Capítulo 8 Cazadores en la montaña blanca #3
—Lo sé ahora.
Olivia se sentó junto a él.
Samuel tomó su mano.
—Tu padre no era perfecto. Ningún hombre lo es. Pero era bueno. Y si dejó esa llave, no fue para ponerte en peligro. Fue porque confiaba en que, algún día, la verdad encontraría manos limpias.
Olivia miró sus dedos alrededor del pañuelo donde guardaba la llave.
—¿Y si mis manos tiemblan?
Samuel sonrió.
—Las manos limpias también tiemblan.
Antes de que ella pudiera responder, la radio de Gabriel crujió.
—San Miguel, aquí Cross.
Todos se levantaron casi al mismo tiempo.
Gabriel tomó la radio.
—Lo escucho.
—Tengo a los Ruiz. Vivos. Entraremos por el canal en dirección a la cámara subterránea.
Olivia cerró los ojos de alivio.
Gabriel respiró por primera vez en varios minutos.
—¿Perseguidores?
—Cuatro fuera de combate, no letal. Otra camioneta en movimiento. Valdés sabe que el señuelo falló.
Elena miró hacia la puerta.
—Entonces vendrán aquí.
La voz de David continuó:
—No todos. Valdés tendrá que dividirse. Esa es nuestra oportunidad.
Gabriel respondió:
—La puerta metálica está cerrada. Estamos arriba.
—Bajen a la primera cámara. Necesitamos abrir la ruta hacia el norte antes de que Navarro la selle desde el otro lado.
Samuel se puso de pie.
—Vamos.
Olivia ya tenía la llave en la mano.
Bajaron al sótano una vez más.
Esta vez, el miedo no era menor.
Pero era distinto.
Antes, bajaban a ciegas.
Ahora sabían que el túnel no era solo pasado. Era un camino vivo, conectado con la montaña, con la mina, con la verdad y con los hombres que harían cualquier cosa para enterrarla.
La puerta metálica se abrió de nuevo.
Al llegar a la cámara del agua, escucharon pasos desde el canal.
David apareció primero, cubierto de nieve, con el rostro marcado por el frío. Detrás de él venían Tomás y Andrés Ruiz. Tomás caminaba encorvado, pero caminaba. Andrés llevaba una linterna y una expresión entre terror y orgullo.
Olivia sintió una alegría breve.
Luego vio la mirada de David.
No había terminado.
—¿Está herido? —preguntó Elena.
—No de gravedad —respondió David.
Tomás Ruiz levantó una mano.
—Yo sí acepto dramatismo médico. Me golpearon, me congelé y casi me muero en mi propia camioneta.
Inés habría sonreído si hubiera estado allí.
Samuel se acercó y abrazó a los dos hermanos.
—Gracias.
Andrés negó con la cabeza.
—No, don Samuel. Ya era hora de hacer algo útil con esa camioneta.
David fue hacia la bifurcación norte.
El aire que venía de allí era más denso. Olía a metal, roca mojada y algo más.
Aceite.
Actividad reciente.
Gabriel se puso a su lado.
—Ese camino va hacia la mina.
—Sí.
Olivia levantó la llave.
—¿Y la prueba?
David iluminó las paredes.
Había marcas antiguas, pero también señales nuevas: cables sujetos con grapas, cinta reflectante cortada, barro removido por botas modernas.
—Tomás no dejó la prueba en la iglesia —dijo David—. La iglesia era la puerta. La prueba está más adelante.
Elena leyó otra vez la nota.
—“Donde el agua no se congela.”
David señaló el canal.
—El agua viene de la montaña. Si seguimos su curso hacia arriba, encontraremos lo que Tomás quiso señalar.
Un ruido llegó desde el túnel norte.
Leve.
Metálico.
Todos se quedaron quietos.
Luego una voz habló desde la oscuridad.
—No deberían haber abierto esa puerta.
Navarro.
Olivia sintió que Samuel la acercaba hacia él.
David levantó la linterna, pero no iluminó directamente el túnel. No iba a regalar su posición.
—Navarro —dijo.
La voz respondió con calma.
—Cross. Siempre entrando donde nadie lo invita.
—Usted escapó sangrando. Mala idea volver tan pronto.
—No volví. Nunca me fui.
Elena sintió un escalofrío.
Navarro estaba en algún punto del túnel norte, quizá solo, quizá no.
David habló bajo, sin apartar la vista de la oscuridad:
—Gabriel, saque a los Ruiz y a Samuel hacia la iglesia.
Samuel protestó:
—No.
David no lo miró.
—Ahora no es debate.
Navarro soltó una risa desde la sombra.
—Escúchelo, Samuel. Él sabe reconocer cuándo una familia está a punto de perderlo todo.
David se quedó muy quieto.
La frase no era casual.
Navarro sabía dónde golpear.
Olivia levantó la voz.
—Mi familia no le pertenece.
El silencio que siguió fue breve.
Luego Navarro respondió:
—No, niña. Pero la historia de tu familia está debajo de nuestros pies. Y la historia siempre pertenece al que sobrevive para contarla.
David apagó la linterna.
La oscuridad los cubrió.
—Entonces será mejor que empecemos a sobrevivir —dijo.
En ese instante, desde la iglesia arriba, sonó un golpe fuerte contra la puerta principal.
Después otro.
Gabriel levantó la radio.
La voz de Inés llegó rota por la estática:
—Sheriff, hombres de Valdés van hacia San Miguel. Tres, quizá cuatro. La camioneta restante está frente a la iglesia.
Valdés había dejado de esconder sus movimientos.
La cacería se había dividido.
Un grupo arriba.
Navarro abajo.
La montaña blanca había enviado a sus cazadores por todos los caminos.
David miró a Olivia, a Samuel, a Elena, a Gabriel y a los Ruiz.
No podía protegerlos a todos quedándose en un solo lugar.
Pero podía hacer que los cazadores entraran en el terreno equivocado.
Tomó la radio de Gabriel.
—Inés, apague las luces de la farmacia. Ruiz, avise a todos: nadie abre puertas. Nadie sale solo. Si oyen tres golpes rápidos y uno lento, es de los nuestros. Cualquier otro golpe, silencio.
Inés respondió:
—Entendido.
David miró a Gabriel.
—Arriba es suyo.
Gabriel asintió.
—Y abajo es suyo.
Olivia dio un paso hacia David.
—No. Abajo es nuestro.
David sostuvo su mirada.
La joven no retrocedió.
Por primera vez, él no vio solo a alguien que debía proteger.
Vio a alguien que también podía sostener una parte de la verdad.
—Entonces manténgase cerca —dijo.
Olivia asintió.
Samuel respiró hondo y levantó su linterna.
—Tomás encontró este camino. No pienso dejar que su hija lo camine sola.
Elena cerró su maletín con documentos contra el pecho.
—Y si encontramos pruebas, alguien tendrá que entenderlas antes de que Valdés las destruya.
Gabriel miró a todos, luego hacia los escalones del sótano.
—Que Dios nos ayude.
David no dijo nada.
Pero en silencio, por primera vez en muchos meses, también pidió ayuda.
Arriba, la puerta de San Miguel tembló bajo otro golpe.
Abajo, Navarro esperaba en la oscuridad.
Y más allá, bajo la montaña blanca, el agua seguía corriendo donde el hielo no podía tocarla.