¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El agua tibia de la ducha me ha devuelto algo de calma.

Ahora, frente al espejo del vestidor, con la piel todavía oliendo al jabón de coco del resort, elijo un vestido verde esmeralda que Valeria se empeñó en meter en mi maleta jurando que «algún día me salvaría la vida».

No sé si esta noche cuenta como una situación de vida o muerte, pero después del día que llevo me apetece sentirme guapa.

Para mí misma, sin más pretensiones. Me ondulo un poco el pelo con las manos, dejo que un par de mechones —pequeños— me caigan rebeldes sobre la frente y me calzo unas sandalias doradas antes de salir rumbo al restaurante principal.

Wayan me dio el resto del día libre y, la verdad, se lo agradezco en el alma, porque estoy segura de que, en el estado en que me encontraba, habría acabado liándola en la cocina.

En cuanto abandono la villa, la brisa nocturna me acaricia los hombros desnudos y arrastra consigo el aroma dulzón de las flores de frangipani, mezclado con el humo suave de las antorchas de citronela que flanquean el camino de piedra.

El restaurante, abierto por completo al jardín tropical, recibe a los comensales con la música pausada de un gamelán 16 en directo y la luz cálida de decenas de velas repartidas entre las mesas.

Un camarero me acompaña hasta una mesa junto al ventanal, desde donde se divisa el estanque de lotos salpicado de pequeñas luces flotantes, y me sirve una copa de vino blanco, fresco y ligeramente afrutado, con unas notas cítricas que me recuerdan al Mediterráneo por mucho que esté a miles de kilómetros de casa.

Estoy dando el primer sorbo, dejando que la calma de la noche me envuelva poco a poco, cuando un movimiento en la entrada me hace levantar la vista y toparme con ella.

Valentina cruza el umbral con un vestido de lino negro espectacular que deja al descubierto su espalda y sus brazos bajo la luz ambarina de las velas.

La tela se desliza por sus caderas con cada paso, y el tatuaje del tobillo asoma entre las tiras doradas de sus sandalias.

Ese mismo tatuaje que una vez recorrí con la yema de los dedos en su habitación de hotel en Benidorm, hace ya lo que me parece una eternidad.

A su lado camina un hombre alto, de pelo rubio ondulado y ojos verdes, que brillan divertidos cuando algo que ella comenta le arranca una carcajada.

No lo he visto en mi vida, pero la familiaridad con la que le apoya la mano en la parte baja de la espalda me revuelve el estómago con una intensidad que me desconcierta.

Aparto la mirada, avergonzada de mí misma, y me concentro en la carta como si las combinaciones de sambal y coco se hubieran convertido de repente en lo más fascinante del mundo.

Pero no puedo evitarlo. Casi en contra de mi voluntad, alzo los ojos de nuevo y observo cómo los acomodan en una mesa cercana a la barra, cómo ella echa la cabeza hacia atrás al reírse de algo que él le dice, cómo la luz de las velas le acaricia el cuello.

Los celos, esa emoción que juraba no haber sentido jamás por nadie, despiertan con una violencia que me sorprende y me enfurece a partes iguales.

No tengo ningún derecho a sentir esto. Ninguno.

Y, sin embargo, aquí estoy, con el pulso disparado y el vino perdiendo todo su encanto en la copa.

Hasta que la mirada de Valentina recorre distraída el comedor y se detiene, de golpe, sobre mí.

Ninguna de las dos la aparta. Veo cómo algo cambia en su expresión, cómo se inclina para murmurarle unas palabras al hombre y se levanta de la mesa alisándose el vestido con las manos, un gesto nervioso que jamás le había visto.

Camina hacia mí con esa elegancia magnética que siempre la ha acompañado, aunque esta noche percibo algo distinto en su forma de moverse: la misma vacilación que ya asomó esta tarde en la cocina.

Se detiene junto a mi mesa y, de cerca, su perfume de siempre me golpea con la fuerza de un recuerdo que preferiría no tener tan a mano y me eriza la piel de los brazos.

—Sofía —pronuncia, y mi nombre en sus labios suena distinto a como sonó hace unas horas; más suave, casi titubeante—. No esperaba encontrarte aquí.

—Es el restaurante principal del resort. Era cuestión de tiempo que coincidiéramos —contesto con una calma que me exige un esfuerzo titánico, antes de llevarme la copa a los labios para ganar unos segundos.

—Sobre lo de esta tarde… —empieza, apoyando los dedos en el borde de la mesa. Reconozco al instante el terreno hacia el que intenta arrastrarme, ese terreno resbaladizo de conversaciones a medias y disculpas sin forma—. Me gustaría que pudiéramos hablar con calma en algún momento. Hay cosas que…

—No —la interrumpo, y dejo la copa sobre el mantel con firmeza—. No hay nada de qué hablar, Valentina.

Ella parpadea, visiblemente descolocada por la sequedad de mi respuesta. Parece que va a insistir, pero yo ya he decidido que esta noche no pienso cederle ni un solo centímetro.

—Ya te lo dije. Estoy aquí para trabajar —continúo, obligándome a sostenerle la mirada sin flaquear—. Vine a formarme con Wayan, a aprender todo lo que pueda sobre esta cocina, y ahora también a formar parte de una gala en la que pienso dejarme la piel. Eso es lo único que me importa.

—Sofía, por favor, deja que te explique lo que pasó…

—No necesito ninguna explicación —vuelvo a cortarla, y esta vez la voz me sale afilada, cargada de un enfado que lleva semanas fermentando en silencio—.

Tuviste semanas enteras para explicarte.

Tuviste una noche entera en la que podrías haberte sentado conmigo a hablar como hacen las personas adultas.

Y, en lugar de eso, me follaste, me hiciste creer que todo estaba bien y desapareciste al amanecer sin una nota, sin una llamada, sin absolutamente nada.

Así que perdóname si ahora no me apetece escuchar un discurso sobre lo que sentiste o dejaste de sentir.

El silencio que se instala entre nosotras pesa como el aire cargado que precede a una tormenta tropical. Veo cómo se le mueve la garganta al tragar saliva, cómo le brillan los ojos con algo que podría ser dolor… o simple frustración por no conseguir lo que ha venido a buscar.

—No fue tan sencillo como crees —murmura al fin, con la voz más baja, casi rota.

—Puede ser. Pero tampoco me diste la oportunidad de intentar entenderlo —replico, y noto cómo se me humedecen los ojos, aunque me niego en redondo a permitir que una sola lágrima se atreva a caer delante de ella—.

Y ahora, si no te importa, me gustaría cenar tranquila.

Tu acompañante debe de estar preguntándose dónde te has metido.

La mención del hombre parece devolverla a la realidad. Algo se cierra en su expresión, como una puerta que se clausura con la misma limpieza con la que yo acabo de cerrar la mía.

—Está bien —dice al fin, enderezando la espalda con ese aplomo profesional que tan bien domina—. Disculpa la interrupción.

Da media vuelta y se aleja hacia su mesa, y yo me quedo viéndola marchar con el corazón golpeándome las costillas, atrapada entre la satisfacción de haber defendido mi terreno y la certeza incómoda de que ese deseo que una vez sentí por ella sigue ahí dentro, intacto, por mucho que me empeñe en creer lo contrario.