Capítulo 7
Valentina
Tardo más de diez minutos en recuperar el ritmo normal de mi corazón.
Marcharme y dar por zanjado ese tropiezo con Sofía, escudarme en la reunión para no parecer más estúpida de lo que ya me siento y refugiarme en el primer rincón vacío que encontré fue la única salida que se me ocurrió para no echarme a llorar y suplicarle como una niña.
Porque sí, la frialdad de su mirada, la dureza de sus palabras y esa aspereza con la que me ha tratado han conseguido que se me desmoronen, ladrillo a ladrillo, la fortaleza y la seguridad que me han acompañado toda la vida.
Suelto un suspiro hondo y me apoyo en la barandilla de bambú que separa el pasillo del jardín que rodea todo el exterior.
La madera está tibia bajo mis palmas, todavía impregnada del calor húmedo de la tarde, y el aire huele a tierra mojada y a frangipani.
En algún lugar, bajo ese manto espeso de vegetación, se oye el murmullo constante del agua abriéndose paso entre las piedras, ajeno por completo a que yo acabo de estrellarme contra un muro.
Había ensayado este momento durante todo el vuelo.
En la escala de Singapur, mientras el resto de los pasajeros dormitaba en las butacas de la terminal, me dediqué a construir frases ingeniosas, ligeras, con ese punto de ironía que siempre nos había funcionado tan bien a las dos.
Tenía preparadas muchas cosas, demasiadas, pero en cuanto la vi aparecer con esa chaquetilla blanca y me clavó los ojos, todas se me evaporaron de la boca.
No había rabia en su mirada, que es lo que en el fondo esperaba y casi deseaba, porque la rabia al menos significa que algo sigue ardiendo.
Lo que encontré fue decepción y un muro de hielo que me dejó fuera de su vida como si yo fuese una persona más, una desconocida cualquiera con la que se hubiera cruzado en el pasillo.
Valeria me aseguró que Sofía seguía sintiendo algo por mí, que era evidente.
Pero hoy no he visto a una mujer enamorada y resentida; he visto a una mujer dispuesta a no permitir que nadie atraviese su coraza.
Salvo aquella bandeja hecha añicos, ni un solo gesto, ni un temblor en la voz, ni una mirada que se alargara un segundo de más delató lo que de verdad siente por mí.
Y no sé muy bien cómo enfrentarme a eso sin parecer una loca o, peor aún, una insensible.
Me froto la cara con ambas manos y dejo escapar un resoplido que suena más a gruñido que a suspiro.
«No puedes permitirte esto ahora, Valentina.
Vamos. Recompón esa fachada de ejecutiva impecable que tanto te ha costado levantar y ve a hacer tu trabajo, porque nadie tiene por qué enterarse de los problemas sentimentales que llevas bajo el brazo», me ordeno a mí misma.
Consulto la hora en el móvil y, gracias a Dios, aún me quedan cinco minutos antes de la reunión con Damian Hucks, el director del resort, para reponerme de…
, ¿cómo lo ha llamado ella? «Un tropiezo sin importancia», me recuerda mi mente con crueldad.
Damian y yo no nos conocemos; será la primera vez que trabajemos juntos, y no quiero que se encuentre con una mujer incapaz de controlar su vida personal.
Me atuso un poco la coleta, reviso que el vestido no se haya arrugado por arte de magia y echo a andar por el sendero que conduce a las oficinas con la barbilla bien alta, como si de verdad creyera en la mujer serena y profesional que estoy fingiendo ser.
El despacho de dirección ocupa un pabellón independiente, integrado entre la vegetación y fiel a la estética que tan bien define este resort: paredes en tonos arena, vigas de madera natural y unos ventanales imponentes a través de los cuales se divisa un pequeño estanque cubierto de nenúfares, donde un par de libélulas planean a ras del agua.
Todo aquí respira auténtico lujo, pero de ese lujo cálido y discreto al que uno se acostumbra con una facilidad peligrosa.
Llamo dos veces con los nudillos y una voz de marcado acento inglés me invita a pasar.
—Valentina Romero, ¿verdad? —Damian se levanta de detrás del escritorio y yo me quedo de piedra, aferrada al pomo de la puerta y con los ojos clavados en él.
No llegará a los cincuenta, pero no es eso lo que me deja descolocada, sino su pelo rubio en ondas desenfadadas, esos ojos verdes de mirada franca y un atractivo capaz de tirar de espaldas a cualquiera.
—Es un placer conocerte. —Rodea la mesa, se acerca a mí y se toma la libertad de darme dos besos, lo que me permite aspirar el perfume amaderado que lleva—.
Héctor me llamó hace unos días para anunciarme tu llegada.
Siéntate, por favor. Espero que durante tu estancia en el resort te sientas como en casa.
Si ya me había quedado sin palabras frente a Sofía, ahora mismo soy incapaz de articular nada coherente.
Damian sonríe con amabilidad y yo me aferro a algo sencillo, mecánico: sentarme frente a él, sacar la tablet del bolso y abrir la carpeta de anotaciones mientras intento que mi cabeza deje de dar vueltas como una peonza.
—No es la primera vez que vengo, pero… cada vez que lo hago, su belleza me sorprende un poco más —admito sin atreverme a mirarlo a los ojos.
«Cuando le cuentes a Aitana que acabas de sufrir un apagón mental por culpa de un hombre, se va a partir de risa», pienso—.
Es un lugar maravilloso, de eso no hay duda, y creo que la cadena ha acertado de pleno al celebrar aquí la gala.
Por eso mismo tenemos que organizar varias cosas, y cuanto antes nos pongamos manos a la obra, mucho mejor.
—Adelante. —Se recuesta en la silla y entrelaza los dedos sobre el abdomen—. Te escucho.
—La cadena quiere que la gala tenga repercusión internacional. Eso significa traer a prensa especializada, reunir a figuras destacadas del panorama gastronómico y, por supuesto, invitar a nuevos inversores que hasta ahora no se han planteado unirse a nosotros.
Damian desliza hacia mí una carpeta en la que, para mi sorpresa, encuentro un listado de nombres ya clasificados por categorías. Arqueo las cejas, impresionada, y él se limita a encogerse de hombros con un gesto modesto.
—También necesitamos coordinar los espacios, el aforo, la logística y, evidentemente, la propuesta gastronómica que se presentará y que degustarán todos los invitados —continúo.
—De eso último no te preocupes. Estuve hablando con Wayan, nuestro jefe de cocina, y ya se ha puesto a trabajar en un menú que esté a la altura de lo que se espera.
—¿Has dicho Wayan? —pregunto, desconcertada, levantando la vista de la tablet—. ¿Más o menos de tu estatura, piel morena, poco hablador y muy, muy, pero que muy observador en la cocina?
—Creo que sí. Espera. —Hace una pausa y apoya los antebrazos sobre el escritorio, inclinándose hacia mí con curiosidad—. ¿Os conocéis?
—Sí. Trabajó como segundo chef en mi restaurante hace unos años —confieso, y en cuanto soy consciente de que acabo de desvelar algo que pertenece a la vida de la Valentina del pasado, carraspeo y me recompongo—. Me alegra que haya seguido adelante y que ahora dirija su propia cocina.
—Es un chef increíble, no te quepa la menor duda.
Asiento y devuelvo la mirada al documento, pensando en lo retorcido que puede llegar a ser el destino y en esa manía tan suya de reunir en un mismo lugar el pasado, el presente y el futuro de una persona, como quien junta las piezas de un puzle solo para ver si se atreve a encajarlas.
—Creo que estaría bien que fueras a hablar con él. Estoy seguro de que no le importará dedicarte un rato para explicarte el menú que tiene en mente. —Damian cruza las manos y ladea ligeramente la cabeza—. Eso sí, no se te ocurra molestarlo en pleno servicio.
—¿Sigue siendo tan frío como lo recuerdo?
—Es como un león al que intentan arrebatarle un pedazo de carne. —Su risa es tan natural y tranquila que, por un instante, la tensión que me dejó el encuentro con Sofía se diluye—. Aunque quizá ahora lo sea un poco menos, teniendo en cuenta que tiene una nueva aprendiz y debe moderar su carácter.
—Espero que Sofía solo conozca su lado más amable —murmuro, y noto cómo se me encoge algo en el pecho al pronunciar su nombre en voz alta.
—Héctor me comentó que ella también formará parte de los representantes de la cadena en la gala —menciona como quien no quiere la cosa, entornando un poco los ojos—. Imagino que serás tú la encargada de explicarle cómo se desarrollará el evento.
—Sí. Aunque antes de eso quiero centrarme en organizar todo lo demás —respondo con demasiada rapidez—. Sofía no está acostumbrada a esta clase de eventos, así que, cuanto menos la moleste, mejor.
Damian me observa en silencio durante un segundo más de lo necesario.
—¿Hay algún problema con ella?
—Ninguno. —Sonrío y deslizo el dedo por la pantalla de la tablet sin leer absolutamente nada—. Simplemente no quiero estorbarla ni distraerla de lo que ha venido a hacer aquí.
No es del todo mentira, pero después de lo ocurrido y de la forma en que me ha hablado, dudo mucho que le apetezca tenerme pegada a ella todo el día dándole la lata con un evento al que solo asistirá porque se lo exigen sus obligaciones laborales.
Durante los cuarenta minutos siguientes, Damian y yo repasamos juntos los detalles generales: el escenario que se montará en la explanada del río, la decoración que se añadirá, los protocolos de seguridad, los periodistas y fotógrafos seleccionados para cubrir el evento y el equipo encargado de la animación.
Ajustamos también todo lo relacionado con los vehículos que recogerán a los invitados en el aeropuerto, el lugar donde se alojarán y el tipo de obsequios que recibirán a su llegada.
Poco a poco, entre cifras, horarios y nombres, vuelvo a sentir el suelo firme bajo los pies.
Esto sí sé hacerlo. Esto sí lo controlo.
—Una última cosa —dice Damian mientras cierra su propia carpeta—.
Aprovechando que Sofía es una de las mejores chefs de la cadena, y que está aquí estudiando para fusionar la cocina balinesa y la mediterránea, había pensado que esa noche podría dirigirse al público y poner de manifiesto la importancia que tiene la gastronomía para todos nosotros. ¿Qué te parece?
«Que Sofía nos va a matar a todos», pienso.
—Hablaré con ella y veré si está dispuesta. Si no, lo haré yo misma.
—Perfecto —contesta con una sonrisa de oreja a oreja—. Cuanto antes se lo comentes, mejor. Así tendrá tiempo de preparar un discurso y de apoyarse en ti en todo lo que necesite.
No sé si es que el suelo se ha convertido en agua, pero noto cómo mis pies se hunden más y más, y una sensación extraña, entre el vértigo y el pánico, me recorre el cuerpo.
Hablar con Sofía de esto no va a ser fácil, pero es trabajo y, al menos en eso, las dos tenemos la obligación de ser profesionales.
Salgo del despacho con el cronograma bajo el brazo y el estómago encogido.
El sol ha empezado a caer y tiñe el cielo de tonos dorados y anaranjados que se reflejan en el estanque como una pincelada de miel.
El perfume de las flores flota, denso y dulzón, en el ambiente, y a lo lejos se oye el canto de algún pájaro que se despide del día.
Cualquier persona disfrutaría de este paisaje sin más complicaciones.
Pero yo solo puedo pensar en una cosa: que voy a tener que ganarme el perdón de la única mujer que ha conseguido hacerme ver que huir no siempre es sinónimo de estar a salvo.
Y no tengo ni la más remota idea de por dónde empezar.