Capítulo 4
Sofía
Blue Paradise Bali, Ubud
Son las seis de la mañana y el día se resiste a despertar.
Una luz tibia, de un gris azulado, se filtra entre las palmeras que rodean el restaurante, y el aire, cargado de humedad, ya pesa sobre mi cuerpo como una vieja manta de lana.
En Benidorm, a estas horas, la brisa trae el olor a salitre del mar.
Aquí, en cambio, huele a tierra mojada y a un dulzor que desprenden las flores, un aroma tan particular que sé que no voy a poder olvidar en la vida.
Entro en la cocina con el uniforme impecablemente planchado, el pelo escondido bajo el gorro y la sensación, completamente infundada, ahora lo sé, de que voy a comerme el mundo en un solo turno.
Wayan parece llevar horas aquí, aunque no hace falta que nadie lo confirme.
Se desliza entre las encimeras con una calma desconcertante, como si el tiempo obedeciera a otras normas a su alrededor.
Después de varios días observándolo, me he dado cuenta de que no habla mucho, pero cuando lo hace, consigue que quieras apuntar cada palabra para no olvidar nada.
Es fascinante verlo trabajar. Sus manos van de un lado a otro y encadenan un sinfín de movimientos precisos, casi coreografiados, que terminan convertidos en resultados sabrosos que estallan en el paladar.
—Buenos días —me saluda, y señala con la barbilla la encimera de madera oscura que tengo delante, donde me esperan varios cuencos con ingredientes que no he tocado en mi vida—. Hoy no vas a cocinar nada que conozcas. Hoy vas a mirar.
Frunzo el ceño y apoyo las manos en la encimera.
—¿Cómo que solo mirar? Llevo cinco días ensayando cortes con los cuchillos.
—Y los usarás —replica sin inmutarse—. Pero antes, mira.
Toma un trozo de una raíz nudosa y rosada, lengkuas 6 , me explica, algo parecido al jengibre pero con un carácter completamente distinto, y me la acerca a la nariz.
El aroma es intenso, resinoso, con un fondo medicinal que no se parece a nada de lo que tengo catalogado en mi memoria olfativa.
A su lado, en otro cuenco, unas hojas estrechas de un verde profundo liberan una fragancia cítrica que me hace parpadear.
— Daun jeruk —continúa—. Hoja de lima kaffir 7 . Se usa entera y se retira antes de servir. No se pica.
—¿Por qué no?
—Porque no hace falta. —Se encoge de hombros, tranquilo—. A veces, menos es más.
Contengo el impulso de rebatírselo y me muerdo el interior de la mejilla.
En mi cocina, cada ingrediente se somete, se transforma y se domina hasta que hace exactamente lo que yo quiero.
Aquí, en cambio, Wayan me pide que escuche antes de imponer mi voluntad, y eso, para alguien que ha pasado toda su vida profesional convencida de que el control es la única garantía de que las cosas salgan bien, resulta bastante complicado de digerir.
Durante la primera hora me limito a observar cómo prepara una base de especias, un bumbu 8 , lo llama, en la que machaca ajo, chalotas, cúrcuma fresca, kencur 9 y un puñado de chiles pequeños y feroces en un mortero de piedra que parece llevar décadas de uso.
El movimiento de su muñeca es hipnótico, constante, sin prisa y sin pausa.
Cuando por fin me deja intentarlo, descubro que mis años de cuchillo y golpe seco no sirven absolutamente de nada frente a un mortero balinés.
—Más suave —me corrige, y posa un instante su mano sobre la mía para frenar mi ímpetu—. No estás peleando con la comida. Estás conversando con ella.
—Pues esta conversación se me está resistiendo bastante —mascullo entre dientes.
Desde el otro extremo de la cocina me llega una risa. Es Bayu, uno de los cocineros del equipo, un chico de sonrisa fácil que lleva toda la mañana observándome con una mezcla de curiosidad y diversión que empieza a resultarme un poquito molesta.
—Perdón —se disculpa, aunque su expresión no refleja el más mínimo arrepentimiento—. Es que llevas diez minutos machacando como si alguien hubiera insultado a tu familia.
—Las especias se lo han buscado —contesto sin levantar la vista del mortero.
Mi respuesta le arranca una carcajada abierta que contagia a dos de sus compañeros, y yo, a mi pesar, noto cómo se me curvan las comisuras de los labios.
Poco a poco, entre bromas a mi costa y las correcciones pacientes de Wayan, todo empieza a encajar.
Aprendo a tostar las especias en seco antes de molerlas, a reconocer por el olor cuándo la galanga, el lengkuas de aquí está en su punto óptimo y a distinguir entre tres variedades de chile que, a simple vista, parecen idénticas y que, según Wayan, pueden arruinar un plato entero si las confundo.
Sobre las nueve, cuando el sol ya aprieta con fuerza y el sudor me empapa la nuca, Wayan me pide que prepare, sola, un sambal 10 básico siguiendo únicamente lo que he observado. Es un reto disfrazado de ejercicio, y los dos lo sabemos.
Me entrego a la tarea con la concentración de quien se juega algo importante, aunque en realidad nadie me ha exigido semejante perfección.
Piso, machaco, incorporo el aceite caliente, rectifico.
Cuando por fin pruebo el resultado con la punta de una cuchara, cierro los ojos un segundo por puro instinto de supervivencia: el picor se abre paso con fiereza y, después, se despliega en capas, primero el dulce, luego el ácido y, al final, algo profundamente aromático que se queda bailando en la lengua.
—Está bueno —sentencia Wayan tras probarlo, con esa parquedad suya que he empezado a valorar como el mayor de los cumplidos—. Muy picante. Pero bueno.
—Demasiado picante, querrás decir.
—No. —Me sostiene la mirada unos segundos—. Justo como a ti te gusta. Se nota.
La frase me acompaña mientras limpio la encimera.
«Se nota». Como si en unos pocos días este hombre, que casi no me conoce, hubiera detectado algo de mí que ni siquiera yo tenía del todo identificado: que me gusta el sabor que exige atención, el que no perdona la distracción, el que te obliga a estar presente.
Sigo probando la salsa, ajusto cantidades, añado un poco más de lima para equilibrar el fuego y, en ese instante exacto, con la lengua todavía en llamas y la cabeza completamente volcada en el equilibrio de sabores, un pensamiento se cuela sin avisar, como una corriente de aire frío que se filtra por la rendija de una ventana.
«Qué bien me habría venido que Valentina estuviera aquí para discutir conmigo».
Me quedo inmóvil, con la cuchara a medio camino de la boca.
Es absurdo. Es completamente absurdo que, en mitad de una cocina al otro lado del mundo, rodeada de olores que jamás había respirado y de un aprendizaje que reclama toda mi atención, mi mente decida invocar precisamente a la mujer en la que quiero dejar de pensar.
Pero ahí está: el recuerdo de su media sonrisa, de sus preguntas impertinentes y sus evaluaciones implacables, de esa mirada que era capaz de hacerme perder la paciencia y las ganas de discutir…
y que, al mismo tiempo, avivaba otras necesidades mucho más humanas e íntimas.
Sacudo la cabeza y me obligo a clavar la vista en el mortero, en la textura de la pasta, en cualquier cosa que no sea el eco de su voz.
—¿Todo bien? —pregunta Wayan, a quien, por lo visto, no se le escapa una.
—Todo perfecto —miento con una sonrisa que espero que resulte convincente—. Solo estaba pensando en el siguiente paso.
Él asiente sin insistir, aunque tengo la incómoda sensación de que es capaz de ver mis pensamientos vagando por algún rincón de mi cerebro.
Vuelvo a concentrarme en todo lo que me rodea, decidida a que esta cocina, con su ritmo distinto y su exigencia silenciosa, se convierta en lo que necesito para mantener la cabeza ocupada.
Lo que no le digo a Wayan, lo que apenas me confieso a mí misma mientras friego el mortero y anoto en mi cuaderno las proporciones exactas del sambal, es que llevo unos pocos días en Bali y Valentina ya ha encontrado la manera de colarse hasta en el picante.
La piscina de mi villa tiene ese azul imposible que solo alguien con muy buen ojo y mejor gusto sería capaz de robarle al cielo. Me dejo caer en la tumbona con el pelo todavía mojado tras el chapuzón y el cuerpo agotado. Hoy, al fin, me permito quedarme quieta y, sencillamente, respirar.
Llevo cinco días en Bali y no he tenido ni un solo momento libre de verdad.
Las chicas me han escrito varias veces para preguntarme por las playas —que están a una hora y pico de distancia—, pero yo no he hecho otra cosa que trabajar, probar, anotar e investigar.
Cada noche me acuesto con la libreta repleta de nombres que no sé pronunciar y de sabores que todavía intento ubicar en mi mapa mental, ese que he construido durante años a base de aceite de oliva virgen, ajo y limón, y que aquí se ha quedado completamente desactualizado.
Mi olfato, que creía bien entrenado, descubre matices nuevos cada día: la resina del lengkuas, el ácido verde de la lima kaffir, ese fondo fermentado del terasi 11 que la primera vez me hizo arrugar la nariz y que hoy, para mi sorpresa, empiezo a echar de menos cuando no está en el plato.
Dejo caer las piernas a ambos lados de la tumbona, permito que el sol me acaricie los pies y cierro los ojos un instante para escuchar el trino lejano de los pájaros que anidan en la vegetación que rodea la villa.
Es la primera vez en cinco días que mi cabeza no calcula proporciones ni repite las instrucciones de Wayan.
Solo hay silencio. Aunque, como todo lo bueno, dura muy poco.
El teléfono, que he dejado sobre la mesita de mimbre que tengo al lado, empieza a vibrar con la insistencia de una llamada entrante.
Me incorporo y frunzo el ceño al ver la pantalla.
Es un prefijo español, sí, pero el número no lo tengo guardado.
Dudo si contestar, podría ser cualquier cosa, desde una encuesta hasta un error, pero algo, quizá la costumbre de estar siempre disponible, me empuja a descolgar.
—¿Diga?