A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 3 La cafetería de Samuel Ortega #2
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Capítulo 3 La cafetería de Samuel Ortega #2

—Tal vez. O algo dentro de la mina.

Olivia habló despacio.

—Mi padre trabajó allí antes del accidente.

Samuel cerró los ojos.

El silencio cambió otra vez.

David miró a Olivia.

—¿Qué hacía?

—Era técnico de mantenimiento. Revisaba equipos, túneles, ventilación. Un mes antes de morir, empezó a llegar tarde. Discutía con mamá. Decía que algo estaba mal en la montaña.

Samuel se acercó a la ventana, dándoles la espalda.

—Nunca quiso decirme más. Dijo que era mejor que no supiera.

Elena bajó la voz.

—Después vino el accidente.

David no preguntó si todos lo consideraban un accidente. Por la forma en que nadie miró a nadie, la respuesta era evidente.

Olivia apretó el cuaderno contra su pecho.

—Yo era pequeña, pero recuerdo una cosa. Mi papá escondió una llave en un libro. Dijo que si algún día pasaba algo, el abuelo sabría dónde buscar.

Samuel giró lentamente.

—Olivia…

—Nunca la encontramos —dijo ella—. Porque no sabíamos qué libro era.

David miró alrededor.

La cafetería no era solo una cafetería. Era también una librería antigua, con cientos de volúmenes en estantes altos, cajas bajo las escaleras, novelas usadas, biblias familiares, manuales técnicos, atlas, libros de cocina, diarios viejos.

Una llave escondida allí podía permanecer perdida durante años.

O podía estar esperando el momento correcto.

Elena se quitó los guantes.

—¿Qué clase de llave?

Olivia negó con la cabeza.

—No lo sé.

David caminó hacia las estanterías.

—¿Su padre tenía algún libro favorito?

—Le gustaban los mapas. También libros de ingeniería. Y uno sobre montañas de Colorado. Tenía una portada azul.

Samuel se llevó una mano a la frente.

—El atlas de las Rocosas.

Olivia lo miró.

—¿Lo tenemos?

—Creo que sí. En la estantería del fondo. O en las cajas del depósito.

David se detuvo.

—No busquen ahora.

Olivia frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si alguien sospecha que existe esa llave, puede estar esperando a que ustedes la encuentren.

Elena asintió lentamente.

—Tiene sentido.

Samuel miró los documentos sobre la mesa.

—Entonces, ¿qué hacemos?

David pensó en la reunión de las once. En los hombres de Valdés. En las huellas alrededor del local. En el nombre Halcón Ridge. En una llave escondida por un padre muerto antes de poder contar la verdad.

Todo empezaba a unirse.

No lo suficiente para entender.

Sí lo suficiente para temer.

—Van a la reunión —dijo David.

Elena lo miró como si estuviera loco.

—¿Después de lo que pasó?

—Sí. Si no van, Valdés sabrá que anoche logró asustarlos. Y si sabe eso, apretará más fuerte.

Samuel cruzó los brazos.

—¿Y usted?

David miró las estanterías.

—Yo me quedo aquí.

Olivia abrió la boca para protestar.

—La llave—

—La buscaré yo.

—Es mi casa.

—Por eso debe salir de ella mientras busco.

Elena negó con la cabeza.

—No voy a dejar a un fugitivo solo en la cafetería de Samuel.

David la miró sin molestarse.

—Entonces deje a alguien vigilando conmigo.

—¿A quién?

Antes de que nadie respondiera, una sirena corta sonó afuera.

No era una emergencia.

Era el sonido de una patrulla deteniéndose frente al local.

Samuel miró por la ventana.

—El sheriff.

David se apartó inmediatamente del cristal.

Olivia susurró:

—Gabriel Ríos.

Elena recogió los papeles con rapidez.

—No digan más de lo necesario.

Samuel caminó hacia la puerta, pero David lo tomó suavemente del brazo.

—Si pregunta por mí, no mienta demasiado. Las mentiras grandes se rompen fácil.

Samuel asintió.

—¿Y qué digo?

David miró hacia la cocina, luego hacia las escaleras.

—Diga que tiene un huésped por la tormenta. Eso es verdad.

—¿Y si quiere verlo?

David no respondió.

La campanilla sonó antes de que pudieran pensar en otra opción.

El sheriff Gabriel Ríos entró sacudiéndose la nieve del sombrero.

Era un hombre de rostro cansado, mandíbula firme y ojos que parecían haber visto demasiadas cosas sin poder cambiar suficientes.

Llevaba el uniforme bien puesto, pero su postura tenía el peso de alguien atrapado entre su deber y su miedo.

—Samuel —dijo.

—Gabriel.

El sheriff miró a Olivia con preocupación.

—¿Están bien?

—Sí —respondió ella.

Él vio la barra de madera detrás de la cocina. Luego miró a Elena.

—Recibí un aviso de daños en la puerta trasera.

Samuel levantó una ceja.

—Qué rápido viajan las noticias cuando nadie puede salir del pueblo.

Gabriel no sonrió.

—¿Quién está arriba?

El corazón de Olivia pareció detenerse.

Elena se quedó inmóvil.

Samuel sostuvo la mirada del sheriff.

—Un viajero atrapado por la tormenta.

—Nombre.

David escuchaba desde el borde de la escalera, oculto en la sombra.

Samuel respiró despacio.

—David.

El sheriff dio un paso hacia el interior.

—¿David qué?

En ese momento, una radio crujió en el cinturón de Gabriel.

Una voz masculina habló entre interferencias.

—Sheriff, Valdés solicita presencia en la oficina comunitaria. Dice que hay problemas con los propietarios.

Gabriel cerró los ojos un instante, como si aquella voz le hubiera puesto una cadena alrededor del cuello.

Samuel lo vio.

David también.

El sheriff respondió por la radio.

—Voy en camino.

Luego miró de nuevo hacia las escaleras.

Durante unos segundos, nadie respiró.

Gabriel sabía algo.

Tal vez no todo.

Pero algo.

Finalmente, bajó la voz.

—Samuel, cierre bien. No abra a nadie que no conozca. Y no deje que su huésped salga por la calle principal.

Olivia abrió los ojos.

Elena se quedó helada.

Samuel habló con cuidado.

—¿Eso es una orden?

Gabriel miró hacia la ventana, donde la nieve seguía cayendo.

—Es un consejo de un hombre que todavía intenta hacer lo correcto.

Después se puso el sombrero, abrió la puerta y salió.

La campanilla sonó suavemente.

El frío entró.

Y con él, una certeza nueva.

En Silver Creek, todos ocultaban algo.

Incluso los buenos.