Capítulo 13
Valentina
Después de lo que ha pasado esta mañana y de haber metido la pata hasta el fondo, creía que lo más sensato era encerrarme en mi villa, abrir una botella de vino y fingir que este día nunca había existido.
Sin embargo, Damian acabó arrastrándome a una cena con la noble intención —y escaso acierto— de que se me pasara el malestar que me había dejado la discusión con Sofía.
Y aquí estoy, una hora y media después, recorriendo el sendero de piedra que conduce al bar del resort en busca de algo que me adormezca los sentidos y me quite de encima este peso que llevo instalado en el pecho desde que salió el sol.
No he conseguido dejar de pensar en ella ni un solo segundo.
Durante la cena, mientras Damian me hablaba de proveedores y de la disposición de las mesas para la gala, yo asentía por pura inercia y me imaginaba plantándome en la puerta de su villa para pedirle perdón de rodillas si hacía falta.
Pero la sensatez, por una vez en mi vida, le ganó la partida al impulso. Y no sé si alegrarme o maldecirla.
El Blue Lagoon Bar se esconde entre dos hileras de palmeras que se mecen con la brisa de la noche y arrancan a sus hojas un susurro constante, un murmullo que se acompasa con las sombras que se proyectan sobre el agua de la piscina, que a esta hora refleja un cielo cuajado de estrellas.
De fondo suena una curiosa mezcla de gamelán y jazz, notas de bronce que se entrelazan con el lamento perezoso de un saxofón, y por debajo de todo flota ese aroma dulce y espeso de las noches tropicales: flores abiertas, tierra mojada, humedad y una pizca de coco que parece salir de ninguna parte.
Avanzo con la mirada puesta en la gente que disfruta del ambiente —parejas que brindan, un grupo de amigas que se ríe a carcajadas junto a la piscina— y, cuando llego a la altura de la barra, me la encuentro.
Sofía. Con una copa de vino blanco que apenas ha tocado y un vestido del mismo color que le sienta como si lo hubiera cosido alguien decidido a hacer saltar por los aires todos mis sentidos.
La tela se le ciñe a la cintura y se desliza sobre sus caderas con naturalidad.
Su pelo rubio brilla como el oro bajo las luces cálidas, y detrás de una de sus orejas lleva prendida una flor preciosa que le da un aire hipnótico, casi irreal.
Debería marcharme. Buscar una mesa lo bastante alejada para que nuestras miradas no puedan cruzarse ni por accidente. Pero, cuando se trata de ella, soy incapaz de pensar con claridad, así que me acerco a la barra y le hago una seña al camarero.
—¿Me pones dos cócteles de maracuyá? —le pido, señalando la pizarra donde un dibujo con tiza de colores promete «pasión líquida y diversión».
Al escuchar mi voz, Sofía me observa de reojo. No se mueve ni un milímetro, pero sus hombros se tensan lo suficiente como para delatar que no esperaba encontrarme aquí.
—Si uno es para mí, no hace falta —replica sin girarse—. No tengo sed, y tampoco me apetece.
—Invita el resort, no yo. —Es mentira, y las dos lo sabemos, pero me concede un pequeño margen para acercarme sin que se sienta obligada a aceptar nada que venga de mí—. Además, está delicioso. Te gustará.
Cuando por fin se vuelve hacia mí, lo hace con esa expresión que empieza a ser demasiado habitual en su rostro: la mandíbula firme, los labios apretados, la mirada blindada.
No piensa dejarse ablandar por mucho que insista.
Me recorre de arriba abajo con una lentitud deliberada y después suelta un suspiro largo, cansado.
—Por lo visto, no te ha quedado claro que no quiero tener nada que ver contigo —sentencia con una firmeza que me atraviesa la piel y me estruja el corazón—. ¿No tienes nada mejor que hacer?
El camarero, completamente ajeno a nuestros dramas, deposita las dos copas sobre la barra con una sonrisa profesional y un «selamat malam 21 » que ninguna de las dos le devuelve.
Lo más sensato y razonable sería rendirme. Asumir la derrota con elegancia y retirarme. Pero no puedo. No pienso dejar de intentarlo mientras siga viendo en sus ojos lo mucho que me quiere, por mucho que se empeñe en esconderlo.
—Vale —cedo, alzando mi copa hacia ella con una media sonrisa que me cuesta un imperio sostener—. Entonces me los beberé yo y brindaré sola por esta maravillosa noche.
Por alguna razón, espero una réplica afilada, algo que me confirme que el beso que le di esta mañana no le ha sido indiferente y que todavía me queda alguna posibilidad.
Pero Sofía aparta la mirada, recoge su copa de vino y, sin pronunciar una sola palabra, se levanta y se dirige a una mesa donde la espera una chica balinesa con el pelo recogido en una trenza larga que le cae sobre un hombro.
La chica sonríe en cuanto la ve sentarse frente a ella, y esa sonrisa me sienta como una patada en el estómago.
No tengo ni idea de quién es ni de qué hablan, pero la escena me pilla totalmente desprevenida.
Sofía y ella empiezan a coquetear de una manera casi descarada: se inclinan la una hacia la otra, juegan a sostenerse la mirada, se ríen por lo bajo como si compartieran un secreto.
Y eso despierta en mí una clase de emoción que hacía mucho que no sentía por nadie, una mezcla de rabia, angustia y celos.
Sé que no tengo ningún derecho a sentirme así. Que no soy su pareja y que, si esta noche quiere irse a la cama con otra persona, puede hacerlo sin rendirme cuentas. Me repito una y otra vez que es libre, pero no sirve de nada para calmar esta oleada de emociones que me burbujean en la sangre.
Le doy un trago largo al cóctel y clavo la vista en el vaso, como si el ron camuflado en ese líquido anaranjado guardase alguna respuesta.
Sofía sigue charlando con la chica, se ríe con ganas y se deja acariciar las manos sin el menor reparo.
Sin embargo, pronto me doy cuenta de que lo que está ocurriendo delante de mis ojos no es del todo real, porque Sofía me busca con la mirada por encima del hombro y se muerde el labio inferior, exagerando el coqueteo justo cuando sabe que la estoy mirando.
La función es tan exageradamente encantadora que casi —casi— me la trago. Y, aunque me alivia no haber sido tan tonta como para caer en la trampa, los celos no entienden de matices ni de mentiras fingidas: se instalan igual, estén justificados o no, y se niegan a marcharse.
Desvío la vista hacia la piscina, hacia las antorchas que titilan con la brisa y dibujan serpientes de luz sobre el agua, e intento concentrarme en cualquier cosa que no sea esa mesa.
Pienso en la reunión que tengo con Damian mañana a primera hora, en todo lo que queda por organizar para la gala, en lo complicado que va a ser trabajar codo con codo con Sofía si las cosas siguen así.
Pero nada funciona. Mucho menos con ella a escasos metros, fingiendo que no existo y que mi presencia le sobra.
Entonces, como si el universo decidiera concedernos una tregua, la chica se disculpa con una sonrisa, se levanta y pasa por mi lado antes de perderse por el sendero en dirección a alguna parte.
Sofía se queda sola, con la copa de vino entre las manos y una sonrisa que todavía le ilumina la cara.
Me pregunto si se levantará para seguirla.
Y, cuando lo hace, cuando apura el último trago de su copa y echa a andar tras los pasos de esa mujer, el corazón se me paraliza y pongo en duda si lo que he visto ha sido una función o la pura realidad.
Al pasar junto a la barra, nuestros ojos se encuentran.
Y en los suyos veo un sinfín de cosas a la vez: agotamiento, tristeza, determinación, dolor, deseo.
Ninguna de las dos aparta la mirada. Ninguna dice nada.
Pero en ese choque silencioso comprendo que todo este juego solo está sirviendo para hacernos daño a las dos.
Ella es la primera en romper el contacto y seguir su camino.
Mis labios se entreabren, pero soy incapaz de articular una palabra.
Tampoco consigo moverme para detenerla. Solo puedo verla alejarse entre las sombras de las palmeras, mientras una pregunta me martillea la cabeza sin descanso: ¿cuánto tiempo vamos a poder seguir así?
No sé cuánto tiempo me quedo en el bar, pero es el suficiente para que mi mente, cruel como pocas cosas en este mundo, se ponga a construir una escena que no le he pedido a causa del alcohol que llevo en la sangre.
No puedo dejar de imaginar a Sofía desnuda, con las manos de esa mujer recorriéndole la piel, con su boca explorando otro cuerpo que no es el mío.
Cada imagen es más nítida que la anterior, y cada una duele un poco más.
Apuro el último sorbo de la copa y la dejo sobre la barra con más fuerza de la necesaria.
El camarero me observa un segundo, pero no comenta nada; quizá esté demasiado acostumbrado a estas pequeñas tragedias nocturnas, o quizá se haya dado cuenta de que lo último que necesito es que alguien me dirija la palabra.
«Es libre de hacer lo que quiera, y lo sabes», me recuerdo mientras vago sin rumbo entre las palmeras, con un nudo áspero en la garganta.
Sofía puede besar a quien le dé la gana, acostarse con quien le apetezca y vivir su vida sin darme explicaciones, porque yo perdí ese derecho la mañana en que hice la maleta y me marché.
Lo sé. Lo entiendo. Pero mi cuerpo se niega a obedecer a la lógica.
Camino sin pensar hacia la zona de villas exclusivas, el rincón más discreto del resort, apartado del bullicio, donde los senderos están flanqueados por antorchas más pequeñas y el eco de la fiesta se reduce a un murmullo lejano, casi un recuerdo.
No decido conscientemente ir hacia allí.
Simplemente, en algún momento, mis pies se detienen frente a la puerta de la villa de Damian, y solo entonces me doy cuenta de que estoy a punto de molestar a un hombre al que apenas conozco.
Pero necesito, con una urgencia que me asusta, hablar con alguien que no me juzgue, que no sepa nada de Sofía, que no forme parte de este lío devastador en el que yo misma me he metido.
Llamo antes de poder arrepentirme. Él tarda unos segundos en abrir, segundos que aprovecho para preguntarme si esta no será la peor idea que he tenido en años.
Cuando la puerta se abre, cualquier duda racional que me quedara se disuelve momentáneamente ante lo que tengo delante: Damian, con el pelo revuelto como si acabara de salir de la ducha, un pantalón de algodón fino que le cae peligrosamente bajo sobre las caderas y nada más.
Absolutamente nada más. El torso desnudo, bronceado, esculpido por un entrenamiento que a todas luces no descuida, todavía salpicado por algunas gotas de agua que brillan bajo la luz del porche.
—Valentina. —Su sorpresa es genuina, aunque se recompone enseguida y apoya un brazo en el marco de la puerta con esa naturalidad que solo se permite quien está realmente cómodo en su propia piel—. Qué inesperado.
—Yo… —Y ahí me quedo, con la boca entreabierta y sin que salga de ella ni una sola palabra, sintiéndome como una adolescente que ha llamado al timbre equivocado—. Perdona, es tarde, no debería…
—¿Qué necesitas? —se interesa él, y hay algo auténticamente amable en su tono, el de alguien acostumbrado a que la gente aparezca en su puerta a deshoras cargando con problemas que no sabe resolver.
Lo miro, y esta vez lo hago de verdad. Me fijo en la línea marcada de su mandíbula, en la anchura de sus hombros, en esa sonrisa que ya conozco de nuestros cafés de trabajo.
Es brutalmente atractivo, sería absurdo negarlo, y durante un instante estúpido pienso que sería muy fácil dejarme llevar por esto en lugar de por el desastre que llevo dentro.
—Nada —acierto a decir al fin, negando con la cabeza mientras noto que me arde la cara, mitad vergüenza, mitad calentón—. Es una tontería. No sé ni por qué he venido, de verdad. Olvídalo.
Doy un paso atrás, decidida a huir de mi propio ridículo, pero su mano se cierra con suavidad alrededor de la mía y tira de mí lo justo para que ese paso se quede a medias y yo termine mucho más cerca de él de lo que tenía previsto.
—Eh… —Su voz desciende un tono hasta convertirse en apenas un susurro—. No hace falta que sea nada importante.
Estamos demasiado cerca. Percibo el calor que desprende su piel, el olor fresco de la colonia que debe de haberse puesto antes de que yo interrumpiera lo que fuera que estuviese haciendo.
Sus ojos descienden un instante hacia mis labios, sin el menor disimulo, y vuelven a subir cargados de una pregunta silenciosa imposible de malinterpretar.
—¿Quieres pasar…? —me ofrece, y la pausa que deja después de «pasar» dice mucho más que la propia palabra.
Durante un segundo —uno solo, pero real e innegable—, algo dentro de mí sopesa la posibilidad.
Damian es guapo, es amable, es fácil, y no arrastra ninguna historia conmigo.
Si Sofía está ahora mismo en algún rincón del resort dejándose llevar, ¿por qué no iba a poder hacer yo exactamente lo mismo?
Me gustan los hombres tanto como me gustan las mujeres, y tengo a uno delante ofreciéndome, sin rodeos, la misma vía de escape que llevo buscando desde que salí del bar.
Me dejo arrastrar. Su mano asciende por mi brazo, lenta, deliberada, y por un momento cierro los ojos y permito que sea el cuerpo quien hable por mí, que la rabia, los celos y el dolor de esta noche encuentren una salida tan sencilla como esta.
Pero entonces, justo cuando sus dedos me rozan la mandíbula, algo se rompe dentro de mí.
Es una certeza repentina y aplastante: si sigo adelante, no estaré huyendo de nada, sino confirmando lo que Sofía ya cree de mí.
Que soy incapaz de sentir algo de verdad sin salir corriendo.
Que, en cuanto las cosas se tuercen, busco la salida más cercana, aunque esa salida me aleje todavía más de lo único que de verdad quiero.
Me aparto de golpe y trastabillo con mis propios pies.
—No puedo. —La voz me sale quebrada—. Lo siento, Damian, de verdad que lo siento. Esto ha sido un error, yo no debería…
—Valentina. —Intenta tranquilizarme con las manos en alto, en un gesto pacífico, sin rastro de rencor ni de burla en la mirada—. Está bien. No pasa nada. Quizá he malinterpretado las cosas.
Los ojos se me llenan de unas lágrimas que me niego a derramar delante de él y, antes de que pueda añadir nada más, doy media vuelta y echo a andar, cada vez más deprisa, hasta que mis pasos se convierten en una carrera.
No sé adónde voy. Solo sé que necesito alejarme de la persona en la que he estado a punto de convertirme.
Corro entre las palmeras, con la ropa pegada a la piel por la humedad y el corazón golpeándome las costillas, y cuando por fin me detengo, jadeando, en un rincón oscuro del jardín donde el ruido de la fiesta apenas alcanza, dejo que las lágrimas caigan.
Y dejo que lo hagan con rabia, con desprecio hacia mí misma, con la amarga certeza de que esta vez nadie más tiene la culpa.