A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 4 Huellas bajo la nieve
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Capítulo 4 Huellas bajo la nieve

El sheriff Gabriel Ríos se marchó sin mirar atrás.

La puerta de la cafetería se cerró detrás de él, y durante unos segundos nadie habló. El sonido de la campanilla quedó suspendido en el aire como una advertencia pequeña, casi inocente, pero todos entendieron que algo acababa de cambiar.

Samuel seguía de pie junto al mostrador.

Elena Morales tenía los documentos apretados contra el pecho.

Olivia miraba hacia las escaleras.

Y David Cross permanecía en la sombra, quieto, escuchando el ruido de la patrulla alejándose por la calle cubierta de nieve.

—Él sabe —dijo Olivia en voz baja.

David bajó los escalones lentamente.

—Sabe lo suficiente para estar asustado.

Elena se volvió hacia él.

—¿Y eso lo convierte en aliado o en amenaza?

David miró por la ventana. La patrulla dobló hacia la oficina comunitaria, donde la reunión con Northstar estaba a punto de comenzar.

—Lo convierte en alguien atrapado.

Samuel dejó escapar un suspiro cansado.

—Gabriel no siempre fue así. Cuando llegó a Silver Creek, era distinto. Se enfrentaba a cualquiera por defender a un vecino. Una vez manejó tres horas en plena nevada para llevar medicinas a una familia del valle norte.

—¿Qué le pasó? —preguntó David.

Samuel tardó en responder.

—La vida. Deudas del pueblo. Presiones. Gente que le pidió ayuda y luego se quedó callada cuando él necesitó respaldo. Y Northstar llegó ofreciendo soluciones.

Elena negó con la cabeza.

—Las soluciones que compra una corporación siempre vienen con letra pequeña.

David se acercó a la mesa donde estaban los papeles.

—La reunión empieza pronto.

Samuel miró el reloj de pared. Las manecillas marcaban las diez y veinticinco.

—Tengo que ir.

Olivia se puso de pie enseguida.

—Voy contigo.

—No.

—Abuelo—

—No, Olivia.

La firmeza de Samuel sorprendió incluso a David.

Olivia apretó los labios.

—No puedes pedirme que me quede escondida mientras tú vas a sentarte frente a Valdés.

—Puedo pedírtelo porque soy tu abuelo.

—Y yo puedo decirte que no porque no soy una niña pequeña.

Samuel cerró los ojos un instante, no por enojo, sino por dolor. David reconoció ese tipo de discusión. No era una pelea real. Era miedo usando palabras familiares.

Elena intervino con suavidad.

—Olivia, si vas, estarás en un lugar público. Eso puede ser más seguro que quedarte sola aquí.

David no estuvo de acuerdo del todo, pero no lo dijo enseguida.

Olivia lo miró.

—¿Usted qué piensa?

David habría preferido que no le preguntara. Las decisiones simples eran más fáciles cuando no tenían rostros.

—Pienso que Valdés quiere controlar lo que ustedes hacen. Si Samuel va solo, lo presionarán. Si va con Elena, lo harán de forma más elegante. Si tú vas también, tendrán que fingir un poco más.

Olivia levantó la barbilla.

—Entonces voy.

Samuel miró a David como si hubiera esperado apoyo y recibido una traición.

David sostuvo su mirada.

—Pero te mantienes cerca de Elena —añadió—. No hablas con nadie de Northstar a solas. No aceptas documentos. No sales por la puerta trasera. Y si algo cambia en la sala, no discutes. Te vas.

Olivia asintió.

—Entendido.

Samuel murmuró:

—Ahora recibe órdenes de un huésped.

—No son órdenes —dijo David—. Son maneras de volver viva a casa.

La frase apagó cualquier protesta.

Elena guardó los documentos en su maletín.

—¿Y usted qué hará mientras tanto?

David miró las estanterías.

—Buscaré el atlas.

Olivia abrió la boca, pero Samuel habló primero.

—Si realmente hay una llave, puede estar en cualquier parte.

—Por eso empezaré por donde su hija habría esperado que usted buscara.

Samuel se quedó inmóvil.

David notó el error demasiado tarde. Había dicho “su hija” porque había visto la fotografía en la pared y había unido las piezas. Samuel bajó la mirada hacia aquella imagen: su hija Clara, sonriendo con el brazo alrededor de su esposo, Tomás.

—Clara siempre decía que yo recordaba los libros por las manchas de café, no por los títulos —dijo Samuel, con una tristeza suave.

Olivia miró la foto también.

—Papá escondió la llave. Pero quizás mamá sabía dónde.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue íntimo. David sintió que estaba entrando en una habitación de la vida de otros donde nadie lo había invitado realmente.

Se apartó un poco.

—Revisaré con cuidado.

Samuel tomó su abrigo.

—Hay una caja en el depósito con mapas viejos y libros de la mina. Si el atlas no está en las estanterías, podría estar allí.

Elena caminó hacia la puerta.

—Nos vamos. Si no regresamos en una hora, algo salió mal.

David negó con la cabeza.

—Si no regresan en una hora, quizá la reunión se alargó. No corran riesgos por un reloj.

—Entonces ¿cuándo se supone que debemos preocuparnos?

David miró a Olivia, luego a Samuel.

—Cuando el pueblo se quede demasiado silencioso.

Nadie preguntó qué significaba eso.

Porque todos, de alguna manera, lo entendieron.

Samuel, Olivia y Elena salieron juntos. David los observó cruzar la calle lentamente, hundiendo las botas en la nieve.

La tormenta había bajado un poco, pero el viento seguía moviendo los copos en remolinos bajos.

Desde lejos, la oficina comunitaria tenía luces encendidas y varias camionetas estacionadas enfrente.

Dos camionetas negras.

Una patrulla.

Y algunos vehículos viejos de vecinos que aún no se habían rendido.

David esperó hasta que los tres entraron al edificio. Luego cerró la puerta con llave.

Primero revisó la cafetería.

No buscaba la llave todavía. Buscaba señales.

Los hombres de la noche anterior habían entrado por la puerta trasera, pero David no creía que hubieran venido solo para asustar. Si querían causar miedo, habrían roto ventanas, pintado amenazas o golpeado la puerta principal. Habían elegido la parte de atrás porque buscaban algo sin ser vistos.

O a alguien.

David se puso los guantes y caminó hacia la cocina. La cerradura dañada seguía firme gracias al arreglo improvisado. Apartó la mesa, abrió la puerta apenas y miró al callejón.

El frío le mordió el rostro.

El callejón era estrecho, flanqueado por la pared de la cafetería y una bodega pequeña donde Samuel guardaba leña, cajas vacías y herramientas. La nieve había cubierto parte de las huellas, pero no todas.

David se agachó.

Cuatro pares de botas, como había dicho.

Dos se acercaban desde la parte norte del callejón.

Uno se quedaba junto a la esquina, probablemente vigilando.

Otro par de huellas era más profundo, más pesado. Ese hombre había cargado algo o llevaba equipo más pesado.

David siguió las marcas con la mirada.

Las huellas no se dirigían únicamente a la puerta trasera.

También rodeaban la pared hacia la ventana del depósito.

David sintió un leve cambio en el pecho. No miedo. Confirmación.

Caminó hasta la ventana. El marco estaba raspado en la parte inferior. Alguien había intentado abrirla, pero el hielo la había sellado desde fuera.

—No buscaban a Samuel —murmuró.

Buscaban algo dentro.

Regresó a la cocina, cerró la puerta y fue directo al depósito.

El cuarto era pequeño, sin calefacción, lleno de estantes viejos y cajas con etiquetas escritas a mano. “Recibos 1998”. “Adornos de Navidad”. “Libros dañados”. “Mapas”. “Clara”.

David se detuvo frente a esa última caja.

El nombre estaba escrito con tinta azul, la letra de Samuel tal vez. Simple. Temblorosa en algunas partes.

No la abrió.

No primero.

Empezó por los mapas.

Sacó varios atlas antiguos, guías de senderos, manuales de carreteras y libros turísticos de Colorado. Había polvo en las tapas y marcas de humedad en algunas páginas. Buscó una portada azul. Encontró tres. Ninguno era el correcto.

Después revisó la estantería del fondo.

Los libros estaban ordenados de una forma que solo Samuel entendería: novelas junto a manuales, biblias familiares junto a catálogos de herramientas, libros infantiles junto a registros antiguos del pueblo. David avanzó con paciencia, sacando cada volumen lo justo para revisar la tapa y el lomo.

Nada.

Mientras buscaba, su mente regresó al nombre del documento.

Halcón Ridge Solutions.

Si ellos estaban en Silver Creek, la situación era más grande que una compra de tierras. Ese tipo de contratistas no se movilizaba para convencer a ancianos. Se movilizaba para cerrar bocas, recuperar archivos o proteger secretos.

David había visto su sello en un informe del operativo que destruyó su vida.

Un informe que nadie debía haber escrito tan rápido.

Un informe que lo culpaba con demasiada precisión.

Como si la historia falsa hubiera estado preparada antes de que ocurriera la tragedia.

Tomó otro libro.

Nada.

Otro.

Nada.

Entonces oyó un sonido afuera.

No en la calle.

En el techo.

David apagó la lámpara del depósito.

Se quedó quieto.

El sonido volvió: un crujido leve, casi cubierto por el viento.

No era nieve cayendo.

Era peso.

Alguien estaba sobre el techo lateral.

David dejó el libro en silencio y salió del depósito. Cruzó la cocina, pasó por la cafetería y subió las escaleras con pasos medidos. No corrió. Correr avisaba. Correr hacía ruido. Correr era para cuando ya no quedaban opciones.

En el pasillo del segundo piso, se acercó al cuarto donde había dormido. La ventana daba al techo lateral que había identificado la noche anterior como posible salida.

Ahora alguien estaba usando esa misma ruta para entrar.

David se colocó junto a la pared.

La ventana tembló.

Una herramienta delgada se deslizó entre el marco y la madera.

David esperó.

La herramienta se movió con cuidado. Quien estaba fuera sabía lo que hacía, pero trabajaba con dificultad por el hielo. Después de varios segundos, el pestillo cedió con un clic suave.

La ventana se abrió unos centímetros.

Entró viento.

Luego una mano con guante negro.

David la agarró.

El hombre del otro lado intentó soltarse, pero David torció la muñeca lo justo para inmovilizarlo sin romperla. El intruso soltó un gemido ahogado.

—No grites —dijo David en voz baja—. El techo está congelado. Si pierdes el equilibrio, la caída no será amable.

El hombre se quedó quieto.