Capítulo 9
FLASHBACK
Valentina
Paraíso Azul Benidorm, Alicante
La primera vez que sentí que el suelo se tambaleaba bajo mis pies no fue durante una inspección ni en ninguna de las interminables reuniones con dirección.
Fue un viernes de julio en Benidorm, pasadas las once de la noche, con medio resort todavía en movimiento y el bochorno del día aferrado a las baldosas como si se negara a marcharse.
Yo tenía la absurda idea de que podría revisar el restaurante sin que nada ni nadie me alterase.
Llevaba unos días en la ciudad y, gracias a Aitana, me sabía el horario de las cocinas casi de memoria, así que di por hecho que a esas horas el lugar estaría vacío.
Me equivoqué. Y lo supe en cuanto llegué y me topé con ella.
Sofía estaba sola, de espaldas a la entrada, envuelta en el resplandor ámbar de los focos que iluminaban la zona de repostería.
No llevaba la chaquetilla; trabajaba con una sencilla camiseta de algodón negro y el pelo recogido bajo el gorro.
Frente a ella, sobre la encimera de mármol, una hilera de pequeños moldes de chocolate aguardaba su turno, y sus manos, enguantadas, se movían con una precisión casi hipnótica: templaba la cobertura 17 con la espátula, la extendía, la recogía y comprobaba la temperatura con el dorso de la muñeca, como si llevara un termómetro escondido bajo la piel.
El aire olía a cacao, a mantequilla tostada y a algo dulce y especiado que no supe identificar.
Me quedé en el umbral, incapaz de apartar la vista de la manera en que vertía el chocolate fundido en los moldes, con un gesto tan fluido que parecía coreografiado.
No había nadie más que yo para contemplarla.
Solo estaban ella, su arte y el oficio en estado puro.
Y, por algún motivo que entonces no quise analizar, aquello me pareció lo más atractivo que había visto en mucho tiempo.
Debí de hacer algún ruido, porque Sofía se giró de golpe, sobresaltada, con la espátula todavía en alto.
—¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? —me espetó, recuperando la compostura con una rapidez admirable, aunque el rubor que le subía por las mejillas la delataba.
—Inspección sorpresa —contesté, cruzándome de brazos y apoyando el hombro contra el marco de la puerta con una tranquilidad que no sentía del todo—. Es mi trabajo, chef. Y, por lo visto, el tuyo no termina cuando el servicio dice que termina.
—Uno de los huéspedes VIP me ha pedido, como favor exclusivo, que le prepare unos bombones rellenos a su mujer. Y aquí me tienes —replicó, apuntando hacia los moldes con la espátula como si empuñara un arma—. Además, no recuerdo haber autorizado visitas nocturnas en mi cocina.
—No necesito tu autorización, Sofía. Solo un buen motivo. —Hice una pausa deliberada y dejé que mi mirada recorriera la escena antes de volver a su rostro—. Y créeme, acabo de encontrar uno excelente.
Ella entornó los ojos, sin tener muy claro si aquello era un cumplido o una amenaza, y decidió, con muy buen criterio, pasarlo por alto. Me dio la espalda, cogió una bandeja con pequeñas esferas de chocolate y echó a andar hacia la cámara frigorífica del fondo.
—Voy a meter esto antes de que pierda la textura. Si tanto te apetece inspeccionar algo, ahí tienes la cámara de materia prima; seguro que encuentras algo con lo que amargarme la noche.
La seguí. No tenía ningún motivo profesional para hacerlo, pero mis piernas decidieron por mí antes de que mi cabeza tuviera ocasión de protestar.
Entramos juntas en aquel espacio estrecho y helado, y el vaho blanco empezó a escaparse de nuestras bocas al instante.
Fue entonces, mientras yo alargaba el brazo hacia la pesada puerta metálica, convencida —con una torpeza que todavía hoy me cuesta reconocer— de que la estaba sujetando, cuando el mecanismo se cerró de golpe con un chasquido seco que retumbó entre las estanterías.
—Vale. No. No, no, no —murmuró Sofía mientras dejaba la bandeja sobre una balda con más brusquedad de la que el chocolate merecía. Empujó la puerta con ambas manos, apoyando todo el peso de su cuerpo, pero no cedió ni un milímetro—. ¡Dime que esto no acaba de pasar!
—Hay una alarma interior —señalé, indicando el pulsador rojo junto al marco con una serenidad que ya empezaba a resquebrajarse—. Basta con pulsarla y en cinco minutos vendrá alguien.
Sofía lo apretó. Y volvió a apretarlo. Y una tercera vez, con el ceño cada vez más fruncido, mientras el pitido resonaba en el interior sin que nadie al otro lado pareciera darse por enterado.
Más tarde descubriríamos que el equipo de mantenimiento estaba en el extremo opuesto del resort, lidiando con una fuga de agua en los baños de la zona de piscinas.
—Genial —masculló, dejándose caer contra una de las estanterías metálicas con los brazos cruzados sobre el pecho—. Encerrada en mi propia cámara por culpa de una inspectora. Esto va directo a mi próxima evaluación de riesgos laborales.
—Técnicamente, has sido tú quien ha cerrado la puerta —me defendí, aunque sabía de sobra que la culpa era enteramente mía.
—Técnicamente, eras tú quien la sujetaba y la ha soltado en el peor momento posible.
Nos quedamos así varios minutos, cada una en un extremo del reducido espacio, observándonos con la desconfianza de dos animales que llevaban días midiéndose las garras.
Pero el frío tiene la curiosa virtud de derribar defensas con la misma eficacia que el calor, y poco a poco, entre bromas sobre morir congeladas entre lomos de atún y mis quejas por no haber cogido una chaqueta, la distancia entre nosotras empezó a reducirse sin que ninguna de las dos lo decidiera de manera consciente.
Primero fue un paso para frotarnos los brazos, después otro para compartir la única esquina donde no llegaba la corriente del ventilador, y, casi sin darnos cuenta, acabamos hombro con hombro.
Con la guardia baja por primera vez desde mi llegada al resort, Sofía me contó que todos los veranos preparaba esos bombones para el mismo huésped y que llevaba tres noches sin dormir porque esta vez quería un relleno especial que se le resistía.
Hablaba de ello con una pasión tan honesta que me costó no sonreír.
Yo, a cambio, le confesé que detestaba viajar sola casi tanto como detestaba admitirlo, y que aquel trabajo de recorrer los hoteles de la cadena uno tras otro empezaba a pesarme más de lo que me gustaba reconocer.
—No pareces la clase de mujer que se abre así como así —comentó ella, ladeando ligeramente la cabeza y estudiándome con una curiosidad que me erizó la piel mucho más que el frío del ambiente.
—Y tú no pareces la clase de mujer que se deja ablandar con cuatro palabras —repliqué, dando un paso hacia ella.
—Puede que las dos estemos equivocadas la una con la otra.
—Puede.
El aire entre nosotras cambió. Se volvió más denso, más cargado, ajeno por completo a la temperatura que marcaba el termómetro de la cámara.
Sofía ya no me miraba con la beligerancia habitual de nuestras discusiones, sino con algo más crudo y más sincero, algo que reconocí de inmediato porque yo misma llevaba sintiéndolo desde el primer día.
Terminamos contra la estantería, tan cerca que notaba su aliento mezclándose con el mío en pequeñas nubes blancas, tan cerca que el vaivén de su respiración agitada se convirtió en lo único que era capaz de escuchar.
Alcé la mano sin pensarlo y le limpié una pequeña mancha de chocolate de la mejilla, rozándole apenas la piel con la yema de los dedos.
Ella no se apartó. Al contrario, cerró los ojos un instante, como si aquel gesto tan sencillo la hubiera ablandado. Y entonces nos besamos.
No fue un beso tímido, sino un incendio inmediato, la consecuencia lógica de días enteros de discusiones y frases con doble intención.
Sabía a cacao y a algo mucho más peligroso que el chocolate, y me obligó a aferrarme a su cintura como si llevara toda la vida esperando aquel instante exacto.
Sofía respondió con la misma intensidad, enredando las manos en mi nuca y atrayéndome hacia ella, y durante un segundo eterno el mundo entero se redujo a aquel rincón helado y a la certeza absoluta de que jamás había deseado tanto a nadie.
Fue entonces cuando la puerta de la cámara se abrió de par en par y la voz ronca de Manolo, el jefe de mantenimiento, irrumpió entre nosotras y deshizo la magia de un plumazo.
—¡Por fin! Me ha saltado el aviso hace diez minutos, pero estaba con una fuga en las piscinas. ¿Estáis bien?
Nos separamos con la brusquedad de dos adolescentes pilladas en falta, y aunque salimos de allí fingiendo una normalidad que ninguna de las dos sentía, yo ya sabía que algo se había roto para siempre dentro de mí.
Porque lo que sentía por Sofía no era un simple deseo; era algo mucho peor.
Y ahora, después de habérmela cruzado un par de veces, por fin comprendo que mi miedo no nació aquella mañana en la que desperté a su lado y me marché sin decir nada.
Nació esa misma noche, entre bombones de chocolate y el frío de una cámara que debería haberme protegido de ella y que, en cambio, me condenó a no poder olvidarla.