Capítulo 4 #2
—Buenos días. ¿Hablo con la chef Sofía Jiménez? —me responde una voz femenina, correcta y profesional hasta el extremo—. La llamo de parte de la dirección general de la cadena Paraíso Azul. Soy Irene, la secretaria del señor Balmaseda. ¿Tiene un momento?
Enderezo la espalda en la tumbona, como si alguien pudiera verme.
—Sí, claro, dígame.
—Le paso con el señor Balmaseda. Espere, por favor.
El señor Balmaseda no es de los que llaman a sus trabajadores así como así. Él siempre se dirige a los directores de los resorts. Tiene que haber ocurrido algo importante para que se vea en la necesidad de hablar conmigo directamente.
El corazón se me acelera y empiezo a repasar mentalmente si he hecho algo mal, si quizá me excedí con el presupuesto para la reforma del restaurante de Benidorm. No se me ocurre nada, y precisamente eso hace que se me tensen los hombros como si estuviera a punto de recibir una reprimenda.
—Sofía. —La voz que me llega ahora a través del teléfono es grave, pausada, masculina y con un punto de tensión. Conocí a Héctor en la fiesta de cierre de temporada del pasado agosto, pero no tanto como para poder juzgarlo personalmente—. Gracias por atenderme. Soy Héctor Balmaseda.
—Señor Balmaseda, buenos… ¿días? —Intento que mi voz suene firme y profesional, aunque el pulso se me ha disparado—. Es un placer saludarlo, aunque le confieso que su llamada me ha pillado un poco por sorpresa.
—Me lo imagino. No suelo llamar personalmente a mis trabajadores, pero este es un caso particular. ¿Qué tal va la formación? Tengo entendido que Wayan no le da tregua. Es uno de los mejores chefs que tenemos en toda la cadena.
—Está siendo… reveladora —respondo con sinceridad, y a él se le escapa una breve carcajada al otro lado de la línea.
—Esa palabra ya la he oído antes, de boca de otros chefs que han pasado por sus manos. Wayan tiene la costumbre de descubrirles un mundo nuevo a todos los que pisan su cocina.
—Pues yo tengo la sensación de haber descubierto un universo entero en solo cinco días.
—Excelente. Es exactamente lo que esperábamos.
—Hace una pausa breve, ese tipo de silencio que reconozco como el preludio de algo importante—.
Sofía, el verdadero motivo de mi llamada es otro.
Dentro de unos días, el resort de Bali acogerá una gala gastronómica de gran envergadura.
Reuniremos a inversores internacionales, a figuras relevantes del sector y, sobre todo, a la prensa.
Es, sin exagerar, el evento más importante que la cadena organiza este año.
—He oído hablar de ella, sí. Los cocineros del equipo lo comentaban esta misma mañana.
—Me alegra saberlo —contesta con un deje de satisfacción—. Verá, quiero que usted forme parte activa de esa gala. No como invitada, sino como representante de la cadena.
Parpadeo, confundida, y me aparto un mechón húmedo de la frente.
—¿Yo? Señor Balmaseda, estoy en plena formación, apenas llevo unos días aquí, no creo que…
—Precisamente por eso —me interrumpe, sin brusquedad, pero con la seguridad de quien está acostumbrado a que sus decisiones no se discutan demasiado—.
Queremos mostrar a nuestros inversores el proyecto de fusión gastronómica que estamos llevando a cabo.
Su mirada es justo lo que necesitamos frente a las cámaras: auténtica, sin pulir.
Eso vende mucho más que cualquier discurso ensayado.
Una parte de mí, la que lleva años acostumbrada a demostrar que se merece cada peldaño que ha subido, siente un cosquilleo de orgullo ante la idea de que me tengan en cuenta para algo así.
La otra, mucho más terrenal, ya imagina focos, micrófonos y objetivos apuntándome, y el estómago se me encoge de una forma muy desagradable.
—Se lo agradezco enormemente, de verdad —respondo, escogiendo cada palabra con cuidado—, pero debo ser sincera con usted: nunca me he puesto delante de una cámara. No he concedido entrevistas ni tengo experiencia tratando con personas importantes. Mi terreno es la cocina, no el escenario.
—Lo sé —admite, sin restarle importancia, pero sin alarmarse lo más mínimo—. Y por eso mismo no estará sola. Contará con el apoyo de alguien que lleva años trabajando para nosotros y que, además, tiene experiencia en gastronomía. Ella la ayudará a desenvolverse en un acontecimiento de este calibre.
Asiento sola en la tumbona, como una tonta, aunque él no pueda verme.
—De acuerdo. Entiendo la importancia del evento y, aunque preferiría quedarme entre fogones, confío en su criterio, señor Balmaseda. Cuente conmigo.
—Estupendo. Sabía que no me equivocaba con usted, señorita Jiménez. —Su tono se relaja, se vuelve casi cercano e incluso paternal—. Una última cosa antes de dejarla disfrutar de su descanso, que, por los sonidos de fondo, intuyo que se lo ha ganado.
—Dígame.
—La señorita Valentina Romero llegará a Bali en un par de días, así que se reunirá con usted entonces. A partir de ese momento, será ella quien se encargue de coordinarlo todo. La señorita Romero ya está al tanto de que usted se encuentra allí.
«Valentina».
El mundo se detiene. Dejo de oír el canto de los pájaros, el murmullo del agua de la piscina e incluso el latido de mi propio corazón. Solo queda el eco de su nombre, que retumba en mi cabeza como si alguien lo hubiera gritado dentro de una habitación vacía.
—Sé que ambas coincidieron el mes pasado en Benidorm —prosigue Héctor, ajeno a todo lo que acaba de desatarse en mi pecho—.
Espero sinceramente que cualquier… rencilla profesional del pasado quede a un lado.
Esta gala es crucial para la cadena. Necesitamos captar nuevos inversores y, para eso, la imagen que proyectemos tiene que ser impecable.
Confío en que ambas sabrán actuar con la profesionalidad que las caracteriza.
—Por supuesto, señor Balmaseda —consigo articular, aunque la voz me sale en apenas un susurro—. No habrá ningún problema.
—Excelente. Así me gusta. Hoy mismo le enviaremos toda la información que necesita por correo. Que tenga un buen resto de jornada, señorita Jiménez.
—Igualmente. Gracias por la llamada.
La comunicación se corta y yo me quedo con el teléfono pegado a la oreja, con la mirada fija en el vaivén del agua de la piscina. El sol sigue acariciándome la piel, pero el suelo bajo mis pies parece haberse vuelto líquido, inestable, como la cubierta de un barco en plena marejada.
—No me puedo creer que el destino sea tan retorcido… —susurro casi para mí misma mientras bajo el brazo y dejo caer el teléfono sobre la tumbona.
Pero sí, el destino es retorcido, egoísta y caprichoso. Y le importa un bledo sembrar el caos en tu vida justo cuando creías que por fin flotabas en tu pequeña burbuja de paz.