Capítulo 6
Sofía
Blue Paradise Bali, Ubud
Hace un rato he preparado una bandeja con pequeños cuencos de cerámica repletos de especias.
Necesito olerlas, probarlas, dejar que se me deshagan en la lengua y apuntar junto a cada una dónde y cómo conviene usarlas, qué temperatura soportan, con qué se llevan bien y con qué se pelean.
La sujeto con cuidado, me la llevo a un rincón junto a la ventana, donde la luz dorada de la tarde se cuela entre las hojas de las palmeras, y empiezo a anotar en mi libreta todo lo que recuerdo de las explicaciones de la mañana.
Paso casi una hora absorta entre olores: el dulzor terroso de la cúrcuma fresca, el picor limpio del jengibre, el perfume casi floral d el lengkuas , el golpe cítrico de la hoja de lima kaffir.
Cuando levanto la vista del papel, decido que ha llegado el momento de ir a por las dos muestras de sambal que dejé enfriando en la cámara a primera hora.
Recojo la bandeja para devolver cada cuenco a su sitio, pero en cuanto doy los primeros pasos, con los sentidos todavía embriagados de esencias, el mundo se detiene. Y mi corazón, con él.
Valentina, a quien no esperaba ver por aquí tan pronto, está en el pasillo, justo al otro lado de la puerta abierta de la cocina, a poco menos de dos metros de mí.
Lleva una carpeta bajo el brazo, la piel tan tostada como la recordaba y el pelo negro recogido en una coleta alta que deja al descubierto la curva de su cuello, esa que una vez recorrí con los labios y que ahora me obligo a no mirar.
Viste un vestido color arena que se le ciñe a la cintura y unas sandalias planas que, por un instante, la hacen parecer una turista más, alguien que se ha perdido buscando la piscina.
Quiero que me trague la tierra, esconderme en la cámara frigorífica y no salir hasta que llegue octubre, pero en cuanto se gira y sus ojos grises se posan en mí, todo a mi alrededor se tambalea. Y la bandeja que sostengo, también.
Los cuencos, hasta entonces perfectamente ordenados, se precipitan contra el suelo y estallan en un estrépito de cerámica rota y nubes de color.
—¡Sofía! —Valentina cruza el umbral por puro instinto, con la mano extendida, como si todavía pudiera detener el desastre.
—Estoy bien —respondo, y me sorprende lo firme que suena mi voz, porque por dentro no queda nada firme. Me agacho de inmediato, dejo la bandeja a un lado y empiezo a recoger los fragmentos de cerámica. Cualquier cosa con tal de no tener que mirarla.
—Deja, que te ayudo. —Se arrodilla frente a mí y nuestras manos están a punto de rozarse sobre las baldosas manchadas.
—No hace falta. —Aparto su mano con brusquedad, y ella se queda inmóvil, con los dedos suspendidos en el aire y una expresión de desconcierto, como si acabara de darle una bofetada.
En cualquier otro momento, la escena tendría gracia.
El suelo parece un cuadro abstracto salpicado de ocres, amarillos y rojizos; mis manos siguen el mismo patrón, teñidas de cúrcuma y pimentón, y las dos estamos agachadas en el suelo.
Pero no hay nada divertido en el silencio espeso que nos envuelve, ni en la forma en que el corazón me golpea las costillas.
Termino de recoger los pedazos más grandes, los amontono sobre la bandeja y me incorporo.
Ella también se levanta y, de pronto, estamos de pie, frente a frente, demasiado cerca para la distancia que ella misma impuso entre nosotras con su marcha repentina.
Tan cerca que puedo distinguir las motas más oscuras de sus iris y el leve temblor de su labio inferior.
—Sofía, yo… —empieza, y su voz suena vacilante, insegura. Nunca la había visto así, tan tensa, tan incapaz de encontrar las palabras, ella, que siempre tiene la frase exacta para cada ocasión—. Quería decirte que…
—No hace falta que digas nada. Me quedó muy claro cuando me desperté y ya no estabas.
—Las palabras me brotan envueltas en hielo, pero no las retiro.
No pienso montar una escena, no después de semanas reconstruyendo mi paz pieza a pieza—.
Sé por qué estás aquí y sé que vamos a tener que trabajar juntas.
Pero yo he venido a aprender, y ahora mismo es lo único que me importa.
Veo cómo algo se quiebra en su interior: un destello fugaz de dolor que le cruza la mirada y desaparece tan rápido como ha llegado, sustituido por esa máscara de profesionalidad que ya le conocí el día que nos vimos por primera vez.
Asiente y da un paso atrás, devolviéndome el espacio que necesito y que ella, por fin, parece dispuesta a respetar.
—Claro —murmura, y en esa única palabra caben mil cosas que ninguna de las dos se atreve a nombrar—. Iba a reunirme con el director del resort. No pretendía… interrumpir tu tarde.
—No has interrumpido nada. —Miento con la misma facilidad con la que me doy la vuelta para buscar un trapo con el que limpiarme las manos, aunque sé que el resto de las especias solo podré recogerlas con una escoba—. Solo ha sido un tropiezo sin importancia.
«Un tropiezo sin importancia». La frase resume a la perfección lo que ella debe de pensar que pasó entre nosotras, pero no se parece en nada a lo que yo sentí cuando abrí los ojos aquella mañana y encontré su lado de la cama frío y vacío.
Valentina se queda un instante observándome, como si esperara que añadiera algo distinto, algo capaz de abrir una grieta en el muro que levanté tras días y días llorando por su culpa.
Sin embargo, me limito a sostenerle la mirada con la misma calma gélida que ella empleó conmigo al marcharse y no digo nada más.
—Ya nos veremos para hablar de la gala —dice al fin, y percibo en su voz una tristeza que se me clava en lo más hondo del pecho.
—Ya sabes dónde encontrarme.
Se da la vuelta y se aleja por el pasillo hasta desaparecer tras la curva que conduce a las oficinas, dejando tras de sí el rastro de su perfume mezclado, absurdamente, con el aroma de las especias.
Me quedo allí, sola, con los restos de cerámica a mis pies y las manos teñidas de colores, respirando como si acabara de correr un maratón.
Vuelvo al interior de la cocina para buscar la escoba y, al dejar la bandeja sobre uno de los bancos de trabajo, me apoyo en el acero frío y cierro los ojos.
Lo que he sentido al verla ha sido tan intenso, tan devastador, que me sirve para recordarme a mí misma lo único que no puedo permitirme olvidar: Valentina nunca será de esas personas que se quedan hasta el final.