A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 9 El antiguo compañero #3
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Capítulo 9 El antiguo compañero #3

Olivia miró la tarjeta.

—Para mí.

—Sí.

—Pero yo era una niña.

—Por eso nadie pensaría que tú eras la clave.

Navarro apareció al fondo del túnel.

Ahora sí visible.

Tenía una herida en la frente, una linterna en una mano y un arma en la otra. No apuntó a David. Apuntó al canal, cerca de Olivia.

—Muy conmovedor —dijo—. Ahora deje la tarjeta en el suelo.

David se puso de pie lentamente.

—No.

Navarro sonrió.

—Sigue creyendo que puede salvar a todos. Esa fue siempre su debilidad.

Olivia sostuvo la tarjeta contra su pecho.

David se movió un paso, colocándose entre ella y Navarro.

—Usted no me conoce.

—Lo suficiente. El agente Vargas habló mucho de usted cuando pensaba que nadie escuchaba. Su culpa, su rabia, su necesidad de encontrarlo. Los amigos rotos son herramientas muy útiles.

David sintió que la frase se clavaba hondo.

—¿Ustedes lo guiaron hasta aquí?

—Le dejamos migas. Los hombres justos siempre creen que están siguiendo su propio juicio.

La voz de Mateo llegó desde atrás:

—Algunos sí.

Navarro giró.

Mateo Vargas estaba en el túnel, arma en mano, acompañado por Gabriel. Ambos apuntaban a Navarro.

David se quedó quieto.

Por primera vez en ocho meses, los dos antiguos compañeros se miraron.

No había abrazo.

No había alivio.

Solo una distancia llena de muertos, informes, dudas y cosas que ninguno había sabido decir.

Mateo habló sin apartar el arma de Navarro.

—Baje el arma.

Navarro sonrió.

—Agente Vargas. Llegó justo a tiempo para ver cómo Cross vuelve a manipular una escena.

Mateo dio un paso.

—Última advertencia.

Navarro levantó lentamente las manos.

Pero no soltó el arma.

David lo vio.

Mateo también.

Navarro giró el cañón hacia Olivia.

Mateo disparó primero.

No al pecho.

Al brazo.

El arma de Navarro cayó al canal y desapareció con un sonido metálico bajo el agua. Navarro gritó, retrocedió y tropezó contra la pared. Gabriel corrió a inmovilizarlo.

David se quedó mirando a Mateo.

El disparo seguía resonando en el túnel.

Olivia temblaba, pero estaba de pie.

Mateo bajó apenas el arma.

—Siempre fuiste malo obedeciendo órdenes.

David respondió con voz seca:

—Tú siempre llegabas tarde.

Durante un segundo, algo parecido a una sonrisa quiso aparecer en el rostro de Mateo.

No llegó.

Había demasiada historia entre ellos.

Gabriel sujetó a Navarro con esposas.

—Ahora sí se queda.

Navarro respiraba con dificultad, pero todavía logró hablar:

—Ustedes no entienden. Valdés no es la cima. Northstar tampoco. Esto no termina con una puerta.

David se acercó a él.

—Entonces empezaremos con una puerta.

Mateo miró la tarjeta en la mano de Olivia.

—¿Qué es eso?

Olivia sostuvo su mirada.

—Algo que mi padre dejó para mí.

Mateo la observó. En su rostro pasó una sombra de vergüenza. Quizá acababa de entender que su persecución no había llegado a un escondite de fugitivo, sino al centro de una familia rota.

—Lo siento —dijo.

Olivia no sabía si hablaba por apuntar, por llegar, por creer en los informes o por todo a la vez.

—Entonces ayude —respondió ella.

Mateo aceptó el golpe con un asentimiento.

Arriba, los golpes en la iglesia continuaban.

La voz de Elena llegó por radio:

—Gabriel, no aguantarán mucho más. Valdés está amenazando con entrar por orden de emergencia.

Gabriel respondió:

—Estamos abajo. Tenemos a Navarro detenido.

La voz de Elena cambió.

—¿Y David?

Mateo miró a David.

David sostuvo la mirada.

Gabriel respondió:

—Con nosotros.

Elena entendió que algo había cambiado, pero no preguntó.

David señaló la puerta.

—Olivia, la tarjeta.

Mateo se interpuso ligeramente.

—Después de abrir esa puerta, Cross viene conmigo.

El túnel quedó en silencio.

David no reaccionó.

Olivia sí.

—¿Está bromeando?

Mateo la miró.

—No.

—Él nos está ayudando.

—Y aun así tiene una orden federal encima.

Samuel apareció desde el túnel de regreso, apoyado en Elena. Había bajado a pesar de todo, lento pero decidido.

—Agente Vargas —dijo—, a veces la ley llega tarde a la justicia. No la haga llegar estorbando.

Mateo cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, miró a David.

—No estoy diciendo que sea culpable.

David respondió:

—Tampoco está diciendo que soy inocente.

—No puedo.

—Lo sé.

La honestidad dolió menos que la mentira.

Mateo bajó un poco la voz.

—Pero puedo decir esto: hasta que salgamos de aquí, nadie toca a esta gente. Ni Valdés, ni Navarro, ni tú si intentas huir con pruebas.

David sostuvo su mirada.

—No voy a huir.

Mateo casi se rió.

—Eso dijiste una vez.

David recordó la noche en que escapó de custodia, herido, perseguido, convencido de que si se quedaba moriría en una celda antes de poder demostrar nada.

—Aquella vez tenía que hacerlo.

—¿Y ahora?

David miró a Olivia, a Samuel, a Elena, a Gabriel. Luego a la puerta que Tomás había protegido con la paciencia de un padre.

—Ahora tengo que quedarme.

Mateo no respondió.

Pero algo en sus ojos cambió.

No confianza.

Todavía no.

Pero sí duda.

Y a veces la duda era el primer lugar donde la verdad podía respirar.

Olivia acercó la tarjeta al lector.

Una luz débil, casi muerta, parpadeó bajo la suciedad.

Roja.

Luego amarilla.

Después verde.

La cerradura interna hizo un sonido profundo.

La puerta se abrió un centímetro.

El aire que salió no era frío.

Era tibio.

Y olía a metal, polvo seco y electricidad antigua.

David empujó la puerta lentamente.

Detrás no había un túnel vacío.

Había una pequeña cámara de mantenimiento.

En una mesa oxidada descansaban cajas selladas, una grabadora vieja, carpetas protegidas con plástico y varios discos duros industriales.

En la pared del fondo, Tomás Ortega había escrito con pintura blanca:

“SI ESTÁS LEYENDO ESTO, NO FUE UN ACCIDENTE.”

Olivia se cubrió la boca con ambas manos.

Samuel dejó escapar un sonido roto.

Elena entró primero, casi sin respirar.

Mateo bajó el arma.

David miró las pruebas.

Allí estaba.

La voz de un hombre muerto.

La memoria de una familia.

Y quizá la primera pieza real para desmontar la mentira que lo había convertido en fugitivo.

Pero antes de que nadie pudiera tocar nada, la radio de Mateo crujió.

Una voz desconocida habló en frecuencia federal.

—Agente Vargas, orden directa de mando regional. Detenga a David Cross y asegure todo material encontrado. No entregue evidencia a autoridades locales. Repito: no entregue evidencia a autoridades locales.

Mateo se quedó inmóvil.

David lo miró.

Gabriel también.

Elena entendió primero.

—Su mando está comprometido.

La radio volvió a sonar.

—Agente Vargas, confirme recepción.

Mateo sostuvo la radio en la mano.

Todo el túnel pareció esperar su respuesta.

Afuera, Valdés golpeaba las puertas de la iglesia.

Abajo, las pruebas estaban al alcance de la mano.

Frente a David, su antiguo compañero tenía que elegir entre obedecer una orden y mirar por fin la verdad.

Mateo levantó la radio lentamente.

Apretó el botón.

—Aquí Vargas.

Hizo una pausa.

Sus ojos no dejaron los de David.

—Recepción defectuosa por tormenta. Repita transmisión.

Luego apagó la radio.

David no sonrió.

Mateo tampoco.

Pero los dos entendieron.

Por primera vez en ocho meses, Mateo Vargas había dejado de perseguir a David Cross.

Y había empezado a perseguir la misma verdad.