¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Valentina

Madrid, España

Desde que Héctor me anunció que viajaría a Bali y que Sofía estaba allí, no he dejado de darle vueltas a la ropa que debería llevarme.

Sí, soy consciente de que tengo asuntos mucho más importantes de los que preocuparme, pero doblar cada prenda y ordenarla de manera milimétrica es lo único que consigue mantenerme la cabeza en su sitio y evita que me vuelva loca.

Sobre todo después de la llamada de Irene de esta mañana y de lo que me ha contado.

Al parecer, el propio Héctor llamó a Sofía para informarle de la gala y, de paso, para comunicarle que yo llegaría allí pronto.

Según Irene, Sofía se mostró de lo más profesional, pero…

el adjetivo «profesional» no alcanza a describir, ni de lejos, lo que debió de sentir en el momento en que le dieron la noticia.

Estoy segura de que se quedó en shock, de que yo era la última persona con la que esperaba volver a cruzarse.

Y no la juzgo. En su lugar, yo me habría negado en redondo a compartir espacio conmigo misma.

Los billetes de avión esperan en la bandeja de entrada de mi correo, salgo mañana mismo hacia Bali y sigo sin ser capaz de mantener la mente fría.

A mi alrededor todo son montañas de ropa, vestidos arrugados sobre el edredón y zapatos desperdigados por el suelo, pero en mi interior se libra una batalla mucho más compleja que la de decidir qué meto en la maleta.

No puedo dejar de pensar en ella. En la última noche que pasamos juntas.

En el nudo que se me formó en el estómago cuando subí a aquel avión y la dejé sin mirar atrás.

Dejo el vestido que sostengo entre las manos y suelto un suspiro profundo, de esos con los que una intenta quitarse de encima el peso de los hombros.

Me pregunto si Sofía habrá llamado a Valeria para contárselo.

Estoy preocupada, y no porque vayamos a pasar varias semanas juntas, sino por lo que el destino parece recordarme: que la cagué, que la cagué muchísimo, y que esta es la oportunidad que tengo para arreglarlo.

Justo lo que Aitana me aconsejó que hiciera.

La necesidad de hablar con alguien me empuja a buscar su contacto en el móvil y marcar. El tono suena una vez, dos, tres… y justo cuando estoy a punto de colgar, alguien descuelga al otro lado.

—¿Valentina? —El acento marcado y cantarín de Valeria me tensa la espalda al instante. Sé de sobra que no soy bienvenida, así que despego el teléfono de la oreja con intención de colgar—. Valentina, si quieres hablar con Aitana, está en la ducha.

Me llevo la mano libre al cuello como si así pudiera deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta.

—Te pediría que le dijeras que me llame cuando pueda, pero sé que no va a ser tan fácil.

—Consciente de que Aitana tiene que esconderse para hablar conmigo, me levanto de la cama y camino hasta el ventanal del dormitorio.

Apoyo la frente en el cristal frío—. Solo dile que me marcho a Bali mañana y que la avisaré en cuanto esté instalada en el resort.

No existe mejor manera de afrontar una conversación difícil que plantear el problema de frente. Si Valeria sabe algo, no tardará ni un segundo en hacérmelo saber.

—Sofía nos mandó un mensaje para contárnoslo —responde con un deje gélido y muy poco amable—. Y mira, llevo semanas queriendo decirte una cosa, así que creo que este es el momento perfecto.

—Adelante.

—Nunca imaginé que pudieras ser tan cruel.

—El reproche atraviesa la línea y se me clava en mitad del pecho—.

Sofía lo pasó fatal después de tu huida.

Me he pasado días enteros deseando que te quedaras calva o que te dieras de bruces contra una farola, y dice mucho de ella que haya aceptado trabajar contigo como si nada.

—Valeria, yo… —empiezo, sin saber muy bien hacia dónde dirigir la frase. Cierro los ojos con fuerza—. Sé que la cagué, que marcharme sin darle una explicación fue terrible y que me he ganado a pulso que me odiéis. Pero…

—No te voy a mentir: odiarte, lo que se dice odiarte, no.

—Hace una pausa breve, calculada—. Pero Sofía es como mi hermana y no pienso quedarme de brazos cruzados mientras la vuelves a destrozar —sentencia—.

Se tragó el dolor después de llorar a mares y, aunque lo disimule, todavía no se ha recuperado.

Se me cierra la garganta. No tengo nada que responder a eso, ninguna excusa lógica que justifique lo que hice. Fue miedo. Inseguridad. Incapacidad. O todo a la vez.

—No tengo intención de hacerle daño, te lo juro.

—Ya, supongo que eso mismo pensabas la última vez.

—Deja escapar un suspiro largo y cansado, y casi puedo imaginarla frotándose el puente de la nariz—.

Mira, yo no voy a decirte lo que tienes que hacer, y mucho menos a ella.

Pero sí te voy a pedir una cosa: si de verdad la quieres, como creo que la quieres, no desaproveches la oportunidad de hacerle entender que ella no tuvo la culpa de tu estupidez.

—Se lo haré saber, te lo prometo. —Aprieto el móvil con tanta fuerza que me duelen los nudillos—. Pienso hacer todo lo que no hice cuando estuve con ella.

—Espero que eso incluya currártelo y dejar que sea dura contigo. Porque es lo mínimo que te mereces después de lo que hiciste. Y lo mínimo que ella se merece después de todo lo que le hiciste sufrir.

—Lo entiendo… —susurro—. Te prometo que pondré todo mi empeño.

—Más te vale. —Su tono se suaviza un poco y tengo la sensación de que esta breve conversación ha servido para limar alguna arista—. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer. Le diré a Aitana que has llamado. Ah, y otra cosa.

—Dime.

—Puedes llamarla cuando quieras, y espero que sea para contarle buenas noticias. Porque como me entere de que haces algo mal, me subo a un avión y te arrastro de los pelos por toda la jungla.

Cuelga sin darme tiempo a despedirme y me deja con la palabra en la boca y el corazón a mil.

Dejo el teléfono sobre la cómoda y contemplo la maleta abierta encima de la cama, vacía salvo por un par de sandalias y un neceser.

Tengo que concentrarme de una vez y hacer el equipaje o, a este paso, acabaré subiéndome al avión con lo puesto.

Porque este no es un viaje cualquiera. Es uno que, muy posiblemente, me cambie la vida para siempre.

FLASHBACK

Paraíso Azul Benidorm, Alicante

27 de julio de 2026, 8:00 a.m.

Nunca me han gustado los lunes, y aquel, en particular, prometía ser desagradable.

Eran las ocho de la mañana, todavía arrastraba el cansancio del viaje desde Madrid y la tensión acumulada en los músculos tras la discusión que había tenido con el taxista de camino al hotel.

Llevaba conmigo una carpeta con los últimos informes que Aitana me había enviado y una cantidad nada despreciable de dudas.

Había aceptado aquel puesto repentino porque Aitana era la nueva directora y porque, además, en su vida se estaba cociendo algo que ninguna de las dos había previsto cuando le pusieron en bandeja la posibilidad de un traslado.

El resort se extendía ante mis ojos como uno de esos hoteles de lujo que anuncian todas las agencias de viajes: palmeras altísimas mecidas por la brisa, fachadas de un blanco inmaculado que reverberaba bajo el sol temprano, el rumor lejano del Mediterráneo lamiendo la arena de la playa privada y una zona de recreo con toboganes junto a una piscina en la que, a esas horas, solo chapoteaban los huéspedes más madrugadores.

Bonito, sin duda, pero en aquel momento no había ido allí a admirar el paisaje, sino a conocer las cocinas del restaurante principal.

Crucé las puertas con la carpeta apretada contra el pecho y el ambiente del interior me envolvió en una nube cálida, cargada del aroma de las especias, el marisco a la plancha y los cítricos recién exprimidos.

Sonreí sin querer al recordar aquellos días en los que me pasaba horas encerrada en mi propia cocina, creando sabores que hasta entonces nadie había probado.

Wayan, mi segundo de cocina 12 , solía decirme que aquella obsesión no iba a traerme nada bueno. Y no se equivocó.

Tras sacudirme de la cabeza aquellos recuerdos marchitos, me quedé a un lado, observándolo todo desde mi rincón sin que nadie reparase todavía en mi presencia. El equipo trabajaba absorto, organizado, sincronizado como los engranajes de un reloj suizo. Tal como debía ser.

Recuerdo que vi a Sofía mucho antes de que ella se fijara en mí.

Estaba de espaldas, frente a una tabla de cortar, y el cuchillo danzaba entre sus dedos con una precisión casi hipnótica.

Llevaba el uniforme impecable, el pelo rubio escondido bajo el gorro y esa seriedad que días más tarde descubriría que no era más que una máscara.

Algo en su postura, en la firmeza de sus hombros, me dijo que era una mujer que sabía muy bien quién era y cuánto valía.

Y en el instante en que se dio la vuelta y sus ojos azules chispearon como si llevaran el sol dentro, supe que estaba perdida.

—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó, aunque su tono dejó bien claro que no se trataba de una pregunta amable, sino de una advertencia disfrazada de cortesía.

—Valentina Romero, inspectora de calidad de la cadena —me presenté, tendiéndole la mano con la seguridad que había aprendido a fuerza de tantas inspecciones—. Me envían desde Madrid para colaborar con Aitana Robles durante las próximas semanas.

Sofía observó mi mano como si fuera un objeto extraño y, al final, la estrechó con un apretón rápido y seco.

—Sofía Jiménez. Chef jefa de este restaurante.

—Hizo una breve pausa y se limpió los dedos en el delantal, como si quisiera borrar el contacto—.

Y esta es mi cocina, señorita Romero. Con todo el respeto del mundo, aquí no necesitamos inspecciones a las ocho de la mañana, en pleno servicio de desayunos y a mitad de los preparativos de las comidas.

Debería haberme marchado. Cualquier persona sensata habría dado la conversación por terminada, habría anotado su nombre y habría vuelto más tarde, en un momento menos tenso. Pero hubo algo en ella que despertó en mí unas ganas irrefrenables de quedarme un poco más.

—Con todo el respeto también, señorita Jiménez, mi trabajo consiste precisamente en estar donde menos se me espera.

—Avancé un par de pasos hacia la encimera y me fijé en el plato que estaba terminando de emplatar: un tataki 13 de atún con una reducción cítrica que olía de maravilla—.

Y, ya que estoy aquí, permítame decirle que a la reducción de su tataki le falta equilibrio aromático.

Necesita algo más de profundidad. Un toque de pomelo, concretamente. Así estará perfecto.

El silencio que siguió a mi comentario se hizo eterno. Todo el personal estaba lo bastante cerca para oírnos, y varias cabezas se giraron a la vez. Sofía se quedó completamente inmóvil, con el cuchillo en una mano y un puñado de sal en la otra.

—¿Perdone? —Su voz subió un par de tonos y sus ojos, hasta entonces solo desafiantes, empezaron a arder—.

¿Me está diciendo a mí, que llevo formándome desde los dieciséis años, que mi reducción de cítricos no está equilibrada?

¿Con qué autoridad, si puede saberse? ¿Ha cocinado usted alguna vez algo más complicado que una tostada?

—No hace falta ser cocinera para tener paladar, señorita Jiménez. —Me atreví a coger una cuchara limpia de un tarro metálico y probé un poco. En efecto: le faltaba pomelo—. Y mi trabajo consiste en evaluar la calidad de todo lo que se sirve al cliente. No el ego del chef.

En aquel instante supe que había prendido una mecha. Sofía dejó el cuchillo sobre la tabla con un golpe seco, se sacudió la sal de la mano y se acercó a mí con los brazos cruzados sobre el pecho y la barbilla ligeramente alzada.

—Mire, señorita Romero, no sé qué clase de informes le habrán pasado en las oficinas, pero esta cocina funciona de una manera muy sencilla: yo creo, el equipo cocina y la gente disfruta.

Llevo años consiguiendo que este restaurante tenga una de las mejores puntuaciones de satisfacción de toda la cadena, así que, con el máximo respeto, le sugiero que se guarde sus valoraciones de aficionada para otra ocasión y me deje terminar el servicio en paz.

Debería haberme ofendido, teniendo en cuenta mis años al frente de una cocina, pero en lugar de eso sentí algo muy distinto burbujeándome en el pecho: fascinación, atracción, asombro. Y quizá también respeto.

—Aficionada, dice —repetí, arqueando una ceja con toda la calma que fui capaz de reunir—. Curioso, porque mi trabajo consiste precisamente en detectar esos pequeños detalles que marcan la diferencia entre un plato correcto y uno excepcional. Y el suyo, señorita Jiménez, es correcto. Nada más.

Vi cómo un rubor intenso le trepaba por el cuello hasta encenderle las mejillas. Estaba rabiando y, por algún motivo que no supe explicarme, me resultó absolutamente hipnótico.

—¿Sabe qué le digo? —replicó, dando un paso más hacia mí, tan cerca que pude distinguir el aroma a cítricos y jengibre que desprendía su uniforme—.

Que puede escribir en su informe lo que le venga en gana.

Puede ponerle a mi tataki la nota que considere oportuna.

Pero le garantizo que, antes de que acabe el mes, va a tener que tragarse cada una de sus palabras.

Tendría que haber contestado con algo ingenioso, cerrar la conversación con la última palabra, como llevaba haciendo en cada enfrentamiento profesional desde hacía años. Pero, en su lugar, me sorprendí sonriendo.

—Cuento con ello, señorita Jiménez —susurré, y di media vuelta para salir de la cocina antes de que mi propio rostro me traicionase.

Mientras cruzaba de nuevo las puertas batientes, con el eco de su voz todavía vibrándome en los oídos, supe que aquel mes en Benidorm iba a ser mucho más largo, y muchísimo más interesante, de lo que jamás habría podido imaginar.