A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 8 Cazadores en la montaña blanca
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Capítulo 8 Cazadores en la montaña blanca

La calle principal de Silver Creek estaba casi vacía cuando David Cross salió de la cafetería.

No porque el pueblo estuviera dormido.

Todo lo contrario.

Detrás de cortinas cerradas, ventanas empañadas y puertas reforzadas, la gente observaba.

En la farmacia de Inés Morales, tres familias se acomodaban en el sótano con mantas y termos de sopa caliente.

En la ferretería, los hermanos Ruiz encendían un generador viejo que tosía más que rugía.

En las casas cercanas, vecinos se llamaban unos a otros por radio, con voces bajas y nerviosas.

Silver Creek no tenía ejército.

Pero tenía memoria.

Y esa noche, la memoria del pueblo empezó a despertar.

David caminó junto a Samuel, Olivia, Elena y Gabriel hacia la iglesia de San Miguel.

La nieve caía tan densa que los edificios parecían perder sus bordes.

Todo era blanco, gris y sombras. Las montañas que rodeaban el pueblo habían desaparecido detrás de la tormenta, pero David sabía que seguían allí, enormes, silenciosas, esperando.

Gabriel avanzaba delante, con la mano cerca de la radio.

—El traslado falso saldrá en cinco minutos —dijo.

—¿Quién conduce? —preguntó Elena.

—Tomás Ruiz. Su hermano irá escondido en la parte trasera con una radio. La camioneta tendrá las luces de mi patrulla sujetas al techo. Desde lejos parecerá oficial.

Samuel frunció el ceño.

—No me gusta que los muchachos Ruiz se arriesguen por nosotros.

Gabriel miró al anciano.

—No lo hacen solo por usted. Lo hacen porque Valdés también quiere su ferretería.

Olivia apretó la llave bajo su abrigo. Desde que David se la había entregado, sentía el pequeño metal como si pesara mucho más de lo que debía. No era solo una llave. Era la mano de su padre extendiéndose desde el pasado, pidiéndole que no dejara morir la verdad.

—¿Y Ramiro? —preguntó.

—Sigue encerrado —respondió Gabriel—. Pero Valdés no lo sabe con certeza.

David miró hacia la oficina del sheriff. Dos hombres de Valdés seguían cerca, medio ocultos por la nieve. Fingían vigilar la calle, pero en realidad vigilaban la puerta.

—En cuanto vean salir la camioneta, avisarán.

—Eso esperamos —dijo Gabriel.

—No. Eso necesitamos.

Llegaron a San Miguel.

La iglesia, pequeña y firme, parecía una vieja guardiana en medio de la tormenta. Su campana estaba quieta ahora, cubierta de hielo. La puerta lateral seguía marcada por huellas y rastros de la lucha anterior. Aun así, cuando Samuel tocó la madera, sus dedos lo hicieron con respeto.

—Este lugar ha visto bautizos, despedidas, bodas, promesas —murmuró—. Nunca pensé que también vería una guerra.

David miró la fachada.

—No será una guerra si podemos evitarlo.

—¿Y si no podemos?

David no respondió enseguida.

—Entonces la haremos lo más corta posible.

Entraron.

El interior estaba frío, pero menos que la calle. Elena cerró la puerta detrás de ellos y pasó el cerrojo. Olivia miró los bancos vacíos, las velas apagadas y las sombras largas sobre el suelo. De niña, aquel lugar le había parecido enorme. Ahora le parecía vulnerable.

Como si incluso las piedras pudieran tener miedo.

Gabriel se acercó a una pequeña mesa junto a la sacristía, donde había dejado una radio portátil.

—Inés, ¿me escucha?

La respuesta llegó con estática.

—Te escucho. Familias en la farmacia. Puerta trasera cerrada. Niños abajo. Nadie en la calle.

—Ruiz.

Otra voz respondió:

—Motor encendido. La vieja camioneta todavía tiene alma, sheriff.

—Salgan cuando dé la señal.

David se acercó a una ventana estrecha desde donde se veía parte de la calle.

Las dos camionetas negras seguían estacionadas.

Esperando.

Valdés también debía estar esperando. Un hombre como él no corría detrás de cada ruido. Mandaba a otros a correr. Se quedaba donde podía observar, medir, corregir.

Eso lo hacía peligroso.

Un enemigo impulsivo podía cometer errores grandes.

Un enemigo paciente cometía errores pequeños.

Y los pequeños eran más difíciles de usar.

—Ahora —dijo David.

Gabriel levantó la radio.

—Ruiz, salgan.

Un momento después, una camioneta vieja apareció desde la parte trasera de la ferretería. Llevaba una barra de luces improvisada sobre el techo y avanzaba despacio por la calle sur. Desde lejos, entre la nieve, podía pasar por una patrulla o por un vehículo oficial de traslado.

Las dos sombras frente a la oficina del sheriff reaccionaron de inmediato.

Una habló por radio.

La otra corrió hacia una camioneta negra.

David observó sin parpadear.

—Funcionó.

Gabriel no pareció aliviado.

—Todavía tienen que sobrevivir al engaño.

La camioneta de los Ruiz giró hacia el camino que salía del pueblo por el sur, una ruta estrecha que subía hacia los bosques antes de conectar con la carretera cerrada.

No llegarían lejos. No necesitaban hacerlo.

Solo debían arrastrar a los hombres de Valdés lo suficiente para dejar despejada la iglesia.

Las camionetas negras arrancaron.

Una siguió a la camioneta falsa.

La otra se quedó.

David sintió que la situación se ajustaba en su mente.

—Valdés no mordió completo.

Elena se acercó a él.

—¿Eso significa que sabe que estamos aquí?

—Significa que no confía en una sola respuesta.

Olivia miró la puerta del sótano.

—Entonces debemos bajar ya.

David asintió.

—Sí. Pero rápido no significa descuidado.

Samuel tomó una linterna.

—Conozco estas escaleras.

—Usted va detrás de mí —dijo David—. Olivia, detrás de Samuel. Elena, después. Gabriel, cierre.

Gabriel miró hacia la calle.

—No puedo bajar todavía. Si la camioneta que quedó se mueve hacia aquí, necesito avisar.

David aceptó.

—Dos minutos arriba. Luego baja o se queda vigilando. Pero no se quede solo mucho tiempo.

Gabriel sonrió sin humor.

—Ahora usted se preocupa por mí.

—Me preocupo por el plan.

—Claro.

Bajaron al sótano.

El aire húmedo los recibió como una mano fría. La puerta metálica antigua seguía allí, medio oculta detrás del armario desplazado. La mancha de sangre de Navarro se había oscurecido sobre la piedra. Olivia la vio y apretó la llave con más fuerza.

David notó el gesto.

—No mire eso.

—Ya lo vi.

—Entonces mire la cerradura.

Ella respiró hondo y obedeció.

La cerradura estaba vieja, oxidada en los bordes, pero intacta. Olivia se acercó con cuidado. Samuel puso una mano sobre su hombro. Elena iluminó desde un costado.

Olivia insertó la llave.

Por un segundo, no giró.

El corazón de la joven se hundió.

—No entra bien.

—Sin fuerza —dijo David—. Deje que encuentre el camino.

Olivia cerró los ojos un instante.

Recordó a su padre enseñándole a leer mapas sobre la mesa de la cafetería.

“Si te pierdes, no pelees con el terreno. Escúchalo.”

Movió la llave apenas hacia arriba.

Luego hacia dentro.

Giró.

La cerradura cedió con un sonido bajo, profundo, como si algo que había dormido durante años acabara de respirar.

Samuel cerró los ojos.

—Tomás…

David abrió la puerta lentamente.

Detrás había un pasillo de piedra que descendía hacia la oscuridad. No era grande. Apenas suficiente para que una persona caminara encorvada. El aire que salía de allí era frío, pero no congelado. Olía a tierra húmeda, metal viejo y agua en movimiento.

La prueba está donde el agua no se congela.

David encendió su linterna.

El haz de luz reveló paredes mojadas, marcas antiguas de herramientas y una línea de tubería oxidada siguiendo el techo bajo. El túnel no era nuevo. Tampoco estaba completamente abandonado. Había huellas recientes sobre el polvo.

Navarro había pasado por allí.

Y no hacía mucho.

—Alguien entró —dijo Elena.

—Sí —respondió David.

Olivia dio un paso hacia el túnel.

Samuel la detuvo.

—Despacio.

David avanzó primero.

Cada pocos metros se detenía, escuchaba y miraba el suelo. El túnel bajaba bajo la iglesia y luego giraba hacia el norte, en dirección a la montaña. El goteo del agua era constante. No fuerte. Solo suficiente para recordarles que había vida moviéndose bajo la piedra.

Arriba, Gabriel escuchó por radio la voz de Tomás Ruiz.

—Sheriff, nos siguen dos vehículos. Repetimos, dos vehículos. Creí que era uno, pero el segundo salió por el camino viejo.

Gabriel apretó la radio.

—No intenten correr más de lo necesario. Lleguen al cruce del molino y regresen por el sendero de servicio.

—Entendido.

Otra voz entró en la frecuencia. No era de los Ruiz.

—Vehículo objetivo en ruta sur. Posible traslado del detenido. Interceptar antes del puente.

Gabriel sintió un golpe en el estómago.

Valdés no solo había enviado hombres del pueblo.

Había enviado cazadores.

Tomó la radio pequeña y bajó rápido al sótano.

—David.

La voz resonó en el túnel.

David se detuvo unos metros adelante.

—¿Qué pasa?

—Dos camionetas siguieron el señuelo. Hablan de interceptar antes del puente.

Samuel se tensó.

—Los Ruiz.

David calculó distancias. El cruce del molino estaba más arriba, cerca de un tramo boscoso donde la nieve se acumulaba rápido. Si los hombres de Valdés los alcanzaban allí, los hermanos quedarían atrapados entre el puente y la ladera.

—Gabriel, ¿hay otra salida desde este túnel hacia el camino sur?

Gabriel bajó los últimos escalones.

—No lo sé. Algunos túneles conectaban con drenajes de la mina y con el viejo canal del molino, pero nadie los usa desde antes de que yo naciera.

Samuel levantó la linterna.

—Tomás hablaba del canal. Decía que el agua seguía corriendo aunque todo se congelara arriba.

David miró el pasillo oscuro.

—Entonces seguimos hasta la primera bifurcación.

Elena lo miró.

—¿Y la prueba?

—Si los Ruiz caen, Valdés recupera el control del pueblo. Primero los sacamos del peligro.

Olivia asintió sin dudar.

—Vamos.

David la miró un segundo.

No era una niña jugando a ser valiente.

Era una hija caminando por el último camino que su padre había dejado.

—Cerca de Samuel —dijo.

Avanzaron.

El túnel se estrechó. En algunos puntos, Samuel tuvo que apoyar una mano en la pared para mantener el equilibrio. Elena caminaba detrás de Olivia, iluminando el suelo. Gabriel cerraba la fila, mirando cada sombra con la radio en la mano.

Después de unos minutos, escucharon agua.

No goteo.

Corriente.