¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Sofía

La cocina huele a jengibre, y ese picorcillo intenso se me pega a la nariz en cuanto atravieso la puerta.

Todavía tengo las mejillas húmedas, el corazón me galopa en el pecho y siento un nudo apretado en la garganta que no consigo deshacer por mucho que trague saliva.

No tendría que haberle gritado así a Valentina, lo sé, pero no he sido capaz de controlar el miedo, la frustración y todo el torbellino de emociones que me ha despertado cuando me ha besado.

Me paso el dorso de la mano sana por la cara, intentando borrar cualquier rastro de lo ocurrido, y respiro hondo antes de avanzar entre los fogones.

Wayan está apoyado en la encimera, repasando unas anotaciones con Bayu. En cuanto repara en mi presencia, deja la libreta a un lado y se acerca con paso apresurado, con el ceño fruncido y los ojos clavados en mi mano.

—Sofía.

Solo pronuncia mi nombre, pero le basta para que me dé cuenta de que no le preocupa únicamente el corte que me he hecho en el dedo.

—He llamado a Dewi, la enfermera, y me ha dicho que…

—Estoy bien —lo interrumpo, y levanto la mano vendada como si fuera un trofeo—. Me han dado dos puntos, pero puedo hacer cosas que no impliquen cuchillos. Emplatar, remover, anotar recetas o técnicas…

—Lo que vas a hacer es descansar.

Wayan niega con la cabeza, sin rastro de enfado en el rostro y con esa calma suya que a veces me resulta mucho más difícil de rebatir que un grito.

—Es tu mano buena, así que dudo mucho que puedas hacer nada de lo que dices —añade, cruzándose de brazos—. Además, este resort es el más bonito de todo Bali y apenas te has tomado un segundo para recorrerlo o disfrutar de sus jardines. En dos días no te quiero ver por aquí.

—Wayan, por favor, me voy a aburrir muchísimo estos dos días…

—Es una orden, no una sugerencia. —Su voz se suaviza, aunque no cede ni un milímetro—. Lo de la gala puede esperar dos días. Ve a la piscina, haz un tour por los arrozales, ve a visitar el despliegue de luciérnagas por la noche. Deja que Bali te cure lo que sea que tengas roto por dentro.

«Seguro que alguien le ha contado la discusión que hemos tenido Valentina y yo», pienso. Y la vergüenza se transforma en una oleada de calor que me enciende las orejas.

Quiero protestar. Quiero decirle que prefiero mil veces quedarme aquí, rodeada del chisporroteo de las sartenes y del ir y venir de los cocineros, antes que quedarme a solas con mi cabeza, con el recuerdo de los labios de Valentina todavía presente sobre los míos y el aroma de su perfume alterándome los sentidos.

Pero al final asiento en silencio y salgo de las cocinas con las manos temblorosas y la sensación de estar tan perdida como aquella mañana en la que Valentina se marchó sin decir nada.

El camino hasta mi villa se me hace eterno.

El sol ya aprieta, las palmeras se mecen perezosas y, a lo lejos, se oyen las risas de algunos huéspedes junto a la piscina, pero nada de eso consigue alcanzarme.

Cuando por fin cierro la puerta a mi espalda, me dejo caer en el borde de la cama y me quedo un buen rato mirando el teléfono, dándole vueltas entre los dedos, antes de decidirme a llamar a la única persona capaz de ayudarme a colocar cada pieza en su sitio.

Ni siquiera soy consciente de la hora que es hasta que, al tercer tono, la voz adormilada de Valeria se abre paso al otro lado de la línea.

—¿Sofía? Dime que me llamas porque ha pasado algo gordo… —murmura, y yo miro el reloj y caigo en la cuenta de que en España es plena madrugada—. Son las tres de la mañana.

—Lo siento, no me he dado cuenta de la hora… —me disculpo, y me dejo caer de lado sobre el colchón, abrazada a una de las almohadas—. Perdona por fastidiarte el sueño.

Valeria se queda en silencio un par de segundos. Después, oigo el roce de sus pasos al otro lado y el clic de un interruptor.

—¿Qué pasa? ¿Ha pasado algo con Valentina? —pregunta al instante, apuntando directamente a la causa de todos mis problemas—. Como te haya hecho algo, te juro que cojo un vuelo ahora mismo.

—Me ha besado, Val…

El silencio se alarga tanto que llego a pensar que se ha cortado la llamada, hasta que escucho la cisterna del baño y, a continuación, el golpeteo de sus pendientes contra el teléfono.

—Perdona, no te he oído bien. ¿Qué has dicho?

—Que me ha besado.

—¿¡Que te ha besado!? —chilla tan fuerte que tengo que apartarme el móvil de la oreja—. ¿¡Cómo que te ha besado!? ¡Será cabrona! ¡Illo, es que no puede ser! No puede largarse una mañana sin decir ni mu y ahora besarte como si nada. ¡Habrase visto!

—¿Se puede saber qué pasa…?

La voz somnolienta de Aitana suena de fondo y yo me tapo la cara con la mano, muerta de vergüenza.

—Es Sofía. Al parecer, tu queridísima amiga la ha besado. ¿¡Tú te lo puedes creer!? —vuelve a gritar Valeria, y se queda callada un instante, como si esperara que Aitana saliera en defensa de Valentina—. En fin. Cuéntame, cariño.

—No sé qué hacer, Val… Estoy hecha un lío. Le he gritado, le he dicho de todo, le he echado en cara lo de Benidorm y luego he salido corriendo, pero…

—Pero ¿qué?

—Que no puedo dejar de pensar en ella.

Me tiembla la voz al decirlo, como si confesarlo en alto volviera más reales mis emociones y apretara todavía más el puño invisible que me estruja el corazón.

—Hoy me he cortado porque estaba en la cocina y no era capaz de concentrarme en lo que hacía. Me han tenido que dar dos puntos y…

Oigo cómo Valeria suelta el aire, ese resoplido tan suyo con el que pasa de la ira a la preocupación sin transición.

—A ver, cariño, yo solo puedo decirte lo que pienso.

—Hace una pausa breve, y yo me levanto de la cama y camino hasta el ventanal, dejando que la mirada se me pierda en el horizonte—.

Sé que ponerle las cosas difíciles, hacerla sufrir un poquito, va a ser lo más complicado que hayas hecho en tu vida.

Porque sé que la quieres, y hacerle daño a la persona que quieres también te duele a ti.

Pero lo que hizo no está bien, y tampoco puede presentarse ahora y besarte como si no hubiera pasado nada.

Eso no se hace, Sofía. Eso no se le hace a alguien a quien quieres de verdad.

—Lo sé. Es que… la echo de menos. —Apoyo la frente contra el cristal, que empieza a calentarse con el sol—.

Aunque me hiciera daño y tenga motivos de sobra para odiarla, la echo de menos de una forma que ni siquiera sé explicar…

—murmuro, y me rodeo con los brazos—. Cuando me ha besado, he sentido que todo volvía a tener sentido.

Y me ha dado muchísimo miedo sentir eso.

—Ay, mi vida.

La voz de Valeria se suaviza, pierde esa aspereza cargada de indignación y se vuelve casi tierna.

—Sé que lo vuestro era increíble, pero también tienes que buscar tu seguridad.

Una cosa es que la quieras y otra muy distinta que te lances de cabeza sin proteger tu corazón.

Tienes que cuidarlo, Sofía. Y antes de volver a sus brazos, necesitas saber qué es lo que quiere ella.

Porque si hay algo que tenemos claro es que Valentina ya se fue una vez, y puede volver a hacerlo.

Sus palabras se me enroscan en el pecho y, aunque no me tranquilizan, sí me abren los ojos. Contemplo los jardines, los senderos de piedra y esos rincones escondidos del resort donde, seguramente, volveré a tropezarme con ella, y me llevo una mano al cuello, incómoda.

—Tienes razón —susurro, aunque una parte de mí se muere de ganas de ir a buscarla.

—Claro que la tengo. —Su risa me llega cálida a través del teléfono, mezclada con un bostezo—. Ahora disfruta del domingo. Ponte un bañador, ve a la playa, pídete uno de esos cócteles de fruta bien fresquitos y deja que tu cabeza descanse un rato de ella.

—Gracias. Eso haré —le prometo—. Te dejo ya. Y perdón por despertarte.

—No te preocupes. Para eso estamos. Hablamos en unas horas, ¿vale?

Cuelgo y me quedo mirando la pantalla en negro, con las palabras de Valeria resonando en mi interior.

«Proteger mi corazón», pienso. Qué fácil es decirlo y qué imposible resulta cuando ese corazón lleva días latiendo a destiempo por la misma mujer que podría devolverle la vida y, a la vez, hacerlo pedazos.

Valeria

Cuelgo el teléfono y me quedo mirándolo un instante, con la sensación de que Sofía está mucho peor de lo que me ha dejado entrever.

No debe de ser nada fácil convivir con la presencia constante de Valentina y tener que luchar a cada momento contra las ganas de acercarse a ella.

Yo sé muy bien lo que es necesitar estar en la órbita de la persona que te ha robado el corazón: notarla cerca, buscarla con la mirada solo para comprobar que sigue ahí, inventarte excusas tontas para provocar un caos que termine muriendo en su boca.

Son las tres de la madrugada y el apartamento que ahora comparto con Aitana en Altea está en penumbra, apenas iluminado por las rendijas de luz que se cuelan entre las lamas de las persianas.

Solo llevamos unas semanas viviendo juntas y el salón sigue lleno de cajas apiladas, prueba irrefutable de que nos hemos dedicado a cosas mucho más importantes que decorar o colocar la vajilla.

Me sirvo un vaso de agua y regreso de puntillas al dormitorio. Le doy un sorbo, lo dejo en la mesita y me tumbo a su lado, buscando su pecho para apoyar la cabeza y rodearle la cintura con el brazo. Su piel está caliente, huele dulce y a ese gel de almendras que ahora usamos en conjunto.

—¿Sofía está bien? —pregunta, rozándome la frente con los labios.

—La verdad es que no. Está hecha un lío, Aitana.

—Levanto la cabeza para buscar sus ojos en la oscuridad—.

Sofía está enamorada de Valentina, y aunque tú me digas que Valentina también lo está de ella, ¿de verdad va a cambiar su estilo de vida para quedarse a su lado e intentar tener una relación estable?

Aitana se acomoda y me estrecha mejor entre sus brazos, atrayéndome hacia su cuerpo para tranquilizarme.

Sé que Valentina y ella tienen una amistad de años, que se conocen como nadie, que confía en ella a ciegas.

Pero yo no puedo fiarme de alguien capaz de hacerle daño a una de las personas que más quiero en este mundo.

—Valentina es demasiado impulsiva —dice al fin, con un suspiro—. No se da cuenta de lo que hace hasta que ha pasado demasiado tiempo.

—Sofía me ha dicho que no consigue concentrarse en su trabajo porque tener a Valentina cerca la pone nerviosa —le cuento, y dejo escapar el aire—.

Tú y yo sabemos lo difícil que es ocultar lo que sientes por alguien.

Y me preocupa, porque fui yo quien la encontró destrozada en la cama, ¿te acuerdas?

No quiero que vuelva a pasar por lo mismo.

Aitana se remueve y, de pronto, enciende una de las lamparitas. Sus ojos verdes se tiñen de reflejos dorados bajo la luz cálida y frunce las cejas, dejando asomar esa arruguita diminuta que le sale siempre que le está dando vueltas a algo.

—Quiero creer que Valentina por fin se ha dado cuenta de lo que de verdad importa.

—Me acaricia el brazo con la yema de los dedos y me dedica una sonrisa somnolienta—.

Estas semanas no he dejado de hablar con ella y está muy arrepentida.

Lo que pasa es que todavía no había reunido el valor para ir a buscar a Sofía y hablarle de corazón.

Este viaje ha llegado en el momento perfecto, justo cuando hacía falta, y solo deseo que las dos sean capaces de hacer las cosas bien.

—Yo también. —No quiero sonar escéptica, pero no puedo evitarlo—. Aunque eso no cambia la situación…

Aitana asiente, pensativa, y de repente algo cambia en su mirada. Un brillo travieso que conozco demasiado bien.

—Quizá deberíamos hacer un viajecito y echarles una mano —suelta como quien propone salir a cenar un martes cualquiera—. Al fin y al cabo, se lo debemos, ¿no? Ellas estuvieron a nuestro lado cuando todo se complicó. Se merecen un poquito de ayuda.

Me incorporo tan deprisa que estoy a punto de tirar el vaso de agua con las sábanas, y una emoción burbujeante empieza a cosquillearme en el estómago.

—¿Me estás diciendo que nos vamos a Bali?

Aitana suelta una carcajada y se incorpora para recostarse mejor contra el cabecero.

—Si quieres, lo hacemos. —Se encoge de hombros, como si viajar a Bali fuera lo mismo que acercarse a Alicante a pasar la tarde—. Puedes decírselo también a las chicas. Dudo mucho que se nieguen. Eso sí, tiene que ser una sorpresa. Ni Sofía ni Valentina pueden enterarse de que vamos.

Me quedo mirándola y, casi sin pensarlo, me siento a horcajadas sobre sus piernas, le sujeto la cara entre las manos y la beso no una, sino varias veces, arrancándole una risa que se me contagia al instante.

Ella me rodea la cintura con los brazos y después me acuna la mejilla para regalarme un beso lleno de ternura, de amor y de pasión.

—A ver si con un poquito de ayuda enderezamos a esas dos —murmura contra mis labios, aunque a esas alturas yo solo puedo pensar en las caricias que me dibujan sus manos—. Porque como sigan así, se nos van a hacer viejas antes de arreglarlo.

Se me escapa una risa, pero Aitana no duda ni un segundo en silenciarla con su boca mientras me hace girar para dejarme bajo su cuerpo, dejándome muy claro que hablar no es precisamente lo que le apetece ahora.

Así que apago la luz y, como me ha pasado desde el primer día, decido perderme en su piel.