¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Valentina

La tila humea entre mis manos y, por más que la miro, no consigo verle el fondo a la taza.

Después de mucho insistir, Wayan logró que me prepararan una infusión de flores secas que, lejos de calmarme, solo ha conseguido quitarme hasta las ganas de respirar.

Aun así, no la suelto. Me aferro a la porcelana caliente porque, si la dejo sobre la mesa, no tendré nada tras lo que esconder el temblor que me sacude por dentro y que amenaza con asomar en cualquier momento a la punta de mis dedos.

Lleva lloviendo un buen rato. Lo que al principio fueron cuatro gotas perezosas se ha convertido en un aguacero que emborrona el jardín al otro lado del ventanal y tiñe la tarde de un gris violáceo, espeso, casi asfixiante.

El agua resbala por el cristal en regueros desordenados y el olor a tierra mojada se cuela por alguna rendija, mezclándose con el aroma dulzón de la infusión.

Todavía tengo las piernas doloridas de tanto correr y la garganta en carne viva de tanto gritar su nombre colina arriba.

La perdí. Y yo, que sé mejor que nadie lo que significa huir, me quedé sola a mitad del camino, con el pecho ardiendo, el corazón en la boca y sin la menor idea de por dónde seguir buscándola.

Podría haber llamado a Aitana. Lo pensé mientras sujetaba el teléfono con los dedos entumecidos, dispuesta a pedir ayuda a quien fuera, pero Aitana no conocía aquellas colinas y Sofía podía estar en cualquier parte.

Así que terminé plantada delante de Wayan, deshecha en lágrimas y con el corazón en un puño.

Él no me preguntó nada. Se limitó a escucharme con esa paciencia infinita que tiene, cogió el teléfono y habló con alguien en balinés durante lo que me pareció una eternidad.

Me sentó en la sala de descanso para el personal de cocina y, pasada media hora o incluso más, recibió un mensaje que leyó con el gesto serio.

—Está bien —me dijo al levantar la vista del móvil—. Está a salvo y con alguien de confianza. Solo necesita tiempo.

El alivio me golpeó con tanta fuerza que estuve a punto de desmayarme, y de no haber sido por Wayan, que me sostuvo entre sus brazos, habría acabado en el suelo. Cuando conseguí recuperar el equilibrio, me miró con el ceño fruncido y una preocupación sincera en los ojos.

—¿Se puede saber qué ha pasado?

Tuve que contárselo todo, con tanto detalle y tanto dolor que cada palabra que atravesaba mis labios me abrasaba la garganta y el pecho.

Era vergonzoso admitir en voz alta que yo era la única culpable de aquel desastre, que había sido yo quien había empujado a Sofía a marcharse.

Wayan me escuchó sin juzgarme. Después me pidió que respirara, me recordó que lo único en este mundo que no tiene solución es la muerte y me aseguró que, tarde o temprano, encontraría la manera de ganarme su perdón.

En ese momento me pregunté si lo merecía.

Porque si de algo estaba segura era de que yo no la merecía a ella.

Sofía se había entregado a mí con todo lo que tenía, con la ilusión de que pudiéramos construir algo juntas.

Yo, en cambio, solo le había dado lo más fácil de dar: mi cuerpo, mis besos, mis noches.

Nunca lo que, desde la muerte de Sam, mantengo encerrado bajo llave en una jaula que, de algún modo que todavía no comprendo, Sofía consiguió abrir con su risa y con esos besos apasionados que aún me queman en los labios.

Y ahora estoy aquí, en el despacho de Damian, con una taza de tila que empieza a enfriarse y con él observándome desde el otro lado del escritorio.

El silencio entre nosotros solo lo rompen el repiqueteo de la lluvia contra el cristal y el tictac de un reloj de pared que parece burlarse de mí a cada segundo.

—Siento lo que ha sucedido —dice al fin—. De veras.

Cuando levanto la vista hacia él, Damian tensa la mandíbula y aparta la mirada un instante, como si le pesara sostener la mía.

—Aquí la única que ha hecho algo mal he sido yo —replico, y me sorprende lo poco que se parece esta voz a la mía—. No tendría que haber cedido, y mucho menos haber dado cabida a…

Mis manos sueltan por fin la taza y dibujan en el aire un vaivén torpe entre los dos, una forma absurda de señalar lo que ha ocurrido entre estas cuatro paredes y esa química que surgió el primer día que nos vimos y que yo, en lugar de apagar, dejé arder.

—Cuando Héctor me dijo que Sofía estaba aquí, debería haber usado la cabeza y no el corazón.

Supongo que vi en este viaje la oportunidad de recuperarla, de demostrarle que de verdad estaba enamorada de ella.

—Suelto una risa fea, corta, que me deja un regusto amargo en la boca—.

Pero ya ves. Nadie que esté enamorado puede hacerle tanto daño a otra persona.

Primero, huyendo de lo que fuera que estaba naciendo entre nosotras. Y luego… esto.

Damian se levanta de su sillón y rodea el escritorio.

Veo venir el abrazo antes de que llegue, y cuando está a punto de envolverme con sus brazos y yo de romperme a llorar contra su pecho, la puerta del despacho se abre de golpe y choca contra la pared con un estruendo que hace tintinear los trofeos de la estantería.

—¡¿Se puede saber qué has hecho ahora?! —Valeria irrumpe con la mirada inyectada de rabia y el pelo empapado pegado a la cara.

Detrás de ella aparece Aitana, con el gesto descompuesto de quien ha intentado frenarla sin éxito—.

¡¿Es que se te ha olvidado lo que te dije?

! —Los gritos rebotan contra las paredes, cargados de ese acento gaditano que se le dispara cuando pierde la paciencia—. ¡Es como mi hermana, maldita sea!

Sus palabras me atraviesan como una bofetada. De pronto recuerdo la conversación que tuvimos mientras yo hacía las maletas y me recuerdo a mí misma prometiéndole, muy seria, que no le haría daño. Otra promesa rota. Una más en la lista.

Damian murmura algo que no alcanzo a descifrar y abandona el despacho con paso rápido.

Aitana lo sigue con la mirada de reojo hasta que la puerta se cierra tras él y, en lugar de intentar calmar a Valeria, que parece a punto de echar humo por las orejas, se arrodilla junto a mi silla y busca mis ojos hasta encontrarlos.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que uses la maldita cabeza, Valentina? —me reprocha en voz baja, con más tristeza que enfado.

No tengo excusas. Por más que las he buscado, sé que lo he hecho todo mal y que, por mucho perdón que pida, no voy a conseguir lo que necesito poniéndome de rodillas.

Así que hago algo que no suelo hacer con cualquiera: dejo caer mi máscara, esa armadura de ironía y seguridad tras la que llevo tres años escondiéndome, y levanto la vista para clavarla en Valeria.

—No pretendo que te pongas de mi parte, ni quiero que pienses que lo que voy a contarte justifica lo que he hecho, pero es algo que necesitas saber —empiezo, tratando de contener el temblor de mis labios—.

Perdí a mi pareja hace tres años. Se llamaba Sam.

Hubo un incendio en mi restaurante y ella…

—Me detengo y, sin poder evitarlo, los recuerdos de aquel día me atraviesan la mente como un fogonazo: el humo, el calor, los gritos.

El corazón se me encoge hasta dolerme—. Sufrí muchísimo.

Tanto que me prometí a mí misma que jamás volvería a tener una relación estable con nadie.

Perder a la persona que amas es lo más horrible que existe. No se lo deseo a nadie.

»Pero el día que llegué a Benidorm y hablé con Sofía por primera vez, te juro por mi vida que me enamoré.

Yo no quería, te lo prometo, pero cada segundo que pasaba a su lado me aterraba más la idea de perderla.

—La voz se me quiebra y dejo, por fin, que las lágrimas me desborden—.

Así que aquella mañana me dejé llevar por el miedo en lugar de por lo que sentía.

Y ahora… joder, ahora no hago más que cavar mi propia tumba una y otra vez, aunque sé perfectamente que, cada vez que lo hago, la alejo un poco más de mí.

Se hace un silencio largo, denso. La lluvia lo llena todo y, en algún rincón del jardín, un trueno lejano retumba como una mesa arrastrada en otra habitación.

No espero que Valeria me comprenda; solo que entienda qué me empuja a cometer una estupidez tras otra.

Ella me sostiene la mirada durante unos segundos que se me hacen interminables, con los labios apretados.

Después suelta un suspiro largo, de esos que se sueltan cuando una decisión ya está tomada, y se vuelve hacia Aitana.

—Yo me voy a buscar a Sofía.

Y a mí, sin ni siquiera pestañear, me advierte:

—Y tú… será mejor que no te acerques a ella en unos días.

«Unos días», me repito mientras la puerta se cierra tras ella. Puedo soportar unos días. Al fin y al cabo, he soportado tres años de soledad. Lo que no sé es si, cuando pase el temporal, Sofía querrá volver a mirarme a la cara.