A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 8 Cazadores en la montaña blanca #2
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Capítulo 8 Cazadores en la montaña blanca #2

El túnel desembocó en una cámara baja de piedra. En el centro, un canal estrecho llevaba agua oscura desde la montaña hacia el sur. Vapor leve subía de la superficie.

Olivia se agachó.

—No está congelada.

David enfocó la linterna.

Junto al canal había marcas recientes de botas. Una de ellas tenía arrastre en el pie derecho.

Navarro.

Samuel señaló una pared.

—Allí.

Había tres caminos.

Uno seguía hacia el norte, probablemente hacia la mina.

Otro bajaba junto al canal.

El tercero subía por unos escalones de piedra casi ocultos.

David revisó el aire.

El camino norte olía a metal y polvo.

El del canal, a agua fresca.

El de los escalones, a viento.

—Ese sube —dijo.

Gabriel se acercó.

—Puede llevar al molino.

La radio crujió otra vez.

—Sheriff —dijo Tomás Ruiz, con voz agitada—. Nos cerraron el paso. Estamos antes del puente. Vamos a abandonar la camioneta.

Se escucharon gritos lejanos, estática y luego nada.

Samuel palideció.

—David.

David ya estaba moviéndose.

—Gabriel, usted lleva a Samuel, Olivia y Elena de vuelta a la iglesia.

Olivia se giró.

—No.

—Sí.

—Dijo que no me dejaría fuera.

—Y no lo hice. Ya abrió la puerta. Ya encontró el camino. Ahora necesito moverme rápido.

—Pero los Ruiz—

—Vivirán más si no tengo que proteger a todos en campo abierto.

La frase fue dura, pero verdadera.

Olivia la sintió como un golpe, aunque entendió.

Samuel tomó su mano.

—Ven.

Ella negó con la cabeza, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas.

—Estoy cansada de volver atrás.

David se acercó a ella.

—Volver atrás no siempre es rendirse. A veces es cuidar la puerta para que otros puedan regresar.

Olivia respiró con dificultad.

—Prometa que no va a desaparecer.

David sostuvo su mirada.

Esta vez no evitó la promesa por completo.

—Volveré con los Ruiz si puedo.

—Eso tampoco sirve.

—Es lo más honesto que tengo.

Olivia reconoció las palabras de su abuelo y, aunque quería enojarse, no pudo.

David miró a Gabriel.

—Cierre la puerta metálica desde dentro cuando lleguen. Nadie entra sin confirmación mía o de usted. Si Navarro aparece, no negocien.

Gabriel asintió.

—¿Y usted?

David miró los escalones que subían hacia la tormenta.

—Yo voy a recordarles que la montaña no les pertenece.

Subió.

Los escalones terminaron en una compuerta de madera hinchada por la humedad. David empujó con el hombro. La madera resistió. Empujó otra vez. Cedió con un crujido y una ola de nieve cayó hacia dentro.

Salió al exterior.

El viento casi lo derribó.

Estaba cerca del viejo canal del molino, al sur del pueblo. La tormenta allí era más fuerte. Los pinos se inclinaban, las ramas crujían bajo el hielo y el camino apenas se distinguía bajo la nieve. A lo lejos, luces de vehículos parpadeaban entre los árboles.

David cerró la compuerta detrás de él y se agachó.

Escuchó.

Motores.

Voces.

Un golpe metálico.

Luego un disparo al aire.

No para matar.

Para asustar.

Los cazadores de Valdés habían encontrado a los Ruiz.

David avanzó entre los árboles.

La nieve profunda dificultaba cada paso, pero también apagaba el ruido. Se movió usando troncos, rocas y desniveles del terreno. No tenía un arma de fuego. No necesitaba una para lo primero que debía hacer.

Necesitaba confusión.

A unos cien metros, vio la escena.

La camioneta falsa estaba cruzada antes del puente, con una rueda metida en una zanja. Tomás Ruiz y su hermano Andrés estaban detrás del vehículo, manos levantadas. Cuatro hombres de Valdés los rodeaban. Dos llevaban armas largas. Uno revisaba la camioneta. El cuarto hablaba por radio.

—El detenido no está aquí —dijo el hombre—. Repito, no está aquí. Fue una distracción.

Desde la radio llegó una voz fría.

Valdés.

—Entonces encuentren lo que estaban protegiendo.

David se colocó detrás de un pino caído.

Los Ruiz estaban vivos.

Por ahora.

El hombre de la radio levantó la voz.

—¿Dónde está Cross?

Tomás Ruiz escupió nieve a un lado.

—¿Quién?

El hombre le golpeó el estómago con la culata. Tomás cayó de rodillas.

David sintió que la rabia intentaba moverse dentro de él.

La contuvo.

Uno.

Dos.

Tres.

No todavía.

Andrés intentó ayudar a su hermano, pero otro hombre lo empujó contra la camioneta.

—Última vez —dijo el jefe del grupo—. ¿Dónde está Cross?

David tomó una piedra del suelo y la lanzó lejos, hacia la izquierda.

Cayó entre unas ramas con un ruido seco.

Los cuatro hombres giraron.

Uno apuntó hacia los árboles.

—Movimiento.

David ya no estaba allí.

Se desplazó hacia el costado derecho, aprovechando el viento. Tomó una cuerda vieja de señalización que colgaba del puente y la ató a baja altura entre dos troncos, justo detrás del hombre más cercano.

Luego silbó.

No fuerte.

Lo suficiente.

El hombre se giró y avanzó tres pasos hacia el sonido. Tropezó con la cuerda y cayó de cara contra la nieve. Antes de que pudiera levantarse, David llegó, lo desarmó y lo dejó inconsciente con un golpe controlado contra el casco.

Los demás escucharon.

—¡Ramos!

David tomó el arma del hombre, retiró el cargador, vació la recámara y la arrojó al canal.

No venía a sumar disparos a la montaña.

El segundo hombre se acercó, nervioso, apuntando a sombras. David lo dejó pasar, salió detrás de él y le golpeó el brazo contra un árbol. El arma cayó. El hombre intentó gritar, pero David lo empujó contra la nieve y le inmovilizó la muñeca.

—Quieto —susurró—. Respira y vivirás.

El hombre obedeció.

Los dos restantes entraron en pánico.

Ese era el problema de los cazadores que solo habían perseguido gente asustada. Cuando la montaña les devolvía el miedo, se volvían torpes.

El jefe del grupo agarró a Tomás Ruiz y le puso un arma contra la espalda.

—¡Cross! ¡Sal o lo abro aquí mismo!

David se detuvo detrás de un tronco.

Andrés gritó:

—¡Déjalo!

El jefe levantó a Tomás por la chaqueta.

—¡Te estoy hablando, Cross!

El viento golpeó los árboles.

La nieve giró entre ellos.

David miró el terreno.

El puente viejo estaba cubierto de hielo. Bajo la madera, el canal corría rápido, oscuro, sin congelarse. A la derecha, una pendiente baja descendía hacia el agua. A la izquierda, había un árbol partido con ramas pesadas cargadas de nieve.

David salió con las manos visibles.

—Aquí estoy.

El jefe giró hacia él, manteniendo a Tomás como escudo.

—De rodillas.

David no obedeció.

—Suelte al hombre.

—¿Cree que está negociando?

—No. Estoy explicando la única forma en que sale caminando.

El hombre rió, pero la risa sonó nerviosa.

—Usted está solo.

David miró los árboles.

—Eso le dijeron.

Un ruido surgió detrás del jefe.

Andrés Ruiz, todavía contra la camioneta, había logrado tomar la llave inglesa que escondía bajo su abrigo. La lanzó hacia el árbol partido, no hacia el hombre. La herramienta golpeó una rama cargada de nieve.

La rama se sacudió.

Una masa blanca cayó justo entre el jefe y Tomás.

No era peligrosa por sí sola, pero bastó para taparle la vista.

Tomás se lanzó al suelo.

David corrió.

El jefe disparó una vez.

La bala se perdió en la tormenta.

David chocó contra él, desvió el arma hacia arriba y lo llevó contra la baranda del puente. El hombre intentó golpearlo con el codo. David absorbió el golpe, giró su brazo y lo desarmó. El arma cayó al hielo y resbaló hasta desaparecer bajo la nieve.

El jefe sacó un cuchillo.

David dio un paso atrás.

No por miedo.

Para hacerlo avanzar.

El hombre atacó con rabia, no con técnica. David esquivó, lo dejó pasar y usó su propio impulso para hacerlo tropezar en el borde helado del puente. El hombre cayó de rodillas, y David lo inmovilizó contra la madera.

—Se acabó.

—Valdés va a—

—Valdés no está aquí.

Lo dejó atado con su propia correa táctica y fue hacia los Ruiz.

Tomás estaba de rodillas, respirando con dificultad.

—¿Puede caminar?

Tomás levantó una mano.

—Si mi orgullo me deja.

Andrés corrió hacia él.

—Hermano, te dije que esta camioneta no servía para operaciones secretas.

Tomás tosió y casi sonrió.

—La camioneta hizo su parte. Tú lanzaste una llave inglesa a un árbol.

—Y funcionó.

David miró hacia el camino.

La segunda camioneta de Valdés estaba dando la vuelta más arriba. Habían oído el disparo.

—Tenemos que irnos.

Andrés señaló el puente.

—La camioneta está atrapada.

—No iremos por el camino.

Tomás miró la nieve.

—¿Entonces por dónde?

David señaló hacia el canal.

—Por abajo.

Los Ruiz se miraron.

—Eso suena terrible —dijo Andrés.

—Lo es —respondió David—. Pero ellos no conocen la salida.

David recogió una radio de uno de los hombres caídos. Ajustó la frecuencia y escuchó.

—Equipo sur, responda. ¿Tienen a Cross?

La voz de Valdés estaba más tensa.

David apretó el botón.

—No.

Hubo silencio.

Luego Valdés respondió:

—Señor Cross.

David caminó hacia la entrada cubierta del canal.

—César Valdés.

—Está cometiendo un error al involucrarse en asuntos que no entiende.

—Entiendo suficiente.

—Usted es un fugitivo. Un hombre sin país, sin placa, sin credibilidad. Nadie creerá su versión.

David miró a Tomás y Andrés entrando por el túnel del canal.

—No necesito que me crean a mí.

—¿Entonces qué necesita?

David observó a los hombres de Valdés desarmados y atados entre la nieve.

—Que empiecen a creerle a Silver Creek.

No esperó respuesta.

Apagó la radio y la rompió contra una roca.

En la iglesia, Olivia caminaba de un lado a otro frente al altar.

Samuel estaba sentado en el primer banco. Elena revisaba sus notas y Gabriel intentaba contactar a David por radio sin éxito.

—No responde —dijo el sheriff.

Olivia se detuvo.

—Eso no significa que algo salió mal.

Nadie respondió.

Porque todos sabían que tampoco significaba que algo salió bien.

Elena se acercó a ella.

—Olivia, respira.

—Estoy respirando.

—No. Estás peleando con el aire.

La joven cerró los ojos, intentó calmarse y falló.

—Odio esperar.

Samuel la miró con ternura.

—Lo heredaste de tu madre.

Olivia abrió los ojos.

—¿Ella también era así?

—Peor. Tu padre era paciente. Clara era fuego. Cuando los dos discutían, la casa parecía tener clima propio.

Olivia sonrió apenas.

—Casi nunca me cuentas esas cosas.

Samuel bajó la mirada.

—A veces pensé que hablar de ellos te haría más daño.

—No hablar también duele.

El anciano asintió lentamente.