Capítulo 4 Huellas bajo la nieve #3
—No funciona así.
—Hoy sí.
La tensión subió entre los dos.
Gabriel no era un hombre débil. David lo notó. Tenía miedo, sí, pero no era cobarde. Había una diferencia. El cobarde vende a otros para salvarse. El hombre con miedo todavía puede elegir.
El sheriff bajó la voz.
—Tomás vino a verme una semana antes del accidente. Dijo que había descubierto actividad ilegal dentro de la mina vieja. No solo extracción. Algo más. Le pedí pruebas. Me dijo que las tendría pronto.
—¿Y después murió?
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—Sí.
—¿Investigó?
—Intenté hacerlo.
—¿Intentó?
Gabriel lo miró con rabia contenida.
—El informe estatal dijo que fue un accidente por hielo en la carretera. El vehículo cayó por el barranco. No hubo testigos. No hubo frenos cortados. No hubo explosivos. No hubo nada que pudiera sostener ante un juez.
—Y Northstar siguió adelante.
—Northstar siempre sigue adelante.
David tomó el libro azul y lo abrió por la página marcada. No le mostró la nota ni la llave, solo la línea subrayada.
Gabriel leyó.
Su rostro perdió color.
—San Miguel.
—¿Qué hay bajo la iglesia?
El sheriff miró hacia la puerta, como si temiera que las paredes escucharan.
—Un acceso antiguo. Nadie lo usa desde hace décadas. Cuando cerraron los túneles de drenaje, algunos quedaron conectados bajo el pueblo. La iglesia se construyó sobre una base vieja de piedra. Hay una trampilla en el sótano.
—¿La llave?
Gabriel no respondió, pero sus ojos bajaron al bolsillo de David.
David entendió.
—Usted sabía.
—Sospechaba.
—¿Y no hizo nada?
Gabriel dio un paso hacia él.
—Cuidado.
David no bajó la voz.
—Un hombre murió. Su familia quedó destruida. Y usted sospechaba que había una entrada bajo la iglesia.
—Yo también tengo una familia.
La frase salió rota.
David se quedó quieto.
Gabriel respiró con dificultad. Por primera vez, el sheriff pareció menos una autoridad y más un hombre cansado sosteniendo demasiadas culpas.
—Valdés dejó claro que podía arruinar a cualquiera. Mi esposa estaba enferma entonces. Mi hijo necesitaba tratamientos fuera del estado. El pueblo no tenía dinero. Northstar pagó ambulancias, carreteras, equipo. Todo venía mezclado. Ayuda y amenaza. Pan y cadena.
David lo observó sin suavizar del todo su mirada.
—Eso explica el miedo. No borra las decisiones.
—Lo sé.
La honestidad de Gabriel llenó el cuarto con algo incómodo.
No era perdón.
Todavía no.
Pero era una grieta en la mentira.
La radio del sheriff sonó.
—Ríos, ¿dónde está? Valdés quiere empezar la firma.
Gabriel tomó la radio, pero no respondió enseguida.
David miró hacia la oficina comunitaria.
—Samuel está ahí.
—Sí.
—Olivia también.
Gabriel levantó la radio.
—Estoy en camino.
La guardó y miró a David.
—No vaya a la iglesia ahora.
—¿Por qué?
—Porque Valdés tiene hombres cerca. Y porque si esa llave existe, el momento de usarla no es cuando todos esperan que la use.
David sostuvo su mirada.
—Entonces necesitamos distraerlos.
Gabriel negó con la cabeza.
—No. Necesitamos sacar a Samuel y Olivia de esa reunión antes de que Valdés entienda que perdió la llave.
David miró el libro azul.
Demasiado tarde.
El joven del techo ya había visto suficiente para saber que la búsqueda había fallado.
Y si Valdés era tan inteligente como todos decían, pronto uniría las piezas.
David guardó la nota dentro del libro y se dirigió a la puerta.
Gabriel se interpuso.
—No puede cruzar la calle. Hay cámaras en las camionetas.
—Entonces no cruzaré la calle.
—¿Qué significa eso?
David miró hacia la parte trasera del local, hacia las huellas bajo la nieve.
—Significa que alguien abrió camino por los techos para entrar aquí.
Gabriel entendió.
—Usted va a usarlo para salir.
—Voy a usarlo para mirar.
—Cross—
David se detuvo.
—Sheriff, tiene dos opciones. Puede detenerme ahora y entregar a Valdés lo que quiere. O puede hacer, por fin, lo que Tomás Ortega le pidió hace años.
La frase golpeó fuerte.
Gabriel no se movió.
Luego, lentamente, se apartó.
—Si algo le pasa a Olivia…
—No le pasará.
—No prometa lo que no controla.
David abrió la puerta trasera.
El viento entró como una bofetada helada.
—Entonces haré lo que sí controlo.
Salió al callejón.
Las huellas todavía estaban allí, parcialmente borradas, pero visibles para quien sabía leerlas. David las siguió con la mirada hasta los techos bajos, las escaleras de servicio y la línea de edificios que conectaba la cafetería con la parte trasera de la oficina comunitaria.
Bajo la nieve, el pueblo guardaba caminos.
Bajo la iglesia, guardaba una verdad.
Y bajo cada silencio de Silver Creek, alguien había dejado una huella.
David subió al primer techo, apoyando las manos sobre la madera helada.
En la distancia, desde la oficina comunitaria, llegó el murmullo de voces.
Luego una voz más fuerte.
La de César Valdés.
—Señores, no estamos aquí para discutir el pasado. Estamos aquí para decidir quién quiere tener futuro.
David avanzó bajo la tormenta, agachado entre el viento y la nieve.
Por primera vez desde que llegó a Silver Creek, no estaba huyendo.
Estaba cazando la verdad.