¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Valentina

A pesar de que son casi las doce del mediodía, todavía quedan algunos huéspedes rezagados desayunando en la cafetería, con esa calma perezosa de quien no tiene ningún sitio al que llegar.

Los aspersores siguen regando el jardín y dejan un velo de humedad sobre las hojas de los helechos gigantes, que brillan bajo el sol como si alguien las hubiera barnizado una a una.

El aroma a tierra mojada se mezcla con el del café, cuyo vapor serpentea delante de mis ojos, y me permito cerrarlos y respirar hondo.

Aún no me puedo creer que Aitana y las demás estén aquí, pero debo admitir que me alegra, y mucho más de lo que estaría dispuesta a reconocer en voz alta.

Estos últimos días, más allá de la presencia de Damian —al que he intentado esquivar todo lo posible—, me he sentido sola, sin nadie a quien acudir para hablar de mis locuras ni nadie capaz de ponerme los pies en la tierra cuando mi cabeza se empeña en ir por libre.

Ahora estamos sentadas la una frente a la otra en una de las mesas más apartadas de la cafetería, y Aitana está tan tranquila, tan en su sitio, que cualquiera diría que lleva semanas instalada en el resort y no que acaba de aterrizar después de un sinfín de horas de viaje.

Se ha semirrecogido el pelo con una pinza y lleva un vestido de lino color almendra que, si no me equivoco, le regalé yo por su cumpleaños.

—Deberías haberte dado una ducha y haber descansado un poco —le digo en cuanto me animo a romper el silencio que nos envuelve—. Estoy segura de que estás agotada.

—Bueno, ya sabes. Tengo todo el día para descansar, pero solo a una buena amiga a la que ayudar.

—Aitana me guiña un ojo y da un sorbo a su taza.

Pasea la mirada a nuestro alrededor, como si quisiera asegurarse de que nadie nos escucha, y después la deja fija en el jardín—.

Además, quería estar aquí antes de que te entre el pánico y la vuelvas a cagar.

Valeria se ha llevado a Clara y a Marta a explorar el resort, así que tenemos, calculo, unos cuarenta y cinco minutos de paz antes de que vuelvan.

No respondo, y ella se limita a observarme por encima del borde de la taza con esos ojos verdes que siempre han tenido la irritante capacidad de leerme la mente.

Sé que está esperando a que hable; ella sabe que ese silencio me pone nerviosa, y termino llevándome la mano al cuello, el gesto que me delata cada vez que algo me incomoda.

—Bueno —dice al fin, y deja la taza sobre el platillo con un leve tintineo—. ¿Me vas a contar cómo estás o te lo tengo que sacar a pellizcos?

—No hace falta que me pellizques. —Me río, nerviosa, y desvío la vista hacia la piscina, donde el agua está tan quieta que parece un espejo esperando a que alguien lo rompa—. Aunque tampoco sé muy bien por dónde empezar.

—Empieza por lo obvio. Porque, después de lo que me contaste por teléfono, te juro que ya no sé ni qué decirte ni qué aconsejarte.

Aitana se cruza de brazos. Siempre ha sido la más lógica de las dos, la que piensa antes de actuar, la que no se deja arrastrar por los impulsos…

salvo cuando apareció Valeria y todo lo que creía tener bajo control se le fue al traste en cuestión de semanas.

Quizá por eso, ahora que la tengo delante, respiro un poco más tranquila.

Si alguien puede ayudarme a no tropezar dos veces con la misma piedra, es ella.

—Créeme, yo tampoco sé qué hacer. —Suelto el aire que llevo horas conteniendo—. Y tenías razón. No puedo seguir haciendo las cosas sin pensar.

—Ya era hora de que te cayeras del burro. —Se le escapa una risilla traviesa—. Al menos lo has hecho a tiempo. Pero vamos, cuéntame lo que ha pasado. Y sin editar, por favor.

Y tal como me lo pide, lo hago. Le hablo de las discusiones, del corte que se hizo Sofía en el dedo, del beso que le di después de que nos enzarzáramos delante de la enfermera.

Le hablo de Damian y de que estuve a punto de cometer la estupidez de acostarme con él porque creía que Sofía se estaba acostando con otra, de cómo me derrumbé y rompí a llorar.

Le cuento que Sofía apareció justo en ese momento, que acabamos follando y durmiendo juntas esa noche, que le dije que la quería y que ella me respondió que también me quería, aunque en la misma frase añadió que me odiaba por lo que le había hecho y que no podía perdonarme tan fácilmente.

Se lo cuento todo, sin adornos y sin suavizar ni una coma, porque con Aitana nunca me ha servido de nada disimular.

Ella escucha sin interrumpirme, con esa paciencia infinita que a veces me saca de quicio y otras es lo único que me mantiene en pie. Cuando termino, se queda callada un instante, con la vista clavada en el poso de su café, y después me mira directamente, sin rastro de suavidad en el gesto.

—Entonces os acostasteis y ahora… ¿qué? ¿Fingís que no ha cambiado nada?

—No fingimos nada. —Aprieto la taza entre los dedos hasta que la porcelana me calienta las palmas—.

Es obvio que las cosas han cambiado. Lo noto cada vez que la veo, pero seguimos sin hablar de lo que de verdad importa, Aitana.

De lo que va a pasar cuando termine la gala, cuando ella acabe lo que ha venido a hacer aquí y tengamos que volver.

—¿Y qué es lo que tú quieres que pase?

La pregunta me obliga a apartar la mirada de sus ojos y a buscar refugio en cualquier otra parte.

Pienso en el pánico que sentí aquella mañana, al despertarme con Sofía entre mis brazos y darme cuenta de todo lo que podía llegar a significar para mí.

Pienso en cómo ese mismo pánico me empujó a subirme a aquel avión, y en cómo su indiferencia, tan dolorosa, y la rabia que me provocaba estuvieron a punto de llevarme a cometer una estupidez.

Y, por supuesto, pienso en la otra noche, en su piel contra la mía y en las ganas tan salvajes que tuve de ser feliz a su lado.

—Esta vez quiero algo estable con ella, Aitana.

No quiero un rollo de fin de semana —confieso por fin, con la misma seguridad con la que afronto cualquier problema profesional—.

La quiero de verdad, y sé que las palabras ya no sirven, que ella necesita hechos.

Y yo no soy muy buena con los hechos cuando se trata de sentimientos.

Aitana suaviza por fin la expresión, y algo muy parecido al orgullo le cruza la cara mientras estira el brazo por encima de la mesa para apretarme la mano.

—Ya era hora de que sentaras la cabeza y te dejaras de locuras.

—Ayúdame. —Se lo pido sin rodeos, sosteniéndole la mirada, porque si hay alguien capaz de sacarme de mi propia cabeza y ponerme en marcha, esa es ella—. Sé lo que tengo que hacer, o al menos empiezo a intuirlo, pero necesito que me digas si estoy loca antes de intentarlo.

Aitana sonríe y se inclina hacia mí, apoyando los codos en la mesa.

—Cuéntame el plan. Y más te vale que esta vez no incluya huir y subirte a un avión a escondidas.

El tiempo se nos ha escurrido entre confidencias sin que ninguna de las dos se diera cuenta.

El restaurante ha empezado a llenarse de gente.

La sombra del gran samán 23 que preside el jardín junto al estanque se derrama sobre nuestra mesa, las conversaciones forman un murmullo agradable a nuestro alrededor y desde las cocinas se filtra un aroma a hierba de limón, jengibre y leche de coco que, lo reconozco, me ha despertado el estómago y algo más: esa punzada de curiosidad profesional que nunca termina de apagarse del todo.

El café que nos tomábamos se quedó atrás y sobre la mesa descansan dos copas de vino y algo de picotear.

—Si lo he entendido bien —Aitana, sin apartar la vista de mí, apoya ambos brazos en la mesa y se inclina hacia delante—, lo que quieres es estabilidad.

—No he parado quieta en estos dos años —le recuerdo, y me dejo caer contra el respaldo de la silla—.

Al principio era justo lo que necesitaba.

La idea de quedarme mucho tiempo en un mismo lugar me erizaba la piel, pero ahora…

—Me encojo ligeramente de hombros—. Ahora quiero encontrar un trabajo que me permita echar raíces.

Y ese lugar tiene que estar cerca de Sofía.

Ella asiente, digiriendo mis palabras.

—Es lo más lógico, sí —contesta, mordisqueándose el labio—. Pero sigo sin entender qué papel juego yo en todo esto. No soy precisamente la que decide adónde va cada trabajador de la cadena.

Sonrío, porque sé que en cuanto se lo cuente va a atar cabos sin que tenga que explicárselo todo. Aitana siempre ha sido rápida para estas cosas y, además, es una de las personas que más me ha animado a volver a lo que considero mi verdadera profesión.

—No sé si lo sabes, pero Wayan, mi segundo de cocina en el Attika, trabaja aquí —empiezo, jugueteando con el pie de la copa—. ¿Te acuerdas de él? Después de lo que pasó, volvió a Bali con su familia.

—Claro que me acuerdo. Era un encanto.

—Pues hace unos días estuvimos hablando de aquellos años, y esa charla me removió algo por dentro.

—Hago una pausa, porque incluso ahora, tres años después, hablar del Attika en pasado me deja un regusto amargo en la garganta—.

Me animó a volver a los fogones y, no sé, Aitana, es algo que ni siquiera se me había pasado por la cabeza hasta ahora.

Aitana frunce el ceño un segundo y se coloca un mechón suelto detrás de la oreja.

—¿Me estás diciendo que quieres abrir un restaurante? —pregunta, inclinándose aún más, con la sorpresa dibujada en cada rasgo de la cara.

—No. —La palabra me sale firme, casi como un acto reflejo—. Eso no. Ya sabes que, después del incendio, después de lo que le pasó a Sam, no me veo capaz de algo así.

El nombre de Sam se abre paso en mi pecho y noto cómo se me cierra la garganta.

Aunque han pasado ya tres años, aunque he tenido la ayuda de mi psicólogo y unas ganas enormes de seguir adelante, traerla de vuelta a mi vida sigue quebrándome la voz.

Sam fue mi pareja durante aquella época, la persona con la que compartí mucho más que el Attika, mi restaurante.

Murió en el incendio que lo arrasó, cuando el fuego prendió en el conducto de extracción de la cocina y se propagó más rápido de lo que nadie pudo prever.

Lo que ocurrió entonces me impidió volver a ponerme delante de unos fogones más que para inspeccionar la cocina de otros: siempre desde fuera, siempre a una distancia prudente que me protegiera de volver a sentirme responsable de una tragedia así.

Aitana guarda silencio un momento. Es una de las pocas personas que conocen la historia completa; la que estuvo a mi lado en el funeral, en los meses grises que vinieron después y cuando tomé la decisión de colgar el delantal para siempre.

Por eso, cuando por fin habla, lo hace con la voz cargada de ternura.

—No te ves capaz de algo así… —Alarga la mano y me aprieta los dedos un instante, un gesto pequeño pero suficiente para devolverme al presente—. Pero siempre he pensado que es una lástima que no te dediques a lo que de verdad amas.

Asiento, agradecida por sus palabras y por que no insista ni me obligue a seguir hurgando en una herida que sigue abierta.

Aitana me suelta y se recuesta en la silla y entonces, como si de pronto todas las piezas encajaran solas en su cabeza, la sorpresa de su mirada da paso a una sonrisa que se le extiende lentamente por los labios.

—¿Quieres que te contrate como chef en el restaurante de mi resort?

Me apoyo en la mesa, con las manos entrelazadas, y le devuelvo la sonrisa. Se me ha encogido el estómago al oírlo en voz alta, dicho por otra persona, convertido en algo real fuera de mi cabeza.

—Dime que no te parece una locura, por favor.

—A mí no. —Se ríe, y el sonido se mezcla con el alboroto de un grupo de huéspedes que acaba de sentarse en la mesa de al lado—. Pero ya sabes que esa cocina es terreno de Sofía. No sé yo si le hará mucha gracia que te contrate así, sin más.

—Bueno, es una mujer de armas tomar. —Suelto una risa breve y nerviosa, aunque la verdad es que no tengo ni la más remota idea de cómo reaccionará Sofía cuando descubra que estoy dispuesta a quedarme, a instalarme en Benidorm y en esa cocina que es completamente suya—.

Pero estoy acostumbrada a lidiar con su carácter.

¿Puedes hablar con Héctor y tantear un poco el terreno?

No quiero ser yo quien se lo proponga. Prefiero que la idea le llegue de alguien que lo conozca bien y que, además, dirija uno de sus resorts.

Aitana asiente, y algo en su gesto me dice que ya está pensando en cómo plantearle a Héctor que la mejor inspectora de la cadena quiere renunciar a su puesto para volver a una cocina.

—Déjamelo a mí. Aunque ya sabes cómo es.

—No te preocupes. Haz lo que puedas.

Justo en ese momento nos llega un estallido de risas desde el sendero que bordea la entrada principal y, al girarme, veo a Valeria acercándose con Clara y Marta.

Las tres vienen cargadas con bolsas de la boutique del resort y hablan a la vez, atropellándose las unas a las otras.

No sé por qué se me hace tan raro no ver a Sofía entre ellas, aunque estoy segura de que estará disfrutando de lo lindo con las lecciones de Wayan en la cocina.

Valeria le dedica a Aitana una sonrisa de esas que solo se reservan para una persona, y aunque sé que a Aitana le encantaría que me quedara, también sé que, con todo lo que tenemos pendiente Sofía y yo, mi presencia aquí sobra.

—Bueno, yo tengo cosas que hacer. Nos vemos luego, ¿vale?

—Claro que sí.

Me pongo en pie, apuro mi copa y, antes de marcharme, le guiño un ojo con complicidad.

Ella me responde con un gesto casi imperceptible de la cabeza, como diciéndome que todo va a salir bien, y yo pongo rumbo al despacho de Damian mientras noto cómo el calor de la tarde empieza a apretar de verdad sobre mis hombros.

Todavía me queda una conversación pendiente antes de que el día siga avanzando, una que llevo esquivando desde la otra noche, desde que me marché a toda prisa de la puerta de su villa y lo dejé con la palabra en la boca y la confusión pintada en la cara.

Se merece una explicación, y esta vez estoy dispuesta a dársela sin rodeos y sin excusas de por medio.