¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Sofía

El aeropuerto queda a mi espalda en cuanto Made arranca. Me mira por el retrovisor con una sonrisa que le arruga los ojos de un modo tan contagioso que me resulta imposible no devolvérsela.

En cuanto rasgo el envoltorio, un aroma a jazmín concentrado me invade las fosas nasales. Me la paso por la nuca, por las muñecas y por detrás de las orejas, cierro los ojos y doy las gracias en silencio a quienquiera que haya inventado este pequeño milagro textil contra el calor.

—Gracias, Made. Ahora mismo firmaría un contrato de matrimonio con esta toallita.

Suelta una carcajada franca, arranca el motor y el coche se incorpora al tráfico con esa mezcla de calma y caos tan propia de Bali.

Antes de que pueda acomodarme del todo, me ofrece también una botella de agua helada, con gotitas que resbalan perezosas por el cristal.

La aprieto contra la mejilla para disfrutar de su frescor y después me la bebo casi entera de un trago, sin ningún tipo de elegancia.

—¿Es su primera vez en Bali? —se interesa, y me busca un instante a través del retrovisor.

—Así es. Y espero que no sea la última —respondo, aunque en realidad no tengo ni la más remota idea de si eso será posible.

He venido a trabajar, a aprender, a llenarme las manos de técnicas nuevas y la cabeza de cualquier cosa que no sea lo que ocurrió hace poco más de un mes. Aprieto los labios y aparto ese pensamiento antes de que eche raíces.

Debo admitir que todo cuanto alcanzo a ver a través de la ventanilla es tal y como lo esperaba de la zona sur: edificios bajos apretujados unos contra otros, tiendas de surf con tablas de colores chillones colgadas en las fachadas, templos diminutos escondidos entre los comercios y un calor húmedo que no concede tregua.

Kuta y Denpasar laten con el ritmo ruidoso y desordenado de cualquier ciudad turística: motos que se cuelan por cualquier hueco, bocinas impacientes, carteles que se pisan unos a otros.

Sin embargo, poco a poco y casi sin que me dé cuenta, el paisaje empieza a transformarse.

Las avenidas anchas se estrechan y el asfalto comienza a serpentear.

Los bloques de cemento ceden su lugar a construcciones de madera oscura, a muros de piedra volcánica tapizados de musgo y a arrozales que se despliegan, perfectos y escalonados, por las laderas, como si alguien los hubiera dibujado con regla y una paciencia infinita.

—Esto es precioso —susurro, más para mí que para Made, con la nariz prácticamente pegada al cristal, igual que una niña pequeña delante del escaparate de una pastelería.

—Ubud es especial. La gente de aquí dice que tiene mucha energía espiritual —comenta él sin apartar la vista de la carretera, que ahora zigzaguea entre árboles altísimos cuyas copas se entrelazan sobre nosotros hasta formar una especie de túnel verde—. Usted lo sentirá.

No sé si soy de las que creen en energías o en fuerzas invisibles que flotan en el aire, pero, a medida que avanzamos por esta carretera cada vez más angosta, flanqueada por la selva a un lado y por los campos de arroz al otro, entiendo perfectamente por qué lo dicen.

Hay algo aquí que invita a caminar sin rumbo, a perderse, a olvidarse del teléfono y de las prisas y detenerse, simplemente, a mirar.

Sé de sobra que no he cruzado medio mundo para hacer turismo, pero durante estos minutos me concedo el lujo de soñar despierta con recorrer esos arrozales, aunque solo sea una tarde.

Cuando por fin giramos hacia un camino privado flanqueado por antorchas de bambú, todavía apagadas a la espera de la noche, el corazón me da un vuelco.

—Hemos llegado —anuncia Made, y detiene el coche frente a una entrada que parece sacada directamente de una de esas revistas de viajes carísimas que una hojea en la peluquería fingiendo que algún día podrá permitirse semejante escapada.

Bajo del vehículo y, durante unos segundos, me quedo completamente paralizada, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y la boca ligeramente entreabierta.

Todo el mundo repite que Bali es un paraíso, y yo siempre he creído que esas frases se las inventaban las agencias de viajes para vender paquetes vacacionales.

Pues no. Blue Paradise Bali es, sencillamente, lo más bonito que han visto mis ojos en mucho tiempo.

Un camino de piedra, bordeado de antorchas y de una vegetación tropical exuberante, serpentea entre villas independientes de madera oscura y cemento en tonos tierra, cada una con su propio espacio privado.

Más allá se adivina la piscina principal del resort, cuyo borde infinito parece fundirse con el verde inagotable de los arrozales del fondo, como si el agua y la selva formaran parte del mismo lienzo.

El aire está impregnado de un perfume dulce y embriagador a frangipani 4 .

Sus flores blancas y amarillas yacen desperdigadas sobre los senderos, flotan en el agua de las piscinas e incluso decoran la mesa de bienvenida, donde una joven balinesa me espera con una sonrisa amable y un collar de flores frescas que me coloca alrededor del cuello con una delicadeza exquisita.

— Selamat datang . Bienvenida a Blue Paradise Bali —me saluda, y su voz suena tan cálida como el aire que me envuelve.

Yo, sencillamente, no puedo contenerme. Saco el móvil del bolso y empiezo a fotografiar todo lo que se cruza en mi camino: las villas, la piscina, los senderos de piedra, un pequeño altar de ofrendas dispuesto sobre una hoja de plátano junto a la recepción, con sus pétalos de colores y una varilla de incienso que se consume despacio, y el cielo, que empieza a teñirse de naranja sobre la jungla.

Busco el chat que comparto con las chicas y adjunto media docena de fotos a la vez, sin orden ni criterio alguno, antes de grabar un audio con la voz todavía temblorosa por la impresión.

—Chicas, no os lo vais a creer. Ojalá estuvierais aquí para ver todo esto. Es una auténtica pasada, en serio. Villas privadas, un olor a flores que me tiene mareada… ¡y todavía no he visto ni la cocina! Os quiero, panda de brutas. Os echo muchísimo de menos.

El mensaje se queda ahí, colgado, a la espera de una conexión wifi que todavía no tengo.

Me guardo el móvil en el bolsillo con una sonrisa boba plantada en la cara, consciente de que tendré que reprimir las ganas de fotografiar hasta el último rincón de este lugar si quiero conservar un mínimo de dignidad profesional delante del chef que va a formarme.

Un botones de acento suave me acompaña por el sendero hasta lo que será mi refugio durante las próximas semanas: una villa exclusiva, según reza la tarjeta que me entrega junto con una llave de madera tallada con un delicado motivo floral.

La puerta se abre a una estancia luminosa de techos altos, muebles de madera clara y una cama enorme vestida de un blanco impoluto.

Al fondo, unas puertas correderas dan paso a una terraza privada con una hamaca y vistas a un pedacito de jungla que parece pertenecerme solo a mí.

Me dejo caer sobre el borde de la cama, todavía con el collar de flores al cuello y la maleta sin abrir, y respiro hondo por primera vez desde que salí de España.

El colchón cede bajo mi peso, el ventilador del techo gira con un murmullo perezoso y, fuera, algún pájaro entona una melodía extraña y preciosa.

«Vale, Sofía. Has venido a trabajar, a aprender y a dejar atrás los fantasmas del pasado. Pero vas a tener que admitir que no existe una manera más bonita que esta de empezar a hacerlo».

El agua caliente me golpea los hombros y arrastra consigo el cansancio de un vuelo que se me hizo eterno y el recuerdo pegajoso del bochorno de Denpasar.

Permanezco bajo el chorro un buen rato, con los ojos cerrados y la frente apoyada contra los azulejos fríos, y dejo que el vapor se lleve también los restos de los nervios que arrastro desde el día en que recibí la confirmación de este viaje.

Salgo de la ducha con la piel todavía enrojecida y me planto, envuelta en una toalla, delante de la maleta abierta de par en par, sopesando qué demonios me pongo para conocer a un chef del que solo sé el nombre y la historia que lo precede.

Descarto un vestido, luego una blusa demasiado formal, y al final me decanto por algo sencillo y práctico: un pantalón cómodo, una camiseta ligera y el pelo peinado hacia atrás.

Si voy a pisar una cocina, prefiero hacerlo siendo yo misma.

El mismo botones que me acompañó hasta la villa me guía ahora por otro sendero de piedra, flanqueado por antorchas que comienzan a encenderse una a una con la caída de la tarde.

En el ambiente, cargado del dulzor de los frangipanis, reconozco el aroma de la leña, de las especias tostadas, de la comida que se cuece a fuego lento en algún lugar cercano.

Ese olor me transporta sin remedio a aquellos instantes de mi infancia en los que me pasaba horas sentada en un taburete, embobada, mirando cocinar a mi abuela Ruper.

Llegamos a las cocinas del restaurante principal, un espacio abierto de techos altísimos sostenidos por vigas de madera oscura, con una pared entera acristalada que deja a la vista los arrozales, ahora bañados por los últimos destellos del sol.

Y allí, de pie junto a una mesa de trabajo cubierta de hierbas frescas que no soy capaz de identificar del todo, está él: Wayan.

Debe de rondar los cuarenta años. Es alto, de complexión fuerte y piel tostada, y tiene unas manos hábiles que se mueven sobre los ingredientes con una soltura que delata años de experiencia entre fogones.

Viste una chaquetilla 5 blanca impecable, el pelo oscuro escondido bajo el gorro y luce una expresión serena que no tiene absolutamente nada de blanda.

Es guapo, sí, de una manera evidente y objetiva que cualquiera reconocería a simple vista, pero lo que de verdad me atrapa desde el primer segundo no es eso, sino la forma en que sus dedos acarician una hoja de albahaca antes de disfrutar lentamente de su aroma.

Conozco bien esa sensación. Es la misma que me envuelve a mí cuando entro en mi cocina y me sumerjo en mi propia burbuja, ajena al resto del mundo.

—Tú debes de ser Sofía —dice en cuanto oye mis pasos. Se gira hacia mí con una sonrisa contenida y profesional mientras se limpia las manos en el paño que lleva colgado de la cintura—. Bienvenida a Blue Paradise Bali. Soy Wayan.

—Un placer —contesto, y le tiendo la mano. Él la estrecha con un apretón firme y breve, justo el que esperaría de alguien acostumbrado a dirigir una cocina como esta—. Llevo días pensando en este momento.

—¿Nerviosa? —pregunta, y arquea una ceja con curiosidad.

—Un poco. Aunque prefiero llamarlo entusiasmo con retortijones.

Se ríe; es una risa corta y sincera que me relaja los hombros al instante. Luego señala con la barbilla la mesa de trabajo repleta de ingredientes que todavía no sé nombrar.

—Me han hablado muy bien de ti. Dicen que tienes carácter en la cocina. Que sabes exactamente lo que quieres y que no te conformas con menos.

—Culpable de todos los cargos —admito, y levanto ambas manos en señal de rendición.

—Bien. Eso me gusta. Pero quiero que sepas una cosa antes de empezar.

—Su tono cambia ligeramente, se vuelve más pausado, mientras toma entre los dedos una ramita de algo parecido al cilantro, aunque de un aroma mucho más intenso—.

No voy a enseñarte solo recetas. Cualquiera puede memorizar una receta.

Lo que voy a enseñarte es otra manera de entender la cocina.

Me quedo callada y escucho, porque hay algo en su voz que exige silencio y atención; el mismo respeto que yo reclamo en mi propia cocina cuando hablo en serio.

—Aquí trabajamos con un respeto absoluto hacia el producto.

Cada ingrediente cuenta una historia; viene de una tierra, de unas manos que lo cultivaron.

Antes de cortarlo, hay que entenderlo. Antes de cocinarlo, hay que escucharlo.

—Coge un pequeño mortero de piedra y machaca en su interior un puñado de especias sin dejar de hablar.

Al instante, el aire se llena de un aroma cálido y terroso que se me cuela hasta el fondo de la garganta—.

Trabajamos el equilibrio: dulce, salado, ácido, picante y amargo.

Ninguno domina sobre los demás. Y empleamos técnicas tradicionales que llevan siglos perfeccionándose, mucho antes de que existieran los términos franceses que aprendiste en la escuela de cocina.

—Touché —murmuro, con una sonrisa que no consigo reprimir, porque tiene toda la razón y me encanta que me lo suelte así, sin rodeos.

—Y, sobre todo —añade, y ahora me mira directamente, con esos ojos oscuros clavados en los míos—, mantenemos una relación distinta con los ingredientes.

Más espiritual, si quieres llamarlo así.

Aquí no se cocina solo con las manos, Sofía.

Se cocina con calma, con intención, con gratitud.

Vas a tener que aprender a soltar un poco ese carácter tuyo y a afinarlo.

Quizá debería sentirme ofendida; al fin y al cabo, es un completo desconocido que apenas lleva cinco minutos conmigo.

Pero no lo estoy. Todo lo contrario: noto un cosquilleo extraño en el estómago, esa mezcla exacta de reto y fascinación que solo me provoca la gente que sabe perfectamente de qué está hablando.

Llevo años dominando mi cocina, y delante de mí tengo a un hombre que, en un suspiro, ha conseguido que me replantee todo lo que creía saber sobre mi oficio.

Me gusta. Me gusta muchísimo. No de manera romántica, claro, porque los hombres nunca me han despertado esa clase de emociones, sino con una admiración limpia y profunda: la que se siente por alguien que ama lo mismo que tú con idéntica y ridícula intensidad.

—Estoy dispuesta a aprender lo que haga falta —afirmo, y lo digo completamente en serio, con una determinación que se me instala en el pecho y me endereza la espalda—. He venido para esto. No pienso desaprovecharlo.

Wayan asiente, satisfecho, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

—Esa es la actitud —responde. Deja el mortero sobre la mesa y se vuelve hacia un perchero cercano, del que descuelga un uniforme completo—. Porque llegas justo a tiempo para el servicio de cenas.

—¿Cómo? —Se me escapa una risa nerviosa mientras contemplo el uniforme que me tiende sin concederme ni un segundo de tregua—. Pero si acabo de aterrizar…

—Aquí no perdemos el tiempo, Sofía. La cocina no entiende de jet lag —replica con esa media sonrisa tranquila que empieza a resultarme condenadamente entrañable, y me deposita el uniforme directamente entre los brazos—. Vístete. Te espero en diez minutos.

Lo veo alejarse hacia los fogones, donde el resto del equipo ya se mueve con un ritmo preciso y casi silencioso, y bajo la vista hacia la tela blanca que sostengo contra el pecho.

«Bueno, Sofía. Parece que el descanso tendrá que esperar».