2 Deliciosa violencia
De pie, al final de una corta entrada, Harlow se mantenía en las sombras de los sorprendentemente altos setos que rodeaban la propiedad en la que estaba. La cabeza le palpitaba al ritmo de su corazón. Sin duda, un dolor que continuaría hasta que pudiera dormir.
Le dio una larga calada al cigarrillo que sostenía en la mano derecha. La punta de este brillaba en la oscuridad. La nicotina ayudaba un poco a contener sus ganas de beber agua.
La noche había caído otra vez. Harlow observó la pequeña casa blanca y amarilla frente a él. Era… pintoresca, supuso.
Expulsó una bocanada de humo antes de apagar la colilla en su bota y tirarla al bote de basura que, casualmente, estaba justo al final de la entrada. Al parecer, había llegado en buen momento, justo antes del día de recolección. Viva… en el momento justo.
Esa era la casa de Ned Faults, su aspirante a cazador de vampiros.
Bueno, en realidad era la casa de su madre recién fallecida.
Probablemente la única precaución que Ned había tomado en sus andanzas era atraer a los vampiros ahí en lugar de al departamento donde vivía.
Desde luego, el hombre no se había preocupado en evitar cámaras ni en dar una identificación falsa en los lugares donde había conocido a las víctimas.
Claro que probablemente no era tanto una precaución como el hecho de que el departamento de Ned era una pocilga.
Era poco probable que algún vampiro que aún no hubiera perdido la cordura pusiera un pie ahí dentro.
El olor, por sí solo, bastaba para disuadir a cualquiera.
Harlow tenía que admitir que, por loco que estuviera, no hubiera tenido el placer de ir a conocerlo.
El modo en que sus botas se habían quedado pegadas al suelo laminado y a la alfombra cuando había entrado a la fuerza…
Harlow se estremeció. Estaba acostumbrado a la sangre y las vísceras, al derrame de sangre arterial y todo eso, pero un basurero no era lo que consideraba como agradable.
Suspirando, se frotó la frente y caminó rápido por la entrada. Al llegar a la puerta, tocó. Había más de una forma de entrar aparte de entrar a la fuerza. Pero, lamentablemente, nadie respondió a su llamado, lo que significaba que no podría usar su fuerza para abrirse paso.
Entonces, usaría la cabeza. Sacando un estuche con ganzúas del bolsillo interior de su chaqueta de cuero, tomó las dos herramientas que necesitaba. La cerradura estaba abierta menos de un minuto después.
Al entrar en la casa, que era de una sola planta, lo primero que pensó fue que el lugar tenía demasiados adornos de encaje y demasiados tonos de rosa en los muebles.
Mientras recorría la casa, registró minuciosamente los cajones que encontraba.
No se sorprendió al dar con un buen número de souvenirs de cazador de vampiros.
Porque ¿quién no guardaba botellas aleatorias de agua bendita y estacas afiladas en varios cajones de la casa?
Bueno, para ser justos, la casa de Harlow también estaba bien surtida, aunque con equipo mucho más útil.
Al fin y al cabo, ese era su trabajo. Harlow se había ganado el odio de muchísimas criaturas paranormales a lo largo de los años.
Había empezado en ese oficio a los veinticinco, y habían pasado veinte desde entonces.
Solo en los últimos cinco había sido selectivo con sus encargos.
Selectivo en el sentido de no aceptar más que las misiones asignadas.
Para ser justos, en esos años generalmente solo aceptaba trabajos contra criaturas que sabía que estaban en plena racha de asesinatos.
No era muy divertido matar a alguien solo por existir.
No es que no lo hubiera hecho antes, pero en el pasado solía evitarlos cuando podía.
Los vampiros o lo que fueran que no estuvieran en un frenesí asesino resultaban un tanto aburridos de matar.
Suspirando al entrar a la cocina, se fijó en el refrigerador. Normal y blanco. Al abrirlo, observó el contenido, pero sus ojos se clavaron en las botellas de agua.
Una… no podía hacer daño. Harlow tomó una, la abrió y la bebió de un trago mientras seguía explorando la casa.
Encontró equipo de sujeción en una de las dos habitaciones, más pruebas aún de que estaba en el lugar correcto.
Los grilletes estaban cubiertos de inscripciones y, sin duda, el metal estaba impregnado en agua bendita.
También apostaba a que estaban bendecidos.
No dañarían al vampiro de inmediato, pero pasadas veinticuatro horas empezarían a irritarle la piel.
Si las esposas no eran retiradas a tiempo, el dolor sería más intenso cada hora hasta que finalmente empezaran a quemar su piel.
En todo caso, todas esas precauciones impedirían que un vampiro, sobre todo uno debilitado, rompiera los grilletes una vez atrapado en ellos.
Ese era el lugar donde Ned llevaba a sus víctimas antes de exponerlos al sol. Seguramente el hombre andaba rondando por ahí en busca de su próxima víctima.
¡Momento perfecto para una siesta! Se despertaría con el menor ruido, así que no había nada de malo en que Harlow se diera un bien merecido descanso hasta que Ned regresara.
Pero no en la sala de sujeción. Tomó la segunda habitación, que con tanto rosa era sin duda la de la difunta madre.
Harlow apuró el agua y dejó la botella vacía en el pequeño bote de basura de la habitación.
Crujió el cuello, se dejó caer sobre la cama, con zapatos y todo, y se acomodó.
Esta vez, con un suspiro de felicidad, dejó que el sueño lo envolviera.
Foxx debería haber sospechado que había algo raro cuando siguió a ese tipo hasta una casa que parecía ser de una abuela de noventa años. No encajaba para nada con el atuendo negro sobre negro que llevaba el humano.
La situación en la que se encontraba era culpa de él mismo.
Había sido bastante estúpido de su parte entrar primero a la habitación, dejando que Ned se interpusiera entre él y la salida.
Foxx miró poco impresionado la cruz con la que el humano le apuntaba.
Ned la había sacado del bolsillo en cuanto entró tras él.
Además, había cerrado y asegurado la puerta.
Ahora, aquello podía ir de dos formas. Una de ellas sería que el humano quisiera convertirse en vampiro. En cuyo caso, la respuesta era un rotundo no. Foxx probablemente lo mataría durante el proceso de conversión.
Un humano que secuestra a otro a la fuerza no era un buen candidato para ser vampiro. Foxx no quería soltar a un vampiro así al mundo.
Pero, dado lo de la cruz, apostaba a que las cosas iban en otra dirección. Es decir…
—¡Haz lo que digo, abominación, o verás! —gritó Ned.
Pues sí, lo típico de querer asesinar al malvado vampiro. Foxx cruzó los brazos y lo fulminó con la mirada.
—¿Veré qué?
¿De verdad alguien pensaba que «o verás» era una amenaza creíble? Tipo, era tan vago.
—¡No quieras saberlo!
—Perdón, pero ¿quién demonios obedecería semejante orden cuando es obvio que planeas hacerme daño?
Es decir, señor Cerebrito… llamarme abominación resume bastante bien lo que piensas hacer.
Pero ey, déjame ir corriendo a cumplir tus órdenes para que puedas clavarme una estaca y cortarme la cabeza, o dejarme tirado al sol para morir después de horas insoportables.
—Foxx soltó una risita al pensarlo. Sus palabras acabaron siendo duras y burlonas.
El rostro del humano se encendió de ira ante su insolencia.
—¡Te estoy dando la oportunidad de sufrir menos, y así me pagas! —gritó.
Foxx puso los ojos en blanco.
—Uy, qué generoso —bufó—. ¡Claro que no! Prefiero matarte antes que enfrentar de buena gana cualquier estupidez que tengas planeada.
Ambos se sobresaltaron cuando la puerta detrás de Ned estalló con un estruendo. Solo quedaba madera rota y astillas ahí donde la cerradura había estado.
Ah, con que ese era el otro latido que había escuchado en la casa. Y qué latido, pensó Foxx al ver al hombre, que medía al menos un metro noventa y se erguía amenazante en el umbral.
Sin estar conectado a su linaje, no estaba seguro de su edad exacta.
Probablemente al menos cuarenta. Ya se le marcaban algunas líneas alrededor de los ojos y el cabello había empezado a tornarse plateado, pero eso no hacía al humano menos atractivo.
Nariz aguileña, mandíbula fuerte, piel pálida y unos sorprendentemente claros ojos color café.
Su cabello plateado y negro estaba rapado a los lados y más largo arriba, peinado hacia atrás.
La mandíbula del humano estaba cubierta por una barba y un bigote recortados, negros, con plateado asomando en los bordes.
El señor Alto, Oscuro y Misterioso llevaba una chaqueta de cuero gastada que parecía haber sido remendada varias veces, camiseta negra, jeans negros y botas de motociclista de cuero grueso.
A Foxx le bastó mirarlo para saber que debajo de todo ese negro había un montón de músculos.
No cabía duda de que había un aura de violencia alrededor de ese humano.
Era casi tan visible como su sombra. Si a eso se sumaba que olía a hojas quemadas mezclado con un ligerísimo aroma a sangre, bueno…
Foxx quería cabalgarlo. Quería mucho —mucho— ponerse debajo de él.
Lo único desagradable era el olor a cigarrillo impregnado en él… pero nadie era perfecto.
—¡¿Q-quién eres tú?! —balbuceó Ned, atónito—. ¿Qué haces e-en mi casa?
Ned había apartado la vista de Foxx, y en ese momento técnicamente era una buena oportunidad para atacar, pero quería ver qué pasaba… A menos que el señor Alto, Oscuro y Sexy hubiera venido a matarlo…
Harlow no se molestó en contestar al evidentemente sorprendido Ned.
Quería terminar ese trabajo de una vez, y esperaba que el pequeño vampiro con cara de cupcake que estaba ahí no lo atacara.
Avanzó con paso firme y sujetó a Ned por el cuello con la mano derecha.
Antes de que el hombre pudiera defenderse, Harlow lo estampó de cara contra la pared.
Ned gritó de dolor.