¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Valentina

El silencio que sigue al beso dura apenas un segundo, pero a mí se me hace eterno.

Sofía abre los ojos despacio, como si le costara un mundo regresar del lugar al que acaba de viajar, y en ese instante veo cómo su mirada azulada pasa del desconcierto más absoluto a algo mucho más frío y duro.

Retrocede un paso y se lleva la mano a la boca —no sé si para borrar el rastro de mis labios o para calmar el cosquilleo que también me hormiguea a mí en los míos—, y cuando por fin habla, su voz suena rota, temblorosa, muy distinta de esa calma helada que ha mantenido conmigo desde el primer día que nos cruzamos.

—¿Qué acabas de hacer? —me espeta, y no es una pregunta de verdad, sino una acusación apenas disfrazada.

—Sofía…

—No. —Alza una mano entre las dos, una barrera física, porque las palabras ya no le bastan—. No me toques. Y no me hables con esa voz, como si esto fuera lo más normal del mundo, como si pudieras besarme sin más y hacer que todo lo demás desapareciera.

Intento acercarme, aun sabiendo que es un error, porque necesito que entienda que esto se me ha escapado de las manos del mismo modo que a ella se le está escapando el miedo en la voz.

—No lo había planeado —murmuro, y en cuanto lo digo me suena patético—. Es solo que llevaba un mes queriendo…

—¿Un mes queriendo qué? —Suelta una risa corta, amarga, sin un ápice de humor—. No me mientas, Valentina. Si de verdad fuera así, no habrías esperado hasta ahora para volver a aparecer en mi vida. ¡Yo llevo desde aquella mañana preguntándome qué hice mal para que te marcharas de esa manera!

—¡No hiciste nada mal!

—¿Entonces por qué te fuiste? —La voz se le quiebra en mitad del grito, y por el rabillo del ojo veo a la enfermera, al fondo de la sala, fingiendo ordenar un cajón que seguramente ya estaba ordenado.

Nos regala una intimidad que en realidad no existe, porque las paredes son de papel y el pasillo está a apenas unos metros—.

¡Me dejaste con la sensación de haber sido un error!

Un desliz de una noche que no significó nada para ti.

Y ahora vuelves y decides que puedes besarme cuando te dé la gana, como si tuvieras todo el derecho del mundo.

Sus palabras me arañan la piel y se me clavan muy hondo, porque tiene razón. He actuado exactamente igual que aquella mañana, cuando me levanté de la cama a escondidas y me dejé arrastrar por un impulso sin medir las consecuencias ni el daño que iba a hacerle.

—Tienes razón —admito, y la vergüenza me quema la garganta como un trago de aguardiente—.

No debí hacerlo así. Pero no puedo fingir que no siento lo que siento, Sofía.

Desde que te vi en ese pasillo, con la bandeja cargada de cuencos, intento convencerme de que solo estoy aquí por trabajo, y cada hora me cuesta más creérmelo.

—¡Pues yo sí puedo fingir! —replica con los puños apretados, aunque el temblor de su barbilla desmiente cada una de sus palabras—.

Llevo semanas fingiendo que no me importas.

Fingiendo que no me duele cada recuerdo que guardo de nosotras.

Fingiendo que no pienso en ti cada noche, cuando me quedo sola.

—Pues no finjas más. —Doy otro paso hacia ella y esta vez no se aparta, aunque todo su cuerpo parece vibrar con el esfuerzo que le supone quedarse quieta—. Dime qué necesitas de mí. Lo que sea. Y lo haré.

—Necesito que no vuelvas a hacer esto. —Baja el volumen, pero su tono gana una dureza mucho más dolorosa que cualquier grito—.

Necesito que dejes de aparecer y desaparecer de mi vida cuando te conviene.

Que decidas de una vez si quieres estar conmigo o no.

Te lo dije una vez, Valentina: yo no soy de medias tintas. Conmigo es todo o nada.

—Quiero estar contigo.

—Eso mismo me dijiste aquella noche, antes de esfumarte.

—Hay tanto dolor concentrado en esa frase que me quedo sin respuesta, con los labios entreabiertos y las palabras atascadas en algún punto entre el pecho y la garganta—.

Perdóname si no me fío de lo que dices, cuando lo único que me has demostrado hasta ahora es justo lo contrario.

El silencio que viene después no se parece en nada al primero.

Ya no es ese silencio suspendido que queda flotando tras un beso, sino el silencio espeso de algo que se ha roto de verdad.

Sofía se frota la cara con ambas manos y respira hondo, y cuando vuelve a mirarme, algo en sus ojos se ha cerrado, se ha replegado hacia dentro, muy lejos de mi alcance.

—No vuelvas a hacerlo —sentencia en voz baja, con una firmeza definitiva, al borde de unas lágrimas que se niega a derramar delante de mí—. Nunca más.

Y entonces se da media vuelta y camina deprisa hacia la puerta, sin darme la oportunidad de retenerla, de explicarme, de decirle todo lo que se despierta en mí cada vez que la tengo cerca.

La veo desaparecer por el pasillo y me quedo sola, plantada en mitad de la sala, con la enfermera fingiendo que no ha oído nada.

He vuelto a actuar sin pensar y, esta vez, lo que he provocado es mucho peor. Porque Sofía no solo me ha confesado que sigue pensando en mí; también me ha dejado claro que no puede confiar en mí. Y no sé cuál de las dos cosas me duele más.

—Perdona por el espectáculo —le digo a la enfermera cuando se acerca con una carpeta y una sonrisa que intenta rebajar la tensión del momento—. Imagino que no es lo habitual en tu consulta.

—No te preocupes —responde, con una sonrisa fugaz escondida en la comisura de los labios—. Fírmame aquí antes de irte, por favor. Es para el parte del botiquín.

Firmo sin apenas mirar el papel. La letra me sale torcida, apretada, como si la mano todavía no terminara de creerse lo que acaba de ocurrir.

Salgo de la sala con el corazón en un puño, un regusto amargo instalado en la garganta y la certeza helada de haberme lanzado otra vez al vacío sin red, sin pensar en nada más que en lo que yo sentía.

Solo que esta vez la que ha huido no he sido yo, sino ella.

Recorro el pasillo sin rumbo fijo. Lo único que necesito es poner distancia entre mi cuerpo y el lugar donde todo acaba de desbordarse.

El aire acondicionado del edificio me eriza el vello de los brazos, un contraste helado con el calor pegajoso que todavía me arde en las mejillas.

No consigo quitarme de la cabeza la mirada de Sofía antes de apartarse, ni la forma en que se aferró a mí durante los segundos que duró el beso, como si una parte de ella —esa parte que todavía no ha aprendido a protegerse de mí— no quisiera que parara nunca.

Doblo la esquina hacia el vestíbulo y me estampo, literalmente, contra un torso enfundado en traje y camisa.

—Vaya, a esto lo llamo yo arrollar al mundo —bromea Damian con su inconfundible acento inglés, sujetándome por los hombros aunque no estoy ni mucho menos a punto de caerme—. ¿Vienes huyendo de algo o…?

Intento sonreír, pero lo que me sale es una mueca torpe, de esas que delatan a cualquiera. Damian entorna los ojos y me estudia con una atención minuciosa, y algo cambia en su expresión. Deja de bromear.

—Estás pálida —observa, ahora más serio—. ¿Ha pasado algo?

—Nada. Un mal día.

—Un mal día que empieza un domingo a las ocho de la mañana. Prometedor. —Ladea la cabeza hacia el fondo del pasillo, donde está la máquina de café—. Te invito yo y no acepto un no por respuesta. Técnicamente, soy tu jefe hasta que pase la gala, así que puedo ordenarte un descanso si hace falta.

Debería negarme, marcharme a mi habitación y meterme bajo el chorro de agua fría de la ducha hasta que el recuerdo del beso se pierda por el desagüe.

Pero hay algo reconfortante en la insistencia despreocupada de Damian, en su manera de tratarme como si solo fuera una compañera que se ha levantado con el pie izquierdo y no una mujer que acaba de hacer saltar por los aires, otra vez, la confianza de la persona que más le importa en el mundo.

Así que asiento y dejo que me guíe con una mano apoyada, apenas un roce, en mi espalda.

Nos sentamos a una mesa junto al ventanal, con el jardín tropical desplegándose al otro lado del cristal, exuberante y verde, salpicado de gotas de rocío que el sol de la mañana empieza a evaporar poco a poco.

Damian se acerca a la máquina y saca dos cafés sin preguntarme qué quiero, y cuando regresa, deja el mío delante de mí con un gesto casi fraternal que le agradezco con una sonrisa breve.

—Bébetelo antes de que se enfríe y después me cuentas por qué traes esa cara.

—No tengo nada que contar.

—Valentina. —Pronuncia mi nombre en un español impecable que me obliga a levantar la vista hacia sus ojos—.

Llevo dos años dirigiendo este resort. He visto a huéspedes llorar por perder un vuelo, a jefes de cocina amenazar con un cuchillo a los proveedores y a más de un empleado fingir un esguince para librarse de un turno.

Sé reconocer un desastre cuando lo tengo delante.

Así que o me cuentas lo que te pasa, o sigo inventándome teorías hasta que cedas.

A pesar de lo mal que me siento, me río. Damian tiene el don de hacerme sentir cómoda, en confianza, y quizá por eso dejo caer la máscara delante de él.

—Es… complicado —le confieso, rodeando el vaso de café con ambas manos, como si su calor pudiera sostenerme—. Tengo una historia con alguien que está aquí, en el resort, y bueno… lo he estropeado todo todavía más de lo que ya estaba.

Damian me mira, intrigado, pero no dice nada, y sé que es porque prefiere que sea yo quien siga hablando.

Me da vergüenza admitir en voz alta que soy la culpable de que Sofía no quiera ni mirarme a la cara, que la dejé tirada, que la abandoné después de haberme colado en su corazón.

Daría cualquier cosa por tener aquí a Aitana, por poder echarnos unas risas y acabar recibiendo uno de esos consejos suyos que siempre dan en el clavo.

Pero quizá esto sea justo lo que necesito ahora mismo: alguien que no me conozca lo bastante como para juzgarme, alguien con quien pueda respirar sin la presión constante de tener que justificarme.

—Pero… ¿es de aquí o de otro resort? —pregunta con ese tonillo burlón tan suyo—. Porque si eres de las que van dejando un reguero de corazones rotos por toda la cadena, vamos a necesitar bastante más café.

—Solo uno —respondo muy seria—. Pero ese uno lo complica todo bastante.

Sé que, después de lo que ha pasado esta mañana, acercarme de nuevo a Sofía y trabajar a su lado va a ser mucho más difícil que antes.

El beso no ha arreglado nada; al contrario, ha abierto una grieta nueva, mucho más honda.

Y, aun así, no me arrepiento de haberlo hecho.

De lo que me arrepiento es de todo lo demás: de aquella huida, de mis silencios y, sobre todo, de ser incapaz de sentirme con ella tan segura como me siento en cualquier otro aspecto de mi vida.