Capítulo 18
Sofía
No recuerdo dónde he dejado la bandeja. Solo sé que, en algún punto entre la puerta del despacho y el final del pasillo, mis manos se han quedado vacías.
Fui yo quien descolgó el teléfono en mitad del trajín de la cocina, quien atendió a Damian y decidió preparar algo decente para que pudiera comer con su acompañante.
Y fui yo quien se animó a subir en persona, convencida de que era una buena oportunidad para conocerlo por fin y darle las gracias por permitirme irrumpir en su cocina y en su resort durante semanas.
Mientras caminaba hacia allí, con la bandeja en equilibrio y una sonrisa ensayada en los labios, imaginé una conversación tranquila, animada, sin ninguna tensión. Pero lo que encontré al otro lado de la puerta fue algo muy distinto.
No soy consciente de que estoy corriendo hasta que la luz del sol me cae sobre los hombros, hasta que el calor denso se me pega a la piel y la chaquetilla empieza a sobrarme.
En algún momento, alguien me desea buenas tardes, pero yo sigo adelante sin contestar, con la mirada empañada por las lágrimas y una sensación extraña atravesándome el pecho, como si alguien me hubiera clavado un cuchillo y se hubiera olvidado de sacarlo.
Cruzo la verja principal sin detenerme y trago aire a bocanadas cortas para que nadie note el temblor de mi barbilla.
Al otro lado, el asfalto se tuerce hacia abajo, estrecho y cuarteado, sombreado a ratos por bambúes altísimos que se juntan sobre mi cabeza como los arcos de una catedral vegetal.
Una cuesta. «Toda cuesta lleva a alguna parte», razono, y el pueblo tiene que estar en alguna parte.
Camino a toda prisa, con esa furia ciega de quien necesita escapar y, aunque no sabe adónde ir, acelera igualmente.
Un par de motos me adelantan con un bocinazo que me sobresalta, y yo, que llevo puestos los zuecos de cocina, estoy a punto de torcerme un tobillo cuando resbalo con el canto del asfalto, ese borde irregular que se abre ante mí como mi única vía de salvación.
La cabeza me duele horrores, y no me extraña, porque se ha empeñado en rebobinar.
Regreso, sin quererlo, a aquella habitación de Benidorm.
La luz de las ocho de la mañana que atravesaba la ventana, las sábanas frías a mi lado, el hueco de su cuerpo en el colchón, donde ya no quedaba ni rastro de su calor.
Durante semanas he creído que aquella era la peor imagen que Valentina me había mostrado de sí misma.
Ahora sé que la peor es la de hoy. Porque entonces huyó y me dejó sola en aquella cama, pero hoy ha jugado con mis sentimientos, y eso duele de una manera muy distinta, más honda, más sucia.
Aún no comprendo cómo una persona puede ser tan cruel.
Después de lo que pasó entre nosotras la otra noche, yo me había planteado perdonarla, apartar el rencor que llevaba semanas arrastrando e intentar, al menos, solucionar lo nuestro.
Pero está claro que aquí la única imbécil dispuesta a darlo todo soy yo.
Poco a poco, el asfalto se convierte en un camino de tierra roja que se me pega a los zuecos.
Dudo un instante si seguir adelante o detenerme, pero la necesidad de huir es tan fuerte que me empuja a continuar por senderos cada vez más angostos, hasta que desembocan en una bifurcación que, de un modo absurdo, siento como una prueba.
Llevo todo el rato bajando, así que escojo el camino que sube, porque el pueblo, me digo, tiene que estar en lo alto.
Corro y corro con las pocas fuerzas que me quedan, con las lágrimas cayéndome por la barbilla, saladas y calientes, mezcladas con el sudor que me empapa el cuello.
No sé en qué momento cambia el paisaje, pero los bambúes dan paso a un bosque espeso de troncos cubiertos de helechos y raíces aéreas que cuelgan como cortinas deshilachadas.
Las cigarras zumban con tanta fuerza que, por un momento, temo que me vaya a estallar la cabeza.
Muy cerca se oye el murmullo de un arroyo, pero eso no es lo importante.
Lo importante es que no hay ni una sola casa a la vista, y esa certeza me obliga a frenar en seco.
Giro sobre mis talones y, a mi espalda, solo veo helechos, raíces y troncos. Por algún motivo, todos los caminos que he recorrido se entremezclan en mi mente hasta convertirse en un puñado de recuerdos borrosos, imposibles de ordenar. Estoy perdida.
—Genial… —Tanteo el bolsillo del mandil por puro instinto y no encuentro nada. Mi teléfono se ha quedado en la taquilla del vestuario, junto con el resto de mis cosas—. Joder, Sofía…
Me dejo caer sobre un tronco caído, me tapo la cara con las manos y lloro hasta que se me rompe la garganta y me falta el aliento.
Necesito a mis amigas. Necesito volver a casa, refugiarme en mi cama y recuperar mi vida sencilla, esa en la que nada dolía tanto.
Necesito desaparecer, subirme a un avión y quedarme allí arriba, entre las nubes, sin nada más allá de la ventanilla.
No debería haber aceptado venir a estudiar aquí, ni la propuesta de trabajar con ella en esa gala, ni haberme convencido de que las personas cambian y de que todo tiene solución.
Siempre supe que Valentina era una mujer libre, que su vida consistía en ir de un lado a otro, allí donde la necesitaran.
Pero esta vez la esperanza de un futuro juntas brillaba por encima de cualquier miedo o duda, y fui tan ingenua que me dejé deslumbrar.
Una gota gorda y tibia me cae en el dorso de la mano. Después, otra me golpea en la frente y, de pronto, el cielo se abre y empieza a llover con fuerza.
Me levanto con las piernas agotadas de tanto correr y doy una vuelta sobre mí misma en busca de algún sitio donde resguardarme, pero solo encuentro helechos, troncos y un cielo cada vez más bajo, más oscuro, más amenazante.
Al menos, hasta que un paraguas se coloca sobre mi cabeza.
Me giro, sobresaltada, y me encuentro con Made y esa sonrisa suya tan familiar que, por primera vez en toda la tarde, me hace sentir a salvo.
Made
No sé cuántas veces he mirado a Sofía por el retrovisor.
La lluvia repica sobre el techo del coche con la insistencia de un chaparrón inesperado, y los limpiaparabrisas van y vienen sin descanso.
En el asiento de atrás, la señorita Sofía se ha encogido contra la puerta y se abraza las rodillas con ambos brazos.
Tiene la ropa empapada, el pelo le gotea por el cuello.
Pero no es eso lo que me llama la atención, sino sus ojos, enrojecidos de tanto llorar, y esa tristeza que le pesa en los hombros y la hace parecer agotada.
La joven luminosa que bajó del avión hace apenas diez días ha desaparecido.
Alguien se ha llevado su curiosidad, su risa y esa sonrisa que le iluminaba toda la cara.
Sé que no es asunto mío, pero cuando la vi salir corriendo del resort, supe que algo grave le había ocurrido y no pude evitar seguirla.
Menos mal que lo hice, porque, de no haberla encontrado, ahora mismo estaría tiritando de frío en mitad de la selva.
Me giro y, sin apenas decir nada, le ofrezco una de esas toallitas perfumadas con jazmín que tanto le gustan y una botella de agua. Ella las contempla un instante, como si no entendiera qué son, y después las toma con las manos temblorosas.
—Gr… —empieza, y la voz se le quiebra en el acto.
Mueve los labios una segunda vez sin que brote sonido alguno y, al final, se rinde y asiente con la boca apretada.
Se lleva la toallita a la cara y respira hondo contra ella.
El aroma dulce del jazmín se derrama por el coche y se mezcla con el de la lluvia y la tierra mojada.
Se le escapa un sollozo pequeño, herido, que enseguida intenta tragarse.
Yo aparto la vista hacia el parabrisas, hacia el agua que resbala por el cristal, y le concedo el único regalo que está en mi mano: fingir que no he oído nada.
Cuando pasan unos minutos y su respiración se ha calmado un poco, me atrevo a hablar:
—¿Quiere que la lleve…?
—¿Podría llevarme a cualquier sitio que no sea el resort, por favor? —La voz se le quiebra al mismo tiempo que le tiemblan los labios—. Estoy segura de que me estarán buscando, y no estoy preparada para verle la cara a nadie.
Soy un hombre de reglas sencillas, y una de ellas dice que, si alguien del hotel se pierde, hay que devolverlo cuanto antes.
—Señorita —replico con suavidad—, eso preocupará a las personas que la quieren.
—Lo sé. —Baja la vista hacia sus manos y se retuerce los dedos—. Pero ahora mismo necesito paz.
No añade nada más, ni hace falta. Veo esa necesidad temblándole hasta en los huesos.
Mi abuela decía que el corazón de una persona es como un estanque después de la lluvia: mientras el barro no se asienta, el agua sigue turbia y no se ve el fondo.
Hay que esperar, sentarse en la orilla y dejar que el agua se aclare sola.
Vuelvo a mirarla por el retrovisor y me pregunto si alguien en el resort sabrá ya que se ha marchado.
—Conozco un lugar tranquilo —le digo al fin—. Es mi casa. Allí nadie la va a buscar.
Sofía cierra los ojos un segundo, agradecida, y una lágrima le resbala hasta la barbilla.
Arranco el coche, doy la vuelta en el camino estrecho y dejo atrás el sendero, ahora encharcado por la lluvia.
Las terrazas de arrozales relucen a ambos lados como espejos verdes, y un par de motos nos adelantan con sus conductores envueltos en impermeables de plástico de colores chillones.
Tardamos solo unos minutos en llegar a mi pueblo.
Mi casa, como todas las de aquí, es un conjunto de muros bajos de ladrillo rojizo cerrado por una puerta de piedra tallada, tan baja que hay que agacharse un poco para cruzarla.
En el patio, un gallo picotea junto a las escaleras del pabellón, y el aire huele a clavo, a aceite de coco y a incienso.
Al fondo, en el templo familiar, las ofrendas de la mañana siguen intactas bajo su techo de paja.
Ayu, mi mujer, está en la veranda, sentada en el suelo, doblando hojas de palma para las cestitas de mañana.
Alza la cabeza al oír el motor y su mirada se posa primero en el coche y después en la mujer que baja despacio, con los brazos cruzados sobre el pecho, como quien intenta sostener sus propios pedazos.
Mi esposa deja las hojas en un cuenco, se limpia las manos en el sarong 24 y se levanta.
Le explico en pocas frases, en nuestra lengua, lo poco que sé: que trabaja en el resort, que lleva un buen rato llorando, que todavía no quiere volver.
Ayu no hace ninguna pregunta. Se acerca a Sofía y la observa durante un largo instante, con esa serenidad con la que atiende a las gallinas, a los niños y a los duelos. Después le toma la mano y la conduce hacia el interior sin soltarla. Sofía se deja llevar sin oponer resistencia.
Las sigo con la mirada hasta que cruzan el patio central y Ayu abre la puerta de la habitación del fondo, la que reservamos para cuando nos visitan los familiares de Denpasar.
Es un cuarto sencillo, pero suficiente para una persona.
Cuando me acerco, mi mujer ya ha sacado del armario un sarong doblado y una blusa de algodón y los ha dejado sobre la cama.
Sale un momento y regresa con un vaso de té de jengibre con miel del que se eleva un hilo de vapor.
—Istirahat —dice, solo eso: «descansa». Y le roza el brazo con dos dedos.
Sofía la mira y, por fin, consigue pronunciar un «gracias». Ayu inclina la cabeza y se retira sin prisa. La puerta se cierra y oigo el chasquido del pestillo por dentro.
Mi esposa pasa a mi lado y me dedica una mirada que lo dice todo: «Has hecho bien».
Yo me quedo de pie junto a la puerta cerrada, con el paraguas chorreando en una mano y el teléfono vibrando sin cesar en la otra.
En la pantalla aparece el nombre de Wayan y, debajo, un mensaje cortado por la vista previa: «Made, ¿has visto a la chef Jiménez? Nadie sabe dónde…».
Miro la puerta una vez más y, con las palabras de mi abuela asentándose en mi mente, respondo: «Está bien, pero necesita descansar. Nos vemos en el resort».