¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Sofía

Sostengo el bolígrafo entre los dedos, con la punta detenida sobre una palabra a medio escribir: daun jeruk o, como se la conoce comúnmente, lima kaffir.

Debería estar anotando sus referencias, sus matices aromáticos y los platos en los que se utiliza, pero tengo la cabeza en cualquier parte menos en el cuaderno.

Al otro lado del ventanal, el atardecer tiñe de cobre la vegetación que rodea mi villa, y el canto de los grillos empieza a ganarle terreno al silencio con una insistencia casi hipnótica.

Tengo un hambre espantosa, el estómago lleva un buen rato protestando, y aun así sigo aquí, sentada en la cama con las piernas cruzadas, incapaz de concentrarme en nada que no sea el recuerdo de la cerámica estallando contra el suelo de la cocina y de todas aquellas especias desperdigadas a mis pies como confeti de colores.

Basta con que cierre los ojos para revivir el instante exacto en que levanté la vista con la bandeja entre las manos y me la encontré al otro lado de la puerta.

Con esos ojos grises abriéndose de golpe.

Con la sorpresa cruzándole el rostro apenas una fracción de segundo antes de que se agachara a mi lado para ayudarme e intentara entablar una conversación que yo misma me encargué de sepultar bajo una máscara de hielo.

El estruendo todavía me retumba en los oídos, pero lo que de verdad no consigo sacarme de la cabeza es esa sensación traicionera que se me agitó en el pecho al verla.

Un cosquilleo que no debería estar ahí. Que no tiene ningún derecho a seguir ahí después de todo.

Cierro el cuaderno con un golpe seco y estiro el brazo para alcanzar el teléfono, que descansa sobre la mesita de bambú junto a un vaso de agua con limón que hace rato que dejó de estar fresco.

Necesito distraerme. Necesito, sobre todo, escuchar voces que no pertenezcan a este resort ni a nadie relacionado con él.

Abro el grupo de WhatsApp y tecleo un mensaje rápido antes de arrepentirme:

Sofía : ¿Estáis disponibles, bombones? Tengo el resto del día libre y os echo muchísimo de menos.

Enseguida, los mensajes empiezan a saltar unos sobre otros, plagados de emojis y de algún que otro sticker absurdo que me arranca una carcajada.

Pulso el icono verde de la videollamada antes de que la sensatez me haga cambiar de opinión, el tono de espera suena tres veces y, de pronto, la pantalla se divide en tres recuadros que me regalan la primera sonrisa sincera del día.

—¡Sofíaaaaaaa! —El grito de Valeria retumba con tanta fuerza que tengo que apartarme el móvil de delante—. ¡Mira quién se digna por fin a hablar con sus amigas!

Su recuadro se llena de una melena larga y ondulada, revuelta como si acabara de levantarse, y de esos ojos castaños que no han sabido disimular nada en su vida.

—No he desaparecido, estoy trabajando —protesto, mientras me acomodo contra el cabecero de la cama y ajusto la pantalla para que me vean bien—. Algunas tenemos jornadas de más de diez horas entre fogones. Que no todo es tumbarse al sol y chapotear en la piscina, ¿eh?

—¿¡Eso quiere decir que todavía no has pisado la playa!

? —exclama Clara, escandalizada, acercando tanto la cara a la cámara que su recuadro se llena por completo con sus ojos verdes y su nariz pecosa—.

Eso no puede ser verdad. ¡Tienes que disfrutar, mujer!

Que esas aguas no tienen nada que ver con las de aquí.

—A ver, enséñanos el paisaje, que aquí no ha parado de llover en toda la semana y ya echo de menos el solecito rico del verano —pide Marta, que abandona lo que fuera que estuviese haciendo con el teléfono y se centra por completo en la pantalla, con la barbilla apoyada en la mano.

Giro el móvil hacia el ventanal de la villa, donde los últimos rayos de luz se derraman sobre la piscina y convierten el agua en una lámina de oro líquido.

—Qué preciosidad… —murmura Marta con calma—. ¿Y cómo va todo? ¿Ya has aprendido a preparar ese pescado con las hojas raras del que nos hablaste el otro día?

—El pepes ikan 15 . Y sí, más o menos —respondo, y no puedo evitar que se me escape una pizca de orgullo—. Wayan me está enseñando a envolver el pescado en hojas de plátano con una mezcla de especias que todavía no consigo pronunciar sin trabarme.

—Wayan… —repite Valeria con retintín, arqueando las cejas varias veces seguidas—. ¿Es tan guapo como nos lo describiste o te pasaste de generosa? Porque, oye, si por fin te animas con alguien, aquí nos tienes, dispuestas a hacer de celestinas a distancia.

—Es mi jefe, Valeria —replico, poniendo los ojos en blanco—. Además, ya sabes que a mí las mujeres me gustan incluso más que a ti. Y ese hombre habla de la cocina como si fuera una religión; me cae de maravilla, pero no hay nada más.

—Entonces, ¿no hay ningún bombón por ahí? —insiste Clara, con la curiosidad brillándole en la mirada—. Yo que pensaba que ibas a volver con alguna balinesa colgada del brazo, y resulta que solo vas a traerte mil apuntes sobre especias.

Me río. Es una risa que me nace del estómago y que, durante unos segundos, afloja el nudo que llevo arrastrando desde hace horas.

Hablar con ellas es como subir a lo alto de una montaña y llenarse los pulmones de aire limpio.

Nos enzarzamos en una conversación que salta de un tema a otro sin ningún orden ni concierto: Valeria nos cuenta que Aitana y ella están decorando el salón y que llevan dos semanas discutiendo por el color de las cortinas; Marta intenta explicarnos una teoría lunar complicadísima que ninguna llega a entender del todo, por mucho que asintamos muy serias; Clara se queja de una vecina nueva a la que apenas le ha visto la cara, pero que tiene la desagradable costumbre de poner reguetón a las siete de la mañana.

Las risas se encadenan con esa naturalidad que solo dan los años de confianza, y durante un buen rato consigo olvidarme de Bali, del resort, de la gala que se nos viene encima y, también, de Valentina.

Pero Marta, que siempre ha tenido un sexto sentido para captar los cambios de ánimo de la gente, se me queda mirando en silencio y ladea ligeramente la cabeza.

—Sofía, ¿va todo bien?

El silencio que sigue apenas dura un instante, pero basta para que Valeria y Clara se inclinen hacia la cámara al mismo tiempo, en alerta.

—No es nada —empiezo, aunque la mentira me suena hueca incluso a mí. Suspiro y me paso la mano por la nuca—. Bueno… Sí que hay algo.

—Suéltalo ya, criatura, que nos estás poniendo de los nervios —me apremia Valeria.

Respiro hondo y dejo que las palabras salgan solas, como quien se arranca una tirita.

—Valentina ya ha llegado. Nos hemos cruzado esta tarde en el resort.

El efecto es inmediato. Clara suelta una palabrota y Marta la reprende; Valeria, en cambio, se queda callada, y es algo tan poco habitual en ella que resulta más elocuente que cualquier grito.

—Yo ya lo sabía —confiesa al fin, algo apurada—. Llamó a casa buscando a Aitana y lo cogí yo. Le dije cuatro cosas bien dichas, ya sabes cómo soy…

—¿Y…? —tantea Marta, sin apartar los ojos de mí.

—Si lo que me estás preguntando es si fue bien, no. El encuentro no fue nada bien —le contesto—. Se me cayó una bandeja llena de especias nada más verla, y la conversación fue tan fría que podríamos haber conservado el pescado sin necesidad de nevera.

—Joder, Sofía —murmura Clara, y por una vez no queda ni rastro de humor en su voz—. ¿Y tú cómo estás?

—Pues, la verdad, no lo sé —admito, y es lo más honesto que he dicho en todo el día. Bajo la vista hacia la sábana y la retuerzo entre los dedos—. Confundida. Enfadada. Y lo peor de todo es que, por un segundo, cuando la vi… no sé. Sentí algo que no debería sentir después de todo lo que pasó.

Valeria se remueve en su asiento y reconozco al instante esa expresión en su rostro, la misma que pone cuando está a punto de aparcar las bromas para hablar en serio.

Desde que empezó lo suyo con Aitana este verano, hay algo en ella que ha madurado, algo que asoma justo en los momentos que de verdad importan.

—Mira, cielo, te lo digo con todo el cariño del mundo —empieza, clavando la mirada en la cámara como si pudiera atravesar la pantalla y cogerme de las manos—.

No te guardes lo que sientes. Ni lo bueno ni lo malo.

Al final, el miedo solo consigue que te hagas daño tú sola, y por partida doble.

Si Valentina se acerca, dile las cosas claras.

Que sepa exactamente cómo te sientes, sea lo que sea.

Pero no te lo calles, porque eso solo te va a pudrir por dentro.

Sus palabras se me asientan en el pecho con un peso cálido. Marta asiente, como quien otorga su bendición, y hasta Clara, que normalmente aprovecharía cualquier resquicio para colar una broma, se limita a mirarme con una ternura que me obliga a tragar saliva.

—Gracias, chicas —musito, y lo digo de corazón—. Necesitaba esto…

—Para eso estamos, boba —responde Valeria, recuperando parte de su desparpajo habitual, aunque la sonrisa que me dedica sigue teniendo un poso de preocupación sincera—.

Ahora vístete, vete a cenar algo y acuéstate temprano, que mañana tienes que seguir deslumbrando a ese Wayan con tus dotes culinarias. Pero prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Que la próxima vez que la veas no vas a esconderte detrás de una bandeja de comida.

Me río, aunque el nudo del estómago sigue en su sitio.

Nos despedimos con la promesa de hablar pronto y, cuando la pantalla se funde en negro y el silencio de la villa vuelve a envolverme, me quedo un buen rato mirando el techo, dándole vueltas a las palabras de Valeria.

Sé que tiene razón. Pero también sé que decir las cosas claras significa enfrentarme de nuevo a Valentina, y esta vez sin nada que se interponga entre nosotras. Ni bandejas, ni especias, ni excusas.