¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2) Prólogo
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¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2)

¿A qué saben tus miedos? (Paraíso Azul 2)

Por Veronica Espinosa

© inepub.com

Prólogo

Valentina

Aeropuerto de Alicante-Elche

La maleta pesa exactamente lo mismo que el día que bajé del avión, hace ya varias semanas.

Sin embargo, tengo la sensación de que arrastro conmigo una carga mucho mayor, una que no aparece en ninguna báscula de facturación.

A estas horas, la terminal está casi desierta: apenas unos cuantos viajeros somnolientos, el eco de mis propios pasos sobre el suelo pulido y una mujer del equipo de limpieza que empuja su carro con paciencia.

Desde la cafetería llega un aroma a café recién hecho y a bollería industrial que, en cualquier otra circunstancia, me habría abierto el apetito.

Hoy, en cambio, se me revuelve el estómago.

Me he sentado frente al panel de salidas como si comprobar la puerta de embarque y cronometrar mi huida fuera lo más natural del mundo, mientras una parte de mí no deja de susurrarme, con una sonrisa triste, que esta vez sí lo he hecho bien.

«Vuelo IB 2847. Madrid. Embarque 07:15».

Leo las letras luminosas una y otra vez.

Necesito aferrarme a algo concreto, a cualquier cosa que no sea la sensación que llevo grabada en la piel.

Porque el problema no es el aeropuerto, ni lo mucho que pesa la maleta, ni siquiera la decisión que he tomado a toda prisa.

El problema es que, a pesar de la ducha y de la cantidad desproporcionada de perfume que me he echado encima, sigo oliendo a ella.

A Sofía. A ese aroma dulce a vainilla que se me ha quedado prendido en la piel después de la noche de ayer, la de la fiesta de cierre de temporada.

Cierro los ojos un instante para descansar la vista, pero, para mi desgracia, mi mente aprovecha la ocasión para arrastrarme de vuelta a su habitación de hotel.

Recuerdo con nitidez la suavidad de las sábanas contra mi cuerpo, la luz plateada de la luna que se colaba por el ventanal y el rumor del mar de fondo, insistente, como si quisiera empujarme a zambullirme de lleno en un océano de sentimientos que yo no había pedido sentir.

Y, sobre todo, la recuerdo a ella: el pelo algo húmedo por el calor pegajoso de la costa levantina, las mejillas encendidas y esas manos —que anoche me demostraron ser igual de hábiles en la cama que en la cocina—, reclamándome sin prisa.

—¿En qué piensas? —me preguntó en algún momento de la madrugada, con la cabeza recostada en mi pecho mientras dibujaba círculos perezosos sobre mi piel con la yema de los dedos.

Y yo, cobarde, le contesté que en nada. «En nada importante», añadí, y le besé el pelo para que no me viera la cara.

Cuando en realidad pensaba que llevaba años sin sentir algo así; que los mimos después del sexo me asustaban mucho más que el propio sexo; que había conseguido colarse en un rincón de mi corazón que yo tenía cerrado a cal y canto desde hacía demasiado tiempo.

Abro los ojos y dejo escapar un suspiro largo, de esos que vacían los pulmones y no alivian nada. El panel sigue ahí, impasible, actualizando horarios que, a juzgar por la calma que reina a mi alrededor, parecen importarme solo a mí.

Saco el móvil del bolso y compruebo la pantalla por quinta vez consecutiva.

No es que espere ningún mensaje. Es evidente que no llegará ninguno, porque no he avisado a nadie; ni siquiera me he molestado en dejar una nota.

Me he marchado de madrugada como una ladrona, con los zapatos en la mano y el corazón en la garganta, llevándome el recuerdo de su piel y dejándole a ella tan solo el hueco frío de mi lado de la cama.

«Bravo, Valentina. Menos mal que este talento tuyo no figura en el currículum, porque, si no, ya estarías de patitas en la calle por tu brillante manera de gestionar las situaciones de crisis».

Se me escapa una carcajada amarga y una señora que pasa empujando un carrito doble con dos niños dormidos me lanza una mirada de reojo, como si tuviera delante a una chalada.

Probablemente lo sea. Una chalada por marcharme.

Por no haberme marchado antes. Por haber permitido que esto llegara tan lejos cuando desde el principio supe que Sofía no era de las de «un rato» y yo no soy de las de «para siempre».

Al menos, eso es lo que no he dejado de repetirme desde mi última relación estable.

Miro el reloj. Todavía falta más de media hora.

Media hora en la que mi cabeza, traicionera como pocas, decide obsequiarme con una sucesión de fotogramas que resumen, uno a uno, todo lo que me enamoró de ella: Sofía mordiéndose el labio inferior cada vez que yo le llevaba la contraria en el restaurante, con los brazos cruzados y esa mirada de «ya hablaremos tú y yo»; Sofía riéndose contra mi cuello mientras bailábamos descalzas en la arena la noche del cumpleaños de Aitana; las dos, enredadas entre las sábanas la primera vez que hicimos el amor, hablando de tonterías hasta que la luz del amanecer nos sorprendió todavía despiertas.

Podría escribirle. Sería sencillo. Cuatro palabras y santas pascuas.

Pero me conozco demasiado bien: si empiezo, no voy a parar.

Y si no paro, acabaré levantándome de esta silla, cancelando el vuelo y regresando al resort como una quinceañera enamorada, algo que, a mis años y con mi historial sentimental, sería sencillamente un despropósito.

—Pasajeros del vuelo IB 2847 con destino Madrid, diríjanse a la puerta B14. En breves momentos comenzará el embarque.

La voz metálica del altavoz me saca de mi ensimismamiento con la misma delicadeza que un jarro de agua fría.

Alzo la vista hacia el panel y confirmo que, efectivamente, es mi vuelo.

Puerta B14. Me pongo en pie y agarro el asa de la maleta, pero no doy ni un paso.

Todavía tengo tiempo de respirar hondo y convencerme de que esto es lo correcto.

Porque lo es, ¿verdad? Sofía tiene veintiocho años y todo un futuro por delante; yo tengo unos cuantos más y un corazón que aprendió hace mucho que, cuanto menos das, menos se rompe cuando te lo arrebatan todo.

No sería justo para ella. No sería justo para ninguna de las dos.

El argumento es impecable. El problema es que ya no me lo creo.

Debería haberle dejado una nota. Al menos eso.

Pero, cuando tuve la ocasión, con el bolígrafo del hotel temblándome entre los dedos, todo lo que se me ocurría sonaba a excusa barata, y Sofía se merece algo más que eso.

Se merece la verdad. Que me da miedo la estabilidad.

Que me da miedo su intensidad, esa forma que tiene de entregarse sin reservas, sin red.

Que anoche, mientras temblaba bajo mi cuerpo, comprendí que ya me había enamorado de ella sin esfuerzo, sin resistencia, con la misma facilidad con la que el agua cala la tierra seca.

Y que esa facilidad, lejos de tranquilizarme, me aterrorizó tanto que lo único que se me ocurrió fue salir corriendo.

—Valentina Romero… eres una cobarde —murmuro entre dientes mientras echo a andar.

Una pareja que arrastra sus maletas en dirección contraria me observa de soslayo, probablemente preguntándose si hablo sola porque estoy loca o porque llevo demasiado café en el cuerpo. Les dedico una media sonrisa de disculpa y sigo mi camino.

Ya frente a la puerta B14, saco el móvil una vez más.

Son las siete en punto; quedan quince minutos para el embarque.

A estas horas, Sofía seguirá dormida, abrazada a la almohada, ajena todavía a que está sola en la cama y a que yo he puesto rumbo a Madrid sin tener el valor de mirarla a la cara y decirle adiós.

Se lo va a tomar fatal. La conozco lo suficiente —aunque solo haya pasado unas semanas a su lado— para saber que no es de las que perdonan con facilidad una huida.

Va a odiarme. Y lo peor de todo es que me lo merezco, porque le he hecho exactamente aquello que juré no hacerle a nadie: desaparecer sin dar explicaciones, dejando tras de mí un hueco vacío y una historia a medias, como una frase a la que le falta el punto final.

La megafonía anuncia por fin el embarque y me pongo a la cola con el resto de pasajeros.

Cuando llega mi turno, entrego la tarjeta de embarque.

El chico del mostrador me sonríe con amabilidad y yo intento devolverle el gesto, aunque por dentro tenga la sensación de estar abandonando algo demasiado importante, algo que quizá no vuelva a encontrar por mucho que sueñe con ello.

Recorro la pasarela con pasos lentos y, justo antes de cruzar la puerta del avión, me concedo un último pensamiento: «Perdóname, Sofía. Ojalá algún día lo entiendas. Aunque ni yo misma termine de entender cómo he sido capaz de hacerte esto».

Me acomodo en mi asiento y apoyo la frente en el cristal frío de la ventanilla.

Fuera, las luces de la ciudad empiezan a desdibujarse bajo la claridad rosada del amanecer, y yo las contemplo con un nudo en la garganta, sabiendo que esto no es una despedida definitiva, sino un paréntesis.

Porque, por mucho que me empeñe en engañarme, esta mentira acabará cayendo por su propio peso y, tarde o temprano, tendré que dar marcha atrás.