¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Valentina

Madrid, España

Han pasado tres semanas desde que Paraíso Azul, en Benidorm, cerró sus puertas por el fin de temporada, y los informes que me encargaron siguen reclamando mi atención con la insistencia de un niño pequeño tirándome de la manga.

A estas alturas del año, las oficinas de la cadena están más vacías y tranquilas de lo habitual.

Todo el mundo aprovecha para cogerse vacaciones en cuanto la temporada alta se difumina, los índices de ocupación empiezan a menguar y los seres humanos normales regresan a su rutina de siempre.

Yo, en cambio, sigo aquí, con la mirada enterrada en archivos plagados de cifras de satisfacción, de insatisfacción y de quejas por toallas que no eran lo bastante mullidas.

Le doy un sorbo al café que me preparé hace un buen rato y arrugo la nariz al notar que se ha quedado helado. Son las diez de la mañana y estoy a punto de abrir el informe de control de gastos —apasionante, lo sé— cuando el teléfono fijo de mi despacho suena y, literalmente, me salva la vida.

—Valentina, ¿puedes subir un momento a mi despacho? —La voz de Héctor suena como siempre, neutra y medida al milímetro, de esas que nunca te permiten adivinar si te van a felicitar o a arruinar la semana—. Tengo algo que comentarte.

—Voy para allá.

Cuelgo, apago la pantalla del ordenador y me pongo en pie mientras me ajusto la camisa con un par de tirones rápidos.

Salgo del despacho con premura, con el eco de mis tacones marcando el ritmo sobre el suelo del pasillo.

Diez plantas después, recorro la moqueta gris que amortigua cada paso, llamo dos veces a su puerta con los nudillos y la empujo sin esperar respuesta, como llevo haciendo desde que entré en la empresa.

—Adelante, adelante. —Héctor no aparta todavía la vista del monitor, pero me indica con un gesto de la mano el sillón que hay frente a su escritorio.

Cierro la puerta a mi espalda y me acomodo en el asiento con aplomo, cruzando las piernas con una naturalidad estudiada.

Héctor tiene el don de conseguir que cualquier conversación —desde una bronca por un informe tardío hasta un ascenso— arranque exactamente igual: con un silencio calculado que te obliga a repasar mentalmente todo lo malo que has hecho en tu vida.

Hoy, mientras lo observo teclear con parsimonia, mi lista es más larga de lo que me gustaría admitir.

—Bueno. —Por fin aparta los ojos de la pantalla y entrelaza los dedos sobre la mesa—. Tengo un encargo para ti.

—Si es sobre los informes de Benidorm, ya te aviso de que están en fase de gestación. —Sonrío con ironía y me encojo de hombros—. Los datos me llegaron hace un par de semanas y aún les falta un poco. Son como los buenos vinos: necesitan su tiempo.

—No es sobre los informes. —Deja escapar algo parecido a una risa breve, casi resignada, y yo lo miro de reojo.

«¿Dónde ha quedado el Héctor gruñón que yo conocía?

»—. Aunque me alegra saber que ya tienes fecha para entregármelos.

Estoy deseando comprobar cómo ha cerrado el resort después del trabajo de Aitana.

—El miércoles los tendrás encima de tu mesa.

—Te tomo la palabra. —Se recuesta en la silla, que cruje bajo su peso, y cruza los brazos sobre el pecho—.

Te he llamado por otra cosa. La cadena va a organizar una gala gastronómica en Bali.

Acudirán personalidades importantes, prensa internacional e inversores asiáticos que nos vendrían de maravilla.

Y he pensado en ti como nexo entre la cadena y la dirección del resort.

Necesito alguien que sea mis ojos allí y tú eres la mejor.

Algo se despierta dentro de mí, ese cosquilleo familiar que mezcla mi lado más profesional con una ilusión que no sentía desde hace tiempo.

No es la primera vez que viajo a Bali, que disfruto de ese sol blanquecino que lo inunda todo, de su arena fina y de sus playas que parecen no terminar nunca.

Es una maravilla, un paraíso hecho realidad que todo el mundo debería visitar al menos una vez en la vida.

Casi puedo oler ya el incienso de las ofrendas, el salitre y el aroma dulzón del frangipani.

—¿Quieres que la organice yo?

—Con ayuda, sí. Pero también necesito que seas la imagen de la cadena.

Alguien que sepa estar delante de una cámara sin parecer un maniquí, pero que entienda sobre cocina.

—Me señala con el índice—. Y, curiosamente, solo conozco a una persona capaz de discutir sobre la reducción de una salsa con un chef y, media hora después, coquetear con la prensa como si llevara haciéndolo desde la cuna.

—Halagos y trabajo en una misma frase. —Arqueo una ceja—. A este paso vas a conseguir que te pida un aumento de sueldo.

—No tendría problema en hacerlo. ¿Aceptas, entonces?

—No tengo mucho que pensar. —Y es la verdad; no necesito ni un solo segundo más—. ¿Cuándo salgo?

—Antes de lo que crees. Pero hay otra cosa que quiero comentarte.

—Héctor apoya los antebrazos sobre el escritorio y algo en su postura, más rígida de lo habitual, me obliga a erguirme en el sillón—.

En el resort te esperará Damian. Es un buen amigo y estará encantado de trabajar contigo.

Y también contarás con el apoyo de otros trabajadores de la empresa.

—¿Ah, sí? —Ladeo la cabeza, genuinamente intrigada. No es habitual que envíen a más de una persona a un evento de este tipo, salvo que quieran cubrir varios frentes a la vez—. ¿Quién más va?

—La chef de Paraíso Azul en Benidorm ya está allí. La enviamos a Bali para que hiciera una formación gastronómica. —Consulta algo en la pantalla con total tranquilidad, como si me estuviera dando el parte meteorológico—. Sofía Jiménez, creo que se llama. Coincidiréis durante varias semanas.

En algún rincón de mi mente, una torre de copas de cristal se tambalea y se estrella contra el suelo de mármol que tengo bajo los pies.

El despacho de Héctor se desvanece y, de pronto, vuelvo a estar en aquel dormitorio, en aquella noche en la que su boca me hizo gemir y soñar, en la que mis manos recorrieron su piel como si lo hubieran hecho toda la vida.

Recuerdo el calor pegajoso del verano, el olor a sal de su pelo, su risa ahogada contra mi cuello.

Y después, sin transición posible, regreso al aeropuerto de Alicante, de pie junto a mi maleta, convenciéndome de que huir era lo más sensato que podía hacer.

—¿Valentina?

La voz de Héctor me devuelve al presente, a la luz que entra oblicua por los ventanales y al zumbido lejano del aire acondicionado.

—Perdona. —Fuerzo una sonrisa y me coloco un mechón detrás de la oreja para disimular el temblor de mis dedos—. Decías que coincidiremos allí.

—Eso es. —Me observa un segundo de más, con esa mirada de director curtido que ha aprendido a detectar cuándo algo no cuadra en la persona que tiene delante—. ¿Algún problema? Aitana me comentó que tuvisteis algún que otro desencuentro.

—Lo normal entre una inspectora de calidad y una chef. —Trago saliva y me obligo a sostenerle la mirada sin pestañear—. Pero es una profesional excelente. No habrá ningún problema.

—Me alegra oír eso, porque necesito que todos allí deis una buena imagen de la cadena.

No hay margen para roces personales, sean los que sean.

—Lo dice sin rastro de acusación, pero con la precisión de quien lleva veinte años dirigiendo equipos y sabe leer los silencios igual de bien que los balances—.

¿Puedo confiar en que la parte profesional estará cubierta, pase lo que pase entre vosotras?

Suelto una risa corta, casi nerviosa, que intento disfrazar de seguridad.

—Héctor, llevo dos años representando a esta cadena. Creo que no te he dado motivos para desconfiar de mí.

—Nunca he dudado de tu palabra. —Se levanta, señal inequívoca de que la reunión ha terminado, y rodea el escritorio para acompañarme hasta la puerta—. Esta misma tarde recibirás los detalles del vuelo y del hotel. Y, Valentina…

—¿Sí?

—Disfruta de los días en Bali. Te lo has ganado. —Hace una pausa y esboza una sonrisa breve que no sé muy bien cómo interpretar —. Aunque, por la cara que has puesto hace un momento, diría que ya estás pensando en otra cosa.

—Estaba pensando en la maleta. —Sonrío, ligera y profesional, exactamente como se supone que debo sonreír—. Nunca sé qué llevarme a un sitio con ese calor húmedo.

—Seguro que te las apañas.

Salgo del despacho con el mismo paso firme con el que he entrado, la barbilla alta y la sonrisa intacta, pero apenas he avanzado un par de metros cuando su voz me alcanza de nuevo.

—Ah, y otra cosa. Cuando llegues allí, necesito que le expliques a Sofía la importancia que tiene esta gala para la empresa.

—De acuerdo —respondo sin girarme, porque no me fío de lo que puedan delatar mis ojos.

Mientras regreso a mi despacho, no dejo de darle vueltas a cómo voy a presentarme ante ella después de lo que hice.

Sé que no querrá verme, que obligarla a compartir conmigo el mismo aire no es, ni será nunca, lo que espera.

Aun así, me prometo a mí misma que sabré mantener la distancia justa, la profesionalidad y el control.

Una promesa que mi corazón, desde luego, no piensa cumplir.

La zona de descanso se encuentra en la última planta del edificio: un espacio diáfano abarrotado de plantas, sillones de mimbre y una máquina de café que nadie utiliza porque todos preferimos bajar a la cafetería de la esquina.

Salgo del ascensor como alma que lleva el diablo, con el móvil pegado a la oreja y los tonos de llamada taladrándome el tímpano.

En septiembre, el clima de Madrid ya se ha suavizado, así que cruzo hasta la terraza y me apoyo en la barandilla, con la ciudad extendiéndose a mis pies bajo un cielo de un azul intenso.