Capítulo 10
Sofía
Blue Paradise Bali, Ubud
Wayan y Valentina están junto a los ventanales del fondo en la zona de descanso, demasiado cerca el uno del otro para tratarse de una simple conversación de trabajo.
Él sostiene una taza de té humeante y ríe —ríe de verdad, con una carcajada que ni siquiera sabía que formaba parte de su repertorio—, mientras ella, apoyada en una columna de madera, le susurra algo que le arranca todavía más risas.
La luz dorada de la mañana se cuela entre las hojas de las palmeras y los envuelve a ambos como si fueran los protagonistas de un anuncio de perfume.
Entre ellos existe una química que no encaja con dos personas que acaban de conocerse; esa clase de complicidad que se ha cocinado a fuego lento, no algo improvisado de un día para otro.
Me quedo plantada mirándolos como una tonta hasta que me obligo a reaccionar y a dejar de parecerlo.
No es asunto mío. No tengo ningún derecho a que me arda el estómago por una escena tan inofensiva.
Así que respiro hondo, cuadro los hombros y me dirijo con paso firme hacia la zona de trabajo, decidida a ignorar la punzada de curiosidad —o lo que demonios sea eso— que se me ha instalado bajo las costillas.
—Buenos días, Bayu —saludo, forzando un tono ligero que, para mi sorpresa, suena bastante convincente.
Bayu levanta la vista de la tabla, donde retira las espinas de un pescado con una destreza que todavía me deja boquiabierta, y me dedica una sonrisa tranquila, tan parecida a la de Wayan que a veces sospecho que aquí enseñan la serenidad junto con las recetas.
—Buenos días. ¿Preparada para el reto de hoy?
—Nací preparada —bromeo mientras me anudo el mandil a la cintura, aunque el corazón todavía me bombea a destiempo.
Me coloco frente a la tabla de bambú que él ya ha dispuesto para mí: unas zanahorias de un naranja intenso, un puñado de judías largas y un pepino de piel brillante y fresca.
Empuño el cuchillo, noto el peso familiar del mango entre los dedos y me concentro en la postura que Wayan me ha corregido mil veces: la muñeca relajada, los dedos curvados hacia dentro como garras protectoras y el filo deslizándose en un ángulo constante.
Todo perfecto sobre el papel. El problema llega en cuanto empiezo a cortar de verdad.
Porque la noto. No necesito levantar la mirada para saber que Valentina ya no está charlando con Wayan.
Su atención se ha desplazado hacia mí, y ese magnetismo suyo consigue atravesarme la piel sin necesidad de tocarla.
Alzo los ojos apenas un segundo, solo para confirmarlo, y ahí está: apoyada contra la columna, con sus ojos grises clavados en mí y una intensidad que va mucho más allá de la curiosidad profesional.
No me observa como quien evalúa una técnica de cocina.
Me observa como quien recuerda algo. Como quien recuerda una noche.
Aparto la vista de inmediato y me centro de nuevo en el pepino, furiosa conmigo misma por el rubor que no consigo frenar.
«Concéntrate, Sofía. Es solo un cuchillo y unas cuantas verduras.
No es tan difícil». Pero el corte, que debería salir fino y uniforme, se tuerce: demasiado grueso por un lado, casi inexistente por el otro.
Lo intento de nuevo, y al sentir el peso de su mirada, cada fibra de mi cuerpo se pone en tensión, como una cuerda de guitarra a punto de romperse.
—Sofía, el ángulo —murmura Bayu a mi lado, sin apartar los ojos de su pescado, con la delicadeza de quien avisa sin pretender avergonzar.
Asiento, aprieto los labios y vuelvo a la carga.
Y justo cuando decido acelerar el ritmo para demostrarme que puedo hacerlo bien delante de quien sea, el filo resbala y el dolor llega antes que la sorpresa.
Un latigazo agudo en la yema del índice que me obliga a soltar el cuchillo sobre la tabla y a llevarme la mano al pecho por puro instinto.
La sangre brota enseguida, roja y terca, y lo mancha todo: la tabla, el pepino, el mandil impoluto del que me sentía tan orgullosa hace apenas unos minutos.
—¡Mierda! —mascullo entre dientes, más avergonzada que dolorida.
—¡Sofía! —La voz de Wayan suena cerca, tranquila pero firme, sin un ápice de reproche—. Déjame ver.
Se planta a mi lado en dos zancadas y me toma la mano con una suavidad que contrasta con la urgencia del momento. Coge un paño limpio, me envuelve el dedo y presiona lo justo para frenar la hemorragia sin hacerme más daño.
—La cocina exige concentración absoluta —me recuerda sin levantar la voz, con los ojos fijos en los míos y esa serenidad suya que consigue calarme más hondo que cualquier grito—. Un segundo de distracción y el cuchillo siempre gana.
—Lo sé. Lo siento, Wayan. No sé qué me ha pasado.
Pero sí lo sé. Vaya si lo sé. Y el hecho de reconocer que ha sido porque he permitido que la presencia de Valentina me desestabilice hace que me sienta todavía peor.
Entonces la oigo acercarse. El repiqueteo de sus tacones contra el suelo de la cocina, su presencia invadiendo el espacio que hasta hace un segundo solo nos pertenecía a mí y a mi vergüenza.
Se detiene demasiado cerca, tanto que percibo el aroma de su perfume por encima del olor a especias y pescado fresco; esa fragancia que reconocería en cualquier rincón del mundo aunque pasaran diez años.
—¿Estás bien? —pregunta, y hay algo en su voz, una grieta diminuta, que no encaja con la Valentina fría y distante de estos días.
Me sujeta la muñeca y se inclina para retirar el paño y examinar el corte.
Estamos tan cerca que podría contar las pestañas que enmarcan esos ojos grises que no consigo olvidar.
Su pulgar me roza apenas la cara interna del antebrazo y, aunque es un contacto mínimo, basta para que se me erice hasta el último vello del cuerpo.
No. No puedo permitir que vuelva a hacerme esto. No aquí, delante de todos. No cuando todavía tengo el orgullo hecho jirones.
Doy un paso atrás con brusquedad y libero la muñeca de su agarre.
—Estoy bien —replico, seca, con la mirada clavada en cualquier punto que no sea su rostro—. Es solo un corte. Tampoco es para tanto.
Valentina se yergue y creo distinguir algo parecido a la decepción cruzándole el semblante antes de que vuelva a ponerse su máscara de perfecta indiferencia.
—Valentina —interviene Wayan con total naturalidad, como si mi reacción no hubiera significado nada—, ¿puedes acompañar a Sofía a la enfermería? Hay que desinfectarle bien la herida y ponerle un vendaje como es debido. Yo tengo que revisar los platos del menú con Bayu.
El corazón me da un vuelco tan violento que casi me olvido del escozor del dedo.
—No hace falta —me apresuro a decir, quizá demasiado rápido—. De verdad, puedo ir sola. Sé perfectamente dónde está y no es tan grave como para…
—Sofía. —Wayan no alza el tono, pero su autoridad no admite réplica—. Confío en Valentina. Ve con ella.
Busco una salida, algún argumento que no suene a excusa desesperada, pero no encuentro ninguno. Bayu ya le ha cedido su tabla a otro compañero y se aleja con Wayan hacia el otro extremo de la cocina, dando el asunto por zanjado.
Solo quedamos ella y yo.
Valentina me observa con una ceja ligeramente arqueada, a la espera, y descubro, al fin, un destello de esperanza en su mirada gris.
—¿Vamos? —propone, señalando la salida con un gesto suave de la mano, como si me concediera el tiempo que necesito para decidirlo por mí misma.
Aprieto los dientes, me desato el mandil manchado de sangre y asiento con la mandíbula tensa, resignada.
Sé que aceptar significa quedarme a solas con ella por primera vez desde lo de ayer, sin testigos y sin nada a lo que aferrarme para escudarme.
Y aunque mi instinto de supervivencia me grita que busque otra escapatoria, hay una parte de mí —esa parte traidora que nunca terminó de aprender la lección— que ya está contando los pasos hasta la puerta con el pulso acelerado.
La enfermería del resort no se parece en nada a lo que imaginaba.
Lo único que delata que este es el lugar al que acudir cuando tienes un problema médico es la camilla, vestida con sábanas de lino blanco, y un pequeño cartel con esa crucecita roja que todos conocemos.
Las paredes son de madera clara, hay orquídeas en un jarrón de cerámica sobre el escritorio y, a mi lado, un enorme ventanal deja entrar la luz suave de la mañana junto con el aroma dulzón del frangipani que crece en el jardín.
En cualquier otra circunstancia me habría entretenido apreciando cada rincón de la sala, pero ahora mismo soy incapaz de fijarme en nada que no sea Valentina, sentada en una silla junto a la camilla y en completo silencio desde que cruzamos la puerta.
La enfermera, una mujer balinesa de manos pequeñas y gesto sereno, examina el corte con el ceño levemente fruncido.
—Es más profundo de lo que parecía a simple vista —dictamina, y algo en su tono me hace tragar saliva—. Va a necesitar un par de puntos.
Asiento sin rechistar, aunque la mera palabra «puntos» me revuelve el estómago más que el propio dolor.
Me tumbo y extiendo el brazo tal como me indica, decidida a concentrarme en cualquier cosa que no sea la aguja.
Cierro los ojos e intento imaginar una playa desierta, un mar turquesa, un paraíso donde nada duela, pero no tardo en abrirlos de nuevo y buscarla con la mirada.
Valentina tiene las piernas cruzadas y revisa el teléfono con un gesto sereno, casi ausente, muy lejos de la mujer luminosa que se reía con Wayan hace apenas un rato.
El silencio se instala entre nosotras como un cuarto ocupante de la sala. Ni siquiera el tintineo metálico del instrumental o el murmullo de la enfermera consiguen llenarlo.
Es ella quien finalmente lo rompe.