¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Sofía

Blue Paradise Bali, Ubud

El vapor del caldo de huesos se enrosca en el aire como si también él quisiera escuchar lo que Bayu me está contando sobre la cocción del lengkuas, esa raíz prima hermana del jengibre que aquí perfuma casi todo lo que sale de los fogones.

Llevamos cerca de una hora preparando el pase de mediodía y, aunque todavía llevo los puntos —y la enfermera me aconsejó que me tomase unos días para que el corte cicatrizara como es debido—, al final logré convencer a Wayan de que me dejara volver.

No sé si fue por mi insistencia o porque le daba lástima verme deambular por el resort como un alma en pena, pero aquí estoy, con el corte todavía tirante bajo el guante y la sensación de haber regresado al único lugar donde sé exactamente quién soy.

—Así, mira. —Bayu inclina el cazo hacia mí para que aprecie el color—. Cuando el sambal empiece a brillar como el aceite, es que está listo. Ni un minuto antes.

—Brillar como el aceite —repito despacio, grabándome la frase con una sonrisa.

Me encanta cómo habla Bayu. Lo hace como si la cocina tuviera un idioma propio, uno que solo entendemos quienes nos pasamos la vida entre cazuelas, cuchillos y quemaduras de guerra.

Llevo el delantal salpicado de cúrcuma y varios mechones rebeldes se me han escapado del gorro para pegárseme a la frente.

Podría decir que es un día —casi— tranquilo, de esos en los que vivir en Bali no me resulta más complicado que aprender a distinguir una hoja de daun jeruk fresca de una mustia.

Y digo casi porque, desde el domingo, desde lo que pasó con Valentina en su villa, las cosas no se han arreglado del todo, pero algo ha cambiado entre nosotras.

Ya no existe esa tensión afilada de los primeros días cada vez que nuestras miradas se cruzan; ahora nos buscamos a escondidas, aprovechamos cualquier pasillo vacío o cualquier despensa entornada para robarnos un beso y regalarnos unos minutos que siempre saben a poco.

Ella está tan ocupada como yo y, la verdad, tampoco me apetece hablar de lo que ocurrió ni de lo que ocurrirá cuando todo esto termine.

Prefiero vivir en esta tregua tibia, en este querernos a medias palabras, antes que andar a la gresca todo el día y enfrentarme a la pregunta que me ronda a todas horas: ¿y si vuelve a marcharse?

—Sofía, prueba esto. —Bayu me tiende una cuchara con un poco de salsa—. Dime si le falta acidez.

Cierro los ojos y dejo que el sabor se despliegue sobre mi lengua: primero dulce, luego picante, con un fondo cítrico que me recuerda al aroma del jeruk purut 22 que Wayan me enseñó a rallar la semana pasada, con tanta paciencia que parecía confiarme un secreto de familia.

—Un poco de lima —sentencio al abrir los ojos—. Solo un poco.

—Eso mismo pensaba yo. —Satisfecho, Bayu se gira hacia la tabla de cortar y exprime media lima sobre el cazo con un gesto rápido y preciso.

Es entonces, con el sabor de la salsa todavía en la boca, cuando una voz atraviesa el bullicio de la cocina y convierte un día normal en uno increíblemente especial.

—Yo creo que esas florituras van a dejar a nuestros huéspedes con la boca abierta cuando vuelvas.

Levanto la cabeza muy despacio, como si un movimiento brusco pudiera romper el hechizo o confirmar que el calor de los fogones me está haciendo alucinar.

Y cuando me topo con Aitana, con las gafas de sol colocadas a modo de diadema sobre su melena castaña y sus ojos verdes chispeando de alegría, la cuchara se me escurre de los dedos y cae al suelo con un repiqueteo que nadie más parece oír.

—¿Jefa…? ¿Qué…? ¿Cómo…?

Soy incapaz de terminar la frase. El corazón me late tan deprisa que casi me duele y temo echarme a llorar aquí mismo, delante de todo el equipo, con el delantal hecho un cromo y las manos temblorosas.

—¿Que cómo hemos llegado? —Aitana avanza un par de pasos, con cuidado de no tocar nada y manteniendo una distancia prudente con los fogones—. Pues en avión, como todo el mundo, supongo. Valeria se empeñó en venir a verte y, bueno, ya sabes lo insistente que puede llegar a ser.

Ese nombre me hace buscarla con la mirada de inmediato, porque si Aitana está aquí, Valeria no puede andar muy lejos; llevan pegadas la una a la otra desde el día en que se conocieron.

Y cuando por fin la encuentro, descubro con asombro que no ha venido sola.

Al otro lado del gran ventanal de cristal que separa la cocina del pasillo, Valeria agita los brazos como si estuviera guiando el aterrizaje de un avión.

A su lado, Clara me guiña un ojo, y Marta —Marta, que jamás en su vida ha sabido guardar un secreto sin que se le note en la cara— se muerde el labio con todas sus fuerzas para no soltar una carcajada.

Dejo el trapo sobre la encimera y me vuelvo hacia Bayu.

—¿Te importa si…?

—Ve. —Se echa a reír y sacude la cabeza—. Yo me encargo del sambal. Parece que tienes una visita importante.

Salgo de la cocina secándome las manos en el delantal, todavía sin terminar de creerme lo que estoy viendo, y en cuanto cruzo la puerta, Valeria se abalanza sobre mí con un abrazo que casi me levanta del suelo.

—¡Pero qué guapa te veo, mi alma! —exclama contra mi pelo, estrujándome con tanta fuerza que algo me cruje en la espalda—. Si hasta se te ha pegado el acento indonesio, ¿eh?

—¡Anda, calla y no digas tonterías! —Me río con la voz rota, a medio camino entre la carcajada y el llanto, y me aparto lo justo para mirarla bien—. ¿Qué hacéis aquí? ¿Cómo no me habéis dicho nada?

—Porque entonces no habría sido una sorpresa, boba.

Clara es la siguiente en abrazarme, con más suavidad, envuelta en ese perfume fresco que me transporta directamente a Benidorm, a las tardes de playa y a una vida que empiezo a sentir lejana, aunque solo lleve diez días fuera de ella.

Marta es la última. Me estrecha entre sus brazos y me susurra al oído, con esa voz de conspiradora que tanto le gusta impostar:

—Ha sido idea de Aitana. Bueno, y un poco de Valeria, que llevaba días diciendo que le preocupaba que te enamoraras de Bali y no quisieras volver nunca.

—O de otra cosa —apostilla Valeria, arqueando las cejas de una forma tan sugerente que noto cómo me arden las mejillas.

—No sé de qué me hablas —murmuro, aunque las tres me conocen demasiado bien como para creerse una sola palabra.

Aitana se ha quedado unos pasos por detrás, observando la escena, pero hay algo en su expresión que no termina de encajarme. Tiene esa media sonrisa de quien guarda un as en la manga y disfruta sabiendo algo que los demás ignoran.

—¿Y esa cara? —le pregunto, entornando los ojos—. Tú tramas algo.

—¿Yo? Yo nunca tramo nada. —Se encoge de hombros con una inocencia tan mal fingida que me arranca una carcajada—. Solo he venido a conocer Bali y a comprobar que mi mejor amiga hace bien su trabajo. Aunque algo me dice que no va nada mal encaminada.

Un fogonazo de calor me abrasa la cara, pero antes de que pueda replicar, el taconeo de unos zapatos contra el suelo de piedra hace que las cinco nos giremos al mismo tiempo.

Al fondo del pasillo, con la tablet bajo el brazo y esa expresión profesional que se le desmorona en cuanto ve quién está a mi lado, aparece Valentina.

Se detiene en seco. Su mirada salta de Aitana a Valeria, de Valeria a Clara, de Clara a Marta, y por último se posa en mí con una pregunta muda tan evidente como si la hubiera formulado en voz alta:

«¿Qué está pasando aquí?».

Y yo, con el corazón todavía acelerado por la sorpresa y una sonrisa que no consigo borrar, comprendo que esta mañana, tan apacible hasta hace apenas cinco minutos, acaba de complicarse muchísimo más de lo que jamás habría imaginado.