Capítulo 10 #2
—Wayan fue mi segundo de cocina en mi restaurante —confiesa en voz baja pero clara, con la mirada fija en algún punto de la pared, como si le costara pronunciar aquello mirándome directamente—.
Trabajamos juntos durante una larga temporada, hasta que decidió volver a Bali para estar cerca de su familia. Hacía mucho que no nos veíamos.
No pregunto nada. Tampoco me hace falta.
La explicación llega sin que yo la haya pedido, y eso solo confirma lo que ya sospechaba: se dio cuenta de cómo los miré al entrar en la cocina, de la curiosidad —o lo que fuera aquello— que me recorrió de arriba abajo al verlos reír con tanta complicidad.
Y aunque me muero por preguntarle mil cosas más, por tirar de ese hilo hasta desenredar toda la vida que Valentina tuvo antes de convertirse en la mujer que conocí, me niego a darle esa satisfacción.
—No tienes que darme explicaciones —le suelto, cortante, con la vista clavada en el techo mientras la enfermera continúa con su trabajo—. Puedes relacionarte con quien te dé la gana. Igual que con ese hombre del restaurante anoche.
En cuanto las palabras abandonan mi boca, sé que he cometido un error. Uno enorme. Porque no hace falta ser muy lista para detectar el veneno que destilan ni para adivinar que acabo de exponerme por completo, desnudando unos celos que intenté esconder incluso de mí misma.
Valentina gira la cabeza hacia mí muy despacio y temo lo que voy a encontrar en su expresión. Pero lo que descubro me pilla completamente desprevenida: una sonrisa, pequeña al principio, que se curva poco a poco hasta transformarse en una risa suave y genuina que le ilumina el rostro entero.
—¿Estás celosa? —pregunta con un deje burlón que consigue que el calor me suba por el cuello hasta las orejas. Se le marca ese ligero hoyuelo cerca de la comisura de los labios.
—Claro que no —miento. Y miento fatal, con la voz demasiado aguda para resultar creíble.
—Ese hombre es Damian —continúa, ignorando por completo mi negativa y disfrutando abiertamente de mi incomodidad—, el director de este resort.
Y, como comprenderás, con la gala a la vuelta de la esquina voy a tener que compartir bastante tiempo con él durante las próximas semanas.
Coordinación, logística, prensa… Se avecinan reuniones interminables.
Quiero que la camilla se abra bajo mi cuerpo y me engulla entera para no tener que soportar ni un segundo más esa sonrisa suya, tan segura de sí misma, tan consciente del ridículo que acabo de hacer.
No digo nada. No encuentro ninguna réplica lo bastante digna como para salvar lo poco que me queda de orgullo, así que aprieto los labios y desvío la mirada hacia el ventanal, deseando con todas mis fuerzas que la enfermera termine de una vez.
—Ya está —anuncia por fin, cortando el hilo de sutura con un gesto limpio—. Dos puntos. Le daré una crema cicatrizante y tendrá que evitar mojarse la herida durante los próximos dos días. Y nada de cuchillos hasta que se los retiremos.
Me incorporo casi de un salto, murmuro un «gracias» atropellado y me dirijo hacia la puerta con una única idea en la cabeza: salir de allí, alejarme de esa sonrisa burlona y de la sensación humillante de haberme delatado sin necesidad.
Pero no llego muy lejos. Los dedos de Valentina se cierran alrededor de mi otra muñeca y me detienen en seco.
Con un tirón suave pero decidido, me obliga a girarme hacia ella, y el movimiento me pilla tan desprevenida que casi termino chocando contra su cuerpo.
Estamos tan cerca que siento el calor que desprende su piel y su respiración entrecortada rozándome los labios.
—Intenta centrarte cuando estés en la cocina —murmura. Su voz ha perdido el tono burlón de hace unos segundos; ahora es más grave, más íntima, casi una caricia—. No me gustaría que te hicieras daño.
El corazón me late con tanta fuerza que estoy segura de que ella también puede sentirlo.
La enfermera, discreta, se ha retirado al otro extremo de la sala y finge ordenar un armario de material, pero en este momento me importa bien poco quién pueda estar escuchando.
La rabia y el deseo se me mezclan en el pecho y, antes de poder contenerme, dejo que las palabras salgan solas, afiladas como el cuchillo que me ha herido hace tan solo unos minutos.
—¿Ahora te preocupo? —le espeto, con la voz temblando de una furia que ya no sé distinguir del anhelo—.
Qué casualidad. Creía que te importaba una mierda lo que me pasara.
Porque, si te hubiera importado aunque fuera un poco, aquella mañana me habría despertado contigo en la cama, en lugar de encontrarme la habitación vacía y el hueco frío a mi lado.
Veo cómo algo se quiebra en su mirada. Un destello de dolor tan crudo que casi me arrepiento de haberlo provocado.
Pero no hay tiempo para el arrepentimiento, porque Valentina, sin importarle lo más mínimo que la enfermera esté presente, sin importarle las consecuencias, el lugar ni el tiempo que llevamos evitándonos, cierra la distancia que aún nos separa y me besa.
Me besa con una intensidad que me arrebata el aire de los pulmones, con una desesperación que se desborda de golpe entre nosotras y silencia cualquier palabra que pudiera haber seguido saliendo de mi boca.
Sus manos suben hasta mi rostro, las mías se aferran a su blusa, y, mientras el mundo entero se desvanece a nuestro alrededor, olvido por completo la rabia, el orgullo y los dos puntos de sutura que todavía me arden en el dedo.
Solo existe ella.