¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Sofía

La brisa nocturna de Ubud no se parece en nada a la que se respira por las noches en el Mediterráneo.

Aquí no huele a sal ni a crema solar, sino a tierra húmeda, a naturaleza salvaje, a esas flores que lo invaden todo y que, al caer la tarde, sueltan un perfume tan denso que casi se puede masticar.

Camino descalza, con las sandalias colgando de los dedos, y dejo que el frescor de la hierba me acaricie las plantas de los pies mientras intento convencerme de que el nudo que tengo en el estómago es culpa del hambre.

Aunque sé perfectamente por qué está ahí. Y me lo he buscado yo solita.

Después de fingir que coqueteaba con aquella mujer, vi cómo a Valentina se le tensaban los hombros y se le descomponía el gesto.

Quería engañarla, y funcionó. En ese momento me sentí poderosa, casi invencible; pero ahora que todo ha terminado, esa sensación de poder se ha transformado en algo mucho menos digno: vergüenza.

Una vergüenza pegajosa, que se me agarra a la garganta y no me deja tragar.

Yo nunca he sido así. Jugar con los sentimientos de otra persona —aunque sea Valentina, aunque me haya hecho tanto daño que a veces no sé dónde empieza mi herida y dónde termina la suya— no va conmigo, y lo sabía mientras lo hacía.

Lo sabía con cada sonrisa falsa, con cada roce calculado en el brazo de aquella desconocida.

El problema es que herirla se ha convertido en la única forma que encuentro de hacerla reaccionar, de comprobar que todavía le importo, de volver a respirar. Y eso no está bien. No está nada bien.

Tras un paseo eterno por los jardines del resort, en el que he dejado que el sonido de los grillos y el croar de las ranas apagara poco a poco la vocecita que me repetía lo cruel que había sido, emprendo el regreso a mi villa.

La humedad de la noche se me pega a la piel y las antorchas del jardín iluminan el sendero con un resplandor anaranjado que hace bailar las sombras de las palmeras.

No sé qué habrá sido de Valentina. Imagino que se habrá encerrado en su villa para dar por finiquitado el día, con una copa de vino y ese orgullo suyo que no la deja doblegarse ante nada ni ante nadie.

Quizá por eso me sorprende tanto encontrármela a mitad de camino, encogida en un rincón junto a un murete de piedra, llorando como si le hubieran arrancado el corazón.

Ni siquiera se da cuenta de que estoy a tan solo unos metros.

La veo llevarse las manos a la cara, veo cómo le tiemblan los hombros y cómo se encoge sobre sí misma, como si quisiera hacerse tan pequeña que nadie pudiera encontrarla.

Nunca la había visto así, tan… deshecha.

La Valentina que conocí aquel día en Benidorm, con su sonrisa de depredadora y su forma de caminar como si el mundo le perteneciera, no existe en esta mujer rota que tengo delante.

El sonido de su llanto me llega a los oídos y algo dentro de mí se resquebraja.

Me quedo paralizada durante unos segundos.

La lógica me dice que me marche, que le dé la espalda y siga mi camino, que no es asunto mío.

Pero mis pies no entienden de lógica y avanzan, sorteando un macizo de heliconias cuyas hojas me rozan las piernas.

El crujido de mis pasos sobre la gravilla hace que se esconda todavía más, y hay algo en esa imagen —en lo diminuta que parece ella, que siempre ocupa cada espacio con una seguridad que roza la arrogancia— que me llena los ojos de lágrimas.

No soy tonta; sé por qué llora. Estoy segura de que me ha imaginado con esa mujer, de que le ha dado mil vueltas a la idea de verme en brazos de otra persona, disfrutando de una libertad que, en el fondo, solo quiero disfrutar con ella.

Una parte de mí querría dejarla ahí, a solas con ese castigo que he diseñado con mis propias manos y que, según la lógica de mi rencor, se merece.

Pero el amor que sigo sintiendo por ella, terco e insobornable, me lo impide.

Me acerco por detrás, aprovecho que está de espaldas y, sin darle tiempo a reaccionar, la rodeo con los brazos.

Se pone rígida al instante; todo su cuerpo se tensa contra el mío y se queda inmóvil, con la respiración entrecortada, como si no supiera si lo que siente es real o una jugarreta más de su imaginación.

—Si lloras porque has sido tan idiota de creer que sería capaz de estar con otra mujer que no seas tú, es que no eres la Valentina que yo conozco.

Y va a resultar que tú no me conoces tan bien como yo creía.

—Le hablo con la frente apoyada en su espalda, en apenas un susurro ronco que me tiembla más de lo que me gustaría.

Deja de llorar. El temblor de sus hombros se va apagando poco a poco y se gira entre mis brazos sin deshacer del todo el abrazo.

Cuando por fin puedo verle la cara, se me encoge el pecho.

Está hecha un desastre. Tiene el rímel corrido en dos surcos oscuros bajo los ojos, la nariz enrojecida y los labios entreabiertos y temblorosos.

Jamás la había visto tan lejos de la mujer impecable que conocí.

Y, sin embargo, nunca me ha parecido tan real, tan auténtica como ahora. Más suya. Más mía.

No hay palabras para lo que sucede después.

Yo suelto los brazos, Valentina da un paso y me besa.

Y no es un beso como el de esta mañana: este sabe a sal, a desesperación, a miedo.

Sus labios están húmedos y temblorosos, pero aun así se aferran a los míos con una necesidad que me deja sin aliento y me hace olvidar, por un instante, toda la rabia que llevo dentro, toda esa lista interminable de motivos por los que debería apartarla.

Sus manos suben hasta mi cara y la enmarcan con una delicadeza que contrasta con la urgencia del beso. Y yo, que había jurado no volver a caer, que me había repetido «nunca más» hasta desgastar las palabras, siento que todas esas promesas se deshacen como azúcar bajo la lluvia.

Porque el problema nunca ha sido querer a Valentina. El problema ha sido, siempre, no saber cómo dejar de hacerlo.

No sé en qué momento el beso se convierte en una huida hacia su villa.

Solo sé que me dejo llevar por el sabor salado de sus lágrimas en mis labios y por la forma en que sus manos se aferran a mi cuerpo, como si fuera a disolverme igual que un sueño al amanecer.

Caminamos a trompicones, tropezamos con las piedras del sendero y nos reímos entre jadeos, sin despegar la boca ni un solo segundo.

Cada vez que intentamos tomar aire, volvemos a encontrarnos, a enredar las lenguas, a mordernos los labios hasta dejárnoslos hinchados. El deseo crece tan deprisa que, cuando por fin llegamos, lo único que se me pasa por la cabeza es arrancarle la ropa y hundir la cara entre sus piernas.

La puerta de su villa cede y, nada más cruzar el umbral, Valentina me empuja contra la pared.

Sus manos suben por mis costados en busca de la cremallera del vestido, con unos dedos que tiemblan de prisa y de ganas.

Yo hago exactamente lo mismo: tiro de su ropa, desesperada por sentir el calor de su piel contra la mía.

Mi vestido cae a mis pies. Aprovecho que Valentina me mira como si fuera la primera vez, con los ojos oscurecidos y los labios entreabiertos, para desabrocharle el pantalón y bajárselo junto con la ropa interior.

Ella se quita el sujetador y lo lanza a cualquier parte y, un instante después, vuelve a besarme —profundo, desesperado— y me guía hasta la cama, donde caemos juntas y enredadas.

Su boca desciende por mi cuello y deja un rastro húmedo y caliente.

Muerde con suavidad justo donde el hombro se une al cuello y, tras lamerme la piel, vuelve a hacerlo con más fuerza, lo suficiente para arrancarme un gemido de la garganta.

Sus manos me rodean los pechos y los aprietan hasta que sus labios se cierran sobre un pezón.

La descarga de placer es tan intensa que arqueo la espalda y enredo los dedos en su pelo.

—Valentina… —susurro su nombre, casi una súplica.

Levanta la vista un instante, con una sonrisa lenta que me eriza la piel, y su mano baja por mi vientre hasta deslizarse entre mis muslos y encontrarme empapada y caliente para ella.

El primer roce de sus dedos me arranca un gemido.

Hunde uno dentro de mí con lentitud, y después otro.

Empieza a moverlos con prisa, curvándolos hacia arriba, y el placer se me enrosca en el vientre.

Yo no me quedo quieta: deslizo la mano entre nuestros cuerpos y la encuentro igual de necesitada.

Está resbaladiza, hinchada, temblorosa bajo mis dedos.

La toco con la misma intensidad con la que ella me toca a mí, entrando y saliendo, rozándole el clítoris con el pulgar hasta sentir cómo se le escapa el aire.

La cama se mece bajo nosotras. Nos movemos juntas, follándonos a un ritmo torpe y perfecto, derribando esos muros que yo misma levanté a mi alrededor y que ella, con sus besos, está reduciendo a polvo.

Acelera el ritmo y el placer crece y crece hasta nublarme la vista. Justo cuando estoy a punto de caer por el precipicio, la detengo sujetándole la muñeca con la mano libre.

—Aún no… —jadeo sobre sus labios, y abro más las piernas—. Quiero tu boca.

Valentina, con la respiración agitada, asiente.

Saca los dedos de mi interior y me besa la boca, jugando con mi lengua de una manera tan sucia que se me eriza la piel y me estremezco entera.

Después desciende por mi cuerpo, deteniéndose en cada curva como si quisiera memorizarla, hasta llegar a mi sexo.

Me abre con suavidad con los pulgares y se queda mirándome unos segundos, con una devoción que me enciende todavía más, antes de probarme.

Ronronea en cuanto me saborea. Su lengua me recorre despacio al principio, de abajo arriba, y se detiene en mi clítoris para succionarlo con delicadeza.

Arqueo la espalda, suelto un grito ahogado y me aferro a las sábanas.

Ella vuelve a lamerme, ahora con más firmeza, y hunde la lengua dentro de mí.

Enredo los dedos en su pelo y tiro con fuerza cuando el placer me alcanza de lleno.

—Valentina… joder, Valentina… no pares —le suplico con la voz rota.

Y no para. Sigue hasta que mi cuerpo se tensa, hasta que un temblor profundo me recorre de la cabeza a los pies y grito su nombre sin ningún pudor.

No deja de acariciarme mientras el orgasmo se apaga; me besa la cara interna de los muslos, el vientre, y sube hasta mi boca para compartir conmigo mi propio sabor.

Yo no le doy tregua. Giro sobre ella con suavidad y me coloco encima, y me topo con sus ojos grises, que brillan en la penumbra como dos monedas de plata.

Desciendo por su cuerpo con la misma dedicación y, cuando mi lengua la encuentra, el mundo entero se reduce al sabor dulce y caliente de su sexo.

La saboreo con precisión, hundo los dedos en su interior y los muevo al compás de mi boca.

Soy incapaz de pensar en nada más; solo me dejo llevar por lo que siento y por ese placer que crece violento dentro de ella, hasta que se corre en mi boca con un gemido largo y desgarrador que me estremece hasta los huesos.

Todavía temblando, Valentina tira de mí hacia arriba y me besa con desesperación.

Nos acomodamos de lado y nuestros cuerpos vuelven a encontrarse.

El roce es eléctrico, casi doloroso de tan intenso.

Entrelazamos las piernas y, aunque las manos también entran en el juego, son el calor, la humedad, el vaivén de nuestros cuerpos y el deseo los que me llevan al borde del temblor.

—Mírame —me pide, y me sujeta la cara con una mano.

Abro los ojos. Ella sonríe y seguimos moviéndonos mientras el placer vuelve a crecer, ahora más lento, más devastador, como una marea que sube sin prisa pero sin pausa.

—Te quiero… —susurra contra mi boca—. Te quiero, Sofía…

—Yo también —respondo, y la voz se me quiebra—. Aunque te odie por lo que me hiciste y no pueda perdonártelo tan fácilmente.

El segundo orgasmo nos alcanza casi a la vez.

Primero a ella, con un temblor que la arrastra por completo.

Después a mí, con una oleada de placer tan intensa que me deja ciega durante unos segundos que se me antojan eternos.

Al final nos quedamos abrazadas, en silencio, sudorosas, respirando el mismo aire y escuchando nuestros corazones latir al mismo compás.

Valentina me acaricia la espalda con la yema de los dedos, trazando dibujos invisibles sobre mi piel, y yo apoyo la cabeza en su pecho y cierro los ojos.

El nudo que llevaba días cargando en el estómago ha desaparecido, al menos por esta noche.

No quiero pensar en nada más. No quiero pensar en lo que pasará mañana, ni en si esto es un error o la única cosa sensata que he hecho desde que aterricé en Bali.

—Mañana… —empieza a decir.

—No hablemos de mañana —la interrumpo, y vuelvo a besarla—. Quedémonos aquí, ahora.

Valentina asiente y me abraza con fuerza. Yo hundo la cara en su cuello y respiro su olor mezclado con el mío, y pienso que me gustaría vivir esto el resto de mi vida.