Capítulo 9 El antiguo compañero #2
Elena levantó una mano.
—Elena Morales. Abogada. Represento a varios propietarios amenazados por Northstar.
Samuel caminó con dificultad, pero con dignidad.
—Samuel Ortega. Dueño de la cafetería. Abuelo de Olivia Ortega. Y el hombre al que esos supuestos guardias amenazaron por no vender su hogar.
Mateo los miró a ambos.
—No estoy aquí por una disputa de tierras.
Elena se acercó sin miedo.
—Entonces llegó con información incompleta.
Uno de los agentes federales gritó desde la ventana lateral:
—¡Se están acercando!
Mateo respondió:
—¡Mantenga posición!
Después miró a Elena.
—Tiene treinta segundos.
Elena abrió el sobre y sacó solo tres hojas: una copia con el nombre de Halcón Ridge, una conexión indirecta con Northstar y una fotografía borrosa de un documento interno donde aparecía una ruta de pagos.
—David Cross encontró parte de esto antes de ser acusado. Tomás Ortega, el yerno de Samuel, descubrió algo conectado en la mina de Silver Creek antes de morir en un supuesto accidente. Northstar está buscando una prueba escondida bajo esta iglesia.
Mateo tomó las hojas.
Su rostro no cambió al principio.
Luego vio un código de operación en la esquina de una página.
Su mano se tensó.
Elena lo notó.
—Reconoce algo.
Mateo no respondió.
Samuel habló con voz baja:
—Agente Vargas, yo no sé de operaciones federales. No sé de códigos ni contratos. Solo sé que mi yerno murió con miedo, mi nieta fue atacada hoy en esta iglesia y esos hombres quieren una llave que Tomás escondió antes de morir. Si David Cross fuera el monstruo que dicen, ya nos habría abandonado.
Mateo levantó la vista.
—Usted no lo conoce.
Samuel sostuvo su mirada.
—Quizá no. Pero usted sí. Y por eso está tan enojado.
La frase golpeó más fuerte que cualquier acusación.
Mateo dobló lentamente las hojas.
Por un segundo, la iglesia quedó en silencio salvo por el viento y las pisadas afuera.
—David era mi compañero —dijo Mateo al fin—. Yo lo vi sacar niños de una casa tomada por hombres armados. Lo vi quedarse último cuando el techo estaba cayendo. Lo vi cargar a un agente herido durante tres cuadras porque no había ambulancia cerca.
Samuel escuchó sin interrumpir.
—Entonces, cuando el informe dijo que nos vendió, quise no creerlo. Pero los archivos estaban ahí. Las transferencias. Los mensajes. La firma digital. Todo.
Elena habló suavemente:
—Demasiado perfecto.
Mateo la miró.
Esa misma frase había vivido dentro de su cabeza durante meses.
Demasiado perfecto.
Uno de los agentes federales volvió a gritar:
—¡Vienen por la sacristía!
Gabriel se movió hacia la puerta lateral.
Mateo guardó las hojas dentro de su chaqueta.
—La conversación no ha terminado.
—No —dijo Elena—. Apenas empezó.
Abajo, David y Olivia avanzaron hacia el túnel norte.
El canal corría a su lado, oscuro y constante. El sonido del agua ayudaba a ocultar sus pasos, pero también podía ocultar los de Navarro. David caminaba ligeramente agachado, una mano cerca de la pared, los ojos buscando cambios en la textura del suelo.
Olivia iba detrás.
No se quejaba.
No hablaba.
Eso le preocupaba más que si hablara.
—¿Está bien? —susurró David.
—No.
La respuesta fue inmediata.
David casi sonrió.
—Buena respuesta.
—Tengo miedo.
—También es buena respuesta.
—Pero sigo caminando.
—Esa es la mejor.
Olivia respiró hondo. El túnel olía a piedra mojada y metal. Cada sombra parecía moverse. Cada goteo sonaba como un paso.
—¿Mateo era su amigo?
David tardó en responder.
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora vino a arrestarme.
—Eso no responde.
David miró hacia adelante.
—No sé qué es ahora.
Olivia entendió que esa respuesta dolía.
—Mi mejor amiga dejó de hablarme después de que mis padres murieron —dijo ella de pronto.
David no esperaba eso.
—¿Por qué?
—No sabía qué decir. Yo tampoco. Al principio me enojé. Después entendí que algunas personas no saben quedarse cerca del dolor.
David guardó silencio.
Olivia continuó:
—Tal vez su amigo no supo quedarse cerca de la duda.
Aquello fue tan simple y tan exacto que David sintió un peso viejo moverse dentro de él.
—Tal vez.
Una sombra cruzó al fondo del túnel.
David tomó a Olivia del brazo y la bajó detrás de una formación de piedra.
Algo metálico golpeó la pared donde ella había estado un segundo antes.
No era una bala.
Era un gancho pequeño, unido a un cable.
Navarro estaba intentando activar algo.
David iluminó apenas el suelo.
Un cable delgado cruzaba el túnel a la altura del tobillo, casi invisible junto al agua. Si hubieran dado tres pasos más, lo habrían pisado.
—Trampa —susurró.
Olivia se quedó helada.
—¿Qué hace?
David siguió el cable con la luz, muy breve, apenas un parpadeo.
El cable conectaba con una pila de piedras sueltas en el muro derecho. No era explosivo. Era peor en aquel túnel viejo: un derrumbe controlado. No los mataría necesariamente, pero podía separarlos del resto o bloquear el regreso.
Navarro habló desde la oscuridad:
—Siempre tan atento, Cross. Por eso eligieron culparte. Los hombres competentes dan mejores villanos.
David no respondió.
Cortó el cable con la navaja multiusos, despacio, evitando tensión brusca. Las piedras crujieron, pero no cayeron.
Olivia exhaló.
David levantó dos dedos: silencio.
Siguieron.
Arriba, la puerta lateral de la iglesia estalló hacia dentro.
No por completo. Los hombres de Valdés usaron una herramienta hidráulica para forzar el marco. Gabriel y uno de los agentes federales empujaron un banco contra la entrada para bloquearlos.
—¡Atrás! —gritó Mateo—. ¡Agentes federales dentro!
La respuesta fue una voz conocida.
César Valdés.
—Agente Vargas, está interfiriendo con una operación de seguridad privada durante una emergencia. David Cross es peligroso y manipula civiles. Entréguelo y todo esto termina.
Mateo se acercó a la puerta lateral sin ponerse en línea directa.
—Señor Valdés, si vuelve a tocar esa puerta, lo arresto.
Hubo una pausa.
Luego Valdés rió suavemente.
—¿Con qué autoridad? ¿Con dos agentes y un sheriff local que ya perdió el control de su pueblo?
Mateo miró a Gabriel.
Gabriel no bajó la mirada.
—Con la autoridad suficiente —respondió Mateo.
Valdés cambió de tono.
—No sea ingenuo. Cross traicionó a su equipo. Usted lo sabe mejor que nadie.
Mateo sostuvo las hojas dentro de su chaqueta como si quemaran.
—Sé lo que dice el informe.
—Entonces actúe como agente federal.
Samuel, sentado en un banco, habló antes que Mateo.
—Actuar como hombre también cuenta.
Mateo miró al anciano.
La frase se le quedó encima.
Valdés dio otra orden afuera. Los hombres volvieron a empujar.
El banco se movió unos centímetros.
Tomás Ruiz, a pesar del dolor, corrió a ayudar.
Andrés también.
Elena tomó una linterna pesada y se colocó junto a Samuel.
Mateo levantó la radio.
—A todas las unidades, aquí agente especial Vargas. Situación activa en iglesia de San Miguel, Silver Creek. Personal armado de seguridad privada interfiriendo con investigación federal. Se requiere apoyo inmediato cuando el clima permita acceso. Registro de transmisión abierto.
Valdés escuchó aquello desde afuera.
Y por primera vez, su silencio sonó como preocupación.
Mateo había hecho algo importante.
Había creado registro.
La oscuridad donde vivía Northstar odiaba los registros.
Abajo, David y Olivia llegaron a una segunda puerta.
No era metálica como la primera. Era de madera reforzada con bandas de hierro, encajada en piedra. Sobre ella había una inscripción casi borrada:
Drenaje Norte.
Debajo, alguien había tallado una pequeña cruz y las iniciales T.O.
Tomás Ortega.
Olivia se acercó lentamente.
—Mi papá estuvo aquí.
David revisó el marco.
—Sí.
—¿Cree que dejó la prueba detrás?
—Creo que dejó algo.
Olivia sacó la llave, pero David la detuvo.
—Espere.
—¿Otra trampa?
—Quizá.
David se agachó y revisó el suelo. Había marcas recientes. Navarro había pasado por allí, pero no había abierto la puerta. Las huellas iban hasta la cerradura y luego retrocedían.
—No pudo entrar —dijo.
Olivia tragó saliva.
—Entonces sí es esta.
David miró hacia el túnel de regreso.
Arriba, los golpes continuaban, más lejanos pero audibles. La piedra llevaba el sonido como un hueso.
—Rápido.
Olivia insertó la llave.
Esta vez entró sin resistencia.
Giró.
La puerta no se abrió.
David frunció el ceño.
—Otra vez.
Olivia lo intentó.
Nada.
Navarro habló desde algún punto detrás de ellos.
—Tomás era más inteligente de lo que parecía. Una llave para abrir el camino. Otra para abrir la verdad.
David se volvió.
La voz estaba más cerca.
Olivia miró la puerta, desesperada.
—No tenemos otra llave.
David enfocó la linterna sobre las iniciales T.O. Luego sobre la pequeña cruz tallada. Algo no encajaba. Tomás había dejado la llave para su familia. Si había una segunda llave, también habría dejado una pista.
La prueba está donde el agua no se congela.
David miró el canal.
El agua corría junto al muro, pasando bajo la puerta por una abertura estrecha. Donde el agua tocaba la piedra, no había hielo. Pero tampoco había musgo. Alguien había limpiado esa zona años atrás.
Se arrodilló y metió la mano en el agua.
El frío le mordió los dedos.
Buscó debajo del borde de piedra.
Nada.
Más adentro.
Sus dedos tocaron metal.
Sacó una pequeña pieza cilíndrica, cubierta de lodo.
No era una llave.
Era una cápsula.
Olivia se agachó a su lado.
—¿Qué es?
David la limpió con la manga. La cápsula tenía una rosca simple. La abrió con cuidado.
Dentro había un papel enrollado, protegido por plástico, y una pequeña tarjeta metálica antigua.
Una tarjeta de acceso industrial.
Olivia leyó el papel con voz temblorosa.
—“Clara, si llegaste hasta aquí, no abras sola. El agua guarda la segunda llave. La puerta necesita memoria y sangre.”
David se quedó inmóvil.
—Memoria y sangre —repitió Olivia—. ¿Qué significa?
David miró la tarjeta.
En un lado estaba grabado un número.
En el otro, una palabra:
OLIVIA.
La joven dejó de respirar por un segundo.
—Mi nombre.
David examinó la puerta. Junto a la cerradura antigua había una placa metálica mucho más nueva, oculta bajo suciedad. No era visible a simple vista. Un lector industrial viejo.
—Tu padre modificó la puerta.