Capítulo 4 Huellas bajo la nieve #2
David lo jaló hacia dentro lo suficiente para verle el rostro. Era joven, quizá veinticinco. No tenía la dureza de Ramiro ni la confianza de los hombres de Valdés. Tenía miedo.
Mucho.
—¿Quién te envió?
El joven respiraba rápido.
—Nadie.
David aumentó un poco la presión sobre la muñeca.
—Respuesta equivocada.
—No sé su nombre.
—Pero sabes para quién trabaja.
El joven cerró los ojos.
—Valdés.
David lo estudió. No parecía un mercenario. Parecía un empleado local usado para trabajos sucios.
—¿Qué buscabas?
—Solo debía mirar.
—¿Mirar qué?
—Libros. Cajas. Cualquier cosa marcada con el nombre de Tomás Ortega.
David no mostró reacción, pero por dentro la pieza encajó.
Tomás. El padre de Olivia.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
El joven tragó saliva.
—Dijeron que había un objeto. Algo pequeño. Una llave o una memoria. No estoy seguro.
David acercó un poco más su rostro al del intruso.
—¿Quién más lo sabe?
—Valdés. Ramiro. Tal vez el sheriff.
David no respondió.
El joven abrió los ojos de golpe.
—No digo que el sheriff esté con ellos. Solo digo que Valdés habla como si lo tuviera controlado.
David soltó la muñeca, pero mantuvo una mano en la chaqueta del joven.
—Escúchame bien. Vas a bajar por donde subiste. Vas a caminar hasta donde te esperan. Y vas a decir que no pudiste entrar porque la ventana estaba congelada.
—Me van a preguntar por qué tardé.
—Diles que casi te caes.
El joven asintió desesperado.
David lo empujó suavemente hacia la ventana.
—Y una cosa más.
El joven se detuvo.
—Si vuelves a acercarte a esta casa, no hablaré primero.
El muchacho salió al techo con movimientos torpes. David lo observó avanzar agachado hasta el borde y bajar por una escalera metálica que alguien había colocado en la parte trasera.
No estaba solo.
Una figura lo esperaba junto al callejón, medio oculta detrás de la bodega. David no podía ver el rostro, pero sí vio el gesto: una mano levantada, impaciente, dando una orden.
Después ambos desaparecieron hacia el norte.
David cerró la ventana y bajó de nuevo.
Ahora no había tiempo para buscar despacio.
Fue directo a la caja marcada “Clara”.
Se quedó frente a ella un segundo. Después la abrió con cuidado.
Dentro había fotografías, cartas, dibujos de Olivia cuando era niña, un pañuelo, recetas escritas a mano, una pequeña libreta con tapas verdes y varios libros guardados con más cuidado que los demás.
Uno de ellos tenía la portada azul.
“Senderos y montañas de Colorado”.
David lo tomó.
No era grande. La tapa estaba gastada en los bordes. En la primera página había una dedicatoria escrita a mano.
Para Tomás,
para que siempre encuentre el camino de regreso.
Clara.
David pasó los dedos sobre la tinta.
Algo en esa frase le pesó más de lo que esperaba.
Abrió el libro y revisó las páginas con calma. A simple vista, no había huecos ni cortes. Solo mapas, fotografías de montañas, rutas marcadas con lápiz y algunas notas en los márgenes.
En la página dedicada a Silver Creek, había una línea subrayada.
“Antiguo túnel de drenaje, acceso norte, clausurado en 1987.”
Junto a esa línea, alguien había escrito una palabra:
San Miguel.
David frunció el ceño.
Buscó más. Entre las páginas 112 y 113 encontró una zona ligeramente más gruesa. No era evidente. Si alguien hojeaba rápido, no lo notaría.
David deslizó la uña por el borde.
La página estaba pegada con una precisión cuidadosa.
Usó la navaja multiusos y separó el papel sin romperlo.
Dentro había una llave pequeña, oscurecida por los años, y una tira de papel doblada.
David abrió el papel.
La letra era firme, aunque escrita con prisa.
“Clara, si algo me pasa, no confíes en el informe oficial. La entrada está bajo San Miguel. La prueba está donde el agua no se congela.”
David leyó la frase dos veces.
Luego una tercera.
La entrada está bajo San Miguel.
San Miguel.
La pequeña iglesia del pueblo.
La cruz de madera.
El edificio que David había visto desde la ventana.
La llave no abría una puerta de la cafetería.
Abría algo bajo la iglesia.
David guardó la llave en su bolsillo y volvió a doblar la nota. Su mente empezó a ordenar posibilidades.
Antiguo túnel de drenaje.
Acceso norte.
Clausurado en 1987.
La prueba está donde el agua no se congela.
Si Tomás había descubierto algo en la mina, pudo haber usado un túnel antiguo para esconder pruebas. Y si Northstar buscaba esa llave, significaba que aún no habían encontrado lo que Tomás dejó.
O que lo encontraron, pero no pudieron acceder.
La campanilla de la puerta principal sonó.
David apagó la lámpara del depósito y se quedó inmóvil.
Nadie debía haber vuelto tan pronto.
Escuchó pasos.
Uno solo.
Pesado, lento.
No era Olivia. No era Elena. No era Samuel.
Una voz masculina habló desde la cafetería.
—Señor Cross.
David no se movió.
La voz continuó, tranquila, casi amable.
—No hace falta esconderse. Si hubiera venido a detenerlo, no habría entrado solo.
David reconoció el tono.
Sheriff Gabriel Ríos.
David salió del depósito con la llave oculta en el bolsillo y el libro azul bajo el brazo.
Gabriel estaba de pie junto al mostrador, con nieve en los hombros y una mano cerca del cinturón, aunque no sobre el arma. Sus ojos fueron al libro, luego volvieron al rostro de David.
—Así que es cierto —dijo el sheriff.
—Depende de qué parte.
—Que David Cross está en mi pueblo.
—Por ahora.
Gabriel respiró hondo.
—Hay agentes federales buscándolo.
—Lo sé.
—Hay carteles internos con su rostro. Alertas. Órdenes claras.
—También lo sé.
—Entonces deme una razón para no hacer esa llamada.
David dejó el libro sobre una mesa, pero no se sentó.
—Porque si quisiera hacerla, ya la habría hecho desde su patrulla.
Gabriel apretó la mandíbula.
—No confunda duda con confianza.
—No lo hago.
El sheriff caminó unos pasos por la cafetería. Miró las fotografías, los libros, las mesas. Parecía un hombre que conocía cada rincón y, aun así, se sentía visitante.
—Samuel es buena gente —dijo.
—Sí.
—Olivia ya perdió demasiado.
—También lo sé.
Gabriel lo miró con dureza.
—No. Usted no lo sabe. Usted llegó ayer con una tormenta. Ellos llevan años enterrando a sus muertos aquí.
David aceptó el golpe sin defenderse.
—Tiene razón.
La respuesta desarmó un poco al sheriff.
—Valdés me preguntó por usted.
—¿Qué le dijo?
—Que había un huésped. Nada más.
—¿Por qué?
Gabriel miró hacia la ventana. Desde allí se veía la oficina comunitaria. Había más gente entrando. Valdés Security controlaba la puerta.
—Porque anoche recibí un mensaje desde Denver —dijo—. No por canales oficiales. Un contacto viejo. Me dijo que, si aparecía un hombre llamado David Cross, debía mirar dos veces antes de creer la primera historia.
David no mostró emoción, pero su atención se afiló.
—¿Nombre del contacto?
Gabriel negó con la cabeza.
—Todavía no.
—Entonces no me está ayudando. Está midiendo el terreno.
—Soy sheriff. Eso hago.
David dio un paso hacia él.
—Mientras mide, Northstar está buscando algo que Tomás Ortega escondió antes de morir.
El rostro de Gabriel cambió.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
—¿Qué encontró? —preguntó.
—Primero dígame qué sabe.