¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Valentina

La última vez que Damian y yo nos vimos estuve a punto de cometer el error más estúpido de mi vida.

Ayer aplacé la reunión de primera hora con un mensaje escueto y una excusa que ni yo me creí.

Hoy, después de contarle a Aitana cuáles son mis planes, siento que por fin puedo mirarlo a los ojos sin que me tiemblen las piernas.

O, al menos, eso es lo que me repito a cada paso que doy por el pasillo que conduce a su despacho.

Mientras camino, dejo que la mirada se me pierda en los jardines que asoman al otro lado de los grandes ventanales: el verde húmedo de las hojas de plátano, las flores de frangipani caídas sobre el césped como si alguien las hubiera colocado a propósito, el brillo del agua en un estanque diminuto.

Todo eso me ayuda a respirar un poco más despacio y a envolverme en la calma que tanto necesito.

El aire huele a incienso de sándalo, un aroma que, sin poder evitarlo, empiezo a asociar con esa electricidad que se me arrastra por la piel cada vez que estoy cerca de él.

Me detengo frente a la puerta, llamo un par de veces con los nudillos y, cuando su voz me invita a pasar, enderezo la espalda e intento, sin demasiado éxito, dejar los nervios al otro lado del umbral.

Al abrir, encuentro a Damian de pie junto a la ventana, revisando algo en su tablet con el ceño ligeramente fruncido.

Lleva una camisa azul oscuro remangada hasta los codos, lo justo para dejar a la vista unos antebrazos morenos que no tengo ninguna intención de mirar y que, por supuesto, miro.

Cuando levanta la vista y me descubre, su expresión de concentración se disuelve y, en su lugar, aparece esa media sonrisa que solo utiliza cuando sabe exactamente el efecto que provoca.

—Valentina. —Pronuncia mi nombre despacio, como si lo paladeara—. Empezaba a pensar que me estabas evitando.

—No te estaba evitando.

Miento fatal, y los dos lo sabemos.

Deja la tablet sobre el escritorio y rodea la mesa sin ninguna prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y quisiera que yo también lo sintiera así.

Se detiene a poco más de un paso de mí, lo bastante cerca como para que me alcance el aroma de su colonia, amaderada y limpia, y lo bastante lejos como para no invadir del todo mi espacio.

Es un experto en ese cálculo milimétrico.

—¿Ah, no? —Ladea la cabeza, y sus ojos, de un verde intenso, me recorren con una curiosidad tranquila—. Porque no nos hemos visto desde… —hace una pausa deliberada, calculada— la otra noche.

Me arde la cara antes de que pueda evitarlo. Entre Damian y yo no ha llegado a pasar nada: hubo buena química desde el principio, pero ya está. No es nada emocional. Dudo que sea deseo. Pero algo estuvo a punto de pasar, y fingir lo contrario sería insultar la inteligencia de los dos.

—Por eso he venido. —Me obligo a sostenerle la mirada, aunque el estómago me da un vuelco cuando él sonríe como si ya supiera lo que voy a decir—. Quería disculparme por presentarme así aquella noche y luego marcharme sin darte ninguna explicación. No fue justo contigo.

Damian se cruza de brazos, y el gesto tensa la tela de la camisa sobre sus hombros. Me observa en silencio durante unos segundos que se me hacen larguísimos, uno de esos silencios suyos que me ponen nerviosa porque soy incapaz de adivinar qué se le está pasando por la cabeza.

—Valentina. —Da un paso más y, ahora sí, el espacio entre nosotros se reduce lo suficiente como para que se me acelere la respiración—. No necesito que me des ninguna explicación.

—Aun así, quería…

—Déjame terminar. —Baja la voz hasta convertirla en un susurro que me obliga a inclinarme ligeramente hacia él para no perderme ni una palabra—.

No necesito explicaciones. Sé leer a la gente, y sé leerte a ti, aunque te empeñes en ponérmelo difícil.

Sé que hay algo, o alguien, que te tiene la cabeza hecha un lío. Y no voy a presionarte por eso.

Tiene una manera de mirarme que me deja completamente expuesta, como si mi piel fuera de cristal y debajo no hubiera ningún secreto a salvo.

Es desconcertante. Y, si soy sincera conmigo misma, también es justo lo que me atrae de él: esa capacidad de no necesitar respuestas para entender cómo me siento en cada momento.

—Pero quiero que sepas una cosa. —Alza una mano y creo que va a tocarme la cara; en cambio, sus dedos atrapan un mechón de mi pelo y lo deslizan despacio entre ellos—. Si en algún momento decides cruzar esa puerta, yo te estaré esperando al otro lado. Sin preguntas ni condiciones.

El corazón me late con tanta fuerza que estoy segura de que puede oírlo.

Damian es amable, es generoso, es el tipo de hombre que, en otra vida y en otro tiempo, quizá habría sabido valorar.

Pero mi cabeza —y mi cuerpo entero— ya tiene dueña, y esa dueña se llama Sofía.

Hace apenas dos noches le dije que la quería, y esas palabras siguen ardiéndome en la boca como si acabara de pronunciarlas.

—Damian. —Doy un paso atrás, físico y también simbólico, que rompe la burbuja que se había formado entre los dos—. Me siento halagada, de verdad. Pero necesito que sepas que estoy centrada en otra persona.

Por un instante, algo cruza su expresión —¿decepción?, ¿resignación?— antes de disolverse tras esa media sonrisa, ahora un poco más suave, más auténtica.

—Ya lo sé. —Se encoge de hombros y retrocede también, convirtiendo el espacio que nos separa en una distancia estrictamente profesional—. Pero un caballero siempre deja la puerta abierta, Valentina. Cuestión de principios.

Me río, sorprendida, y algo de la tensión acumulada en los últimos minutos se afloja en mi pecho.

—Así que cuestión de principios… —ironizo, enarcando una ceja.

Él no se molesta en defenderse. Regresa hacia el escritorio, recoge la tablet y me dedica una nueva sonrisa, esta vez sin segundas intenciones, o eso quiero creer.

—Si ya hemos aclarado todo esto, ¿podemos hablar de la gala? Tenemos menos tiempo del que me gustaría y todavía no hemos enviado a Madrid el presupuesto.

Asiento, agradecida por el cambio de tema, por volver a un terreno en el que sé exactamente cómo moverme.

—Enséñame lo que tienes.

Me acerco a su escritorio mientras él despliega varios documentos y bocetos sobre la madera oscura, y enseguida estamos los dos inclinados sobre los planos, hombro con hombro, discutiendo la disposición de las mesas y el tipo de iluminación como si los últimos diez minutos no hubieran existido.

El reloj del despacho marca las dos y media de la tarde cuando Damian, sin apartar la vista de los planos de la carpa, descuelga el teléfono y marca la extensión de cocina casi de memoria.

—Sí, hola, soy Damian. Necesito que nos suban algo de comer para dos personas.

Sí, al despacho… Lo que Wayan tenga hoy me parece bien, confío en su criterio.

Gracias. —Cuelga y me mira con esa sonrisa fácil que empieza a resultarme incluso familiar—.

Si seguimos a este ritmo, la central va a recibir un presupuesto escrito con nuestra propia sangre.

Hay que comer algo antes de que a alguno de los dos se le derrita el cerebro.

—Pensándolo bien, tampoco sería una mala manera de morir. —Señalo la maraña de números y anotaciones que llevamos más de una hora repasando—. Al menos nos iríamos de este mundo sabiendo exactamente cuánto cuesta iluminar un jardín con cuatrocientas velas.

Suelta una carcajada, y el sonido llena el despacho.

Por fin me permito relajar los hombros y descansar un poco.

Llevamos un buen rato enfrascados en la decoración, proveedores de flores, listas de invitados y servicios que el resort tendrá que proporcionar, y aunque el trabajo es agotador, hay algo reconfortante en perderme en tareas concretas, en problemas que tienen una solución lógica.

Nada que ver con todo lo que me está pasando con Sofía.

Aparto ese pensamiento antes de que se me instale dentro y me pongo de pie para estirar la espalda, que protesta con un crujido poco elegante. Damian sigue concentrado en la tablet, murmurando palabras entre dientes, y yo aprovecho para pasear por el despacho mientras esperamos la comida.

Es la primera vez que me fijo de verdad en este espacio.

Es amplio, luminoso, con una pared entera de cristal que da a uno de los jardines interiores del resort, donde una fuente de piedra deja caer un hilo de agua que se oye incluso con la ventana cerrada.

Los muebles combinan la madera oscura balinesa con líneas modernas, casi escandinavas, en un contraste que resulta elegante sin esforzarse.

Recorro las estanterías con la mirada: un par de libros sobre gestión hotelera, una pequeña escultura de madera tallada con la figura de un pájaro, algún trofeo que imagino que ganó en uno de esos eventos que organiza la cadena para celebrar los logros de sus directivos.

Sin embargo, lo que más me llama la atención es lo que no hay. No veo ni una sola fotografía: ni de familia, ni de amigos, ni siquiera una imagen suya en algún viaje. En ese sentido, es un despacho impersonal, como si Damian estuviera siempre de paso, con la maleta preparada detrás de la puerta.

Me detengo frente al cuadro que cuelga junto a la ventana, el único objeto de la sala que parece elegido con verdadero cariño y no por pura decoración.

Es un atardecer pintado al óleo, con naranjas encendidos que se funden con violetas profundos y, en primer plano, la silueta oscura de una palmera solitaria que se inclina hacia el mar.

Hay algo en la composición, en la manera en que la luz agoniza lentamente sobre el horizonte, que me atrapa.

Me quedo absorta, y sin darme cuenta la mente empieza a viajar sola.

Pienso en aquellas semanas en Benidorm, en las tardes viendo caer el sol, en la brisa cargada de olor a sal y en la textura de la arena bajo los pies.

Pero, sobre todo, pienso en Sofía: en cómo me miraba, en cómo me pedía a gritos —en silencio— que me quedara a su lado.

Y en ese «te quiero, pero te odio por lo que me hiciste» que todavía me quema en el pecho cada vez que lo recuerdo.

Daría cualquier cosa por saber cuál es la medicina capaz de borrar ese odio de su corazón, y si llegaré a encontrarla algún día.

Solo sé que quiero hacer las cosas bien.

Que deseo, de verdad, echar raíces y recuperar esa clase de estabilidad que tenía cuando Sam vivía y compartíamos un mismo hogar y una misma pasión.

No sé cuánto tiempo llevo así, perdida en mis propios pensamientos, cuando tomo conciencia del calor de un cuerpo a mi espalda y del tacto de unas manos, firmes y cálidas, posadas en mi cintura. El contacto me arranca de mi ensimismamiento y todo mi cuerpo se tensa al instante.

—Damian, creo haberte dicho que…

—Es un cuadro precioso, ¿verdad? —Su voz suena justo detrás de mi oreja, tan cerca que noto el cosquilleo de su aliento contra la piel—. Lo compré hace un par de años en una galería de Ubud. Me recordó a algo que no sabía que echaba de menos.

No se mueve. Tampoco me suelta. Sus manos permanecen sobre mi cintura, quietas, como si esperaran de mí una señal que no estoy segura de querer darle.

—Damian, por favor… —Consigo reunir la voz suficiente para girarme a medias hacia él, aunque lo único que logro es acortar todavía más la distancia entre los dos—. ¿Cómo tengo que decírtelo?

Espero que retroceda, que suelte alguna broma, que rompa la tensión como suele hacer y me devuelva el espacio que necesito para respirar con normalidad.

Pero, en lugar de eso, sus ojos, ahora oscurecidos, se clavan en los míos con una intensidad que me deja sin palabras.

Si esta es su forma de no presionar, está haciendo justo lo contrario.

—Lo que pase aquí no saldrá de este despacho. —Su voz desciende hasta convertirse en un susurro grave, ronco, que me eriza la nuca a pesar de todo lo que sé y de todo lo que quiero—. Soy un hombre reservado. Jamás le diría nada a nadie.

Debería apartarme. Cada fibra racional de mi cuerpo me grita que dé un paso atrás, que ponga distancia, que recuerde lo que siento por Sofía.

Pero estamos muy cerca, tanto que su respiración se mezcla con la mía, y algo en mi interior —algo antiguo, que tiene más que ver con la costumbre que con el deseo o las emociones— vacila durante un instante que dura demasiado.

Un cosquilleo extraño me recorre la nuca y desciende por la columna, y no sé distinguir si es una alarma o es otra cosa, si mi cuerpo está pidiendo auxilio o si simplemente reacciona a la cercanía de alguien que, durante estos días, ha sabido jugar muy bien con los efectos que provoca en mí.

Damian se inclina sin prisa, dándome margen de sobra para detenerlo, pero cuando sus labios rozan los míos, no hago nada.

No lo beso. Tampoco lo aparto. Me quedo quieta, con los ojos abiertos y las manos colgando a los lados, mirando el cuadro por encima de su hombro como quien espera a que pase un tren.

Podría dejarme llevar, responder. Sus manos suben desde mi cintura hasta la espalda y entonces alguien llama a la puerta y la abre.

Damian sigue besándome. Un carraspeo a mi espalda me devuelve a la realidad, le planto las dos manos en el pecho y lo empujo, pero ya es tarde, porque en el umbral, con los ojos muy abiertos y una bandeja entre las manos, está Sofía. Y el daño, por desgracia, ya está hecho.