¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

Sofía

Aeropuerto Internacional Ngurah Rai

Las puertas automáticas del aeropuerto de Denpasar se abren y el calor del exterior me recibe como si alguien hubiera abierto de golpe la puerta de un horno a doscientos grados.

Y no es solo calor. Es una masa espesa, casi líquida, que se me pega a la piel antes de que haya dado dos pasos fuera de la terminal y que me llena los pulmones de un aroma dulzón, que no logro identificar del todo.

En cuestión de un par de segundos, la camiseta se me adhiere a la espalda y noto cómo el flequillo se me riza sin piedad, traicionando el planchado de peluquería que lucía ayer y que ha sucumbido tras dieciocho horas de vuelos, escalas eternas y siestas a cabezadas con la frente pegada a la ventanilla.

«Bienvenida a Bali, Sofía. La isla de los dioses se te está derritiendo encima».

Enderezo la maleta, que se empeña en volcarse hacia un lado cada vez que la suelto, y me abanico con la mano como si eso fuera a servirme de algo.

Evidentemente, no sirve. El aire aquí no se mueve; permanece quieto y expectante, como si toda la isla contuviera la respiración a la espera de algo que yo todavía no sé que va a suceder.

Saco el móvil del bolso para comprobar la hora y, de paso, releo el correo que me enviaron desde la central para confirmar mi traslado al resort: «Un vehículo la recogerá a la salida de llegadas internacionales.

Esperamos que su estancia en Blue Paradise Bali sea de su agrado, chef».

Después de años de estudio y sacrificio, de fregar platos a destajo hasta que se me agrietaban las manos y de soportar a jefes con el ego más grande que su talento, todavía me da un vuelco el estómago cada vez que alguien se dirige a mí con esa palabra.

Chef. Cuatro letras que me ha costado media vida ganarme.

Tengo un mes entero por delante para aprender de Wayan 1 , el chef jefe, y dominar unas técnicas que ahora mismo solo conozco de oídas, pero que deseo con todas mis fuerzas llevarme conmigo a Benidorm para fusionarlas con ese sabor mediterráneo que define mi cocina y que tanto disfrutan los huéspedes.

Quiero aportar mi granito de arena a esa calidad que no ha dejado de crecer desde que Aitana llegó y se hizo cargo del resort.

Ese es el plan. El único motivo por el que estoy aquí, sudando como un pollo asado frente a una fila interminable de taxis, a más de diez mil kilómetros de mis fogones, de todo lo que conozco y de esas personas que, durante los últimos años, se han convertido en mi familia.

Y a las que ya echo de menos, por mucho que me las dé de independiente y capaz.

La despedida fue un desastre, como suele ocurrir cada vez que nos juntamos para celebrar algo.

Nos reunimos todas en la nueva casa de Aitana y Valeria y, después de una cena deliciosa, brindamos —demasiadas veces— con cava.

Marta, siempre tan zen, me hizo prometer con el meñique en alto que practicaría técnicas de respiración antes de cada turno, «para no sacar a la fiera nada más llegar».

Clara solo insistió en que tuviera cuidado con los tiburones y disfrutara al máximo de esas playas de postal.

Aitana me repitió tres veces, con esa mirada suya de jefa y amiga a partes iguales, que si surgía cualquier problema se lo hiciera saber de inmediato.

Y Valeria, en cuanto me pilló a solas junto a la barra de la cocina, me recordó en voz baja que este mes fuera me ayudaría a sacarme a Valentina de la cabeza de una vez por todas.

—¿Qué Valentina? —repliqué con una tranquilidad que me costó un esfuerzo considerable fabricar.

Le di un sorbo a la copa, fingiendo que aquello me resultaba indiferente, como si ese nombre no me hubiera atravesado el pecho de lado a lado en cuanto salió de sus labios.

—Ay, perdona, mi alma, tienes toda la razón. —Valeria puso los ojos en blanco de forma exagerada y me pasó un brazo por los hombros—. Se me olvidaba que es un capítulo cerrado y que lo tienes superadísimo. Si ya ni te acuerdas de su cara.

—Exacto. —Esbocé una sonrisa, orgullosa de mi propio aplomo, y alcé la barbilla—. Capítulo cerrado.

Clara y Marta aparecieron en ese momento y lo que había empezado como una conversación inofensiva se convirtió en un abrazo múltiple, un amasijo de brazos y risas descontroladas que casi termina con el cava por el suelo.

Aitana fue la única que, al parecer, se dio cuenta de la verdad.

Lo supe por la forma en que me sostuvo la mirada desde el otro lado del salón, y le agradecí en silencio que no dijera nada al respecto.

Porque la verdad es que Valentina pertenece al pasado, sí.

Se marchó sin despedirse, sin darme una explicación, sin molestarse siquiera en enviarme un triste mensaje.

Me dejó un hueco frío en la cama, un montón de preguntas sin respuesta y el recuerdo insistente de unos ojos grises que durante noches me atormentaron en cada sueño.

Y, aun así, sigo enamorada de ella, por mucho que me repita una y otra vez que la he dejado atrás.

Un hombre de mediana edad, con un polo azul marino y el logotipo de la cadena bordado en el pecho, se abre paso entre la multitud y se acerca a mí con un cartel en el que alguien ha escrito mi nombre con letra cuidadosa.

—¿Chef Sofía Jiménez? Selamat datang. Welcome to Bali. —Su sonrisa es tan amplia y sincera que consigue, por un instante, hacerme olvidar las gotas de sudor que me resbalan por la espalda—. Soy Made 2 y la llevaré al resort. ¿Ha tenido buen vuelo?

—Larguísimo —confieso, y le devuelvo la sonrisa mientras él insiste en cargar con mi maleta pese a mis protestas—. Pero estoy deseando llegar y ponerme manos a la obra.

—Wayan la espera con muchas ganas. —Made me guiña un ojo con complicidad—. Dice que por fin le traen una cocinera con carácter.

Suelto una carcajada, porque si algo me sobra es precisamente eso.

Y por un momento, mientras sigo a Made hacia el aparcamiento entre un enjambre de escúteres que zumban como avispas y bajo unas palmeras altísimas que se recortan contra un cielo tan cargado de humedad que parece a punto de romperse en lluvia, consigo que el recuerdo de Valentina se quede atrás, arrinconado en algún lugar de mi mente donde no puede alcanzarme.

He viajado hasta la otra punta del mundo por una razón: aprender, crecer y demostrar que puedo llevar mi cocina más allá de lo que nadie —ni siquiera yo— creía posible.

No he cruzado medio planeta para pensar en una mujer que se esfumó como el humo de un fogón apagado, sin dejar más rastro que una pregunta atascada en mi garganta.

Sin embargo, cuando me acomodo en el asiento trasero y el aire acondicionado me acaricia la piel como un bálsamo, un pensamiento se cuela en mi mente antes de que consiga aplastarlo:

«Espero que Bali sea lo bastante grande para ahogar su recuerdo».

Y poder regresar a casa sin el peso, sin el dolor y sin el vacío que dejó.