Capítulo 3 #2
Un tono. Dos tonos. Empiezo a girar sobre mis propios talones, contando los segundos con una ansiedad que no recordaba haber sentido en años. Al tercer tono, por fin, la voz de Aitana me llega entrecortada, con ese fondo de tráfico y bocinas que delata que está en plena calle.
—Habla rápido, que solo tengo quince minutos antes de que Valeria empiece a sospechar.
—¿Te estás escondiendo de tu propia novia para hablar conmigo?
—No puedo evitar la punzada de tristeza que me sube por el pecho y que despierta la vergüenza de saber que, después de lo que hice, mi relación con Aitana se ha reducido a mensajes escuetos, audios todavía más breves y llamadas furtivas como esta.
—Digamos que Valeria y tú no os lleváis precisamente de maravilla desde que te largaste sin decir ni adiós.
Además, la última vez que te defendí me mandó a dormir a la tumbona de la terraza, así que prefiero esconderme antes de que se arme la de Troya.
—En su tono no hay reproche alguno, solo esa franqueza brutal que la caracteriza y que tanto necesito ahora mismo—.
Le he dicho que iba a por leche. Así que cuéntame qué pasa, que la tienda está a dos minutos y tú nunca llamas a estas horas a menos que se esté quemando algo.
Respiro hondo. El viento me revuelve el pelo sobre la cara y me lo aparto con un gesto brusco.
—Me envían a Bali. Héctor quiere que organice allí una gala gastronómica, y además, que sea la imagen de la compañía ante la prensa y todo eso.
—¡Eso es increíble! —Puedo imaginar perfectamente su sonrisa de oreja a oreja, y su entusiasmo se me contagia un poquito—. Héctor sabe muy bien a quién elegir cuando quiere algo. Aunque, por el tono, cualquiera diría que no te apetece lo más mínimo.
Cierro los ojos un instante y dejo que el sol me caliente los párpados.
—No es eso. Es que Héctor me ha dicho que Sofía está allí. Que la han enviado a un curso de formación gastronómica. Vamos a coincidir.
Al otro lado de la línea se hace un silencio tan denso que casi puedo oír los engranajes girando en la cabeza de Aitana, calculando qué decir y qué callarse.
—Ya lo sabía —admite al fin, con un deje de arrepentimiento—. Ya sabes que, además de ser tu mejor amiga y la directora del resort, también soy guardiana de secretos ajenos a jornada completa.
—¿¡Lo sabías y no me dijiste nada!? —La indignación me brota brusca y sin filtro, tan alta que una paloma alza el vuelo desde la barandilla—. Aitana, hablamos todas las malditas semanas. ¡Todas! ¿Y no se te ocurrió mencionar que Sofía estaba en Bali?
—Para empezar, yo no sabía que te iban a enviar allí. —Su voz suena ahora más firme; se defiende, y con razón—. Y no te lo conté porque pensé que preferirías no saberlo. Sé que no es precisamente un tema del que te guste hablar.
Aprieto los labios y noto cómo el calor me trepa por el cuello, y no precisamente por culpa del sol.
—Tampoco exageres.
—Valentina, cariño. —La ironía que destila su voz me tensa hasta el último músculo del cuerpo—. ¿No eras tú la que lleva semanas jurando y perjurando que lo vuestro había sido cosa del verano, un polvo pasajero y nada más?
Me quedo callada, observando cómo un gorrión se posa sobre la barandilla, completamente indiferente a mi colapso existencial.
Aitana tiene razón. Llevo semanas repitiéndome el mismo discursito, convenciéndome de que Sofía pertenecía a un capítulo bonito y breve de mi vida que ya había quedado atrás.
Pero, en cuanto Héctor ha pronunciado su nombre, todo ese discurso se ha desmoronado como un suflé mal horneado.
—Soy idiota —murmuro, más para mí que para ella.
—No eres idiota. —Su voz se suaviza y me la imagino deteniéndose en mitad de la acera, con la mano libre en la cadera—. Eres una mujer enamorada que lleva semanas fingiendo lo contrario. Que es distinto, aunque el resultado sea el mismo dolor de cabeza.
—No estoy enamorada. —Pero, mientras lo digo, la mentira me sabe rancia, igual que aquel café frío que me estaba tomando antes de la «buena» noticia—. Estoy… preocupada por el viaje, nada más. Héctor ha dicho que las dos tendremos que trabajar juntas y…
—Claro, el viaje. —Aitana suelta una risa seca—.
Mira, no tengo tiempo para escuchar cómo te convences a ti misma de tonterías, que como Valeria salga a buscarme se me acaba la excusa de la leche y el interrogatorio va a durar más que Lo que el viento se llevó .
Así que te lo diré rápido y claro: arréglalo.
—¿Que lo arregle? ¿Cómo? Aitana, estábamos increíblemente bien, nos acostamos y me largué. —El pánico empieza a subirme desde el estómago, esa sensación vertiginosa de caminar por el borde de un precipicio—. No creo que me esté esperando con los brazos abiertos, precisamente.
—Pues entonces discúlpate. Sé sincera por una vez en tu vida, que ya va siendo hora.
—Su tono, aunque cariñoso, no admite réplica—.
Si crees que la cagaste, y sabes de sobra que la cagaste, pídele perdón.
Suplícale si hace falta. Deja de huir de lo importante solo porque te da miedo, que llevas años haciendo lo mismo y, la verdad, ya cansa un poco.
Noto cómo el nudo de la garganta se aprieta un poco más.
—¿Y si no puedo arreglarlo? —La pregunta se me escapa antes de que pueda contenerla—. ¿Y si llego allí, soy incapaz de ser honesta con ella y, en lugar de arreglarlo, vuelvo a cagarla?
Son tantos «¿y si…?» que tengo la sensación de que la cabeza me va a estallar en cualquier momento.
—Entonces, al menos, lo habrás intentado.
—Aitana baja la voz y, por primera vez en toda la conversación, suena de verdad preocupada por mí, no solo impaciente—.
Escúchame bien. Te están dando algo que muy poca gente consigue en esta vida: una segunda oportunidad servida en bandeja de plata, con billete de avión incluido. No la desperdicies otra vez por miedo.
De fondo oigo el pitido de una llamada entrante y Aitana masculla una maldición entre dientes.
—Te tengo que dejar, es Valeria y no quiero que me monte el numerito del siglo. Piensa en lo que te he dicho. Y, Valentina…
—¿Sí?
—Te quiero, tonta. Vete a Bali y deja de complicarte tanto la vida.
La llamada se corta antes de que pueda responder, y me quedo sola en la terraza, con el móvil todavía pegado a la oreja y el corazón latiéndome con tanta fuerza que amenaza con dejarme sin aliento.
Bajo la mirada hacia la ciudad, hacia todos esos coches diminutos que avanzan en fila, y descubro, con una claridad casi dolorosa, que llevo semanas mintiéndome a mí misma.
Bali me espera. Y allí, todas las preguntas que no me he atrevido a responder.