3 ¡¿Mi qué?!
Empujó la puerta del Gremio de Cazadores en el que trabajaba, enfurecido por estar ahí, y encima a media noche.
Charity estaba sentada en la recepción. La mujer técnicamente era su supervisora, aunque a veces hacía de secretaria cuando Jerry, el verdadero secretario, no estaba.
Su supervisora rondaba los treinta, según sabía, y llevaba en ese momento un traje formal verde combinado con una blusa negra.
Su larga cabellera rubia platino tenía unos rizos perfectos.
Era hermosa, y con un carácter demasiado alegre para su gusto. Alegre pero malvada.
Al verlo entrar, levantó la vista de la revista que estaba leyendo y le dedicó una sonrisita burlona.
—Dime, ¿por qué mierda estoy aquí dos días después de empezar mis vacaciones?
Ella se rio.
—No, no. Esa bomba se la dejo a Tony.
¿Bomba? Entrecerró los ojos antes de soltar un suspiro.
Pasó de largo el escritorio y se dirigió al fondo del Gremio.
Harlow no tenía un escritorio ahí. Ese lugar era, sobre todo, para los supervisores, donde podían archivar toda la información que recibían de los cazadores a su cargo.
También había prisioneros, pero el espacio de oficina era territorio exclusivo de los supervisores.
Tony Varley era el jefe, el director del Gremio de Cazadores de Houndside Hazard.
Él era quien se comunicaba con las comisarías, los fiscales y los jueces.
Junto con los supervisores, se encargaba de toda la burocracia necesaria para que los casos llegaran limpios, ordenados y precisos.
No convenía eliminar por error al chupasangre equivocado, o a la criatura paranormal que les hubieran mandado a eliminar.
A diferencia de la mayoría de ahí, en especial de los supervisores, Tony llevaba en el puesto desde antes de que Harlow empezara, y había sido su contacto para cazar desde el principio.
El Gremio de Cazadores parecía una comisaría normal, aunque no lo fuera, con escritorios repartidos, archivadores y demás. Incluso tenían a varios idiotas esposados sentados en una banca contra la pared, esperando ser procesados.
Harlow asintió y les dedicó una sonrisa burlona al pasar, dirigiéndose a la puerta del fondo que tenía un letrero que decía: «Director de Gremio Tony Varley». La sonrisa se le borró cuando notó que los demás supervisores se lanzaban miradas extrañas entre ellos…
¿Qué mierda estaba pasando?
Estaba a punto de abrir bruscamente la puerta del director, igual que había hecho con la principal, cuando el propio Tony lo detuvo llamándolo desde el pasillo.
—Espera, Harlow. —El hombre salió apresurado desde el corredor que conducía a las salas de interrogatorio. Más allá había unas escaleras que bajaban a un sótano lleno de celdas, tanto para humanos como para paranormales.
Tony tenía sesenta y dos años y parecía un jugador de fútbol americano retirado, con brazos enormes, un cuerpo robusto y en forma, aunque empezaba a ablandarse por el abdomen. Piel morena, cabello blanco en corte militar, y se le notaba incómodo con sus pantalones caqui y el polo blanco.
Harlow cruzó los brazos y se apoyó contra la puerta.
—¿Por qué estoy aquí? —exigió, mirándolo a sus ojos castaños.
Tony hizo una mueca.
—Se aprobó una nueva ley… lo sabrías si hubieras leído tus correos.
Harlow entrecerró los ojos.
—¿Y?
Su jefe se rascó la nuca y sonrió con demasiada alegría, como si acabara de oír un chiste.
—No te va a gustar.
—Dilo de una vez para poder regresar a mis vacaciones —suspiró.
—Pues… te presento a tu nuevo compañero.
—¡¿Mi nuevo qué?! —gruñó Harlow, mirándolo como si hubiera perdido la cordura. Estaba claro que no había lógica alguna detrás de esa decisión de mierda.
Tony señaló con la mano hacia la puerta detrás de Harlow.
Se dio la vuelta y agarró la manija. Giró y abrió la puerta de golpe, esperando que hubiera algún tipo de broma al otro lado.
Y sí que la había… a su costa. Los ojos se le abrieron de par en par al ver al hombre… No, no era un hombre, era un vampiro, parado frente a él.
—¡Hola, compañero! No sabes lo emocionado que estoy de trabajar contigo.
Y qué coincidencia. Antes de que preguntes, no, no sabía que esto pasaría.
Estoy tan sorprendido como tú. Pero no voy a negar que estoy deleitado de haber terminado de compañero contigo —exclamó Foxx Honeywell con entusiasmo y una gran sonrisa, tendiéndole la mano.
El vampiro estaba ahí en todo su bajito esplendor rosado, con una sonrisa radiante, hoyuelos, pecas y un colmillo asomando. Llevaba puesta una camisa blanca con fresas estampadas, unos pantalones de pana rosa con tirantes a juego, y una boina rosa abombada en la cabeza.
—¡¿Qué puta clase de pastelito de fresa es este?! —rugió Harlow. Al mismo tiempo, su mente se preguntaba qué demonios quería decir con «deleitado».
Los ojos del vampiro se abrieron como platos y tartamudeó, indignado:
—¡¿P-pastelito de fresa?!
Foxx desentonaba en aquel lugar tan gris, lleno de paredes apagadas.
La oficina de Tony no tenía ventanas, curiosamente, pero sí una pared de cristal tapada con persianas y que daba hacia el resto de la oficina.
Su escritorio en forma de L era de madera oscura y gruesa, y la silla ejecutiva negra era mullida y robusta.
Sobre el escritorio lo habitual: una computadora, un montón de expedientes y varios útiles de oficina.
Frente a él había dos sillas negras cuadradas y armazón de madera.
Contra la pared izquierda, una hilera de estanterías; a la derecha, un sofá negro.
Harlow avanzó unos pasos tambaleantes hacia Foxx, mientras Tony lo hacía entrar y cerraba la puerta.
—Harlow, si hubieras leído los correos que llevo tres meses y medio enviando con el asunto: «Estado de la Ley Propuesta: 7613», sabrías qué está pasando.
Harlow ignoró la mano que Foxx mantenía en el aire y se giró para fulminar con la mirada a Tony con los brazos cruzados.
—¿De verdad esperabas que perdiera mi tiempo leyendo toda la mierda burocrática que mandan los idiotas de Washington?
—Ah, los correos. Tampoco me gustan mucho, pero siempre están los mensajes de texto. O las llamadas telefónicas… —intervino Foxx, parloteando, aunque Harlow lo bloqueó mentalmente.
Había visto los correos… los múltiples correos de los últimos meses.
Y había ignorado cada uno de ellos. No era la primera vez que pasaba de las notificaciones del gobierno, pero ninguna de las otras leyes se había aprobado, o si lo habían hecho, no habían cambiado nada de peso.
Bueno, salvo las del principio, pero eso había sido distinto.
Hacía al menos tres años que ninguna ley alteraba su trabajo.
Esto… iba a ser un jodido cambio enorme, un dolor de cabeza monumental. La irritación le hervía en las tripas.
Tony cruzó los brazos y le devolvió la mirada severa.
—Aquí está la actualización que no leíste en el último correo. La propuesta de ley 7613 se aprobó hace un mes. Ahora es obligatorio que, como mínimo, intentemos asignar un paranormal a cada cazador. Debí suponer que no los leíste precisamente porque no te habías quejado.
—En realidad se aprobó hace mes y medio —corrigió Foxx detrás de él.
Harlow siguió ignorando al vampiro y prefirió fruncir más el ceño contra su jefe.
—¿Y a nadie se le ocurrió mencionarlo?
Tony se encogió de hombros, con total desfachatez.
—No es mi culpa que no tengas amigos.
Harlow habría discutido ese punto… si le hubiera importado.
El problema era que odiaba a la gente. Y, en general, Harlow se negaba a tratar con cualquiera a menos que fuera absolutamente necesario.
Aunque, suponía que no podía decir que no tuviera ni una sola relación parecida a la amistad.
Había algunos cazadores con ideas afines con los que se llevaba bien.
Solo que ninguno trabajaba en esa oficina.
—En fin, por ahora la mayoría de los consejos paranormales todavía están decidiendo si quieren aprobar que su gente participe en esta…
—vaciló, mirando por detrás de Harlow antes de seguir— nueva iniciativa.
Con la excepción de los vampiros y los hombres lobo.
Los vampiros han animado a los suyos a unirse a nosotros, y los hombres lobo nos mandaron a la mierda.
Sí, eso encajaba con lo que Harlow sabía de esas especies.
Los vampiros solían querer controlar todo lo posible dentro de la sociedad.
Meter el pie en la organización del Gremio de Cazadores les resultaría atractivo.
Los hombres lobo, en cambio, los odiaban con toda el alma.
No querían involucrarse. Querían que los dejaran en paz.
Además, como grupo eran profundamente desconfiados y solo podían ver esta propuesta como una trampa.
—Sí, mi gente está muy emocionada de formar parte del proceso y aportar un cambio justo y equitativo para ambos lados —dijo el vampiro con alegría, sonando como un infocomercial: muy falso.
Harlow tuvo la corazonada de que Foxx disfrutaba de oír su propia voz… Vaya pesadilla, pensó con un suspiro.
—Así que… un compañero… ¿Por qué yo? Seguramente los demás cazadores todavía no tienen compañero, ¿o sí?
—Ya lo tienen. Todos empezando esta semana.
—¡Una mierda! —saltó Harlow.
—¿Puedes probar lo contrario? —preguntó Tony con una amplia sonrisa de cabrón—. Ah cierto, no puedes, por antisocial.
Hijo de puta… Entrecerró los ojos hacia él.
—Qué conveniente. Todo este asunto de los compañeros empieza justo mientras estoy de vacaciones, jefe.
Tony soltó una risita.
—Esto vino como orden de los de arriba. Una orden que recibimos el lunes.
Se acabaron las cacerías en solitario, salvo que no se encuentre un compañero dispuesto.
Así que felicidades, aquí tienes a tu compañero —dijo su jefe, adelantándose, pasándole un brazo por los hombros y girándolo para enfrentar al vampiro—.
Foxx Honeywell, te presento a Harlow Blackmore.
Aunque, por lo que entiendo, ya se conocían.
—El hombre terminó con un tono excesivamente alegre y engreído, al menos desde la perspectiva de Harlow.
Harlow miró fijamente al vampiro, que se veía demasiado inocente, y solo pudo pensar que esto no podía estar pasando de verdad…