A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 9 El antiguo compañero
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Capítulo 9 El antiguo compañero

El primer golpe contra la puerta principal de San Miguel hizo temblar los vitrales.

El segundo fue más fuerte.

El tercero no llegó.

En su lugar, una voz gritó desde afuera:

—¡Oficina federal! ¡Abran la puerta!

Gabriel Ríos se quedó inmóvil al pie de las escaleras del sótano.

Durante un segundo, creyó haber escuchado mal. La tormenta deformaba los sonidos, los estiraba, los rompía contra la piedra de la iglesia. Pero la voz volvió a sonar, más clara, más firme.

—¡Soy el agente especial Mateo Vargas! ¡Busco a David Cross!

Abajo, en la cámara subterránea, David levantó la cabeza.

El nombre le llegó como un golpe antiguo.

Mateo Vargas.

Por un instante, la oscuridad del túnel desapareció y David volvió a estar en otro lugar: pasillos de entrenamiento, radios encendidas, puertas derribadas en simulacros, noches largas revisando mapas junto a un hombre que conocía sus silencios mejor que nadie.

Mateo había sido su compañero.

Su hermano de equipo.

Y después, el hombre que juró encontrarlo.

Olivia notó el cambio en su rostro.

—¿Lo conoce?

David no respondió enseguida.

Desde el túnel norte, la voz de Navarro seguía oculta en la oscuridad, esperando, disfrutando de la confusión.

Samuel sostuvo la linterna con fuerza.

—David.

Él respiró despacio.

—Sí. Lo conozco.

Elena lo miró con preocupación.

—¿Es de confianza?

David miró hacia las escaleras, luego hacia el túnel donde Navarro aguardaba.

—Antes lo era.

Arriba, Gabriel subió los últimos escalones y se acercó a la puerta principal de la iglesia. Tomás y Andrés Ruiz estaban a ambos lados, usando bancos como protección improvisada. La madera de la puerta tenía marcas recientes de golpes.

—Identifíquese otra vez —ordenó Gabriel.

La voz respondió sin dudar:

—Agente especial Mateo Vargas. FBI. Vengo con orden de detención contra David Cross. Sheriff, abra la puerta y mantenga las manos visibles.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Estamos en medio de una emergencia local.

—Lo sé. Y también sé que Cross está aquí.

Desde una ventana lateral, Gabriel vio sombras moviéndose entre la nieve.

Había dos vehículos afuera. Uno no era de Valdés.

Era una camioneta federal sin marcas visibles, cubierta de hielo y barro del camino.

Junto a ella había un hombre alto, con chaqueta oscura, gorro de lana y una placa colgando del cuello.

No parecía un mercenario.

Tampoco parecía alguien dispuesto a irse.

Detrás de él, más lejos, una camioneta negra de Valdés esperaba con las luces encendidas.

Gabriel entendió el problema.

Mateo Vargas había llegado por David.

Pero Valdés también estaba allí.

Y cada uno creía estar usando al otro.

—¿Está solo? —preguntó Gabriel.

—Tengo dos agentes conmigo. Y a varios hombres armados no identificados demasiado cerca de esta iglesia.

—Son de Northstar.

—Entonces tenemos un problema común. Abra la puerta.

Gabriel miró hacia las escaleras del sótano.

David no estaba allí para decirle qué hacer.

Pero quizá esa era la clase de momento en que uno debía decidir sin esconderse detrás de otro hombre.

—Ruiz —susurró—. Si los hombres de Valdés se mueven, avisen por radio.

Andrés tragó saliva.

—¿Y si se mueven rápido?

—Entonces griten.

Gabriel retiró el cerrojo y abrió la puerta apenas.

El viento entró primero, cargado de nieve.

Después entró Mateo Vargas.

Era un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros, rostro moreno, barba corta y ojos oscuros que parecían no haber dormido en días. Llevaba una pistola baja, apuntando al suelo, pero lista. Detrás de él entraron dos agentes, ambos tensos, mirando las ventanas y los bancos.

Mateo enseñó su placa.

—Sheriff Ríos.

—Agente Vargas.

Mateo no perdió tiempo.

—¿Dónde está Cross?

Gabriel cerró la puerta rápidamente.

—Antes de hablar de eso, debe saber que Northstar ha atacado a civiles, intentó secuestrar a una menor y tiene personal armado rodeando la iglesia.

Mateo lo miró con dureza.

—Y usted debe saber que David Cross está acusado de traición, manipulación de pruebas, fuga federal y responsabilidad directa en la muerte de dos agentes.

Tomás Ruiz, desde un costado, murmuró:

—Pues para ser tan malo, hace un rato me salvó la vida.

Mateo giró hacia él.

—¿Quién es usted?

—Un ferretero con dolor de costillas.

Andrés levantó la mano.

—Yo soy el hermano del ferretero. También con miedo, por si sirve de algo.

Uno de los agentes federales les apuntó con la linterna.

Gabriel dio un paso al frente.

—Bajen esas luces.

Mateo levantó una mano y los agentes obedecieron, aunque de mala gana.

—Sheriff, no tengo tiempo para explicarle ocho meses de investigación.

—Y yo no tengo tiempo para que entre aquí creyendo que este pueblo es una nota al pie en su caso.

Mateo lo sostuvo con la mirada.

Durante un momento, ambos hombres se midieron. No por orgullo. Por responsabilidad. Cada uno cargaba una versión distinta de la verdad y ninguna cabía completa en aquella iglesia fría.

Abajo, David escuchaba cada palabra.

La voz de Mateo no había cambiado tanto. Seguía siendo firme, controlada, con esa autoridad natural que hacía que la gente lo siguiera en una crisis. Pero debajo había cansancio. Y dolor.

David no necesitaba verlo para saberlo.

Él mismo llevaba el mismo cansancio en la sangre.

Navarro volvió a hablar desde el túnel norte.

—Qué reunión tan interesante. El fugitivo, la familia del muerto, el sheriff arrepentido y ahora el viejo amigo.

Olivia apretó la llave contra su pecho.

—Está intentando dividirnos.

David asintió.

—Sí.

Samuel miró hacia la oscuridad.

—¿Y qué hacemos?

David apagó su linterna.

—No le damos lo que quiere.

Elena susurró:

—¿Que sería?

—Pánico.

David avanzó un paso hacia el túnel norte.

—Navarro, si quería irse, ya tuvo oportunidad.

La voz respondió desde otro punto, más a la derecha.

—¿Irme? No, Cross. Yo vine a cerrar una historia.

—La de Tomás Ortega.

—La de todos ustedes.

Una piedra cayó desde el techo del túnel, no muy lejos. Olivia se sobresaltó. Samuel la acercó a él.

David levantó la mano pidiendo silencio.

Navarro se estaba moviendo.

No mucho.

Lo suficiente para que su voz cambiara de lugar.

David miró el suelo con la linterna apagada. En la oscuridad, sus ojos no veían claramente, pero sus oídos dibujaban el espacio. Agua corriendo. Respiración de Samuel. Tela rozando el maletín de Elena. Un pequeño goteo al norte. Y algo más.

Metal contra piedra.

Navarro no estaba solo.

Arriba, Mateo se acercó a las escaleras del sótano.

—Está abajo, ¿verdad?

Gabriel no contestó.

Mateo lo tomó como respuesta.

—Escuche, sheriff. David no es un vecino perdido. Es un operador entrenado. Si cree que lo está ayudando, quizá solo está usando su pueblo para escapar.

Gabriel bajó la voz.

—Hace una hora desarmó a cuatro hombres de Valdés sin matar a nadie y trajo vivos a dos civiles que ustedes no sabían que estaban en peligro.

Mateo se quedó quieto.

Esa información lo golpeó, aunque intentó ocultarlo.

—Eso no borra lo que hizo.

—¿Y si no lo hizo?

Uno de los agentes federales miró a Mateo, incómodo.

Mateo no respondió enseguida.

Había escuchado esa pregunta demasiadas veces en su propia cabeza. Pero una cosa era oírla en la soledad de una habitación de motel, revisando archivos hasta el amanecer. Otra cosa era escucharla de un sheriff de pueblo, con nieve en las botas y gente asustada detrás de los bancos de una iglesia.

—Yo vi las pruebas —dijo al fin.

Gabriel lo miró con una tristeza cansada.

—Yo también vi pruebas contra gente inocente. Algunas venían impresas con sellos muy bonitos.

Mateo dio un paso hacia las escaleras.

—No me detenga.

—No lo haré.

—¿Entonces?

Gabriel señaló hacia la puerta principal.

—Pero si baja solo para arrestarlo, deja esta iglesia en manos de Valdés.

Afuera, un golpe seco sonó contra una de las ventanas laterales.

Uno de los agentes gritó:

—¡Movimiento a la izquierda!

Gabriel corrió hacia la ventana. Vio a dos hombres de Northstar cruzando entre la nieve, intentando rodear la iglesia hacia la sacristía.

Mateo los vio también.

Por primera vez desde que entró, su caso federal chocó con la realidad del pueblo.

—Sánchez —ordenó a uno de sus agentes—, cubra la puerta lateral. Reed, ventanas del frente. Nadie dispara si no hay amenaza clara.

Los agentes se movieron.

Gabriel levantó la radio.

—Inés, Valdés está rodeando San Miguel. Mantengan a todos adentro.

La voz de Inés llegó entre estática.

—Ya lo sabemos. Los niños están abajo. Los Ruiz chicos están conmigo. Nadie sale.

Mateo lo miró.

—¿Está coordinando civiles?

—Estoy evitando que los maten.

Mateo no tuvo respuesta para eso.

Abajo, David escuchó la actividad sobre ellos.

La situación se cerraba.

Navarro abajo.

Valdés arriba.

Mateo entre ambos.

David habló sin girarse.

—Elena, necesito que usted suba.

—No.

—Sí.

—Si encontramos pruebas legales, me necesita aquí.

—Si Mateo baja sin entender nada, nos detendrá antes de llegar a ellas. Usted puede explicarle lo que tenemos.

Elena dudó.

David sacó de su mochila el sobre con sus documentos y se lo entregó.

—No se lo dé completo. Muéstrele suficiente para que dude.

Elena tomó el sobre.

—¿Y si no duda?

David miró hacia la oscuridad donde Navarro se movía.

—Entonces tendremos otro problema.

Samuel habló:

—Yo subo con ella.

Olivia lo miró.

—Abuelo.

Samuel le acarició la mejilla.

—Tu padre dejó la llave para ti. Yo ya he caminado suficiente por hoy.

—No digas eso.

—Digo que mi lugar ahora es arriba. Alguien tiene que recordarle a ese agente que los papeles pueden mentir, pero la gente también puede decir la verdad.

David asintió.

—Vayan. Pero no abran la puerta principal.

Samuel y Elena regresaron hacia las escaleras.

Olivia quiso seguirlos con la mirada hasta que desaparecieron, pero David le habló bajo:

—Olivia.

Ella volvió hacia él.

—Sí.

—Desde ahora, cada paso cuenta. Si digo que se agache, se agacha. Si digo que corra, corre. Si digo que suelte la llave, no discute.

Ella tragó saliva.

—¿Va a pedirme que la suelte?

—Espero que no.

Olivia asintió.

La oscuridad del túnel norte parecía más grande que antes.

Arriba, Elena apareció en la nave principal con Samuel. Mateo giró al verlos.

—¿Quiénes son?