmada entusiasta.

Y entonces cometo el error de querer explicarme.

Necesito darles las gracias por su ayuda, pedirles disculpas por cómo me he comportado, contarles, quizá, por qué Made me encontró perdida en mitad de un bosque, con los ojos enrojecidos y el corazón roto.

Empiezo en inglés, pero en cuanto las primeras palabras salen de mi boca comprendo que no me van a servir de nada, así que recurro a la mímica.

Señalo la casa y después a mí misma, junto las palmas en señal de gratitud, me llevo la mano al corazón y, con los dedos, dibujo en el aire algo parecido a una rotura, un crac rematado con un gesto dramático hacia abajo.

Las tres me observan con muchísima atención. La anciana entorna los ojos, Ayu se tapa la boca con la mano y yo, erre que erre, insisto: corazón, crac , lágrimas. Y al final, para rematar la faena, me toco el estómago y suelto un suspiro largo y lastimero.

La de las manos blancas se levanta de un salto, sale disparada hacia la cocina y regresa con un cuenco humeante entre las manos.

—Sopa —anuncia Ayu, muy orgullosa, en un inglés de cuatro palabras—. Para… barriga.

—No, no, no es la barriga —me río, y esta vez la risa me sale de verdad, rasposa de tanto llorar—. Es el corazón. Hati 28 . Mi… ¿ hati ?

He dado con la palabra por pura casualidad, porque se la oí pronunciar a Wayan en la cocina, y el efecto es inmediato.

Ayu abre mucho los ojos y las tres intercambian una mirada cómplice.

La anciana deja el cuenco en el suelo con parsimonia y toma mi mano entre las suyas, nudosas, arrugadas y cálidas.

No dice nada. Se limita a mirarme, me aparta con delicadeza unos mechones de la frente y, después, pronuncia una frase en balinés con una cadencia tan suave que por un momento creo que me está cantando una nana.

Ayu la escucha con los labios apretados, buscando las palabras adecuadas en un idioma que no es el suyo.

—Ella dice… —empieza, frunce el ceño, se sujeta el mentón y alza la mano para pedirme paciencia—. Para que… persona… ame a ti, como tú quieres, tú… primero… amar. Cuidar. Tú misma.

Se toca el pecho con la yema de los dedos y luego me señala a mí. La anciana asiente con solemnidad y me da unas palmaditas en el dorso de la mano.

Me quedo sin aire. Es una frase sencilla, de esas que podría leer en cualquier sobrecito de azúcar de una cafetería, pero dicha así, por una mujer que no sabe mi nombre ni conoce nada de mi historia, me conmueve de una forma que no esperaba y me abre los ojos.

Pienso en Valentina. En la primera vez que la vi, en esa mirada cargada de seguridad.

Recuerdo cómo irrumpió en mi vida y cómo arrasó con todo lo que yo creía tener ordenado.

Y recuerdo, sobre todo, lo que sentí al despertarme aquella mañana y encontrar su lado de la cama vacío.

Pero ahora, con la comida enfriándose en mi plato y tres desconocidas velando mi llanto, me obligo a mirar la otra cara de la historia.

Yo me entregué por completo. Sin paracaídas, sin hacer preguntas, sin frenar un solo segundo.

Se lo di todo a alguien a quien apenas conocía y luego me sorprendió que ese alguien no supiera qué hacer con tanto.

¿Quién puede presumir de conocer a otra persona en tres semanas?

¿Quién se atreve a llamar «relación» a algo que apenas ha tenido tiempo de formarse?

Estoy enamorada de Valentina. De eso no me cabe la menor duda; es lo único que sigue en pie después de todo. Pero estar enamorada no me exime de cuidarme, y me olvidé de hacerlo desde el principio. Le entregué la llave de todo y después me extrañó que decidiera salir corriendo.

Sé que ella también ha hecho las cosas mal.

Y hoy, cuando la he visto con Damian, he comprendido que, si dejo que crea que siempre estaré ahí, haga lo que haga, acabaré conformándome con ser algo que no quiero ser y que nunca me ha gustado ser.

Merezco algo mejor que ser el rollo de un verano.

Y sé también que, si ella no cambia y yo no pongo de mi parte, lo más probable es que nunca lleguemos a nada.

Me doy cuenta de que estoy llorando otra vez cuando Ayu me tiende un pañuelo. La mujer de las manos blancas me sirve otro trozo de plátano con una sonrisa llena de ternura y yo, a pesar de todo, no puedo evitar devolvérsela.

— Terima kasih —susurro, y esta vez sé con certeza que me entienden—. Gracias. De verdad.

Sobre nuestras cabezas, el cielo pasa del naranja a un violeta espeso, casi aterciopelado, y el canto de las cigarras se apaga poco a poco para dejar paso al de los gecos y las ranas.

Es maravilloso poder contemplar las estrellas con solo levantar la vista.

Y es todavía más maravilloso poder empezar a sanar rodeada de personas como ellas.

Busco mi teléfono, lo cojo y, sin detenerme en ningún otro mensaje, abro el chat que tengo con Valeria para escribirle unas líneas rápidas: «Estoy con la familia de Made. Todavía no quiero hablar de Valentina. Pero quiero irme de aquí y estar con vosotras».

Pego mi ubicación y al momento aparecen los puntitos de «escribiendo». Llega un único mensaje: «Vamos a recogerte. No te muevas de ahí».

Aprieto el teléfono contra el pecho, cierro los ojos y, por primera vez en horas, sonrío.